Tú me lo juraste

Tú me lo prometiste

Qué añoranza me entra de la casa del pueblo, la tierra y el aire limpio suspiró Consuelo Martín García, mientras miraba la ventana cubierta de vaho. A veces este piso me parece una jaula…

Sofía dejó el móvil y se asomó al cristal. Fuera, una ventisca hacía volar la lluvia contra las viejas ramas de los plátanos del patio interior. El cristal vibraba en el marco y, en la calle, una alarma no dejaba de sonar, activada por el temporal.

Mamá, ¿pero qué casa del pueblo ni qué nada? sonrió Sofía. Con el temporal que hay fuera, ni los pájaros se asoman. ¿Y qué harías tú ahora mismo allí?

Consuelo Martín se acurrucó en el sofá, arropándose mejor con la manta de punto. Sus dedos jugaban nerviosos con los flecos. Siempre aquel gesto cuando le faltaba el trabajo habitual en el huerto, cuando el cuerpo pedía esa rutina de faena entre bancales y frutales.

Me bastaría con estar allí un rato, dijo bajito. Pasear por la parcela, dar una vuelta, ver si los manzanos aguantan. Comprobar que la teja del cobertizo no ha cedido con la lluvia.

¿Y volverías al hospital, mamá? dejó el móvil. Hace tres semanas que te dieron el alta. El doctor Luis fue muy claro: nada de esfuerzos. Fin.

Consuelo apretó los labios, la mirada apartada, pero Sofía adivinó la rabia en sus ojos.

Once veranos, Sofía. Once veranos pasados allí, de marzo a los primeros fríos. Plantando tomates, poniendo en salmuera pepinillos. Los vecinos decían que mi huerto era el mejor de la calle. Guardó silencio. ¿Ahora qué? ¿Sentarme a ver cómo todo eso se va perdiendo?

Sofía se sentó a su lado y le cogió la mano. Las palmas de Consuelo estaban ásperas, curtidas tras años de trabajo.

Nadie te pide que renuncies dijo con suavidad, solo que te cuides. El médico fue claro: nadar, yoga, paseos cortos. ¿Por qué no empiezas con alguna afición distinta? Una que no te haga subirte al tejado ni arrastrar carretillas bajo el agua.

Consuelo inspiró hondo y sus hombros se hundieron. Por un momento pareció más mayor de los sesenta y tres que tenía.

Tienes razón, hija musitó. Lo sé. Solo que… cuesta. Cuesta sentirse inútil.

No eres inútil, mamá. Solo quiero que sigas mucho tiempo conmigo. Así que, nada de pueblo. Apretó su mano. ¿Y quién me va a enseñar a encurtir los pepinillos? A mí siempre se me quedan blandos…

Consuelo sonrió sin querer. El temporal seguía azotando afuera, pero en ese salón pequeño todo pareció de repente más cálido y seguro.

…Pasó un mes. La lluvia y el frío dieron paso a un tímido marzo de cielo cambiante. Sofía, cargada de bolsas del mercado, llegó al piso de su madre. Cambió las bolsas de mano para liberar un dedo y tocar el timbre.

Silencio. Luego, un ruido sordo, pasos apresurados, el susurro de una bata. Sofía frunció el ceño y volvió a llamar.

¡Voy, voy! llegó la voz jadeante de Consuelo desde dentro.

Al abrirse la puerta, Sofía casi dejó caer las bolsas. Su madre, colorada, con el pelo húmedo pegado a la frente, el pecho agitado como si acabara de subir corriendo la gran vía.

Mamá, ¿qué ha pasado? Sofía entró rápida al recibidor. ¿Estás bien?

Consuelo hizo un gesto restándole importancia, la mirada escapándose hacia el baño.

Nada, hija, que llevaba una mascarilla de pepino en la cara y no quería asustarte, me la he quitado rápido.

Sofía dejó las bolsas en la encimera y estudió la expresión de su madre. La explicación tenía sentido, pero había cierto nerviosismo bajo su aparente normalidad.

¿Mascarilla de pepino? levantó una ceja Sofía. Mamá, ahora venden buenas cremas. Te compro una mejor si quieres.

No gastes dinero, hija repuso Consuelo revisando las compras. Las de siempre funcionan, como hacía tu abuela. Además, los pepinos son más baratos que muchas cremas.

Durante unos minutos guardaron los alimentos en un silencio casi ritual. Cuando tocó tirar los plásticos, Sofía abrió el cubo de la fregadera.

Su mano se detuvo.

Detrás del cubo, medio escondido por unos periódicos, asomaba un saco de tierra de jardín. Sofía reconoció rápidamente el logo de la tienda de flores.

Se giró despacio, mostrando la evidencia. El rubor subió aún más a las mejillas de Consuelo.

Mamá intentó no sonar dura, ¿qué es esto?

Consuelo deslizó la mirada al saco y la apartó enseguida.

Que… he comprado unas plantitas para casa. Para el alféizar. Pensé en plantar violetas, alguna aromática. A falta de huerto, por lo menos mirar algo verde.

Sofía examinó largo rato a su madre. Plantar dos macetas no es arar el campo, se dijo. Pero algo no encajaba: a Consuelo jamás le interesaron las plantas de interior, todo su jardinería casera era un viejo cactus olvidado en la cocina. Pero Sofía desechó las dudas: su madre era adulta y responsable, conocía sus límites. Si decía que era para plantas de casa, sería así. Insistir podría herirla.

Vale concedió por fin, lanzando los plásticos al cubo, pero prométeme que no estás tramando el regreso clandestino al pueblo.

Consuelo rió, más relajada.

Lo prometo, hija. Palabra de honor.

Dos semanas más tarde, Sofía tuvo que ir por un encargo a la floristería. Escogió un hermoso spathiphyllum con dibujo azul en la maceta, pensando en aquella frase de su madre: quiero algo verde que mirar. Un bonito detalle para sorprenderla.

El piso no quedaba lejos; tardó poco en llegar, el tráfico de mediodía era liviano. Subió las escaleras con la maceta bien sujeta y llamó. Silencio. Tocó de nuevo y, al rato, sacó el móvil para marcar a Consuelo. Tonos largos, salto al contestador.

Levantaba el dedo para intentarlo otra vez cuando se abrió la puerta de la vecina. Una señora mayor, con bata desteñida y un moño mal recogido, asomó la cabeza.

¿Buscas a Consuelo? ladeó la cabeza con gesto poco amable. Se ha marchado esta mañana. Se ha ido con varias cajas de plantones. Que tenía que pasarlos al terreno ahora, antes de que llegaran los calores.

De repente, la maceta pareció pesar una tonelada. Sofía musitó un agradecimiento seco y bajó deprisa las escaleras. Colocó la planta en el asiento, agarró el volante y condujo hacia las afueras.

El trayecto hasta el pueblo les llevó unos cuarenta minutos. Aparcó el coche tras unas zarzas, lejos de la vista desde la parcela, y recorrió los últimos metros andando.

Consuelo estaba de rodillas en la tierra, dándole la espalda, trasplantando jóvenes matas a hileras ordenadas. Bolsas de abono y herramienta alrededor. Trabajaba desde hacía rato, se notaba.

¡Mamá!

La espalda de Consuelo se tensó, se incorporó con torpeza, dolorida. En su cara había culpa y dolor. Miró a Sofía, a las hileras por plantar, y otra vez a su hija.

Sofía, puedo explicarlo…

¿Qué vas a explicar? Sofía cruzó los brazos. ¿Tus violetas? ¿Las aromáticas para la ventana? Esto, más bien, son tomateras.

Solo quería poner unas pocas susurró Consuelo. Nada serio. Me aburro, hija, no entiendes lo que es pasarse los días sin tener nada entre manos…

¡Me he gastado más de dos mil euros! se le quebró la voz a Sofía. Hospitales, medicamentos, consultas… ¡Todo por culpa de tu pueblo! ¡Me lo prometiste a la cara, mamá, prometiste que no te dejarías la salud aquí otra vez!

Las lágrimas corrieron por la cara de Consuelo.

Necesito ocuparme de algo, Sofía…

Hay mil maneras: pintar, leer, coser… ¡Lo que quieras! Pero no, tenías que venir aquí y justo esto, lo prohibido.

Si al menos intentaras entender…

No. negó Sofía. Haz lo que quieras, eres mayor. Pero cuando tengas un problema de verdad, no me llames. No puedo volver a pasar por hospitales, goteros, medicamentos. He dejado meses de mi vida en salas de espera para que te pusieras bien. ¿Tienes idea de lo que pasé? ¡Solo te importa este dichoso huerto!

Dio media vuelta y salió. La madre la llamó llorando, pero no se detuvo. El móvil sonó antes de llegar al coche: Consuelo en la pantalla. Sofía rechazó la llamada.

Pasaron tres meses en absoluto silencio. Sofía se volcó en el trabajo. El spathiphyllum, destinado a su madre, habitaba ahora en su propia cocina, rebosante de flores.

Una tarde, llamaron a la puerta.

Consuelo Martín estaba en el umbral. Parecía más pequeña que nunca, con una carpeta apretada contra el pecho y ojeras profundas. Sin decir palabra, Sofía la dejó pasar.

Se sentaron a la mesa de la cocina. La carpeta entre ambas. Sofía aguardó, viendo cómo su madre reunía fuerzas.

Me dio otro ataque, susurró al final. Hace cinco semanas. El corazón. Nada grave, dijeron, pero fue allí, sola en el huerto. Pensé… Se quedó callada, llevándose los dedos a los labios temblorosos.

Sofía sintió el estómago retorcerse, pero solo escuchó.

Entonces te comprendí, Sofía. Por fin. Pude imaginar aquel miedo y la angustia. Empujó la carpeta hacia su hija. He vendido la casa del pueblo. Aquí están los papeles.

Sofía los miró sin tocarlos.

Mamá, no hacía falta… No te pedí algo tan radical.

Lo sé negó Consuelo. Pero era la única forma de poner un límite. Si seguía existiendo, siempre hubiese inventado una excusa para volver. Plantar una fila más, reparar una puerta. Ahora se acabó la tentación.

Sofía recogió la carpeta, leyó el sello y las firmas. La venta era definitiva. Sintió cómo desaparecía un nudo del pecho. Se levantó, rodeó la mesa y abrazó a su madre.

Has hecho bien, mamá.

Consuelo se aferró a su jersey, las lágrimas empapándolo.

Lo sé, hija… Lo sé.

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