Baile: una vida en miniatura

El baile es una pequeña vida
—No lo olvides, el sábado a las cinco en mi casa. No llegues tarde —dijo su amiga mientras salía corriendo de la clase el viernes.

Lucía llegó a la fiesta de cumpleaños de su amiga arreglada, con una bolsa de regalo y un ramo de flores en las manos. Desde detrás de la puerta se escuchaba música y risas.

—Felicidades. ¿Llego tarde? —preguntó Lucía, entregando el ramo y el regalo a su amiga.

—No, es que los demás llegaron antes. Vamos, entra —Marta la tomó del brazo y la presentó a los invitados.

Apenas Lucía tuvo tiempo de mirar alrededor cuando la madre de Marta llamó a todos a la mesa. No hizo falta repetirlo dos veces. Los jóvenes se sentaron con bullicio. Alguien ya estaba sirviendo cava en las copas, mientras otros se servían generosas porciones de ensalada y embutidos.

Después llegaron los bailes. La madre de Marta comenzó a recoger los platos sucios, y su padre había desaparecido hacía rato de la mesa. Lucía no sabía bailar ni le gustaba, así que se puso a ayudar a limpiar.

Un chico corriente, sin nada llamativo, se acercó y le pidió bailar.

—No bailo —respondió Lucía.

—Yo tampoco —dijo él, sonriendo.

Su rostro se transformó al instante, volviéndose increíblemente atractivo. Sus ojos brillaron como si tuvieran luz propia. La habitación desapareció, junto con todos los invitados, y solo quedaron ellos dos.

Luego la acompañó a casa.

—Me llamo Daniel. Y tú eres Lucía, ¿verdad? Te vi hace unos días en la universidad.

—¿Tú también estudias allí? —preguntó Lucía, sorprendida.

—No, ya trabajo.

—Debe ser que no sonreías, porque seguro que me habría fijado en ti —dijo Lucía, ruborizándose—. Hemos llegado —se detuvo frente al portal de al lado.

—¿Tan pronto? —preguntó Daniel, decepcionado—. ¿Y si damos un paseo? —propuso, y su cara volvió a iluminarse con aquella sonrisa.

Lucía no pudo dormir esa noche, recordando su sonrisa, que le hacía sentir un dulce dolor en el pecho. Había salido con otros chicos, pero nunca antes había sentido algo igual.

Se casaron el verano siguiente. Marta fue la madrina.

Su madre se lamentaba de que su hija hubiera formado una familia tan joven. ¿Y si llegaban los niños? Ella aún no estaba jubilada, no podría ayudar. Pero, ¿quién piensa en hijos y problemas cuando está enamorado? Cuando el mundo gira alrededor de la persona amada. Cuando no se puede respirar si no se la ve al menos una vez al día.

Decidieron vivir por su cuenta, alquilaron un piso aunque su madre insistía en que se quedaran con ellos hasta que Lucía terminara la universidad. Así no tendrían que preocuparse por la economía ni por cocinar.

Parecía que la felicidad duraría para siempre. Pero en el último curso, Lucía se quedó embarazada. Al principio, sintió miedo. ¿Cómo lo haría? Todavía le quedaba un año de estudios. Pero hizo cálculos y vio que daría a luz a principios de junio, justo antes de los exámenes finales. Eso la tranquilizó.

Cuando Daniel llegó del trabajo, le dio la noticia esperando su alegría y apoyo. Pero él se quedó desconcertado.

—¿No te alegras? —preguntó Lucía, ofendida.

—Claro que sí, solo que es inesperado. ¿Estás segura de que podrás con todo?

—Sí. Los profesores no son monstruos, no suspenderán a una madre reciente —Lucía lo miró con esperanza. Cuando finalmente él sonrió, todas sus dudas se desvanecieron.

Lucía dio a luz a mediados de mayo, cuando los jardines estaban en flor. Abrazó a aquel pequeño ser de mejillas sonrosadas y sintió que el corazón se le derretía de ternura. Los exámenes finales quedaron atrás, y Lucía se dedicó por completo a su hija.

Cuando Daniel volvía del trabajo, le contaba cómo la niña sonreía, cómo reconocía su voz, como si fueran noticias de importancia mundial.

Cuando Adela comenzó a caminar y los pañales quedaron atrás, Lucía volvió a embarazarse. No se apresuró a decírselo a Daniel. Habían planeado tener otro hijo más adelante, cuando pudieran comprar un piso. Pero al final no tuvo más remedio que contarlo.

—Creía que tomabas precauciones.

—Adela aún mama, se dice que en este tiempo no hace falta —respondió Lucía, avergonzada.

—Bueno, lo superaremos.
Pero no vio su sonrisa.

En su momento, nació su hijo. Con dos niños, Lucía se olvidó de sí misma, corriendo de un lado a otro como una loca. Los fines de semana su madre la visitaba, y ella podía descansar un poco.

—Lucía, tienes mal aspecto, has engordado. Mira que Daniel te dejará. Hay muchas mujeres cuidadas por ahí. ¿Quién te va a contratar después de la baja maternal? Sobre todo sin experiencia. Los hombres siempre tienen valor, da igual cómo luzcan, pero una mujer debe cuidarse. Ponte a dieta y arréglate —le aconsejaba su madre.

Después de que se marchara, Lucía se quedó mucho tiempo frente al espejo. No se había dado cuenta de cuánto había engordado. Su figura se había desdibujado, la cintura había desaparecido, los vestidos le apretaban en la barriga y se arrugaban en la espalda.

*«Mamá tiene razón, me he descuidado. ¿Cuándo fue la última vez que Daniel me sonrió? Bueno, sí, sonríe cuando juega con los niños, pero no como antes»*.

Cuando de repente se le cortó la leche, Lucía hasta se alegró. Ahora podría ocuparse de sí misma, hacer dieta. Pero el hambre era insoportable, hasta marearse. Caía en la tentación, comía de más, prometiendo empezar al día siguiente. Pero volvía a repetirlo, olvidando sus promesas.

En el cumpleaños de Daniel, vinieron sus amigos.

—Lucía, ¿estás embarazada otra vez? —preguntó la mujer de uno de ellos, mirándola con ojos críticos.

Lucía deseó que la tierra se la tragara.

—Es difícil no engordar con la comida tan rica que hace. Deberías aprender de Lucía —intervino un amigo de Daniel en su defensa.

Después de aquello, decidió ponerse seriamente manos a la obra. Le pidió a Daniel que se quedara dos noches a la semana con su hijo. Su madre recogería a Adela de la guardería, y en ese tiempo ella iría al gimnasio. Pero tras ir una vez, decidió que no volvería por vergüenza.

Se sentía como un hipopótamo comparada con las chicas esbeltas del gimnasio. El entrenador apenas le prestaba atención, ocupado con alguna belleza de piernas largas.

De camino a casa, estuvo a punto de llorar. Mientras esperaba en un paso de cebra, vio un cartel: *«Escuela de baile. Abierto a todos, sin importar edad ni nivel»*.
Arrancó el papel con la dirección y el teléfono.

Dos días después, estaba en la escuela. Un grupo de mujeres se apretujaba contra la pared. Lucía notó que ninguna era delgada. El profesor era de su edad. Durante el calentamiento las puso frente a un gran espejo. Lucía se colocó al fondo, escondiéndose tras las demás. Como todas lo hacían igual de mal, dejó de sentir vergüenza.

Después de clase, tenía mucha hambre, pero se controló. Quizá el baile dio resultado, o tal vez acostumbrarse a no cenar, o las ganas de adelgazar, pero los kilos empezaron a desaparecer, los vestidos le quedabanCon el tiempo, Daniel y Lucía volvieron a reír juntos, bailando en la cocina como cuando eran jóvenes, mientras los niños los miraban entre risas y aplausos.

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