Busco a una mujer llamada Alejandra.

Busco a una mujer llamada Inés.

Atravesé un arco bajo y entré en un corrala madrileña, un patio cubierto de restos de nieve que ya se derretía. Era ya el cuarto patio al que entraba. Había un parque infantil, columpios, unos niños jugando al hockey sobre el asfalto mojado. El disco lanzaba agua en todas direcciones, pero a los chicos no les importaba.

Me detuve bajo el arco y observé el patio. Quería tanto que la memoria tirara de algún hilo, que recuperase algún detalle del pasado. Pero todo era diferente a como lo recordaba, allí, en el fondo de mis recuerdos. Cómo iba a ser igual después de tantos años. Entonces, no había más que cuerdas de tender la ropa, cobertizos improvisados bajo las ventanas, arbustos de heliotropos y bancos.

Ahora

En tantos años, todo podía haber cambiado, o mejor dicho, no podía no haber cambiado.

A nadie parecía llamarle la atención ese hombre mayor, respetable, con boina y abrigo con forro de lana. En aquellas cuatro manzanas, muchas viviendas se alquilaban a gente de paso. Madrid…

Necesitaba encontrar el edificio a la derecha del arco. Eso seguro, eso lo recordaba. El segundo piso; el edificio tenía tres. El piso era el del fondo del rellano, segunda puerta a la derecha, en una esquina. En el marco de la puerta había varios botones de timbre de distintas formas y colores, con los apellidos de los antiguos ocupantes de la vivienda compartida.

Recuerdo cada detalle de aquel piso, cada pliegue en las cortinas, el pestillo torcido de la ventana, el hervidor verde, las tablas que crujían y hasta la cucaracha que nos tuvo entretenidos varios días. Todo eso lo guardo aquí, en el fondo de la memoria

Pero no recordaba el número del piso ni el del edificio. Solo sabía la calle en la que estaba y, encima, no lograba distinguir el patio correcto, pues en esa calle se sucedían uno detrás de otro patios corredores iguales. Y, lo peor, no estaba seguro de cuál era el portal: ¿el segundo tras el arco quizá? Aquellos edificios habían sido construidos probablemente por la misma cuadrilla, con el mismo proyecto: idénticos, como gotas de agua.

Y así caminaba yo por aquellos patios

Edificio derecho, segundo portal, bueno, aquí dicen segunda escalera, segundo piso, la puerta del fondo ¿el 43? ¿O?

Cuando había porteros automáticos, marcaba el 43.

Buenas, busco a una mujer llamada Inés. Por favor, ¿puede ayudarme?

A veces no me dejaban ni terminar: Aquí no vive nadie con ese nombre, y a veces hasta confundían el nombre. Tenía que volver a preguntar.

Disculpe, es muy importante. ¿En el año 80 no pudo vivir en su casa una señora llamada Inés? Necesito saberlo, de verdad.

Cuando pasé el tercer patio, saqué una libreta y anoté.

16 Nada; 24 seguro que no; 32A no la conocen, compraron

Quedaban muchos patios. Había que volver a los que no respondieron, donde no contestaron al timbre, donde me quedaban dudas.

Subí por la suave escalera de uno de los portales. Las ventanas altas estaban polvorientas, y el aire olía a gatos. Este olor era el mismo de entonces, lo recordaba bien.

¡Hola! me incliné con educación.

Se acercó una mujer muy mayor, con abrigo gris y un carro de la compra.

Buenos días, ¿a quién busca? preguntó.

Voy al segundo piso, busco a Inés, una señora ya mayor, debe de tener más de sesenta años. ¿Sabe usted si vive aquí?

¿En qué vivienda?

La del rincón derecho… Pero le hablo de hace muchos años, cuando esto eran pisos compartidos No recuerdo con exactitud el edificio…

En la esquina vive la familia Ortega, el matrimonio y sus dos hijos. No hay ninguna Inés. Y yo, que vengo aquí desde que nací, no recuerdo a nadie con ese nombre en este bloque.

Gracias bajé la cabeza y empecé a bajar los escalones desgastados.

La mujer me seguía.

¿Y el apellido?

Si lo supiera ya lo habría buscado en el padrón. No lo recuerdo. Realmente, nunca lo supe.

¿Sí? Entonces, ¿qué relación tiene con esa Inés, si no es indiscreción?

Me giré, dudé, no sabía qué decir…

¿Ella?…

¿Y qué era ella para mí?

Inés Inesita Inesilla…

El amor no tiene definición exacta. Es un hecho, o existe, o no. Todo lo demás son ilustraciones a gusto del que las siente, con consecuencias impredecibles.

Yo, Javier Sánchez, siempre pensé que el amor era un sentimiento frágil. Que no sobrevive a largas ausencias, que se esfuma, se disuelve. Y sin embargo, esos fogonazos de felicidad anclados en los recuerdos, a veces me daban fuerzas, otras me dejaban una herida.

Fui culpable. Así viví cuarenta años con una herida en el corazón.

Estos recuerdos, al final, mantenían mi corazón, o también fue el corazón el que falló primero. Cuando murió mi esposa con la que compartí casi toda la vida, aunque los últimos años fue una convivencia fría y distante me dolió el pecho, y me dio un infarto.

Nunca discutimos ni sacamos los trapos sucios, dejamos de convivir y pasamos a ser simples inquilinos de la misma casa, cada uno en su habitación. Ella decía que la casa era suya y yo solo pasaba por allí, y así se lo decía a sus amigas:

¿Dónde le pongo? Pues que viva aquí

El piso, un festival de cuadros con marcos dorados, cristal, muebles aparatosos y coloridos tapetes y alfombras. En medio del salón, un piano de cola blanco, donde siempre reposaba un jarrón de flores artificiales.

Ese piano era, para mí, la metáfora perfecta de la falsedad. No por ser falso, al revés: era un genuino Steinway & Sons americano. Pero nadie sabía tocarlo, y el jarrón nunca se quitaba, pues no se abría la tapa.

Solo cuando lo compramos, mi mujer contrató a algún músico para amenizar fiestas, pero aquello no cuajó. Preferían la música grabada en el tocadiscos.

Para ella era solo un soporte caro para el jarrón costaba lo mismo que un piso en el centro de Madrid.

Intentó aprender a tocar, se trajo una profesora, pero la abandonó al poco. Nunca acababa nada, salvo los tratamientos de belleza o manicura.

Tampoco llevó a término su único embarazo. No la culpo, pero siempre pensé que su egolatría le impidió ser madre.

Últimamente pensaba mucho en eso. Conocí a una mujer capaz de dar vida al piano.

Y, aun así, añoraba a mi esposa. Al final nos llevábamos mejor. La salud nos hizo pasear por el barrio o ir al parque. Dábamos de comer a los patos en el estanque. Me aficioné a la pesca. Ya no nos importaba quién tenía razón.

¿Por qué no paseábamos antes por aquí, Luz? Si se está tan bien…

Íbamos a mil cosas asentía ella.

Antes, todo era prisa. Asumí responsabilidades en política y llegué incluso al ministerio. El padre de Luz me impulsó, siempre moviéndome a mejores cargos, casi sin darme tiempo a asentarme.

Era merecido, trabajaba duro y tenía instinto para dirigir equipos. Mi suegro, don Ernesto Alcázar, político y máximo responsable de obras públicas, tenía claro que yo era el yerno ideal.

Casi se me escapa al principio, y hubo que tomar cartas en el asunto. Me lo contó Luz años después, ya muerto su padre, tras una peleada con su madre que soltó la lengua.

¿Y usted qué relación tiene con esa Inés? volvió a preguntar la vecina…

¿Ella?… Ella es quizá lo único importante que me queda.

La mujer intuyó mi dolor y no insistió más. Sabía que buscaba a alguien fundamental.

Yo pasaba al siguiente portal. Los zapatos calados. Llamé al timbre, llamé a puertas, choqué una y otra vez con indiferencia o dureza. Otras veces, gente amable que escuchaba mi historia. Después, al siguiente patio, y al siguiente.

Esa noche llegué al hostal destrozado. Me tumbé, sin fuerzas para quitarme el abrigo. Dolían los pies, la espalda, la cabeza, el aliento pesado. Y al día siguiente, de nuevo, la búsqueda.

***

Por aquel otoño llovía sin parar. Madrid se cubría de un manto dorado de hojas que la lluvia iba chafando. Los puestos callejeros, los vendedores ambulantes, los mercadillos, todo en ebullición.

Habíamos venido de Valladolid a Madrid con mi futuro suegro, a un congreso sobre construcción y la nueva democratización. Importante para él, que esperaba pasar a Madrid. Yo, sin expectativas, era la mano derecha del secretario local del partido, pero vivía el día a día.

Supervisaba unas naves industriales y pensaba que podía torcer mi vida en cualquier momento si así lo deseaba.

Disfrutaba de la ciudad. Ernesto Alcázar me mandaba aquí y allá con sus recados, y en la parada de metro de Sol, me alcanzó una melodía dulce. Fui hacia la música, no a la salida.

Una joven delgada, muy joven, con boina celeste y pañuelo vaporoso al cuello, tocaba el violín. Detrás, el muro gris, bajo la lluvia. Un abrigo de cuadros, botines cortos, piernas de bailarina. Ante ella, el estuche abierto para la limosna.

Me quedé helado ante la escena. El dramatismo, la melancolía de la música, el azul del pañuelo, sus rizos, las manos enrojecidas por el frío El frío parecía darle fuerzas para tocar más apasionadamente.

Vendedores, clientes, regateos, monedas al estuche, pero nadie se quedaba de pie, menos yo.

Al terminar, guardó el violín bajo el brazo, se frotó las manos, subió las mangas del jersey.

Luego apoyó el violín en el hombro, arqueó el brazo y el arco bailó en el aire, como si fuera a abrir el gran baile otoñal de su melodía. Cerró los ojos, entregándose por completo.

Tanta tristeza en esa pieza, tanto dolor. La música trepaba por la pared sucia intentando decir lo que no se puede decir con palabras.

Yo había desaparecido en la música, cuando…

Un chaval, quince años, se agachó torpemente junto a la violinista, y, acto seguido, salió disparado con el estuche.

¡Ratero! ¡Ladrón! gritó una vendedora, mezclando su grito con la melodía.

Con los ojos cerrados, la joven siguió tocando en trance.

Corrí tras el ladrón, subí las escaleras como el viento, grité a los transeúntes:

¡Agárrenle!

Un hombre se cruzó en su camino, el muchacho chocó, soltó el estuche y corrió entre los coches. Lo dejé escapar y me puse a recoger las monedas esparcidas. El estuche estaba roto, la tapa colgando. Subía la violinista.

Mire, aquí lo tiene, lo tiró, ha roto el estuche… seguía recogiendo pesetas, Aquí tiene, lo que he encontrado.

No hace falta, no recoja más su voz era profunda para su aspecto delicado. El estuche ya estaba roto. Gracias

Pero algo más la molestaba que el robo.

¿Eso sucede mucho aquí? quise entablar conversación, ella no estaba por la labor.

A veces dijo en tono neutro, y se marchó.

Fui detrás, calle Alcalá arriba. Cada vez caminaba más despacio hasta pararse en un pequeño puente. Observó el agua, el viento ondeaba su pañuelo.

Quiso arrojar el violín al río. Cuando comprendí, corrí.

¡No! Por favor, no lo haga

Vaciló, miró atrás, no esperaba verme. Sujetamos ambos el estuche sobre la barandilla.

¿Por qué? dije, sin soltarlo.

He fallado, debía… impulsó el estuche, pero yo lo retuve.

Pasé el estuche a salvo al puente, ajusté el violín.

¿Ves? Se resiste. Su destino es dar música. ¿Por qué tanto castigo?

No debía tocar en la calle, se lo prometí a mi madre…

Qué pena, una madre tan severa. La oí hoy por primera vez tocar un violín de verdad. Si no hubiera bajado al metro…

Ella se fue alejando.

¡Le espero mañana! En el mismo sitio. Es importante, por favor, deje de huir…

El día siguiente fue complicado. Solo logré escapar al acabar el mediodía, volví a Sol, no estaba. Los vendedores me dijeron que ni la mañana ni el día anterior la habían visto.

La esperé como nunca en mi vida, durante horas. Finalmente, apareció. Hizo como si no me viera, montó su lugar, empezó a tocar. Me dieron un taburete, todos sabían que la esperaba. Me senté, la escuché. Su sonrisa fugaz era mi felicidad. Al acabar, puse unos cuantos billetes.

¿Está loco? exclamó, tapando las pesetas con sus manos. Es demasiado.

Puedo dar lo que quiera.

Me devolvió el dinero, angustiada.

Es que no puede uno ganar así. Recójalo y vámonos, que esto aquí no es seguro

Ella se apresuró, recogió el violín y subió las escaleras.

Dos tipos fornidos bajaban. Me miraron abajo. Ella se asustó:

Ya están aquí…

Yo apenas sabía que Madrid, en aquellos años, tenía otras leyes. No se podía ganar así, sin pagar tributo. El día anterior la violinista se había librado, pero me controlaban. Hubo pelea. Derribé a los dos, pero llegaron más

Ella corrió a avisar a la policía. Mientras me pegaban en un rincón del túnel. Nadie intervenía.

La policía intervino, los tipos se largaron sin el botín. La joven se arrodilló junto a mí.

¿Al hospital?

No, puedo aguantar. Solo me duele la pierna toqué mis huesos.

Llame a un taxi, yo no sé dónde hay ambulatorio.

No soy de Madrid, estoy hospedado en el Hostal Central, pero no puedo llegar así…

Vámonos a mi casa.

Me ayudó un poco, llamamos taxi. Me quedé con el nombre de la calle media vida trataría de recordarlo, en vano.

En el portal de la corrala olía a cebolla, a polvo y a calzado viejo. Al fondo su cuarto dos habitaciones, techos altísimos, cortinas. En la pared, retrato de mujer joven rodeado de flores, un piano con tapete de encaje y figuras de elefantes. Y libros, libros, libros…

Esos recuerdos siempre iban conmigo. Venían en mis peores momentos y me hacían sonreír; cuando todos reían, a mí me entristecían.

Tuve que cambiarme de ropa, me dejó algo suyo. Me duché en el baño común, con vecinos malhumorados.

¡Eh, tú! ¡No gastes el agua, Inés! Si tu amigo ni paga, y gasta para los hombres gritaba uno.

No le conozco… Es un invitado.

Javier salí en toalla, también soy Javier, somos tocayos ¡Cuidado, una cucaracha!

Ella cogió una zapatilla y luchó con el bicho, yo la ayudé. El insecto desapareció bajo el linóleo roto.

Me curó con una pomada, luego tomamos té con rosquillas, era todo lo que tenía, ni azúcar quedaba. Remendó mi ropa y conversamos.

Le hablé de la obra que supervisaba en Valladolid. Ella, que acababa de dejar el conservatorio.

Mi vecina, doña Marta, me llevará al mercado. Iré a ayudarle, hay que sobrevivir.

Pero tocas como una virtuosa…

No es tiempo de músicos, parece. Hay que comer y me tendió los pantalones. Vístete ya, que vas a irte sin ellos, invitado y ya sin pantalones…

Su sonrisa era preciosa. Me fui, pero regresé con azúcar y alimentos. Protestó, pero aceptó. Volví a prometerle una visita.

Feliz, miraba su ventana y ella me despedía agitando la mano. El segundo piso, el serbal moviéndose. Sí, había un serbal, lo recordaba. Y detrás del edificio, altos álamos.

Cuando Ernesto Alcázar me vio con un ojo a la funerala, entró en cólera:

¡Pero qué haces! ¿Dónde te has metido? Ni un paso más sin mí

Pero logré escaparme otra vez, y encontré el patio, el piso, la casa.

Fui con una tarta y más comida.

Inesita protestaba. Ese día paseamos bajo la lluvia por Madrid, corriendo de soportal en soportal. Yo preguntaba a desconocidos:

¿A que esta joven es una violinista de primera?

Ella recitaba poesía, conocía muchos versos. Congelados, compartimos un vaso de café caliente turnándonos. Éramos felices.

Luego nos besamos, le propuse irme a Valladolid conmigo, casarnos. Ella se entristeció, recitó:

Es la canción de nuestro último encuentro.

Miré a la casa oscura,

solo en la alcoba brillaban las velas,

con luz indiferente y amarilla…

Inés, será la última vez, ¡pero de la separación! Te hablo en serio, ven conmigo…

Ven, vámonos…

Inesita, ¿de veras quieres?

Sí, mucho. Quédate conmigo hoy

Por la noche, llamé a Ernesto mintiendo que me encontraba en el ambulatorio. Quizá no me creyó, pero ya daba igual: tenía que estar con ella.

Se puso mi camiseta, tocó una marcha en el piano, volvimos a cazar la cucaracha, y luego, la noche…

Sentados en la ventana, viendo la cortina de agua, recitaba poesía triste:

La naturaleza se hunde en la ruina, el reflujo se convierte en marea, callan los sonidos por culpa de la separación… de ti.

No habrá separación, oye. Diré que estoy enamorado, y me vuelvo a casa solo con mi prometida.

Pero a la mañana

Llamaron temprano. El vecino: exigían a Javier al aparato. Todos sabían ya dónde estaba.

Ernesto Alcázar ya no estaba enfadado, solo muy serio.

Es urgente, Javier. Te van a abrir un proceso judicial.

Inés me miró con extrañeza.

Volveré. Arreglaré esto y regresaré. Es un error, nada más.

Ya lo sé. Esperaré Lo intuía, una segunda cita. Hasta pronto, Javier.

Pero yo solo pensaba ya en el proceso. Sin experiencia, sin conocer los entresijos del poder, caí en la trampa que mi futuro suegro preparó. Estaba todo orquestado: informes, cifras, acusaciones de corrupción.

Eso me vino bien a Alcázar. Era curtido.

¿Sabes lo que te puede caer? Veinte años fácilmente. No queremos eso, ¿verdad? Si te casas con Lucía, mi hija, te sacaré de aquí.

Levanté la mirada.

No puedo. Quiero a otra

¿A quién, Javier, a quién? Eres forastero, enamoradizo. Olvídalo. O arregla tú mismo el desastre.

Vinieron a interrogarme, sudé frío noches enteras.

Al día siguiente, Ernesto me dio el billete de tren.

Vete ya. Sin ti lo arreglamos.

En la estación, por los altavoces, un concierto de violín. Busqué el rincón menos concurrido, me caí llorando como no lo había hecho nunca.

***

Entendí que las vecinas mayores del banco podían ser las mejores informantes.

¿Inés? se miraron dos ancianas. Ah, la que murió en primavera, ¿te acuerdas? Su hijo vino en un coche enorme.

Me llevé la mano al pecho, temblé, me sujeté al farol. Era mi mayor miedo: que no hubiera esperado, que hubiera muerto. Era morir yo también.

¡No digas eso! El chico busca a la de la derecha del patio. Fue Anastasia quien murió, no Inés. Y era en aquellos bloques, no aquí me tranquilizó la otra. Se ha puesto usted blanco, ¿va a estar bien?

Tranquilo, fue Anastasia, no Inés.

Fui timbrando apartamento tras apartamento, ya no por primera vez. No vi ningún serbal. Imaginaciones o la memoria. Me rendía, camino al hostal, cuando vi de espaldas a una mujer, el pañuelo azul…

¡Inesita! quise gritar, se me quebró la voz. ¡Inés!

No se giró. Eché a correr y toqué su hombro:

¡Inés!

La joven se volvió. Parecida, pero no…

Perdone, creo que me he confundido.

No pasa nada. Por cierto, sí, me llamo Inés y el timbre también era parecido.

Dios, ¿a quién buscaba? Había que buscar a una mujer de sesenta, no una joven. Me estaba volviendo loco.

Regresé al hostal destrozado.

El día siguiente era mi última oportunidad en Madrid. ¿Tendría ánimos?

Al mediodía logré levantarme. No quise café, solo tomé un sorbo de té. Salí en taxi, sin fuerzas para caminar.

Aún dudaba por cuál patio empezar, cuando un escaparate llamó mi atención: instrumentos musicales, violines.

Entré.

¿Puedo ayudarle? una joven vendedora me sonrió.

Sí, ¿ese violín?

Lo sacó con delicadeza.

¿Quiere probarlo?

No, no sé. Busco a una mujer que lo tocaba, virtuosa, vivía aquí. Inés…

¿Inés? ¿Inés Ortega?

¿La conoce? No recuerdo el apellido ¿Inés Ortega, violinista?

Claro.

Creo que es a quien busco, llevo tres días intentándolo. ¿Sabe su dirección?

No, pero vive en estos bloques. ¿Por qué la busca?

Sigue viviendo, ¿se casó?

Sí, casada y con un hijo pequeño, unos ocho años. ¿Le pasa algo? se inquietó.

¿Qué edad tiene Inés Ortega?

No sabría decir treinta y tantos.

¿Puedo sentarme? caí al taburete, me desabroché el abrigo.

¿Le traigo agua?

No, no Solo que otra vez no la encontré… No la encontré.

Salí sin mirar atrás.

Desde esa esquina vi los viejos álamos tras solo un patio corredor. Algo me impulsó a ir, dentro de mis pocas fuerzas.

En el patio, un matrimonio mayor paseaba.

Buenas tardes, busco a una señora de unos sesenta, Inés. Vivía aquí en los setenta-ochenta, tocaba el violín.

La pareja se miró. Ella preguntó:

La hija de Marta, Inesilla

¿La conocieron?

Claro, hombre, parece que se le va a pasar. Siéntese, anda.

Nos sentamos en el banco.

Vivió aquí, en la primera escalera. Aquellas ventanas eran suyas, en el segundo.

Antes había allí un serbal, ¿verdad?

Sí, sí, pero lo talaron. Tuvieron una vida difícil. Marta la crio sola, la chica siempre corriendo con el violín. Murió la madre joven, Inés se quedó sola y embarazada. Limpiaba por aquí. Alquilaba habitaciones a estudiantes y luego alumnos de violín. ¡Pero educó a una hija famosa, eh! Ahora tienen dinero.

¿Y ahora dónde…?

Se mudó, pero su hija vive en la misma casa. Pregúntele.

Me temblaban las piernas cuando llamé al timbre de la primera portalada ¡ah, siempre pensé que era la segunda!

¿Sí? voz masculina por el portero.

No tenía fuerza para responder.

Eeeh… yo

¿A quién busca?

A los Ortega… Busco a Inés, su madre, diría yo.

Y la puerta se abrió.

Subí despacio. Un hombre joven me salió al encuentro.

¿Le pasa algo?

Solo… el contacto de Inés me apoyé.

Me acompañó hasta el piso.

Vamos, no se moleste en quitarse los zapatos, échese.

Me senté, sin fuerzas ni para mirar la casa. Entonces, entró Ella.

Mi joven Inés de ayer, me fijé: era su hija, idéntica, en bata como Inés aquella noche. Vértigo: era su hija.

Medían mi tensión, mi pulso, me pusieron un tensiómetro moderno.

Le conviene el hospital, presión altísima. ¿Va a ir?

Solo estoy cansado. Déjeme descansar.

No es igual. Le pongo una inyección.

El marido me dejó, y la niña vino a mirar.

¿Cómo te llamas, campeón?

Javier.

¿De segundo?

Miguel sonriente. Mi papá es Miguel Hernández y mi madre, Inés Sánchez.

Miguel volvió con la medicina.

Disculpe las molestias. ¿Quiere ver a mi suegra?

Luego tomo té, lo preparo especial contra la tensión. Mi madre está bien, ¿le conoció?

Sí. Hace mucho. Esta casa era diferente, mi cuarto estaba ocupado por otro.

Pues ahora unificamos dos estancias. Sin comunas ya, por fin. Trabajé fuera, conseguimos ahorrar. También mi marido. Y hace poco pudimos comprar todo el piso y arreglarle uno a mamá.

Debo verla. Disculpa, pero ¿qué año eres tú?

Inés bajó la cabeza, luego sonrió.

Del 81, julio. ¿Usted es Javier? ¿Mi padre?

El corazón me dio un brinco, pero no me falló.

No te conocía, Inesita. Tenía que haberlo sabido…

Pasamos a la cocina, luminosa. Nada que ver con lo que fue.

¿Ya no hay cucarachas?

¡Qué va! Me dan pánico se encogió.

Lástima. Ella no les tenía miedo, era brava.

Bebíamos té, llorando yo a escondidas. Tener hija y nieto, sin haberlo sospechado

Cuéntame, ¿fue difícil con mamá?

Como todos. Al principio costó. Decía que le salvé la vida, era tan pequeña que parecía imposible. Trabajó de todo, hasta que tuve nueve, alquilando habitaciones. Salimos adelante. Pero sé que siempre le esperó, me decía que intuía que volvería, que tenían destino juntos.

Cometí un error enorme, Inés.

¿Qué pasó en realidad? Ella solo dice “cosas de la vida, circunstancias”. Pero yo sé que le esperaba. Ahora llamémosla. Siempre ha estado esperando.

No… No, por favor. Quiero ir yo, a verla. Ir yo solo. Déjame

Apareció Miguel.

Yo le llevo, pero luego directo al hospital.

De acuerdo…

Bajando miré a mi hija y mi nieto, dos Ineses.

He vivido así, Inesita. Sin saber que tenía una familia.

El trayecto fue corto, edificios nuevos, altos.

Aquí es. ¿Quiere que suba con usted?

Déjeme ir solo. Si pasa cualquier cosa, llame desde el fijo, o baje.

Quinto piso, 118. Pulsé el timbre.

Cuando abrió, el tiempo no la había cambiado tanto. El pelo ya no era tan abundante, las mejillas vencidas, pero era mi Inés. En dos días, dos vidas, como si toda una vida nos hubiera unido.

No preguntó quién era, solo dio un paso atrás. Entré, miré su casa. Quizá debía tomarle la mano, besarle, pero ¿tenía derecho?

Quise hablar y no me salía la voz.

Inés, yo… perdóname me fallaron las piernas.

Se arrodilló conmigo.

Javier, por Dios, ponte en pie. ¿Te encuentras mal?

Allí, en el suelo, nos agarramos por los codos.

Te he encontrado, Inés. ¿Por qué tardé tanto, por qué? No sabía de nuestra hija, ¿lo comprendes?

Tranquilo, Javier, claro que no No tenías por qué. Te esperé porque supe que volverías.

He sido tonto, traidor Deberías echarme, no perdonarme

No te echo, ven. Sabía que vendrías otra vez. Te esperé.

¿Te acuerdas de lo que me recitaste aquel día?

Lo recuerdo de memoria… La naturaleza se hunde

Hasta el último verso:

Callan los sonidos por culpa de la separación… de ti.

Llamaré a mi yerno. Eres tú quien está mal. Es médico.

Él me ha traído…

Miguel llegó, nos llevó corriendo al hospital. Atrás, en el asiento, nos cogimos de la mano. Me dio aire, y me sentí mejor.

No quiero hospital, acabo de encontrarte.

Ya no te iré Ahora estaré contigo siempre.

Y, para calmarme, me recitó de nuevo:

Y conjuro el futuro, si la tarde es azul, y presiento el segundo encuentro, el reencuentro contigo.

Por la Castellana, la ambulancia avanzaba deprisa, porque a un hombre aún le quedaba cumplir un sueño: vivir junto a la mujer que había amado siempre, compartir ese amor.

No llegué tarde a mi felicidad. Llegué a tiempo.

***

Hoy lo sé: no es la búsqueda la que nos completa, sino el atreverse a dar el paso para encontrar aquello y a quien amamos. Porque el amor, si es real, siempre nos espera.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

4 × 2 =