La esposa rechazada y acomplejada por su peso.

A veces, no puedo evitar pensar que mi vida es una condena perpetua, y la jueza que dictó esa sentencia es mi propia esposa, Inés.

Con ella no había forma de pasar desapercibido. Inés entraba en la casa como un huracán: pasos pesados, voz rotunda que parecía desalojar el aire. Era corpulenta, y lejos de avergonzarse de su físico o su voraz apetito, los hacía su bandera. Llevaba vestidos de colores chillones, bisutería imponente y soltaba carcajadas tan profundas que tapaban la voz de los presentadores de televisión.

Yo, Arturo, siempre he sido callado; desde el primer día sentía en su presencia que acababa de llegar a un mercado de sábado en Cuatro Caminos, de esos en los que la cabeza te zumba horas después.

Nos casamos hace seis años y, si soy sincero, aquel matrimonio olía a resaca desde la boda. Todo sucedió en una Nochevieja, en casa de unos amigos. Yo era entonces un ingeniero tímido, joven, y con el pecho aún abierto por una ruptura reciente. Recuerdo haber tomado más vino y anís del necesario, y la noche se me quedó apenas en flashes: las luces del árbol, gritos de ¡Feliz Año!, y el calor de un cuerpo envuelto en lentejuelas. Ni siquiera el rostro recuerdo.

Desperté en un piso ajeno, con la boca seca y el alma hecha confetis pisoteados. A mi lado dormía Inés, roncando plácidamente, ajena al cataclismo. Me levanté en silencio, me vestí y salí, con la esperanza de que todo fuese un mal sueño.

Pero el sueño no terminó. Un mes más tarde, sonó el móvil. Su voz, segura y firme, no dejaba margen de duda:

Arturo, soy Inés, de la Nochevieja. Tenemos que vernos.

Quedamos en una cafetería. Inés se sentó frente a mí, erguida en un jersey rosa que, a mi parecer, podría valer de funda para un coche. Me sostuvo la mirada mientras hablaba:

Estoy embarazada. Es tuyo, te aviso porque eres el único con quien estuve.

La pregunta era directa, a lo castizo. Yo, hijo de madre soltera y educado en la idea de que hay que afrontar las consecuencias, me encogí por dentro. Apenas recordaba nada de esa noche, y por unos segundos pensé ¿y si no es mío?; pero no me atreví a decirlo. Mascullé algo sobre lo importante que era apoyar y ver cómo salía todo. Inés asintió, como aceptando un tributo.

De ahí hasta la boda todo fue un proceso pragmático: la acompañé al médico, cooperé en casa de sus padres en un pueblo de Ávila, ayudé económicamente. Ella fue haciéndose fuerte en mi rutina, como un peso que, aunque costase, finalmente acepté como propio. Después de nacer el niño, al que llamamos Mateo, pedí una prueba de paternidad. Inés estalló como nunca la había visto, lanzando improperios a diestro y siniestro.

¿Crees que te la he pegado? ¿Me llamas fulana? ¡Da gracias de que una mujer como yo se haya fijado en ti!

Aun así, se hizo la prueba, y se confirmó. Miré entonces aquel rostro fruncido de nuestro hijo, y vi en Inés una vencedora. Ser honesto a veces duele, pero propuse matrimonio. Ella aceptó sin rodeo ni dudas fingidas.

Así empezó nuestra vida juntos. Inés, que antes vivía en un piso alquilado y minúsculo en Vallecas, invadió mi casa familiar cerca de Aranjuez como una apisonadora. Cambió muebles, colgó cortinas naranjas, llenó la nevera de ensaladilla y chorizo. Su rastro estaba por todo el hogar: en las cremas, en los vestidos colgados, en el aroma profundo de su colonia barata incrustada en las paredes.

Mi rutina como ingeniero era previsible, envolvente: planos, silencio, papel. Volver al hogar se convirtió en una odisea. Antes de cruzar la puerta ya la oía, discutiendo a voces por teléfono con su amiga o increpando a la televisión. Nada más entrar, la tormenta de quejas y demandas:

¿Dónde te metías? ¡La cena se enfría! ¿Otra vez con tus informes inútiles? ¡Te toca recoger al niño del cole! ¿Te acuerdas de que en esta casa hay familia?

Yo me quitaba el abrigo, iba al baño a lavarme las manos solo para ganar un par de minutos más de respiro antes de lanzarme a esa marea.

Me distraía, inevitablemente, mirando a otras mujeres. A mi compañera de proyectos, Clara, frágil como una figurita de Lladró, que para oírla había que acercarse mucho. A Lucía, la vecina, una morena elegante que paseaba a su galgo y que siempre me sonreía tras el seto con timidez. Inspiraban calma, belleza, esa serenidad sencilla que sentía perdida hacía años. Inés, en cambio, era la tempestad que yo nunca había elegido.

Años de fricción hicieron que pequeños detalles, manías triviales antes, se vuelvan torturas: el ruido con que masticaba si le gustaba la comida, su risa a carcajada limpia con chistes malos en la tele, la bata vieja y deformada en la que se paseaba sin pudor. Sus broncas a Mateo parecían gritos de ofidio. Hasta su zelo, grosero y absorbente, era un yugo.

Una noche llegué agotado del trabajo, la cabeza martilleando de dolor. En casa, una radio a todo volumen, Mateo llorando porque no quería comer papilla, e Inés dándole de cenar mientras hablaba por manos libres con su madre:

Sí, sí, mamá… ¡Mateo, abre la boca, que lo he dicho! ¡No me des la lata!

Escuchando la algarabía desde el recibidor, la presión me subió aun más. Colgué el abrigo, respiré profundo y entré en la cocina:

¿Puedes bajar la música, por favor? pedí casi en susurros. Tengo jaqueca.

Por un segundo Inés me miró de arriba abajo, sin soltar el teléfono:

¿Que la baje? Si esto es ambiente. Si no te gusta, vete al salón. ¡Mateo, te lo estoy diciendo!

Inés, por favor, bájala ya subí el tono, poco habitual en mí.

Bufó, pero apagó la tele de mala gana. Justo entonces, Mateo, viendo el respiro de atención, golpeó la papilla con la cuchara y la volcó por el suelo y parte del vestido de su madre.

Inés gritó como si algo la poseyera, tiró el móvil a la mesa y zarandeó a Mateo:

¡Pero mira cómo me pagas el esfuerzo! ¡Ahora todo tirado! ¡Eres un desastre!

El pánico en la cara del niño me partió el alma, mientras veía mi taza favorita regalo de Clara por mi santo a punto de volcarse al suelo. Di dos pasos y apagué la televisión de un tirón:

Suéltale. Ahora mismo.

Inés se paralizó, sorprendida por mi rebelión. Mateo soltó la mano de su madre y corrió a su cuarto.

¿Me vas a decir tú a mí cómo criarle? espetó, erizadísima. Que soy su madre.

Lo que haces no es educar, es gritar y humillar. Siempre gritas: a él, a mí, al mundo. Ya no puedo más.

Jamás le había hablado así. Ella no supo por un momento cómo reaccionar.

Mira, qué delicado el señorito deberías dar gracias por tener a una mujer de verdad en tu vida. ¡Otra habrías estado solo toda la vida!

Quizás sí susurré, pero al menos tendría paz. No soporto más esto. Nunca me gustaron las mujeres llenas, ni las que gritaban. Nos equivocamos, Inés.

¡Así que la culpa es de mi físico y mi carácter! lloraba de rabia. ¿O es que tienes envidia de la estirada esa, Clara? ¡Te he pillado mirándola!

Ni lo negué.

No va por ella, va por nosotros. No somos compatibles, y por mucho que quiera a Mateo se me ha acabado el aire.

Lo dije y sentí un alivio extraño, como cuando termina finalmente una tormenta.

Inés quedó en silencio, descolocada y con los ojos lastimosos:

¿Y entonces qué quieres hacer con tu vida?

Me separaré. Te ayudaré con la casa, te pasaré la pensión que toca por Mateo y lo veré cada fin de semana. Y sin más dramas.

Sin dramas, dice ¿Y a dónde voy yo con un niño y sin trabajo? La casa es tuya.

Ya lo buscaremos. Te ayudaré a alquilar algo mientras.

Aquella semana la tensión era espesa como crema pastelera. Apenas intercambiábamos palabras, solo lo imprescindible para Mateo y el día a día. Dormía en el sofá del salón.

Inés era otra. Apagada, sin vestidos llamativos ni gritos. Yo la encontraba algunas noches con la mirada perdida sobre la pila de platos. El bullicio que tanto aborrecía se desvaneció para dejar un silencio plomizo.

Una noche salí a fumar al patio y, entre el murmullo de vecinos, llegó a través de la ventana la voz de Inés, cantando a Mateo una nana desentonada pero suave. No la había oído nunca cantar. Me golpeó de repente una punzada de culpa.

Presenté la demanda de divorcio, y siguieron días de papeles, más lágrimas, y las últimas peleas desagradables. Pero después de aquella discusión en la cocina, la decisión ya era irreversible.

Cuando por fin llegó el día de firmar, me vi en el espejo: flaco, ojeroso, pero con una determinación que hacía meses no sentía. La libertad, descubrí, no era alegre, sino fría y solitaria, salpicada de encuentros quincenales con mi hijo y una hipoteca emocional y económica.

A Inés se le pasó el primer llanto, y se volvió feroz en el trato: negociaba euro a euro la pensión, luchaba por cada hora de visitas. Yo, exhausto, cedí en casi todo. Le dejé la mayor parte de los ahorros, pagué seis meses de alquiler, pasaba una pensión justa y pactamos visitar a Mateo dos fines de semana al mes.

Al principio, en casa, no sentí alivio, sino vacío. Por curioso que parezca, el silencio que tanto añoraba se me hacía aún más atronador. Echaba de menos a Mateo con una fuerza física, pero jamás pensé en volver atrás. Tenía claro que ese estruendo y caos ya no formaría parte de mi vida.

Fue entonces cuando Clara, la hada etérea de la oficina, comenzó a acercarse más a mí. Si antes solo hablábamos de trabajo, ahora me buscaba junto a la máquina de café, me preguntaba por Mateo, por mi ánimo, con esos ojos grandes llenos de compasión.

Arturo, necesitas descansar de tanto agobio. No puedes quedarte solo

Su voz era un bálsamo, y ella una aparición: pequeña, delicada de facciones, siempre impoluta y oliendo a perfume caro y jabón caro. Me sentía un caballero en su presencia.

Empezamos a salir. Primero cafés, luego cenas, paseos. Su casa era una oda a la estética: todo blanco y beige, ni una mota de polvo o desorden. Era como vivir en una revista, lejos de mi antigua casa desgastada pero acogedora.

Arturo, esa lámpara no combina nada con la mesa decía soñadora tumbada entre cojines perfectamente alineados.

Tengo que admitir que se creía un regalo para el mundo, y por supuesto, para mí. De esos complicados de cuidar y mantener.

¿Has visto los últimos zapatos de tacón de esa zapatería de Serrano? Son carísimos, pero dicen que una mujer debe tener al menos un par así. Es una inversión en la imagen.

Y yo compraba: zapatos, bolsos, tratamientos de belleza. Gastaba el dinero que había apartado para un coche nuevo, para Mateo, para un viaje soñado. Creía que era lo esperado: un hombre debe mimar a su pareja, sobre todo si es especial. En cierto modo, así la mantenía.

Unos meses después, Clara sugirió, con evasivas, lo absurdo de pagar dos alquileres. Le propuse que se mudara conmigo. Llegó con maletas enormes y rápidamente impuso su orden minimalista. Dios, ese sofá es horrible, mata el ambiente, dijo el primer día.

Los fines de semana se convirtieron en recorridos eternos por IKEA y tiendas de decoración. El hogar, antes refugio y después caos, ahora parecía un catálogo impersonal, donde la presencia de Mateo fue relegada al fondo de un cajón para no romper la armonía.

Y pronto me cayó el veinte: con Clara no era solo difícil; era angustiosamente asfixiante, aunque de distinta forma. Si Inés era la bruta que desbordaba, Clara era esa tela de araña elegante, invisible, que lo controlaba todo: el gasto, el tiempo, las energías.

Nunca movía un dedo en casa. Decía que el hogar es cosa de mujeres resignadas o sin ambición.

Hoy me hice manicura, no toco ningún estropajo, lo entiendes, ¿no? Además los productos de limpieza me resecan la piel, eso cuesta mucho de cuidar.

Clara, estoy agotado me atreví a protestar una noche.

Yo también, cariño. Y, por cierto, necesitamos comprar ese café suizo en grano, el tuyo deja regusto amargo. Ni miró de la pantalla para responderme.

Su mundo era ella. Meterse a la cocina, pensar en mi hijo o en mí no le importaba. Las discusiones con Inés al menos eran eso, intercambio (duro, pero recíproco). Con Clara era siempre un monólogo.

Un viernes, después de una semana imposible, llegué con un ramo de peonías carísimas, sus favoritas. Pensé que podría haber al menos un rato cercano, una pequeña tregua. Ella guardó las flores, hizo fotos para Instagram, y enseguida sentenció:

He reservado en el nuevo restaurante de la Latina, sale carísimo pero el ambiente es divino. Ponte el traje azul, que en las fotos queda genial. Y por favor, afeítate.

Me senté mientras la miraba, perfecta, y por primera vez eché de menos a Inés gritando desde la cocina: ¡Arturo, ven a cenar que la tortilla está caliente!. Me irritaba, pero era auténtico, generoso, de verdad. Con ella no tenía que aparentar nada, podía ser solo el hombre cansado que volvía de trabajar.

Clara, hoy no tengo fuerzas para cenas ni fotos. El domingo recojo a Mateo y quiero descansar.

Ella giró la cara, indignada.

¿Sabes lo que cuesta conseguir mesa en ese sitio? ¿No te das cuenta de lo importante que es para nosotros aparecer en ciertos lugares?

Lo que es importante es también descansar. Nuestras agendas siempre giran en torno a ti.

¿Descansar aquí? miró el salón que había decorado a su gusto. ¡Esto es gris, es vulgar! Yo te traigo belleza, nivel, clase. No eres mejor que tu vida con esa gorda de Inés.

Eso fue la bofetada. De pronto lo vi: había escapado de una cárcel bruta para meterme en otra, de diseño, silenciosa pero igual de cruel por lo fría y egocéntrica.

Tienes razón: ni tú ni yo somos para esto.

Me levanté a preparar su maleta. Cuando ella vio aquello, chilló, insultó, diciendo que jamás me volvería a mirar, que yo era poca cosa para su tiempo.

De nuevo, me vi solo.

Pasaron los días, las noches, y mientras fregaba mi único plato, los recuerdos de Inés fueron regresando, pero no con rencor, sino con nostalgia secreta.

Recordé noches de fiebre cuando vigilaba a Mateo, cómo después de una buena noticia me hacía tarta y la colocaba orgullosa en la mesa, o cómo reía hasta llorar con cualquier chorrada en la tele. Su molestia era una entrega bulliciosa. Clara, al final, no entregaba nada; solo cogía.

La tentación de llamar a Inés fue creciendo en mi mente, como hierba mala. ¿Sería mi destino, vivir con ese estruendo? ¿Sería ese el precio de la compañía, de tener a Mateo?

Con el corazón encogido, marqué su número. Cuando por fin descuelga, no había sorpresa, como si me hubiera esperado desde aquel día que salí por la puerta.

Cerré los ojos. En mi garganta temblaba esa primera palabra; todo dependía de pronunciarla, de admitir mis errores, mis derrotas y mi miedo a la soledad.

Y creo que aprendí, aunque fuera tarde, que no hay vida perfecta, y que el silencio, igual que el bullicio, puede ser igualmente cruel si uno no sabe hacerlo compañía. Al final, somos responsables de los nidos que construimos y pagamos el precio, en ruido o en vacío, por no elegir con honestidad desde el principio.

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La esposa rechazada y acomplejada por su peso.
Familia bajo control estricto. Relato