Un encuentro inesperado

Encuentro fortuito

El abrigo de plumas de Eugenia apenas la resguardaba por abajo. El relleno se había apelmazado y, por arriba, el abrigo era ya solo una tela fina, atravesada por todos los vientos de Madrid. Por debajo la salvaban unos pantalones de lana tricotados y unas botas de borreguillo. El pañuelo de lana lo subía, arropándose los hombros a través de las mangas para no helarse.

El coche que había prometido su amiga Mercedes, compañera del mercadillo, no llegó jamás. Así que, rodeadas de sus pesadas bolsas, tuvieron que buscarse la vida para conseguir un aventón. Sus bultos eran tantos que apenas cabrían en un coche, por eso se despidieron cada una por su cuenta.

Cuando Eugenia trabajaba para otra, estos problemas no existían. Pero el dinero nunca bastaba: sacaba adelante sola a sus dos hijos y, hace poco, decidió lanzarse ella misma a los viajes de “comerciante” junto a Mercedes.

Pero ni ganaba más, ni había vendido aún la mercancía traída, y los problemas solo crecían.

Ahora debía cargar por las mañanas con los fardos hasta el Rastro, montar su puesto, y por la tarde recoger todo, llevarlo de vuelta a casa y subirlo, cuatro pisos sin ascensor y a veces a trompicones, si su hijo no estaba para ayudarla.

No hacía mucho que ella también cantaba alto Libertad sin ira, libertad…, y aquellas ansias de cambio entraron en su vida de manera poco elegante: la empresa en la que trabajaba quebró tras la crisis y la despidieron. De su marido, ni noticia en años. Así que a Eugenia no le quedó más remedio que buscarse la vida en la venta ambulante, aunque siempre creyó que eso no era lo suyo.

Ahí estaba ella, apostada junto a la carretera, con la nieve derretida calándole los pies. Era aún joven, pero la cara enrojecida por días enteros en el mercado al raso, los labios cuarteados, lágrimas en los ojos.

Los coches la salpicaban con el lodo y pasaban de largo. Eugenia procuraba no mirar el asfalto sucio, alzaba la vista a los tejados antiguos y los plátanos de sombra donde la nieve seguía blanca y pura. En la vida hay tanto barro gris que mejor no mirarlo demasiado.

Otra vez alzó la mano, hizo gestos. Por fin, paró a su lado un coche extranjero, igual de sucio que todo lo demás.

¿Se puede ir a la zona de Tirso de Molina por un precio razonable? preguntó al abrir la puerta, y en seguida se tragó las palabras.

Le reconoció inmediatamente. Era como si los años no hubieran pasado. Si había cambiado, solo era para bien. Mantenía aquella mirada seria y algo enigmática, las cejas levemente alzadas y una media sonrisa.

Mientras Eugenia reaccionaba, él bajó rápido del coche y metió sus bultos en el maletero.

Ella se desplomó en el asiento delantero, se acomodó el pañuelo y empezó mentalmente a prepararse para justificarse: buscaba excusas para su aspecto, por si él la reconocía también.

O quizá…

¿Cuántos años habían pasado ya? ¿Cuántos?

***

Ella tenía entonces veintidós. La enviaron a hacer prácticas de fin de carrera a una antigua casa forestal cerca de Segovia. En Madrid la esperaba Daniel, su prometido. Todo planeado: prácticas, tesis, boda.

¿Qué cambiarían tres meses de prácticas? Nada…

Eugenia fue alojada en una casa en el pueblo de Calvarrasa de Abajo, con una mujer mayor llamada Vicenta, que también trabajaba en el monte y cuidaba de un suegro con problemas de oído. Eugenia, tan sociable y ligera de espíritu, pronto entabló gran amistad con Vicenta, y ambas cuidaban del abuelo.

Una tarde, en presencia de Eugenia, el abuelo tuvo un ataque y cayó al suelo. Ella corrió a pedir ayuda, pero no encontró a nadie cerca. Entonces, pasó un tractor por la calle. Hizo señas. Y de él bajó un chico: alto, guapo, mirada seria y misteriosa.

Entraron en la casa. Él, fuerte, levantó al abuelo en brazos y lo sentó delante, con ellos en el tractor hasta la consulta del médico. Por suerte, llegó también la ambulancia y el chico no se separó; fue con Eugenia, hasta asegurarse de que todo estaba bajo control.

Solo entonces se presentaron en condiciones. Resultó que trabajaban para la misma empresa y vivían cerca. Se llamaba el chico Javier.

Solo era ya de noche. El abuelo se quedó ingresado, y por suerte llegaron a tiempo. Pero volver hasta el pueblo en medio del campo era imposible.

Vamos. La madre de un amigo vive cerca, podemos quedarnos. Por la mañana, los hombres nos llevarán de vuelta.

Eugenia percibió que Javier era buena gente y no pretendía nada. Pero dudó.

No, me sabe mal. Me quedo en el hospital. Me recogéis por la mañana, ¿vale?

¿En esos bancos? Anda, ven. Doña Clara es un amor y la casa es grande. Yo dormiré en la cuadra con mi amigo Jesús.

Eugenia aceptó. Dormiría en unas altísimas y mullidas colchas, hasta que doña Clara la despertó con un desayuno excelente. La buena mujer le contó que Javier había tenido esposa, pero que se marchó y le dejó un hijo pequeño. Que sacaba adelante una granja él solo y estaba construyendo una casa nueva, además de vender carne por el pueblo. Y que, a todas luces, tal vez pensaba que Eugenia le miraba con otros ojos.

Eugenia sonrió. No, ella tenía un prometido en Madrid, joven ingeniero, brillante. Además, no le interesaban hombres divorciados y con hijos.

Pero desde entonces, empezó a topar con Javier en todas partes: en el monte, en el comedor, en la calle. Vicenta le apreciaba mucho; juntos devolvieron al abuelo a casa.

Le gustas a Javier le dijo una vez Vicenta, tras indagar. Es buen muchacho y os pegaríais.

¡Pero si yo tengo a Daniel!

No es aún tu marido. Y Javier es hombre de fiar. Mira qué granja ha montado; el niño es encantador. Solo le falta una madre.

El corazón de Eugenia palpitaba, porque en el fondo, ella también acabó por buscar a Javier con la mirada allá donde fuera. Solvente, decidido, transmitía una fuerza tranquila y, sobre todo, el respeto de todos.

Consulta con Torres primero le decían los hombres del pueblo ante cualquier apuro.

Ella era una aparición, una señorita llegada por casualidad al pueblo, alta y esbelta, con una gabardina color café con leche, inimaginable en ese lodazal de marzo. Ni caminaba, sino que parecía flotar por encima del barro. Los hombres se ponían formales a su paso.

Señora ¿cómo ha venido hasta aquí?

Espera, Eugenia, que te llevo.

Del monte al pueblo había poca distancia, pero llovía, y Eugenia se acercó al tractor de Javier.

¿Y tu hijo con quién está? para Eugenia, un hombre con hijo era un señor mayor, aunque Javier apenas tenía un par de años más que ella.

No me trates de usted. Llámame tú. El niño está con mi madre y una vecina nos echa una mano. Al cole va

¿Cómo se llama?

Miguelito respondió con cariño. Es un torbellino. No se le puede perder ojo. Su abuela batalla

Y te gusta el pueblo, ¿no?

Bueno, sí está bien.

Ya verás cuando llegue la primavera y todo se ponga verde. Es precioso, el río está cerca. Eso sí, farolas no tenemos. Lo arreglaremos.

Con ese lo arreglaremos, Javier daba a entender que sentía responsabilidad por el pueblo entero.

¡Ay, si yo hubiera sabido entonces que eso, la responsabilidad, es el mayor atributo en un hombre!

Sus atenciones se fueron haciendo más claras. Visitaba a Vicenta, llevaba leña, compraba medicinas. Eugenia resistía como podía a sus sentimientos.

No lograba imaginarse viviendo en el campo. En la ciudad apenas tenía nexo salvo Daniel y la boda familiar. Pensaba en la decepción de Daniel al enterarse de otro enamorado y en la tristeza de su madre.

¿Vivirías en el pueblo? le preguntaría, extrañada.

Y luego sabría que su futuro marido es divorciado con hijo, criador de cerdos ¡Su hija, la de la universidad, la esperanza de la familia!

Por las noches, entre el aullar de los perros y el viento, Eugenia imaginaba su vida junto a Javier. Sabría quererla y agradecerle si llegaba a ser madre de su hijo. Después vendrían niños propios, todos semejantes a ese hombre.

Pero estaba lejos de decidirse. ¿Inmadurez, ingenuidad, cobardía? ¿O simplemente falta de experiencia vital?

Un día, en el pozo, vio a un niño rubito intentando subirse. Si lograba trepar, podía caerse. Eugenia se apresuró.

¡Eh, ahí no! ¿Dónde está tu madre?

Una chica llegó corriendo, insignificante, gris. El niño se soltó de Eugenia y corrió a refugiarse en ella, compungido.

Casi se sube al brocal. Yo sólo

Miguel, tranquilo, no se puede, ¿eh?

La muchacha le agradeció de manera escueta y se fue con el niño calle arriba.

Miguelito ¿sería el hijo de Javier?, pensó Eugenia, asustada. Era un niño tan ajeno, un reflejo de un futuro improbable.

Luego apareció la madre de Javier, Remedios. Lloraba, asegurando que Miguelito estaba muy unido a Lara la vecina, una pobre chica sin madre que quería a Javier y le ayudaba en todo, y que todo iba bien hasta que llegó Eugenia, la forastera.

Eugenia escuchaba atónita. ¿Ella, la causante de un drama? ¡Fue Javier quien, casi, la hizo dudar de su compromiso! Ella, la inocente, ahora culpable en una historia ajena.

¡Cómo le pidió Javier que no se fuera! La despidió en la estación, repitiendo que ni su madre ni Lara eran para él. Y era cierto: Lara, tan callada, eclipsada al lado de él.

No son pareja; tú sí decía Vicenta.

Pero Eugenia, herida en su orgullo, no quería inmiscuirse en ninguna vida ajena. No, la suya sería una historia urbana. Todo el mar de dudas desapareció; volvía con su novio.

Así se quedó Javier en el andén: camisa de cuadros, hombreras caídas, ceño fruncido, apesadumbrado. Así le recordaría Eugenia durante años.

Lloró durante todo el viaje de regreso.

Tales fueron sus prácticas, tres meses que partieron su vida.

Pero la juventud cura todo. Eugenia siguió adelante. Se casó con Daniel y la vorágine familiar la absorbió.

**

Volvió ahora al presente, reorganizándose en el asiento mientras se acomodaba el pañuelo, justificando su semblante. ¿Le reconocería él?

O Quizá había cambiado mucho: algo más ancha, labios quemados, ese abrigo feo, el pañuelo

¿Cuántos años habían pasado? ¿Cuántos?

Dieciséis. Sí, dieciséis años.

Al principio callaron.

Ha salido el día feo dijo, cuando un coche les salpicó de agua.

Aquí en Madrid; fuera está limpio y hasta las carreteras están claras.

¿Eres de fuera?

Voy y vengo. Cosas del trabajo.

Gracias por el favor, que la amiga no pudo. Suelo ir en coche, pero te pago el viaje.

Él giró la cabeza, mirándola con aquel gesto antiguo, algo herido. Y Eugenia comprendió: la había reconocido.

Hola susurró.

Hola, Eugenia.

¿Así que no me has olvidado? Creí que sí.

No te he olvidado dijo él, con seriedad, mirando la carretera.

A Eugenia le dolió el recuerdo bajo las costillas: su voz, las manos, los ojos. Le entró calor, se sacó el pañuelo.

¿Cómo te va, Javier?

Tardó en contestar. Parecía despertar también de ese letargo pasado.

Pues no va mal. Me defiendo. Ya ves.

¿Sigues en lo de los montes? buscaba temas comunes.

No, aquello cerró tras la crisis. Yo ya hacía tiempo que iba por mi cuenta.

Claro, ahora hay que buscarse la vida. ¿Montaste una granja? recordó que Javier criaba cerdos.

Sí, la granja, pero también la empresa. Vendemos carne.

Ya Ahora todo el mundo vende.

De pronto, Eugenia recordaba haber visto la marca Torres en el embutido de los supermercados. Sonrió, pensando que era casualidad.

Oye, ¿las morcillas Torres son tuyas?

Sí, se puede decir así. ¿No te gustan?

No, al contrario; a mi madre le encantan. Fíjate, no imaginaba

Javier se disculpó como si su éxito requiriera excusas.

Empezamos en pequeño. Luego mucha gente se quedó sin trabajo, así que crecimos, montamos fábrica, tiendas.

¿Y diriges tú solo?

Tengo equipo. Pero soy el que firma. Muchos de Calvarrasa trabajan conmigo. Ya vendemos en toda la Comunidad.

El contraste dolió a Eugenia. Ella, en su abrigo maltrecho y botas viejas; él, el campesino de antaño, ahora empresario de éxito. Como si hubieran intercambiado los papeles.

¿Y tu hijo?

Javier sonrió.

Tres, ahora.

¿Tres hijos?

Sí, tres varones. ¿Y tú?

Un chico y una niña respondió Eugenia, secándose el sudor de la frente.

Miguel está en el ejército. Lo pasó mal en misión internacional; Lara ha encanecido del susto. Este año vuelve, si Dios quiere. El segundo estudia FP y el pequeño está en quinto aún.

Lara así que se casó con esa “ratita gris”.

Eugenia sentía deseos intensos de decir cuánto se había arrepentido de haber huido de él. ¡Tantas veces lo pensó! Y ahora, frente a él…

Daniel resultó un marido de poco provecho. Al principio, todo rodó, consiguió trabajo de ingeniero, incluso se mudaron a la provincia de León, donde le dieron vivienda. Los niños pequeños, muchas dificultades, pero se podía. Pronto, Daniel empezó a tener problemas en la empresa, pasaba de un sitio a otro; bebía. Perdieron el piso, regresaron con la suegra. Y después, Daniel se fue del todo. Tampoco con la suegra hubo arreglo.

Eugenia, incapaz de más, solicitó el divorcio y volvió a casa de su madre. Su padre ya no estaba para protegerla.

Quiso contarle todo a Javier, confesarle su pesar. En cambio, solo dijo:

El mío está en primero de bachillerato. La niña, en segundo de ESO. El tiempo vuela.

Sí, vuela.

Guardaron silencio. Los dos querían hablar de lo más íntimo pero pensaban que solo a cada uno le importaba verdaderamente.

Eugenia sintió culpa hacia Javier. Pero enseguida recordó a su madre llorando, a Lara A esas dos, al menos, les cedió el paso en su día, aunque fuera por orgullo e ingenuidad.

¿Y tú? preguntó Javier suavemente.

Pues como ves. Despedida. Ahora autónoma Es duro sola.

¿Y Daniel?

¿Lo recuerdas? Me sorprendes.

Te vi hecha novia. Fui de coche escoba detrás de tu caravana hasta el banquete.

¿Qué dices? aguzó el rostro, sorprendida.

Sí. Vicenta me lo contó un día antes. No te amargues, que se casa mañana. Me subí al coche directo, sin pensar. Te vi radiante. No quise aparecer. Volví a casa y me casé con Lara.

Dios ¡Si yo hubiera sabido! musitó ella, desolada.

Solo habría agriado la fiesta. Parecías tan feliz

Quizás. La boda es un momento importante. Pero la dicha duró poco. A los cinco años nos separamos; volví con mis hijos a casa de mi madre.

Lo siento.

Bueno, una termina haciéndose fuerte. Los niños bien criados, estudiosos; el mayor quiere hacer medicina el año próximo. No está tan mal. Y la venta, pues mira, da para ir tirando. El puesto en el Rastro está muy bien; paso frío, sí, pero funciona.

Pretendía demostrarle que, aunque no triunfó como él, tampoco le iba tan mal.

Javier la escuchaba con el ceño levemente fruncido.

¿Y lo tuyo con Lara?

Javier encogió los hombros, como pensando en otra cosa.

Bien. Ella Hace pan.

¿Pan? ¿Ella sola?

Al principio sí. Ahora ¿Conoces El Horno Tradicional? Ella lo lleva.

Claro, aunque casi no he ido. Recuerdo una vez ¿Y ella?

Es la jefa. Para ella lo construí. Buen pan le sale. Montamos el horno.

A Eugenia le vino a la mente una escena: una vez una amiga le llevó al Horno, y mientras esperaban, señaló a la dueña: una mujer pequeña, moderna, con una gabardina blanca y un pañuelo rosa. Le sonó el rostro vagamente familiar. Ahora todo tenía sentido.

Estamos llegando avisó Javier, buscando el portal. Eugenia volvió a sí.

La siguiente manzana.

Javier aparcó, bajó y corrió al kiosko de flores. Volvió con un ramo enorme de crisantemos, los depositó sobre su regazo enfundado en los sucios pantalones de lana.

Eugenia miraba las flores; la blancura se le deshacía en los ojos casi llorosos. Se secó rápido, recordando que ella era una mujer fuerte.

Después Javier la ayudó con los bultos hasta la puerta del edificio, paredes llenas de graffiti. Ella acunaba el ramo, sin saber qué decir.

¿Quieres pasar? mejor que él dijera que no, pensó, el piso estaría hecho un desastre, lleno de cajas, su madre con preguntas.

Y, aun así, deseaba que él dijera que sí, que lo viera todo, lo comprendiera, y sintiera lo mismo.

No, Eugenia, mejor no. Tengo mucho lío hoy le cogió la muñeca unos segundos y se despidió.

Saltó rápidamente por la escalera.

¿Llamarlo? ¿Contarle todo?

Viéndole alejarse, Eugenia entendió: para él ahora sería aún más difícil. Él se despedía; no volverían a verse. Y esa certeza le alivió.

Entró a casa arrastrando las bolsas.

Su madre apareció enseguida: preguntas, problemas, novedades. Pero Eugenia apenas la oía, sentía aún en la muñeca la presión de la mano de Javier. Se descalzó, llevó las botas a secar, hizo todo por costumbre.

Su madre, repitiéndole todo, al fin, cuando la vio sentada, preguntó:

Hija, ¿te acuerdas de aquel chico de tus prácticas? El de Calvarrasa el que te rondó entonces ¿Te acuerdas?

Sí, mamá. Y tú entonces dijiste: ¡lo que faltaba, vivir en el campo criando cerdos!

Y bien que lo dije. Estarías ahora en puro estiércol.

Le he visto hoy.

¿Sí? ¿Dónde?

No importa. Mamá, todo lo que adoras de Torres es suyo. Su esposa es la dueña del horno.

La madre quedó paralizada con la taza. Dejó suavemente la copa, y tras un silencio, murmuró:

La vida nadie la elige. Si pudiéramos prever, todos estaríamos mejor.

Y a Eugenia le dio pena por su madre.

Vamos, mamá. Vivimos, ¿no? Hoy he vendido dos trajes y tres chaquetas. Seguiremos. No te vengas abajo.

Eso es. Si supiéramos dónde está el golpe, pondríamos la almohada antes pero la noticia la dejó pensativa.

Al poco volvió su hijo. Alto, con la mirada seria y algo misteriosa. Ahora Eugenia veía cuánto se le parecía a su verdadero padre.

¿Quién iba a sospechar, entonces, que el niño de tres kilos era supuestamente prematuro de siete meses? Nadie dudó; Eugenia no era dada a liviandades.

Su hijo se sentó.

Mamá, no te enfades. Me han aceptado para trabajar en la hípica. Cuido caballos, es a destajo. No te preocupes, no afecta a los estudios. Lo juro, mamá

Eugenia suspiró. Ayer, quizás, hubiera protestado. Hoy

Hazlo, Javier. Ya eres mayor. Todo trabajo es digno. Además, te vendrá bien el dinero.

El muchacho sonrió con la cuchara; algo había cambiado en ella, pero no sabía qué. Y, sin embargo, qué bien se sentía al contar con la confianza materna.

Esa noche, Eugenia no podía dormir. No lloraba ni se lamentaba, no. Una sensación extraña la invadía.

Miraba los crisantemos blancos, pensaba en el destino, en el encuentro de aquel día, en que cada uno tenía su nuevo sendero que recorrer, separados.

Aquel encuentro la había partido en dos: antes y después de Javier. Así sentía ahora, de nuevo.

Ambos, en sus caminos, encontrarían aún sorpresas y oportunidades de felicidad. No volverían a verse, y aun así, de algún modo, se influirían el uno al otro.

Todo en la vida tiene su porqué.

Y aquel encuentro le fue dado a Eugenia para comprender algo muy, pero muy importante.

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