Mamá querida

¡Eh, bigotes! ¿De quién eres tú? Marina se quedó inmóvil, observando al enorme gato naranja sentado junto a la puerta de su casa.

El gato, como era de esperar, no contestó. Ni siquiera se inmutó ante la presencia de Marina. Ni cambió de postura. Solo la oreja desgarrada se movió un poco, como diciendo: ¡Que sí, que te oigo! Pero no esperes que te haga el menor caso.

¡Pues no hace falta! Marina, molesta, rebuscó en el bolso las llaves.

El gato, como si entendiera lo que tenía entre manos, se apartó justo lo justo en la alfombra, pero no se fue, mirándola con atención.

Por fin dio con las llaves, Marina se peleó un poco con la cerradura, lanzando alguna que otra mirada de reojo a su inesperado visitante.

Ese piso apenas llevaban un par de meses en él, tras encontrar una oportunidad en el centro de Valladolid. Dos habitaciones, pequeño, pero era su sueño cumplido. Alguno diría que vivir en una antigua finca de cinco plantas es conformarse con poco y que hay que aspirar a más. ¡Pues vale! Pero Marina y Sergio lo habrían recibido a carcajadas. Si hasta medio año antes compartían minimundos en una habitación de casa de un abuelo, y ya era bastante que les dejasen vivir ahí solos, que parecían reyes.

Marina, hija, no discutáis con los vecinos, ¿eh? le había dicho su suegra, Mercedes, mientras limpiaban la habitación antes de la boda. Son buena gente aunque les guste el vino más de la cuenta.

Pues no sé en qué es bueno eso, ¿si se les va la mano? sonrió Marina, escurriendo el trapo y echándose el pelo rebelde hacia atrás.

Esa melena de rizos indomables siempre volvía loco a Sergio, pero para ella era una tortura, sobre todo cuando se trataba de limpiar. Por más que lo domara con pinzas, los rebeldes rizos escapaban y le daban aspecto de león asustado.

Es complicado de explicar Mercedes meneaba la cabeza. La vida les golpeó mucho. No todos saben qué hacer con su suerte.

Eso, Marina lo entendía. Ella, que había crecido en una familia de acogida tras ser abandonada de bebé, entendía perfectamente cómo la autocompasión podía devorarlo todo y hacerte olvidar cuánto dependían de ti los demás.

Su madre la dejó en la estación cuando tenía apenas tres años, con una nota en el bolsillo y un conejo de peluche con una sola oreja. Marina aguardó en el banco, como le indicó su madre, apretando su peluche Pepe y deseando con todas sus fuerzas que volviera. Tenía ganas de hacer pis, pero sabía que si se movía, mamá la reñiría o, peor aún, la pegaría. Así que permanecía allí, inquieta y buscando a su madre con la mirada.

No volvió. Desde luego, un hombre enorme de uniforme se le acercó, intentó hablarle, pero ella negó con fuerza, sin querer responder. Ni lágrimas le quedaban. Solo sentía frío, hambre y mucha soledad. El hombre insistía con sus preguntas, pero Marina solo se ablandó cuando tocó la oreja rota del peluche y preguntó:

¿Cómo se llama el orejitas?

Marina levantó la mirada y susurró:

Pepe

El hombre acarició primero al peluche y luego su cabeza.

¿Hace mucho que se fue mamá?

Ahí ya no aguantó y rompió a llorar, asustando tanto al guardia, que llamó a su compañera con el walkie, como a los viajeros de la estación, a quienes no se les ocurrió jamás preguntar por esa niña sola durante horas.

Muchos años después, supo por qué su madre había hecho aquello. Una extraña se le acercó, justo antes de su graduación, se le echó encima llorando:

¡Hija, te he encontrado! ¡Ven, dame un abrazo! ¡Cuánto te he echado de menos!

A esas alturas, ya vivía en una familia acogedora, siete niños en total. Nadie pasaba hambre ni frío; pero el cariño no entraba en el trato, solo el deber y la rutina. Y todos sabían que a los dieciocho, a la calle y a dejar hueco a otro.

Pese a que la relación con los padres de acogida nunca fue nada del otro jueves, Marina no corrió a esa mujer que decía ser su madre, aunque había soñado millones de veces con ese momento cuando les dejaban a oscuras en la habitación, arrullando el peluche Pepe. Porque eso está mal, que tu única familia de verdad sea un conejo de peluche. Pero así era.

Quería una madre, claro que sí, esa que un día le buscaría, la abrazaría y se la llevaría para darle, eso… amor. No sabía cómo era, pero mirando a sus compañeras veía que a veces sí pasaba.

Y, sin embargo, cuando apareció esa mujer llorando en su vida, ni un segundo creyó en sus lágrimas. Cientos de veces le habían dicho que era imposible recordar esa estación fría y el banco, pero Marina no discutía ya: que sí, que vale. Ella guardaba la memoria, aunque fuese de sensaciones. Sabía que aquel lugar aterrador existió y que allí la dejaron sola.

Fue una de las “hermanas”, Carmen, compañera de clase, la que intercedió cuando Marina se apartó de la desconocida.

¿Quién es, Marina? Carmen la protegió poniéndose delante.

No sé balbuceó, viendo que todo giraba y perdiendo el sentido de las cosas.

Señora, se ha equivocado. ¡Váyase! Marina es mi hermana, no la conocemos puso fin Carmen, tirando de ella lejos del patio. Que ya hablaremos con mamá. ¡Váyase!

Marina, que no tenía gran trato con Carmen hasta entonces, le apretó la mano en señal de gratitud, y así entraron en casa, de la mano. Ante la mirada sorprendida de la madre de acogida respondieron a la vez:

¿Qué pasa?

Y desde ese día, Marina tenía una hermana.

Carmen no era tan distinta: en su caso, no fue la madre sino el padre alcohólico quien la abandonó. Y lo que más quería Carmen era TAN solo a alguien suyo.

Marina sí que llegó a hablar con su madre al cabo de una semana. Volvía cada día a esperarla en el colegio, pero ahora, suplicaba:

¡Háblame, hija mía!

Ese hija mía a Marina le ponía de los nervios, pero Carmen solo levantó los hombros: bah, son palabras.

Carmen le animó: habla con ella, al menos, pregúntale por qué. Exígele explicaciones, nunca sabes si la volverás a ver; eso te ayudará a dejar de sentirte culpable por todo.

¿Cómo sabes que me siento así? Marina se quedó a cuadros.

Tampoco es tan difícil. Todas pensamos igual: ¿por qué fuimos tan poco importantes para que nos dejaran…?

¿Y tú también?

También…

Nunca te lo había oído decir

Tú tampoco. Esas cosas se callan, Marina. Se llora, sola. Yo, cuando me pasa, lloro. Pero pronto se me pasará. Hay que hacerse mayor.

La charla con su madre biológica no supuso gran cambio.

Me dejaste tirada.

Perdóname, hija mía.

¡No me llames así! ¡Me revienta!

Vale, ya. No te enfades.

¿Por qué lo hiciste?

Fue complicado, nadie me ayudó, tu padre me echó de casa.

¿Por qué?

Le dije que no eras su hija.

¿Es verdad?

No.

¿Y entonces?

Porque discutíamos. Éramos jóvenes y tontos. Cada uno por su lado.

¿Y luego?

Luego me peleé con mi madre y decidí irme. ¿Adónde, con una niña? Por eso te dejé. Sabía que alguien te cuidaría, puse una nota, prometiendo regresar…

¿Y creías que el papel justificaba todo? De verdad, eres alucinante. No quiero verte más.

¿No piensas perdonarme?

No sé. Y aunque lo haga, ¡no podré olvidarlo jamás! ¿Lo entiendes?

¡Si ni te acuerdas, eras un bebé!

Marina se levantó y se fue. Fue entonces cuando decidió no permitir a nadie más decidir por ella.

Carmen lo comprendió enseguida.

Tú misma. Si crees que es lo correcto, no lo pienses más.

Carmen, eres tan lista…

Todavía no, pero lo seré. Quiero estudiar psicología, a ver si así descubro cómo vivir como se debe.

Cómo se reían después de esas palabras, años más tarde, cuando Carmen ya era madre de una niña y recordaba:

Tonterías, nadie sabe cómo hacerlo bien. Ni tú, ni yo, ni nadie.

¿Y entonces, cómo se vive, Carmen?

Así A lo alegre. Que los tuyos estén tranquilos y cómodos, y los demás no tengan ni ganas de criticar tu vida por aburrimiento.

¡Tú lo consigues!

Se hace lo que se puede decía Carmen entre risas, mientras arropaba a su hija.

Mirando a Carmen, Marina aprendió a relativizar lo suyo. ¿Una habitación en casa compartida? Pues céntrica y cerca del trabajo. Un poco de apaño y hasta alegría. Tenía razón Mercedes: los vecinos eran decentes, sí, con sus dramas, pero ni hacían ruido ni molestaban. Hasta daban lástima Aprender a empatizar, eso costó mucho a Marina. Nunca antes nadie la había protegido, exceptuando a Carmen.

Le ayudaron Mercedes y el abuelo.

Mercedes era de esas mujeres enérgicas, tozudas, pero de corazón de oro, capaz de cualquier gesto. Uno de esos gestos fue adoptar a Marina como hija un acto tan notable que hasta Carmen lo llamaba hazaña.

No esperes mucho, Marina le decía Carmen cuando preparaba a su hermana para conocer a la familia de Sergio. Para ellos eres la forastera: huérfana, sin nada a tu nombre, aún esperando un piso. Ni te lo van a dar

¡Que sí! Ya me pusieron en la lista, ¡está conseguido!

¿Y sabes el número? ¡Ja! Anda, ni lo sueñes. Cuando lo veas será por milagro. Y, por cierto, no digas a Mercedes nada de tus posibilidades, mejor ni mentarlo. Ya fardarás cuando lo tengas.

¿Por qué?

Para no crear falsas expectativas. Y tampoco vayas de borde con la suegra.

¿Tan burra crees que soy?

No, solo te digo que a la gente hay que darle margen. Déjala que te conozca y conoce tú también a ella; no es su deber gustarle solo porque seas la novia de Sergio.

Eso sí que lo tenía claro Marina.

Al principio, Mercedes no le gustó. Era demasiado de todo: fuerte, alta, vozarrón y una energía por intentar mejorar la vida de los suyos que desbordaba. Marina no estaba acostumbrada a que nadie pensara en ella. Y si de Sergio admitía la preocupación, con Mercedes aquello la sacaba de quicio.

Marina, hija, mi abrigo ya da pena. ¿Me acompañas a buscar uno? Sergio odia ir de tiendas y yo detesto ir con prisas. Y para encontrarme ropa necesito tiempo, que soy mujer de talla mayor. ¿Me ayudarías?

Marina accedía a regañadientes y, para cuando se quería dar cuenta, volvían a casa cargadas de bolsas la mayoría para ella. Un abrigo nuevo, unas botas, un bolso bonito Mercedes percibía el brillo en los ojos de Marina en cada escaparate y, sonriendo, la arrastraba a la tienda:

¿Has visto qué bolso, Marina? El color es divino, a tu edad queda genial. ¿Te gusta?

No servía de nada protestar. Y Marina repasaba las compras dándole las gracias por dentro a esa mujer excéntrica.

Eso sí, excentricidad la que tenía de verdad, lo reconocía Marina. ¿Qué era para ella? ¿Nueris? Casi. Pero, en el fondo, solo una desconocida que su hijo había llevado a casa. Preocuparse tanto por ella, y hasta quererla… eso, solo pasaba en las novelas. Así que, cada regalo y charla profunda, Marina lo recibía con reservas, como le aconsejaba Carmen, educadamente, pero sin abrirle la puerta al corazón.

Poco a poco, eso Mercedes lo entendió. Dejó de forzar un trato íntimo, y también comprendió en silencio el deseo de Marina de vivir a su aire.

El abuelo ya está mayor. Le cuesta valerse solo. Nos toca pensar cómo traerlo conmigo. Sergio, tendrás que dejar la habitación.

¿Y nosotros, a dónde?

A la de tu abuelo. Cambiáis las llaves, vivís por vuestra cuenta. Él necesita atención.

El abuelo reía bajo sus bigotes cuando escuchó la idea, y tras la mudanza los fines de semana levantaba a Mercedes para llevarla al parque y entrenarse juntos cada mañana.

¿Crees que he hecho bien, papá? preguntaba Mercedes empapada de sudor.

¡Por supuesto! Los jóvenes tienen que cometer errores y aprender. Hasta que no pidan ayuda, ni te metas.

¿Y Marina? Esta niña vino casi sin nada.

Eso es diferente. Ahí tienes derecho de madre. Solo no te pases de pesada. Es orgullosa, ¿eh? No la atosigues.

Mercedes le hizo caso y solo iba a casa de los “niños” si la invitaban. Evitó los sermones, recordándose que ella también fue joven y poco lista. Mientras, la abuela y el padre de Sergio a los que no recordaba apenas, pues faltaron pronto eran tema habitual en sus historias familiares:

¡Cuánto te quisieron, hijo! La abuela no podía soltar a Sergio de los brazos, y tu padre, siempre detrás, emocionado. Solo compraba balones decía que de eso nunca sobraban…

Mamá, si papá era tan buen conductor ¿cómo pudo pasar?

Aquel día había niebla, se veía fatal. Era domingo, tu tía estaba mala y la abuela quiso ir a verla Y claro, no podía negarse. Otro coche no se vio venir.

¿Lo sigues echando de menos?

Muchísimo Si no fuera por ti, no sé qué habría hecho. Le quería de verdad.

¿Y él a ti?

Lo sé, sí.

¿Cómo sabes que era amor de verdad?

¿Qué otra cosa iba a ser? Hay quien comparte piso por comodidad, no voy a decir que no, pero no es mi caso. Yo necesitaba algo más… Y tú también lo tendrás, hijo. Ya verás.

Quizá por eso, cuando Sergio llevó a Marina a casa, Mercedes no se opuso. Si era la elegida de su hijo, tendría que acostumbrarse.

Aunque, con Marina, los inicios fueron duros. Con el tiempo, aquellos pinchos con los que se protegía iban desapareciendo y el trato con Mercedes se tornó de frontera hostil a mutua complicidad.

La propuesta del abuelo de vender la habitación dejó a Marina hecha polvo.

¿Te preocupa que os quedeis sin casa? preguntó el abuelo mientras preparaban papeles.

¡No! Ya somos adultos, algo haremos. Un alquiler, un pisito pequeño. Sergio acaba de cambiar de trabajo y no está claro cuánto ganaremos. Y mi sueldo solo da para una habitación. Si tuviera dinero la compraría. Es solo un sueño. Pero bueno, tenemos meta y hasta hemos ahorrado algo. Aunque sea poco, da seguridad. Eso dice Carmen y tiene razón. Todo llegará con tiempo y esfuerzo.

¡Así me gusta, autosuficientes! decía el abuelo con una sonrisa.

¿He dicho algo gracioso?

Él no respondió, le acarició la mejilla y pidió que pusiera el hervidor de agua.

Vamos a tomarnos un té y a hablar del mundo. ¡Ya solo me queda el gusto de charlar y tomar té! ¿Te amarga Mercedes la vida?

¡Qué va! dijo Marina, saltando del susto. ¡Jamás ha sido mala conmigo!

¡Venga! ¡Me gusta verte tan lanzada! No te preocupes. ¿Sabes que Mercedes te considera su hija?

No necesita tener tanta compasión por mí. ¡Yo soy la que puede consolar a cualquiera!

¿Y por qué no quieres que te compadezcan?

No lo soporto.

Pues si es así, dejaré de ir a verte.

¿Por qué, hombre?

Pensaba que te gustaba. Pero si es malo, ¿para qué?

No lo entiendo. ¿La lástima no es algo malo?

Depende de cómo la veas. En la Castilla antigua, compadecer era mucho. No solo querer, era una mezcla de amor, preocupación, apego. Cuando alguien cae enfermo, ¿qué necesita? ¿Caricias y canciones, o que le cuiden?

Supongo que lo segundo

Pues eso. Y si el alma tiene pena, ¿qué hacemos?

Le damos calor…

¡Así me gusta! Pero ojo, la lástima es útil solo cuando toca. Si tu marido se pierde en la bebida y tú solo lo compadeces, no sirve; ni para ti ni para él. O si tu hijo hace tonterías y le dejas pasar porque sientes pena, tampoco vale. Al final, la lástima debe tener cabeza.

A ti sí te la tengo.

¡Y yo a ti! Pero porque te aprecio, no solo porque seas joven o sin familia.

¿Y a quién más debería compadecerse uno?

A quien el corazón mande. Familia, amigos, pareja, hijos y animales. Pero de verdad. No sirve de mucho darle un trozo de jamón a un gato callejero un día y mañana dejarle solo. Si quieres ayudarle, dale casa. Eso sí es un gesto real, y te será devuelto.

¿Por qué?

Porque cuando das de verdad, siempre vuelve. A lo mejor de la mejor manera.

Justo en ese instante se acordó Marina de esa charla. El gato sentado en la alfombra de su nuevo piso en Valladolid, comprado con la ayuda del abuelo y Mercedes, parecía también esperando que le dieran calor. No se apartó cuando Marina le acarició y, al invitarle a entrar, salió disparado escaleras arriba, dejándola perpleja.

¡Será por falta de invitación! bufó Marina, dispuesta a cerrar la puerta cuando el gato volvió a aparecer, esta vez acompañado.

El minino que traía en la boca era una copia en pequeña escala de él.

¡No me lo puedo creer! Marina tomó al pequeño entre las manos y el gatazo salió corriendo de nuevo escaleras arriba.

El segundo cachorro, igual de naranja y aún más inquieto, no quería dejarse portar. Marina se desternillaba mirando cómo el gato lo dejaba caer una y otra vez en su empeño de llevarlo hasta su nueva dueña.

¡Desde luego, madre no serás, pero ganas no te faltan! le dijo al gato, tomando al revoltoso y abriendo la puerta más. Venga, pasa, ¿aún queda alguno?

El gato cruzó el umbral con cautela, observando a Marina, que abrazaba a los cachorros.

Venga, pasa, ¡aquí no te va a faltar cariño! ¿Y la madre de las criaturas?

El gato, claro, ni contestó. Agarró uno de los pequeños y empezó a buscarle sitio entre los periódicos viejos.

¡Anda! ¡Y encima les enseñas madre total! rió Marina, tapándose la boca para no asustar a los mininos, que ya curioseaban por la casa. Veremos qué tengo en la cocina para alimentaros, ¿eh?

El gato mostraba claramente su aprobación. Marina fue en busca de leche y, por la noche, reunió un consejo familiar.

Mercedes, que si no das permiso, los tendré que buscarles otro sitio, pero a la calle no los devuelvo. Me da pena. Son tan chiquitines no sé qué le habrá pasado a su madre y por qué los cuida el padre, ¡pero es rarísimo!

No sé por qué me preguntas a mí, Marina dijo Mercedes acariciando a uno de los cachorros en su regazo y regalándole una sonrisa. ¡Es tu casa, la tuya y la de Sergio! Vosotros decidís. Además, ¿de qué los alimentaste?

De leche. Por suerte ya saben beber solitos.

Ese me lo llevo yo cuando crezca. Los otros

Buscaré dueño para uno, pero al grande quiero quedármelo yo. Necesito aprender de él.

¿Aprender el qué? Mercedes la miró con simpatía.

Sergio le sonrió, dándole pie para hablar sobre la noticia que llevaban una semana guardando para el cumpleaños de Mercedes:

De cómo ser una buena madre… Ahora tengo dos profesores: tú y este buenazo de bigotes

Marina acarició la oreja del gato sentado a su lado y, esta vez, se le escaparon las lágrimas cuando Mercedes la abrazó bien fuerte.

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