Sin vuelta atrás

No hay vuelta atrás
10 de marzo de 2022, Madrid

He dejado la taza en la mesa, fijando la mirada en Arturo. Estaba en el recibidor, frente al espejo, arreglándose el cuello de la camisa nueva. Era un modelo ajustado, de cuadros pequeños, de esas que suelen llevar chicos de veinticinco años, no hombres que cumplirán cincuenta en cuestión de semanas.

Arturo, ¿vas a trabajar o tienes otro plan?

Al trabajo, ¿adónde más iba a ir?

Era sólo curiosidad. Antes no te vestías así.

Se giró. Había algo en su mirada distinto, como un reflejo lejano, y cierta prisa. Como si intentara llegar a algún sitio y yo, simplemente, estuviera en medio.

Mira, Almudena, la gente renueva el armario. Es lo normal.

Si no digo nada.

Ese es el problema. No dices nada, pero miras.

Se puso el abrigo. No el de siempre, gris, ese que lleva colgado como siete años, sino uno azul marino, corto, completamente nuevo. Le seguí con la vista hasta que cerró la puerta. Tomé la taza y fui a la cocina. Afuera, el cielo estaba plomizo; típico marzo húmedo en Madrid. Sobre el alféizar, la maceta de geranio que riego siempre los martes. Las hojas firmes, con ese aroma intenso y hogareño. Apoyé la frente en el cristal y pensé que la última vez que fuimos juntos a algún sitio fue en octubre. Al teatro. A mí la obra me encantó, pero él volvió callado todo el camino.

Veinticinco años. Ya ni pienso en días ni cuentas absurdas.

Trabajo como contable en una pequeña empresa de reformas, en Móstoles. Lugar tranquilo, ambiente estable. Mis compañeros me respetan, hasta los mayores suelen llamarme señora Almudena. En la oficina nunca llego tarde, ni me voy antes. También en casa mantengo cierto orden. Todos los domingos cambio el mantel de lino de la cocina; el viejo, lavado, sustituye al que estaba. Mi bata la compré hace tres años, de esas gruesas, color crema, y la cuido como si fuera oro. Por las noches leo y tomo té con mermelada de grosellas negras que hago cada agosto. Mi vida es como un vestido a medida: nada sobra, todo encaja.

Los cambios en Arturo empezaron en febrero. Primero, se apuntó a un gimnasio. Eso, de por sí, no sería raro si no fuera por el tono en que lo anunció durante la cena. No fue un voy a cuidarme, sino un estoy harto de sentirme destrozado. No le di importancia. Había leído sobre la crisis de los cincuenta en los hombres: bicicletas, dietas, el deseo de confirmar que aún no está todo acabado. Mejor que haga ejercicio.

Después llegó el perfume. Dulzón, penetrante, químico, nada que ver con aquel aroma amaderado, discreto, que solía llevar. El nuevo lo impregnaba todo mucho después de haberse ido. Descubrí la botella, negra y plateada, con un nombre en inglés extraño. Lo guardé tal cual estaba.

Después, la camisa. Luego otra. Más tarde, encontré unos vaqueros ceñidos y gastados por las rodillas, cuando, por casualidad, ordené su parte del armario. Los colgué y cerré la puerta.

En marzo empezó a volver tarde tras el trabajo. Primero una vez a la semana, luego cada vez más. Siempre tenía una excusa: cena con compañeros, un tema de última hora, visita a un amigo. Escuchaba y asentía. Confiar en él era una rutina después de veinticinco años. Al fin y al cabo, ¿para qué si no todo esto?

Pero había algo, sutil, incómodo. Una tirantez interna, suave pero persistente, como una vieja cicatriz molestando bajo el agua fría.

En abril, noté que ya no dejaba el móvil a la vista como antes. Se lo llevaba en el bolsillo hasta en casa. Cuando sonaba, salía al pasillo. Un día entré en la cocina y giró el teléfono, dejándolo boca abajo, ofreció ayudarme con la cena; nunca lo hacía, nunca.

Comenté algo con mi amiga Pilar, compañera desde los tiempos de la Autónoma.

Almu, ¿de verdad no te das cuenta? Es el manual del hombre maduro. Mi Vicente, a los cuarenta y ocho, se compró una Vespa y estuvo tres meses vestido de motero. Se le pasó y la vendió.

Arturo no es así.

Todos no son así, hasta que lo son.

Pilar, no me calientes la cabeza.

No te caliento nada, sólo observa con atención.

Eso hice, pero mientras más lo observaba, menos comprendía. Arturo seguía en casa, comía, dormía, hablaba a veces del trabajo y de la cisterna del baño. Todo igual, pero a la vez no. Extraño sin motivo aparente. No era duro ni distante, pero se notaba… como si viviera de espaldas.

Una noche, mientras tomábamos té, lo pregunté abiertamente. Como siempre, le serví primero y llevé el plato de galletas.

Arturo, ¿tú estás bien?

Sí, todo bien.

Te noto ausente últimamente.

Alzó la mirada.

Almu, estoy agotado. Estamos en una época mala en la empresa.

Ya, sólo quería saber.

Todo está bien insistió, tomando otra galleta.

Mayo trajo calor. Planté petunias, como cada año, que compro en el Rastro a la misma señora mayor. Rojas y blancas, en cajas largas. Me hace feliz regarlas cada mañana y ver cómo florecen. Un placer pequeño e inofensivo.

Arturo llegó varias veces cerca de la medianoche. Cenaba de negocios, decía. No le discutía. Yo me quedaba despierta oyendo sus pasos en el baño y el crujir del suelo cuando entraba.

Una vez, no me aguanté.

¿Tienes a otra, Arturo?

Tardó unos segundos de más en contestar.

¿De dónde sacas eso?

Por saberlo.

No te inventes cosas.

Vale y no volví a preguntar.

Pero algo dentro se había movido, como un mueble desplazado de sitio. La habitación seguía siendo la de siempre, pero los pasos ahora resultaban molestos.

En verano, alguna noche ni dormía en casa. Me quedo en casa de un amigo, decía. Le ponía la camisa en una bolsa y no decía nada. Pensaba que igual Pilar tenía razón y era eso: una crisis, que ya pasaría. Veinticinco años no se tiran así.

Un día de julio, se sentó frente a mí, en la cocina. Llevaba esa camisa de cuadros que recordaba demasiado bien. Cruzó los dedos sobre la mesa, miró por la ventana donde lucía la maceta de geranio. Yo supe lo que iba a decir incluso antes de que hablase.

Almu, tenemos que hablar.

Habla.

Me voy.

Dejé la taza. Estaba aún caliente, sentí el calor en la cerámica.

¿Con quién?

Hizo una pausa.

Se llama Miriam. Tiene veintidós años. La conocí hace medio año.

Afuera, el vecino regaba las plantas y el agua caía en ritmo monótono.

Así que desde febrero dije.

Más o menos.

Cuando compraste las camisas nuevas.

Almu…

No te reprocho nada. Sólo encajo las piezas.

Me miraba con una sorpresa incómoda, incluso culpable. Como esperando lágrimas o escándalos, algo que le exculpase.

No lo entiendes dijo. Yo… necesito sentirme vivo. Como si aún quedara algo por delante. Míranos, somos como ancianos.

Tienes cuarenta y nueve años, Arturo.

Eso.

No sé qué significa eso.

Se levantó, escapando por la cocina, dejando la taza suya en el fregadero. Un gesto de más, para no mirarme.

Vivimos como compañeros de piso. Lo sabes. Lo mismo cada día. El mantel, el geranio, el té siempre a la misma hora. Esto no es vida, Almudena, es un pantano.

Para mí es un hogar respondí bajo. Es lo que he construido, veinticinco años.

Lo sé. Y te doy las gracias, de verdad. Pero no puedo más.

Le miré y pensé que tal vez nunca le había conocido. No porque hubiera cambiado, sino porque sólo veía lo que quería ver.

¿Te llevas las cosas hoy?

No lo esperaba.

No, poco a poco.

Vale.

Me fui, vacié la taza y la coloqué junto a la suya. Después, utilicé el paño y salí de la cocina. Abrí la ventana del salón. Olía a asfalto caliente y un ligero aroma a tilo del parque. Respiré, pensando en regar las petunias mañana y que quedaba poca mantequilla.

Son los detalles diarios, pequeños, los que salvan más que cualquier palabra.

Las primeras semanas fueron extrañas. No insoportables, no de quedarse en la cama. Me levantaba, trabajaba, cuidaba las flores. Pero la casa tenía otro sonido, una especie de silencio opaco. Las cosas de Arturo ya no estaban en el baño, el perchero vacío parecía aún más vacío. Compré uno nuevo y coloqué mi bolso para disimular.

Pilar vino ese primer fin de semana. Trajo empanada de atún y estuvo todo el día conmigo.

¿Cómo lo llevas?

Bien.

En serio, Almu.

Y yo en serio. Mal, pero bien. ¿Comprendes?

Sí asintió, y después. ¿Al menos te lo explicó bien?

Me lo explicó. Dice que nos convertimos en viejos y que nuestra vida era un pantano.

Un pantano repitió, bufando. Eso lo decía por él, no por ti.

Le serví té, mientras la luz del salón nos envolvía. El calor de la mesa, el mantel, la bandeja de empanada: aun sola, sé crear hogar. Sólo que ahora es para una.

Pilar, ella tiene veintidós años.

Lo sé.

No es celos, es… aritmética absurda. Yo, a los veintidós, él ya era todo un hombre. Y ahora sale con alguien que tiene mi edad de entonces.

Quiere volver a aquella época. Todos lo intentan.

Pero el tiempo no vuelve.

No, pero eso aún le toca aprender a él.

No contesté. Yo misma tenía que comprender algo y no sabía el qué. Notaba dentro una incomodidad, como el armario fuera de sitio.

En el trabajo no sabían nada, ni yo pensaba contarlo. Notaron mi silencio, pero nunca fui muy habladora, así que no llamó la atención. Un día, Claudia, la nueva, me preguntó si estaba bien. Le dije que sólo estaba cansada. Al día siguiente me trajo un café de la máquina. Un detalle pequeño y agradable.

Agosto fue una especie de pausa: no bueno ni malo, sólo vida suspendida. Cociné mermelada, como todos los años. Retiraba la espuma y la dejaba en una taza para cuando me diese un antojo. Las grosellas estaban dulcísimas; ver los botes alineados en la alacena me daba una extraña paz. Como comprobar que la vida sigue, pase lo que pase.

Arturo llamó una vez para recoger unas cosas. Vino un sábado por la mañana. Entró en casa, recogió libros, herramientas, una carpeta de papeles. En la cocina se detuvo, miró la mesa y al geranio.

¿Estás bien?

Lo llevo.

No me odies.

No te odio, Arturo. Sigo viviendo.

Asintió y se fue. Cerré la puerta, oí sus pasos en la escalera, luego preparé unos huevos revueltos con eneldo. Comí, fregué el plato, salí a ver las petunias: ya se apagaban. Septiembre estaba cerca.

El divorcio fue en octubre, sin dramas, casi trámite de oficina. Contraté a una abogada joven pero eficiente; la vivienda ya era mía de antes, así que no hubo discusiones. Arturo tampoco quiso saber nada. Supongo que su nueva vida no admitía trámites con la anterior.

Salí del juzgado, plantada en la calle. Lloviznaba, subí el cuello del abrigo y paré en una panadería, comprando una barra de semillas de amapola. En casa, té y pan con queso, mirando la lluvia sobre los árboles que empezaban a dorarse.

Leí un artículo después: En el matrimonio, la ruptura es anterior a la separación. Es cierto, lo supe entonces. Todo empezó a romperse antes, cuando él ya sólo callaba en el teatro y dejaba el móvil boca abajo. No quise verlo, ni ponerle nombre.

Noviembre trajo frío y nuevas rutinas. Me apunté, por fin, a las clases de acuarela del centro cultural. Cada miércoles, llegaba al estudio pequeño, oliendo a papel y pigmento, y allí era una más. Pintaba mal, sin proporciones, manchas donde no tocaba. Pero el acto de concentrarme en los colores y el agua me daba serenidad.

La profesora, una anciana con pendientes de plata, un día me dijo:

Ponle más decisión. El papel aguanta.

Pensé que servía para muchas otras cosas.

Pilar me llamaba cada semana, a veces venía. Hablábamos de libros, de noticias, de nuestras familias. Las conversaciones sobre Arturo eran cada vez más cortas y espaciadas. Me daba una satisfacción callada; no porque me diese igual, sino porque sentía que la vida rellenaba el espacio vacío poco a poco.

A veces, inevitablemente, me preguntaba si había hecho algo mal. Pero cada vez veía más claro que no: mantuve el hogar, fui fiel, no pedía de más, nunca monté escenas. Quizá, pensé, mi error fue creer que era suficiente.

Pero esa idea se iba desdibujando. Al final, no sabía ni qué hubiese hecho distinto.

El invierno llegó con nieve. Compré botas nuevas, cómodas y de un burdeos oscuro. Una compañera me dijo que me sentaban genial; una tontería, pero lo recordé el día entero.

En enero, me llamó Pilar, la voz rara.

Almu, siéntate.

Estoy en la cocina, dime.

¿Sabes algo de Arturo?

No. No nos hablamos.

Ha tenido un infarto. En un club nocturno.

Apagué el fuego.

¿De verdad?

Me lo ha contado su compañera Tamara. Se desmayó bailando. Llamaron a la ambulancia.

¿Está vivo?

Sí, está ingresado, pero fue un susto serio.

Me quedé callada. Fuera, caía la nieve en copos lentos.

¿Sabes cómo ha vivido estos meses?

Parece que muy bien. Esos sitios, la chica joven. Fiestas y trasnochar. Siguió en el gimnasio, le exigía demasiado a su cuerpo.

Ya veo.

¿Irás?

No lo sé.

Colgué y me quedé junto a la ventana. Los niños hacían un muñeco de nieve en el patio. Sentí una mezcla de inquietud, cansancio y, en el fondo, alivio por no estar yo allí.

Al día siguiente llamé al hospital: Arturo estable, se podía visitar.

Por la tarde, preparé una bolsa: agua mineral, manzanas, unas galletas caseras. Me lo llevé puesta la chaqueta y salí.

El olor del hospital era el de todos los hospitales: calor de aire acondicionado, desinfectante y una ansiedad sorda flotando entre los pasillos. La enfermera me indicó la habitación.

Entré en silencio. Había cuatro camas, pero sólo estaba Arturo, junto a la ventana. Parecía más mayor, más pequeño. El rostro apeado, ojeras, sin rastro del hombre que fue. Me vio y tardó en reaccionar.

Almu.

Hola, Arturo.

Dejé la bolsa en la mesilla. Me senté.

No esperaba verte.

Pues aquí estoy.

Me miró. Había tantas cosas en sus ojos… No quise intentar descifrarlas.

¿Cómo te encuentras?

Mejor. Ayer fue un susto, hoy algo mejor. Dicen que una semana, mínimo.

Eso es bueno. Estarás en buenas manos.

Miriam no ha venido. La llamé cuando me ingresaron. Dice que vendría, pero… no ha venido.

Observé las manzanas.

Lo sé.

¿Cómo?

Lo intuía.

Cerró los ojos largo rato.

He sido un tonto, Almu.

Puede ser.

No, seguro. Miraba a esa chica como si… no sé, creyendo que yo volvía a ser joven. ¿Sabes?

Sí.

Resulta que sólo era un viejo haciendo el ridículo, en cuanto se acabó el dinero…

No hablé. Fuera, el cielo era profundamente azul. Sobre la nieve, solo silencio.

Almu, quiero pedirte perdón.

Ahora no te esfuerces. Debes descansar.

No, déjame decirlo. Te comparaba con ella y lo que debía era valorar lo que tenía. Tú construiste un hogar, y yo lo llamé pantano. Fui injusto.

Miraba sus manos, esas que conocía desde hace veinticinco años. No cambian tanto como el rostro.

Almu. Quiero volver.

La habitación se llenó de silencio.

¿Me oyes?

Te oigo.

Quiero volver a casa. He entendido que lo tuyo era vida; lo de fuera, una mentira.

Caminé hasta la ventana, fijando la vista en un árbol desnudo y una paloma gris. Me pregunté honestamente qué sentía por él. Busqué algún rescoldo y sólo hallé calma. No era frialdad; era, sencillamente, paz.

Arturo dije por fin, sin volverme, te pondrás bien. Los médicos te ayudarán. Te recuperarás.

No hablo de eso, Almudena.

Sé de lo que hablas. Y me alegro de que lo hayas comprendido. Pero yo no voy a volver.

Vi desfallecer algo en su rostro.

¿Por qué?

Busqué una respuesta honesta, no cruel.

Porque te compadezco. Siento por ti un calor, una inquietud. Pero no es lo mismo que hace falta para empezar de nuevo. ¿Ves la diferencia?

Pero podríamos…

No. Hay cosas que no vuelven. No porque yo no quiera. Sencillamente, se han ido. Como el agua en un pozo seco.

Almu, por favor…

He venido, te he traído fruta y agua. Eso es real, de verdad lo siento así. Pero volver atrás no. No es por despecho. Simplemente, ya no existe.

Cerró los ojos, resignado.

Lo entiendo.

Me alegro.

Me levanté, recogí la chaqueta y me acerqué a la puerta.

Le avisaré a la enfermera de que necesitas algo. Y llama a tu hijo. Es tu hijo.

Ahora no tenemos mucha relación…

Llama. Te necesita.

Me detuve.

Las manzanas son reinetas. Cómetelas.

Salí con suavidad.

En el pasillo, todo olía a calefacción y lejía. Bajé la escalera. Afuera ya no caía nieve; era el silencio del invierno en Madrid. Iba hacia la parada del bus pensando en qué decir a Pilar. Decidí no decir nada, de momento.

Tomé asiento junto a la ventana. Afuera, la ciudad nevada, los árboles invernales, farolas encendidas, gente con bolsas de la compra. La vida seguía avanzando.

Pensé en lo realmente duro de cuando tu esposo se va con una joven. Lo difícil no es sobrevivir a la ruptura, sino a lo que viene después; no vengarse, no esperar, no mirar atrás. Es construirte. Más difícil de lo que parece.

Miré Madrid por la ventana y recordé que el miércoles tenía clase de acuarela. La profesora últimamente insistía en que hiciéramos paisajes de invierno. Yo todavía me peleaba con las sombras del azul sobre la nieve, pero seguiría intentándolo.

Bajé del bus en mi barrio. Me abotoné el abrigo, caminé a casa. La calle de siempre, cada rincón conocido: la farmacia, la panadería, el portal con la hiedra seca.

Subí el ascensor, llegué a mi piso. Dentro, cálido y con olor a casa. Me quité los zapatos y fui directa a la cocina, puse agua en el hervidor, alisé el mantel de lino.

Mientras hervía el agua, me asomé a la ventana. El geranio seguía erguido. Algunas hojas tenían polvo, pasé el dedo por una: toca limpiarlas.

Saltó el hervidor.

Me serví té, la taza caliente entre las manos. Afuera, las farolas iluminaban el anochecer temprano, como suele pasar en enero.

Pensé que este viernes tenía que ir al mercado: leche, huevos y más reinetas. Hacer una tarta de manzana; Pilar lleva semanas pidiéndome la receta.

Eso haré el viernes.

Y el miércoles, a pintar nieve.

***

La ciudad, grande y agitada, pasaba página. Aquí, en esta cocina con geranio, reinaba una paz solo mía. Y no la cederé.

El móvil estaba sobre la mesa. Puede que llame. Puede que pida otra vez. Y sé que contestaré, le desearé salud, le recordaré que obedezca a los médicos. Porque soy así.

Pero volver, no volveré.

¿Sabes qué, Almudena Álvarez? me dije en voz alta, y mi voz sonó firme en la cocina vacía. Esto no era ningún pantano. Esto era vida. Solo que no la suya.

Bebí el té, lavé la taza, encendí el flexo en el salón. Era momento de leer. El libro seguía en la mesilla, la página señalada. Encontré la línea y seguí.

Afuera, nieve. El geranio en su sitio. El mantel, bien puesto.

Todo en orden. Todo en su sitio.

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