La envidia de la mejor amiga.

La envidia de la mejor amiga

La amistad entre Lucía y Carmen era casi legendaria en Salamanca. Fueron inseparables desde la infancia, desde aquellos días en los que sus madres las llevaban de la mano al parque de la Alamedilla, donde compartían cubos, peluches y confesiones bajo la atenta mirada de las cigüeñas. Discutían por castillos de arena y se reconciliaban con un polo de limón, intercambiaban secretos desde el flechazo pueril de tercero de primaria a aquellos dramas adolescentes de granos y padres incomprensivos. Era raro ver a la una sin la otra: eran el pan con tomate que acompañaba todos los recreos.

Pero, como pasa tantas veces, la balanza empezó a inclinarse al llegar la adolescencia. Cuando Lucía cumplió dieciséis, floreció como si tuviera sol propio: alta, esbelta, con una melena castaña espesa que su madre le permitía teñirse de chocolate, y una piel casi perfecta que ni los cambios de hormonas ni el maquillaje low cost parecían alterar. Sus padres la mimaban; no veían problema en comprarle aquel jersey suelto de Zara, o el rímel de Maybelline que estaba de moda entre sus amigas.

Carmen, en cambio, permanecía en segundo plano, desdibujada. Su madre, una mujer estricta y práctica, creía que con aquellos cabellos tan finos lo mejor era un corte al estilo niño. El padre, soldador en una nave de Villamayor, hombre de ideas sólidas, no toleraba el maquillaje: Eso es para las busconas; mi hija ha de ser lista y seria, repetía. Los tratamientos estéticos eran un lujo impensable: caprichos ajenos a su economía. Así que Carmen asistía a clase con el cabello corto y deslucido, grandes jerséis heredados y la cara marcada por los estragos de la propia inseguridad.

Lucía, que a los diecisiete ya había consumido ediciones enteras del Cosmopolitan, veía en Carmen una belleza sin estrenar. Se plantó en su casa con el secador, y en media hora convirtió el desastre capilar en una coleta desenfadada digna de una portada de revista. Le trajo un limpiador de farmacia especial para pieles complicadas, y le prestó un jersey negro ceñido con unos vaqueros de tiro alto. Carmen, frente al espejo, no se reconocía: piernas largas, ojos grises que dejaban de esconderse tras una cortina de vergüenza.

¿Lo ves? rió Lucía. ¡Si estás hecha un bombón!

Carmen se sonrojó y apartó la vista; bombón le pareció condescendiente, apenas un reflejo del brillo de su amiga.

Las dos entraron juntas en la Facultad de Economía de la Universidad de Salamanca, y la vigilancia familiar se relajó. Carmen dejó crecer su pelo, aprendió a delinear los ojos, cambió de look y se tiñó de cobrizo, lo que le sentó fenomenal. No tuvo el séquito de admiradores de Lucía, pero algunos chicos sí la miraban. Sin embargo, la etiqueta de la amiga menos guapa la seguía como una sombra: nunca el centro, más bien un comodín para quienes intuían que Lucía era inalcanzable. Lucía flotaba entre pretendientes: competiciones absurdas de quién le regalaba la rosa más grande, la llevaba al bar de moda, o conseguía hacerla reír más fuerte. Ella lo aceptaba con una gracia burlona.

Carmen tragaba saliva ante la envidia que le oprimía el pecho cada vez que veía a Lucía rechazar otro pretendiente. Añoraba sentirse por una vez tan deseada, tan poderosa. Pero solo encontraba consuelo en algún halago ocasional y en la presencia incondicional de Lucía. Arrancaba de sí misma las malas hierbas de la envidia.

Todo cambió una tarde de septiembre en segundo de carrera, cuando se incorporaron al grupo dos estudiantes de quinto de periodismo: Marcos, alto y de mirada profunda tras unas gafas rectangulares, y Alberto, socarrón y parlanchín. Entre Lucía y Marcos surgió una chispa inmediata; el silencio los envolvió como una cortina al abismo. Alberto empezó a cortejar a Carmen, pero desde el primer instante, su corazón, ya herido por la envidia, sólo supo pertenecer a Marcos. Sufría al notar cómo él miraba a Lucía: con esa ternura que ella jamás recibiría.

Cuando todo el grupo salía, Carmen empleaba horas preparándose: maquillaje meticuloso, el vestido más insinuante que tenía, tacones que torturaban sus pies. Lucía reía:

¿Te has arreglado así por Alberto? Si te viera en pijama se quedaría igual de embobado.

Carmen forzaba una sonrisa, sabiendo perfectamente para quién eran esos tacones y esa mirada ensayada ante el espejo.

Se veía guapa, sí. Pero Lucía, incluso en vaqueros viejos y camiseta, seguía eclipsando a todos. Y Carmen lo aceptaba con dignidad amarga.

Cada palabra de Marcos, cada cumplido inocente sobre su cartera, pasaban por la lupa de sus expectativas. Creía leer entre líneas, fantaseando que él podía fijarse en ella, pero su razón le recordaba que él solo tenía ojos para Lucía.

El asunto con Alberto no funcionó. Él, rápido, intuyó que Carmen apenas le veía como amigo y pronto se fijó en una chica extrovertida de primero.

Qué pena suspiró Lucía, compartiendo una pizza con Carmen en su cafetería favorita de la Plaza Mayor. Alberto es un tío majo, ¡os habríais compenetrado!

Bah… resopló Carmen alzando la vista. Es tan superficial como tu Marcos. Salir, acostarse y pasar página. Lo vi clarísimo.

Lucía dejó la porción en el plato, herida por el tono.

Marcos no es así. No le llames de esa manera. Conmigo es diferente.

Ya veremos ironizó Carmen, con la esperanza secreta de que Marcos acabara decepcionando a Lucía. Solo así ese halo brillante se desmoronaría, y tal vez entonces repararía en ella, la amiga fiel que le amaba en silencio.

Como en toda relación, Marcos y Lucía discutían: celos, estrés, malentendidos… En cada crisis, Carmen contenía el aliento, soñando con un desenlace definitivo. Pero Marcos siempre encontraba una salida sencilla y brillante: le traía bombones, organizaba planes improvisados bajo las estrellas del campo charro. Ponía el alma en reconquistarla.

Hace teatro, ¿ves? Solo quiere que bajes la guardia, y luego… zas murmuraba Carmen, envenenando a Lucía con dudas. Son todos iguales. Manipuladores…

Corta el rollo, Carmen. No sabes cómo es. Lo intenta porque le importo.

Lo que le importa es mantener su trofeo. Seguro que tiene novias en cada ciudad.

¿De qué hablas? Lucía la miraba con incomprensión.

¿Recuerdas que quiere irse a Madrid de prácticas? ¿No te extraña que esté pensando en mudarse solo?

¡Es una oportunidad increíble! exclamaba Lucía. Hemos acordado que me uniré cuando termine el grado. Es lo lógico.

Carmen sembraba dudas. A veces funcionaba: Lucía discutía con Marcos, pero cada pelea solo consolidaba su amor.

El destino de Marcos acabó llevándole a Madrid. La oferta es irrechazable, decía, mientras acariciaba el rostro empapado de Lucía en el andén de Chamartín. Volveré cada fin de semana, ahorraré para nosotros. Solo espérame.

Lucía vivía en la tensa espera. Carmen, sin verlo a diario, dejó a la envidia dormir como brasa en el fondo. Hasta salió con un becario, Ignacio, tranquilo y tímido.

Hasta que el cielo estalló. Lucía, más pálida que la luna, soltó la noticia: estaba embarazada de unas pocas semanas.

Tienes que abortar dijo Carmen, tajante. Marcos es un ambicioso, te odiará si le atas ahora. Un niño lo arruinará todo.

Pero Lucía llamó a Marcos. Se alteró, pero al rato tuvo claro qué hacer: avisar a las familias, planear la mudanza tras el parto y ahorrar.

El primer sentimiento de Carmen fue una punzada demoledora. Él NO la abandonaba; aceptaba su destino. La atadura era ahora irrompible. Todo su castillo tembló y quedó solo un odio ciego.

Desde entonces, Carmen lo tuvo claro: separaría a la pareja, por el medio que fuera.

La vida de Lucía y Marcos se tensó como un laúd. Hablaban cada vez menos; él trabajaba horas interminables, ella luchaba con el embarazo y la tristeza. Carmen vertía con sarcasmo su veneno.

¿Tu novio otra vez desaparecido? ¿Sabe lo que te pasa? Menudo padre ejemplar.

Lucía, aún embarazada, seguía llamando la atención; un conocido, Daniel, la acompañaba a revisiones, cargaba las bolsas y le hacía reír. Carmen siempre estaba cerca, móvil en mano, fotografiando los momentos: Daniel cerca, sonrisas, la casualidad del roce.

Cuando logró que Lucía viajara a Madrid para visitar a la prima hospitalizada, le prometió que vigilaría de cerca a Marcos. Carmen preparó su mejor papel: melena perfecta, vestido ajustado y lágrima fácil. Marcos la recibió emocionado por tener cerca algo de su hogar y de su amor.

Durante la cena, bajando la voz y la mirada, Carmen vació su plan: Lucía se estaba dejando mimar por Daniel, salían juntos, se apoyaban más de lo normal. Show de fotos; las imágenes eran ambiguas, pero sugerentes.

Nunca me habló de ningún Daniel… musitó Marcos, dolido.

Lo oculta porque entre ellos hay más. Me rompe el alma decírtelo.

Jugó el papel de amiga fiel: pidió que Marcos no llamara todavía, que esperase a serenarse. A Lucía le dijo lo mismo, pero con los papeles cambiados: Le he visto con otra. Muy guapa. Muy cerca de él.

Cuando Lucía, al límite, llamó a Marcos, él, embargado por la rabia y el consejo de Carmen, no contestó. Para Lucía esa omisión fue la prueba de la infidelidad.

Entonces, Carmen dio la última estocada: aseguró a Marcos que Lucía había abortado y se había trasladado con Daniel. Encubrió a su víctima llamando a Daniel para rogarle que no permitiera que Marcos la molestara. Daniel, desinformado y honesto, accedió.

Cuando Marcos, roto, marcó el último número, la voz de Daniel fue un jarro de agua fría:

Olvida este número. ¿No has hecho bastante? Déjala en paz.

Carmen estuvo allí. Le consoló, le sirvió té, y esa noche, el hueco de la traición lo llenó en parte la cercanía física, dolorosa y torpe. Carmen no sentía culpa: por dentro, celebraba su victoria.

Dejó la carrera, buscó trabajo de secretaria en una empresa de la Gran Vía. Soñaba con el vestido blanco mientras ocultaba su felicidad tras una máscara de resignación devota. Marcos, sin embargo, caminaba como un zombi, apenas presente, doliéndose todavía de la otra.

Lucía afrontó sola la recta final del embarazo. Daniel fue apoyo fiel, sin dobles intenciones ni esperanzas. Imaginaba que Marcos había huido por miedo, convenciéndose de que merecía el olvido. Su dolor era el de quien se siente prescindible incluso para el padre de su hija.

Un día, entre lágrimas, Carmen la llamó, ahora viviendo con Marcos. Le susurró con voz apesadumbrada:

Marcos lo ha dicho claro: el bebé es asunto tuyo, no quiere ni saber…

Aquello, salido de la boca de su mejor amiga, terminó por quebrarla.

Marcos y Carmen formalizaron la relación. No querían ceremonia, ni celebraciones. Él, sin embargo, confesó todo a su amigo Alberto, quien, borracho y desbordado, le escribió a Lucía: ¿Sabías que Marcos se casa con Carmen?

Eso fue la última losa para Lucía. Lloró hasta quedarse seca. Si aún abrigaba una mínima esperanza de que todo fuese un error, allí estaba la verdad. La peor traición, de ambos: el chico al que amaba y la amiga que era su hermana.

Daniel, al consolarla, empezó a unir piezas. Todo había sido demasiado oportuno, demasiado favorable para Carmen. Dejó de ser espectador y, tras muchos intentos, localizó a Marcos y le llamó:

Eres un miserable. Lucía está sola y embarazada de ti. Si te quedaba una pizca de dignidad, al menos pregunta por ella.

Marcos, furioso, pensó colgar, pero la palabra embarazada le heló la sangre.

¿De qué hablas? musitó.

¿Aborto? ¿Tú estás loco? ¡Está de cinco meses!

Esa noche, cuarenta minutos de conversación pusieron todo boca abajo. Marcos, devastado, echando chispas de rabia contra Carmen, la esperó en casa.

Haz las maletas y vete ahora mismo dijo, helado.

¿Qué sucede? musitó ella, al borde del colapso.

Lo sé todo. Lo que le hiciste. Manipuladora. Basura. Siempre fuiste una sombra al lado de Lucía y pensaste que, eliminando la luz, brillarías. Pero la sombra sin sol es solo suciedad.

Llorando, Carmen fue expulsada. Por la escalera, en la fría noche, comprendió que no sentía arrepentimiento, solo ira contra todos. Su oportunidad, otra vez, se había escapado.

Marcos, a toda prisa, reservó billete de ALSA y poco después llamaba a Lucía.

Lucía, por favor, no cuelgues…

¿A qué vienes ahora? ¿A felicitarte por la boda?

Era todo mentira. Todo. Carmen lo tejió, fotos, mensajes, lo de Daniel, lo del aborto… Yo fui idiota.

Largo silencio.

Ya no importa. Estoy cansada de esperar. No vengas.

Colgó. Lucía se tumbó junto a su barriga y sintió un nuevo retorcimiento del dolor: el de la verdad y el de la traición.

Al día siguiente, Daniel llegó temprano.

Él viene de camino. Lo sabe todo.

¿Y qué? ¿Piensas que después de esto podemos volver a lo de antes? Me creyó capaz de abortar, de engañarle contigo. Eso no se arregla.

Daniel entendió que la justicia tenía un precio: la confianza, una vez rota, no siempre se puede recomponer.

Esa misma tarde, al oír los golpes en la puerta, Lucía no se movió. Pero Marcos, al segundo intento, no se fue. Al fin ella abrió. Frente a frente, él reconoció la magnitud de sus errores.

No he venido a pedir perdón. Solo debo decírtelo: soy idiota por haber dudado de ti.

¿Ella vivió contigo? preguntó Lucía, sin rodeos.

Sí. Pero fue por vacío, desesperación, ni sé cómo ocurrió…

Basta. No quiero detalles.

Volvió sobre sí misma, abrazándose.

Lo más perverso es que también la creí. Porque confiábamos en ella como en nadie. Y nos utilizó.

Luego, por fin, le miró a los ojos.

¿Ahora qué hacemos? ¿Qué será de nosotros con esta historia entre los dos?

No volverá a ser como antes. Pero si me dejas, dejo Madrid, trabajo aquí, te ayudo con todo… aunque me odies, estaré.

Lucía asintió, seca. Le dio una almohada, le señaló el sofá-cama.

Mañana tengo revisión médica. Si quieres, acompáñame. Y ahora quiero dormir sola.

Marcos agradeció aquel gesto resignado. No intentó abrazarla, solo se retiró en silencio.

Poco a poco fue trayendo orden a su nueva vida: presentó la renuncia al periódico, buscó empleo en un diario local. Cada día estaba al lado de Lucía: consultas, compras, paseos. Los primeros días apenas hablaban salvo para lo indispensable. El nombre Carmen quedó proscrito.

Hasta que, una noche, Lucía preguntó sin mirarle:

¿Qué te contaba ella? ¿Cómo planteaba sus mentiras?

Primero insinuaba un acercamiento raro con Daniel. Luego, las fotos. El punto final fue el aborto. Y llamó a Daniel para prohibir que te llamase. Todo muy calculado.

Siempre fue lista. Nunca pensé que esa inteligencia podía volverse tan cruel murmuró Lucía.

No es tu culpa; le diste todo como a una hermana. La culpa es solo suya.

Con los meses, comenzaron a hablar de futuro: el trabajo de Marcos, la habitación del bebé, nombres Eran conversaciones cautas, pisando hielo, pero necesarias.

Un día, Lucía recibió un whatsapp desde un número extraño: Perdóname. He destruido todo lo que tenía valor. Solo quería que lo supieras.

Se lo mostró a Marcos.

Borra el mensaje y ya. Solo quiere asegurarse de que la piensas, que mantiene influencia en tu vida.

¿Nunca se arrepentirá de verdad? preguntó ella.

Solo se lamenta porque la han descubierto. Si hubiera salido todo como quiso, estaría midiéndose el vestido ahora mismo.

Lucía borró el mensaje. Un sabor amargo quedó.

Se casaron discretamente en el Juzgado de Salamanca, con sus padres y Daniel como testigo. No fue una boda de ensueño, solo un nuevo comienzo. Cuando Marcos colocó la alianza, sus manos temblaban. En la mirada de Lucía, había serenidad, no alegría.

Tras un mes, se mudaron a Valladolid, donde Marcos halló un buen puesto en un despacho. El parto fue largo. Marcos estuvo todo el tiempo al pie del cañón, sus palabras incoherentes acompañando los gritos de Lucía. Cuando escuchó el llanto de la niña, pequeña y peluda, se desmoronó a llorar por primera vez en años.

La llamaron Bárbara.

De Carmen no se supo más. Eliminó toda red social, se dice que se mudó al sur y cambió de apellido. A veces, en los momentos más oscuros, Lucía se preguntaba qué habría sido si Daniel no hubiera sospechado. Se habrían odiado de por vida gracias a una amiga siempre a su lado. El escalofrío era peor que cualquier pesadilla.

Un día, paseando con Marcos y la niña, viendo cómo Bárbara intentaba atrapar las palomas del Campo Grande, Lucía dijo:

Creo que por fin lo entiendo. No nos quitó el amor, Carmen. Solo lo puso a prueba. Lo que rompió podía romperse lo que quedó, tal vez eso sea lo verdadero.

Marcos la abrazó, estrechándola como nunca antes. Y entre ellos, Bárbara balbuceó, extendiendo los brazos hacia el mundo.

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