No habrá boda

No habrá boda

Lidia entra en la habitación y se queda parada en el umbral. Ante ella, vestida de novia, está Regina y está preciosa. El vestido realza perfectamente su figura, y en sus ojos brilla una felicidad contenida, ligera como un suspiro. Lidia no puede disimular la admiración:

¡Madre mía, pareces un ángel! exclama sin dejar de mirar a su amiga. ¡Me alegro tanto por ti! ¡Por fin pasas página y te abres de nuevo a la vida, dejando atrás a Nicolás! ¡Eres muy valiente!

Regina frunce ligeramente el ceño y su sonrisa se apaga de inmediato. Se apresura a desabrochar el vestido evitando la mirada de Lidia.

Mejor me lo quito ya murmura mientras suelta los corchetes laterales con destreza. Solo quedan dos semanas para la ceremonia y, si le pasa algo al vestido, ya no encuentro otro igual.

Lidia se muerde los labios. Sabe que ha metido la pata. ¿Por qué ha nombrado a Nicolás? Ahora que Regina por fin ha encontrado un hombre digno, mencionar el pasado es completamente innecesario. Nicolás no se merecía ni una sola lágrima de su amiga, menos aún tras todo lo que hizo.

Regina llegó a pensar que Nicolás era el definitivo. Creía que su relación tenía futuro, pensaba que era estable. Pero poco a poco todo se fue torciendo. Primero él comenzó a distanciarse, luego a poner excusas para no verse, y más tarde a criticar abiertamente sus decisiones, sus amigas, sus sueños. Le pidió que abandonara un proyecto prometedor en el trabajo, le convenció para rechazar una beca en el extranjero y, finalmente, insistió en que cambiara de profesión.

La familia de Regina no entendía lo que le estaba pasando. Veían cómo perdía la alegría, cómo ya no era la misma, pero no sabían cómo ayudarla. Cada intento de conversación acababa en discusión. Nicolás había logrado que Regina creyese que su familia no lo soportaba porque querían destruir su amor perfecto. La tensión fue a más y, con el tiempo, Regina apenas tuvo relación con sus padres.

Hasta que Nicolás desapareció. Simplemente se fue, sin explicaciones, sin despedidas, y sin siquiera dejar una nota. Quedó solo una herida profunda y un hijo, que Regina decidió criar pase lo que pase.

Ahora, viendo cómo su amiga se quita el vestido de novia deprisa, Lidia se siente terriblemente culpable. Solo quería compartir su alegría, verla feliz, no traerle recuerdos dolorosos.

Nicolás, el niño, acaba de cumplir cuatro años. Es un chico despierto, lleno de curiosidad, que no deja de preguntar por todo. Un día quiere saber por qué el cielo es azul, otro a dónde van las nubes, y pasa los paseos admirando bichitos en el parque. Las educadoras de la guardería comentan la rapidez con la que aprende, cómo memoriza poemas y cómo escucha con atención los cuentos largos.

El pequeño pasó la mayor parte del tiempo con los abuelos maternos, los padres de Regina. Se volcaron en su nieto: escogieron para él un colegio bilingüe, le llevaron a natación y le apuntaron a clases de danza. Regina visitaba a su hijo varias veces por semana, pero nunca se quedaba más de una hora.

La razón era sencilla y dolorosa. Nicolás resultó extremadamente parecido a su padre: el mismo pelo rizado y oscuro, la misma expresión en los ojos, la misma sonrisa irónica. Cada vez que Regina miraba a su hijo, sentía que volvía al pasado, a los días en los que soñaba con una familia feliz. Lo amaba profundamente, se enorgullecía de sus logros y celebraba cada sonrisa. Pero junto con el amor venía un dolor punzante. Bastaba con tomarlo en brazos o mirarle a los ojos para que las lágrimas asomaran. Entonces ella giraba la cara, fingía buscar algo en el bolso o se arreglaba el pelo, y aprovechaba cualquier descuido del niño para llorar a solas.

Una tarde, Regina fue a buscar a Nicolás a casa de los abuelos. El pequeño, con el ceño fruncido, montaba un puzle en la alfombra. Al verla, corrió emocionado hacia ella.

¡Mamá, mira! la llevó al puzle. Ya casi está. Aquí está la casita, el árbol ¡y aquí saldrá un perro!

Regina se siente a su lado y se forzó a sonreír.

Te está quedando precioso le acarició la cabeza. ¡Eres muy aplicado!

El niño se quedó pensativo, luego la miró a los ojos:

Mamá, ¿dónde está mi papá? En la guardería todos tienen papá menos yo

Regina se quedó helada. Un nudo le atenazó la garganta, pero contestó con voz suave:

No lo sé, hijo. Papá ahora está lejos. Pero piensa en ti, eso seguro.

¿Y por qué no llama? frunció el ceño. ¡Le contaría que ya sé hacerme el nudo de los zapatos solito!

Está muy ocupado susurró Regina, sintiendo cómo se le hacía un nudo en la garganta. Seguro que está orgulloso de ti.

El niño lo pensó un momento, luego asintió y volvió al puzle.

Bueno. Ya terminaré la casita y papá verá lo listo que soy.

Regina se quedó allí, mirando a su hijo y tragándose las lágrimas. Querría decirle algo más reconfortante, pero las palabras no le salían. Así que simplemente le acarició el pelo otra vez, aspirando el aroma a champú infantil y aferrándose a ese instante, cuando su hijo la miraba feliz, confiado y ajeno a las respuestas que ella no podía darle.

Aun así, Regina sigue pensando en Nicolás padre. En el fondo, sigue intentando buscarle excusas. ¿Y si le ha pasado algo grave? ¿Y si de verdad está en apuros y no puede dar señales? Esas ideas la ayudan a no desmoronarse, a sobrevivir.

Su madre le ha insinuado más de una vez que debe dejar atrás el pasado y centrarse en el presente. Los amigos, directamente, le han dicho: Él te ha dejado. Acepta la realidad y sigue con tu vida. Pero Regina se resistía. Discutía, recordaba los buenos momentos, recitaba las promesas que él le hizo. Así terminaban los debates, con Regina refugiándose en sí misma, y los demás rindiéndose.

Sin embargo, no estaba quieta. De vez en cuando revisaba las redes sociales, llamaba a lugares donde él podía aparecer, incluso publicaba mensajes pidiendo ayuda. Todo en vano. Pero ni podía ni quería asumir que Nicolás se había ido por decisión propia.

Hasta que, tras cinco largos años, entró en su vida alguien dispuesto a devolverle la ilusión. Fue casi por casualidad: se conocieron en el cumpleaños de un amigo común. Santiago destacó enseguida: era alguien en quien se podía confiar. Auténtico, amable, atento ¡un hombre de verdad!

Desde el principio, Regina sintió que con Santiago podía ser ella misma. Él no esperaba que estuviera siempre sonriendo; si necesitaba descansar, sugería irse pronto; si quería guardar silencio, lo respetaba. A Regina le encantó descubrir un hombre tan sensato y enamorado.

Su cariño se notaba en los pequeños detalles: preguntaba cómo le gustaba el café, recordaba el nombre de sus compañeros de trabajo, se ocupaba sin problemas de tareas cotidianas. Santiago era capaz de llevarla en volandas, y Regina lo aprovechaba, sin tapujos.

Pero lo que más le emocionó fue cómo Santiago conectó con el pequeño Nicolás. El primer día, el niño lo estudió con recelo, bien agarrado a la mano de su madre, pero Santiago se agachó para mirarlo de tú a tú y le preguntó por sus dibujos animados favoritos. Media hora después estaban montando un castillo con piezas, Nicolás enseñando fascinado cada uno de sus juguetes.

Poco a poco, Santiago se fue haciendo habitual en casa de los abuelos de Regina, donde vivía el niño. Lo llevaba al Retiro, le enseñó a andar en bici, le leía cuentos antes de dormir. Un día, mientras dibujaban juntos, le dijo a Regina con tranquilidad: Quiero ser de verdad su padre. Si me lo permites, quiero adoptarle.

Lidia se alegraba de veras por su amiga. Notaba el cambio: el brillo en sus ojos, el fin de la sombra de tristeza, una sonrisa sincera. Pero hoy había cometido un error: hablar de Nicolás padre. Ahora solo deseaba no haberle recordado el pasado.

Sin embargo, Regina se mostró más sosegada de lo habitual.

He madurado dice, doblando con cuidado el vestido sobre la cama y esbozando una tímida sonrisa. Hoy sé que lo que sentía por Nicolás quedó atrás. Incluso lamento haberle puesto su nombre al niño. Fui terca, no escuchaba consejos ¿Cómo me soportabais?

Lidia le da la mano con cariño.

¿Vas a llevarte a Nicolás con vosotros?

Sí responde Regina, poniéndose seria al instante. Santiago insiste mucho. Incluso ha propuesto cambiarle el nombre, dice que así me sería más fácil cerrar el pasado. De todos modos tendremos que rehacer su partida de nacimiento en cuanto termine la adopción.

Hace una pausa y observa cómo caen las gotas por la ventana.

Antes temía que mi hijo me recordase siempre el pasado. Ahora sé que me equivocaba. Es mi hijo, y se merece una infancia feliz, con dos padres que le quieran. Los abuelos han hecho mucho, pero no pueden sustituir a los padres. Y Santiago lo entiende. De verdad quiere ser su padre. ¡Deberías ver cómo se ha encariñado con el niño!

Buena idea se anima Lidia. Pregúntale qué nombre le hace más ilusión. Así se sentirá parte del cambio.

No lo tengo claro Ya veremos.

En realidad, Regina se engaña. Aún siente algo por Nicolás y esa herida no ha sanado. Pero solo le ha traído dolor. Sus padres cada vez ponen más pegas para que vea a su hijo, porque ella suele acabar llorando y eso asusta al niño. Los amigos están cansados de escucharla y dudan de su sensatez. Así que es hora de cerrar esa etapa y centrarse en el presente.

En la boda, por ejemplo.

Aunque no sea nada fácil.

Santiago es un buen hombre, sin duda. Pero no es Nicolás. Regina no siente lo mismo por Santiago. Se deja cuidar, pero no está enamorada.

Si Nicolás regresara lo dejaría todo por él.

******************************

¡No va a haber boda! Regina lo dice casi bailando, con una mirada chispeante. Cada uno por su lado, como barcos en alta mar.

Santiago la mira sin comprender. Faltaba solo una semana. Ya lo tenían todo: menú, flores, invitados Todo era real, casi palpable. ¿Y ahora dice que la boda se cancela?

¿Pero cómo que no? intenta entender si habla en serio o es una broma pesada. Regina, ¿qué ha pasado? Explícate bien.

Pero Regina no responde. Se mueve nerviosa, cogiendo cosas y metiéndolas en la maleta. Está radiante, con una felicidad inusual.

¡Nicolás ha vuelto! suelta, de espaldas. Vino ayer, hablamos ¡Al principio pensé que soñaba!

Por fin se detiene y lo encara, luciendo una expresión de alegría y ansiedad.

Te estoy agradecida por estos seis meses continúa, suavizando el tono. A tu lado he estado tranquila y a gusto, eres un buen hombre, Santiago Pero nunca te he querido de verdad. Ahora he recuperado la oportunidad de ser feliz de verdad, y no voy a dejarla escapar.

Santiago siente un frío en el pecho. Otra vez Nicolás. El hombre que siempre fue una sombra entre ellos. Sabía que Regina no había olvidado, pero confiaba en que el tiempo y su vida juntos cambiarían las cosas.

¿Y ya has hablado con él? consigue preguntar, con la voz ronca. ¿Qué excusa te ha puesto esta vez?

Ninguna contesta Regina seca. Solo ha dicho que se dio cuenta de su error. ¡Y ha pensado siempre en mí!

Se vuelve de nuevo, organizando ropa y papeles.

Hablamos por teléfono añade, rebuscando en los cajones. Sus padres le forzaron a estudiar en el extranjero y no pudo avisarme. ¿Te imaginas? Todo este tiempo pensando en mí, pero lo tenía todo en contra. Ahora, al fin, podemos estar juntos y vivir una vida feliz.

Regina recuerda esa llamada, nerviosa.

Regina, sé que parece tremendo dijo Nicolás. Pero mis padres me obligaron. O me iba a Londres o renunciaban a mí. Lo intenté, de veras pero me cortaron las tarjetas, el móvil No podía ni avisarte.

¿No pudiste llamarme una sola vez? preguntó Regina con la voz rota.

¿Y para decirte qué? ¿Que fui débil?

Al escuchar su voz, Regina sintió una ola de calor. El dolor y el resentimiento se disolvieron. Se dio cuenta de que había esperado esa llamada todos esos años: cada día, cada hora.

Ahora será diferente le prometió. Lo he dejado todo y he vuelto. No me voy a marchar.

Estas palabras resuenan ahora en su mente frente a Santiago.

Echa un último vistazo, como asegurándose de que no olvida nada. Solo entonces ve el rostro pálido de Santiago, paralizado, ausente.

No te preocupes añade ya con voz más tranquila. Ya he informado a todos de la cancelación de la boda. Les he pedido que no te molesten. Seguro que te rodearán para apoyarte, pero eres fuerte, seguro que lo superas.

Se acerca a la maleta, ajusta el asa y se prepara para irse. Mira a Santiago de frente, sin remordimientos.

Y, por favor, no me escribas, ni me llames, ni me dejes mensajes. Mi decisión es definitiva y no voy a cambiar.

Se cuelga la maleta al hombro, vacila, pero enseguida se encamina a la puerta, como si temiese que dudar un segundo le restara valor.

Santiago se queda en mitad del salón, tenso y dolorido, tragando inquietud. Querría gritarle, exigir explicaciones, pero se contiene porque no quiere mostrarse débil. Aprieta los puños, luego los abre despacio, intentando sonar normal:

¿Y si te precipitas? dice muy despacio al verla en el umbral.

Ella se detiene con la mano en la maleta, de espaldas y tensa.

¿Y si él no quiere volver contigo? insiste. ¿Y el niño? ¿Piensa reconocerlo? ¿Te ha pedido ya matrimonio?

Regina se vuelve de golpe, encendida y agitada, da un par de pasos hacia Santiago como queriendo hacerle comprender.

¡Me ha citado para una conversación seria! ¡Eso me basta! Y deja de juzgarle, ¡Nicolás no es así!

Su voz tiembla, pero enseguida se recompone, coge la maleta y se va hacia la puerta.

¡Podrías ayudarme al menos! gruñe entre dientes al levantar el peso.

Santiago da un paso, como para ayudar, pero se detiene en seco. ¿Por qué tendría que ayudar a quien le rompe el corazón? Ve claro que ella, de pensamiento, ya está lejos, con Nicolás, radiante ante el inicio de una nueva vida.

Pero la realidad es distinta. Nicolás solo quería aclarar las cosas, no prometer un futuro juntos. Ni hablar de casarse: de hecho, ya estaba comprometido con otra persona.

Regina, sumida en su ideal, no veía el abismo. Había esperado tanto ese momento que ahora no cabía otra cosa que la felicidad.

Arrastrando la maleta, se detiene un instante, parece que va a decir algo, pero se arrepiente y, abriendo la puerta, sale sin mirar atrás.

Santiago, solo, en la habitación, escucha el eco de sus perfumes y las palabras: ¡Nicolás no es así!

Se desploma en una silla, invadido por el cansancio. Todo ha pasado demasiado rápido y ahora le toca aprender a seguir adelante sin Regina, sin planes, sin ilusiones.

******************************

Nicolás abre la puerta sorprendido por la visita. Regina está allí con dos maletas, la cara iluminada y los ojos radiantes de ilusión. Él se queda helado, sin saber qué decir. Solo piensa: ¿Cómo ha podido equivocarse tanto?

Él creía el capítulo cerrado. Cuando se enteró de que Regina salía con Santiago, respiró aliviado. Podía vivir en Madrid con su esposa sin temer llamadas intempestivas o reproches del pasado. Incluso le agradeció en silencio que encontrara a alguien; eso resolvía todos sus problemas.

Sí, la llamó para cerrar aquel periodo y propuso una cita neutral, pero era solo un mero formalismo.

Ahora ella está allí, en su puerta, con las maletas, esperando mucho más que una charla. Nicolás retrocede un paso, incapaz de reaccionar.

¡Nicolás! exclama Regina. Lo he decidido. Estoy aquí, por fin juntos.

Habla tan convencida que ni plantea otra posibilidad. Da un paso adelante, pero él la para con la mano.

Regina, espera intenta sonar amable. Me temo que no lo sabes todo

Regina se tensa, la sonrisa se desvanece.

¿Qué quieres decir? ¡Quedamos para hablarlo!

Nicolás se arma de paciencia. Es inevitable.

Estoy casado, Regina. Desde hace dos años. Mi mujer y yo somos muy felices.

Regina se queda de piedra. Sus ojos se agrandan de incredulidad. Un silencio gélido pesa unos segundos. Finalmente, su cara se tuerce en disgusto, pánico y rabia.

¿De qué hablas? susurra moviendo la cabeza. No puede ser ¡Dijiste que todo había cambiado!

Te llamé para despedirme, para aclararlo dice Nicolás suavemente. Cada uno ha hecho su vida. Pero tú lo entendiste de otra forma.

Regina retrocede, las manos le tiemblan. Aprieta los puños, buscando autocontrol, pero le superan las emociones.

¡Me has mentido todo este tiempo! grita, temblando de frustración. ¡Lo he dejado todo por ti!

Nicolás empieza a irritarse. No quiere discusiones, pero Regina tampoco quiere marcharse callada.

Nunca te prometí nada responde con firmeza. Decidiste tú sola que estaríamos juntos. Intenté ser delicado, pero ahora ya está claro, ¿verdad?

Regina, fuera de sí, lanza la maleta al suelo. La ropa se esparce por el suelo, pero ni mira. Grita, acusa, exige explicaciones.

A Nicolás no le queda más remedio que invitarla, cortés y firme, a que se marche. Cierra la puerta, esperando que eso ponga fin a todo. Pero Regina sigue golpeando y gritando su nombre. Los vecinos empiezan a mirar, alguien protesta, otro se queja en voz alta.

Transcurre una hora larga, los gritos de Regina suben de tono y algún vecino amenaza con llamar a la policía. Finalmente, se da por vencida. Antes de marcharse, mira la puerta y con la voz quebrada clama entre sollozos:

¡Volveré! ¡Te arrepentirás!

Nicolás cierra los ojos, ya derrotado, sabiendo que no es el final. Regina es terca, y si se obsesiona, no parará.

Va al salón, se deja caer en el sofá y reflexiona. Tiene que actuar rápido. Ya no es seguro quedarse allí: Regina puede volver y montar otro escándalo. Saca el móvil y entra en una página de pisos.

Toca vender y buscar algo en otra punta de Madrid, se dice.

*****************************

Regina vaga por las calles, ajena a lo que pasa alrededor. Los ojos velados por lágrimas, las ideas inconexas, el alma en ruinas. No asimila aún lo ocurrido. En sus sueños, Nicolás debía recibirla con los brazos abiertos, decirle que la esperaba, que por fin estarían juntos. Pero la realidad la golpea: dura, fría e implacable.

Deambula largo rato, hasta que sus pasos la llevan al portal de Santiago. Se limpia las lágrimas, se peina como puede. Inspira fuerte y, ya arriba, llama con timidez.

Santiago tarda en abrir. Cuando por fin aparece, su cara es distante, fría. Se queda en la puerta, sin invitarla a entrar.

Santiago, por favor empieza con la voz temblorosa. Sé lo que he hecho. Sé lo injusta y cruel que fui. Pero quiero arreglarlo.

Calla, sin encontrar palabras. Los ojos de nuevo se le humedecen.

No volveré a mencionar a Nicolás continúa mirándolo a los ojos. Te lo juro. Todo eso fue un error. Solo contigo puedo ser feliz. Dame otra oportunidad, por favor.

Su voz suena sincera, casi desesperada. En ese momento cree de corazón lo que dice: si Santiago la perdona, todo saldrá bien.

Santiago niega con la cabeza, muy serio.

Regina dice bajo. Tú lo decidiste. Hace solo unas horas estabas aquí, con las maletas, diciendo que te ibas con él. Elegiste.

¡Me equivoqué! le interrumpe. ¡No sabía lo que hacía! Fue un arrebato. Yo

Él suspira y se despide con calma.

Te fuiste de mi lado para estar con él. Decidiste y yo lo acepté. Ahora, porque te fue mal, ¿quieres volver?

Sí exclama Regina. Porque te quiero. De verdad.

Él duda unos segundos, luego sonríe tristemente y responde con firmeza:

Ya no creo en eso. Se acabó. Adiós.

Regina siente que se le cae el mundo. Santiago la mira con tranquilidad, sin rencor pero sin duda. Sabe que ya no confía en ella.

Por favor musita, pero la voz se le quiebra.

Perdóname dice Santiago, será mejor así para los dos.

Cierra la puerta. Regina se queda plantada en el rellano, inmóvil. Finalmente se derrumba en los escalones, entierra la cara entre las manos y llora. Esta vez las lágrimas no salen del enfado ni la rabia, sino de la amarga certeza de haberlo perdido todo: a Nicolás, a Santiago y, sobre todo, la brújula para seguir adelanteEl tiempo pasa. La ciudad sigue su pulso, indiferente al drama de una mujer sentada en la escalera de un bloque anónimo. La noche la cubre poco a poco; las luces de los coches y los portales se encienden, y el silencio es solo interrumpido por el murmullo de un televisor lejano y el golpecillo de una puerta que cierra en algún piso. Regina se levanta finalmente, anudando la gabardina con las manos entumecidas. Desciende uno a uno los peldaños, sus maletas pesadas y lentas tras ella. No hay a dónde ir, pero los pies avanzan, porque detenerse no es una opción.

Caminando por el bulevar, ahora vacío y frío, Regina siente cómo algo en ella se dobla pero no se rompe. El dolor, la vergüenza, la soledad; todo se mezcla, arde, quemay luego, poco a poco, amaina. Llega a un banco bajo una farola y se deja caer con la cabeza entre las manos. No sabe cuánto tiempo pasa, pero con el murmullo del viento y el temblor de las ramas, por primera vez un pensamiento nuevo asoma, ligero:

Ya basta.

Basta de aferrarse a fantasmas. A Nicolás, a un amor que murió hace tiempo. Basta de necesitar tanto a otros para sentirse alguien. Basta de buscar refugio en brazos que ya no la esperan.

Mira la pantalla de su móvil, ve las llamadas perdidas de sus padres, de Lidia, mensajes rezagados de los abuelos preguntando por el niño. Y, de golpe, piensa en Nicolás hijo: su carita, su curiosidad, sus preguntas, su fe sencilla y limpia. En ese instante, siente la punzada más nítida de todas: la vida nunca fue sobre Nicolás padre, ni sobre Santiago. Era sobre ella y el pequeño niño que la miraba esperando certezas.

Recoge las maletas, respira hondo y, con paso inseguro, marca el número de su madre.

Mamá susurra apenas, ¿podéis traerme a Nicolás al parque? Quiero verle.

Ahora mismo, hija responde la voz cálida y nerviosa, mezcla de alivio y duda.

El niño llega corriendo media hora después, con los pantalones manchados de tierra y las manos repletas de flores arrancadas del parterre. Regina se arrodilla, lo atrae hacia su pecho y le llueven besos en el pelo. Llora, pero esta vez no es de tristeza sino de alivio y gratitud.

Mamá, ¿estás triste? pregunta el pequeño, como solo saben hacerlo los niños, sin miedo.

Un poquito, pero ahora ya no responde, acariciándole el rostro, porque estoy contigo.

El niño asiente, satisfecho, y enseguida señala el tobogán, la promesa de una tarde cualquiera, como si nada grave hubiera pasado. Regina lo acompaña y juntos exploran cada rincón del parque mientras la tarde muere despacio.

Lejos del eco de puertas cerradas, lejos de palabras dichas con rencor, Regina se da el permiso de empezar de nuevo. No sabe si encontrará el amor, ni si será capaz de perdonarse, pero se promete no arrastrar más sus heridas como anclas. Por primera vez, elige quedarse en el presente, sin huir ni buscar afuera el remedio a su soledad.

Porque entiende, entre risas y carreras infantiles, que a veces la única boda posible es consigo misma: reconciliarse con la mujer que fue, cuidar a la madre que es y abrirse, despacio, a la que aún puede llegar a ser.

Y ahí, bajo el brillo dorado de una farola, con las manos llenas de flores mustias y el corazón un poco más liviano, Regina sonríe. Por fin, se sabe libre.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

13 + 13 =