Busco a una mujer llamada Alejandra.

Busco a una mujer llamada Pilar.

Atravesó una arcada baja y se adentró en un patio de vecinos en Madrid, un patio hondo cubierto por charcos de nieve derretida y hojas húmedas. Era ya el cuarto patio que cruzaba esa mañana. El aire olía a ropa tendida, a nostalgia y resquicios de infancia. Una cancha de juegos empapada acogía a unos chiquillos que patinaban sobre el agua con un disco de hockey improvisado; el disco chapoteaba, pero los niños no se inmutaban.

Permaneció bajo la arcada, observando el patio, como si esperara que la memoria se le encadenara a algún recuerdo y arrastrara del fondo imágenes casi reprimidas. Pero todo aquí resultaba ajeno, desacompasado de aquellos recuerdos. Tantos años… Entonces sólo había cuerdas de sábanas, tendederos entre ventanas, algún cobertizo viejo junto a los portales, flores de azalea y bancos de madera desgastada.

Ahora…

Todo había cambiado, o tal vez sólo podía haber cambiado. Imposible no hacerlo con los años.

Era invisible en su boina, un hombre mayor con abrigo de paño gastado. Nadie reparaba en él, aquí, entre los bloques de viviendas donde muchos alquilaban habitaciones. Madrid…

Sabía que era el portal a la derecha de la arcada, y eso no podía haberse movido. Recordaba que era en el segundo piso de un edificio de tres plantas, al fondo de la galería, segunda puerta a la derecha. Sobre el marco de la puerta, todavía recordaba, había botones de portero automáticos de distintos colores con los apellidos de los vecinos de la antigua corrala.

Dentro, él recordaba cada detalle, cada doblez de cortina, la cerradura torcida de la ventana, la tetera verde, el crujir de las tarimas, incluso aquel cucaracha que cazaron durante dos días. Todo allí, en las entrañas de la memoria…

Pero ni el número del piso ni el del portal le venían a la cabeza. Sólo recordaba la calle, una hilera de patios-estrechos siguiendo uno tras otro. Y ni siquiera estaba seguro del portal, tal vez el segundo a la derecha… Todos estos edificios, fabricados por el mismo arquitecto, parecían mellizos.

Él deambulaba por aquellos patios…

¿Segundo portal a la derecha? ¿O la segunda escalera, como decían aquí? ¿Segundo piso, puerta al fondo? ¿Cuarenta y tres? ¿Quizás…?

Si había portero automático, probaba con el 43.

¡Hola, busco a Pilar! Perdone, ¿podría decirme…?

A veces le cortaban: aquí no vive. O, directamente, aquí no vive nadie con ese nombre. Volvía a intentarlo.

Perdón, de verdad. Es muy importante. ¿Por casualidad no vivió alguna Pilar aquí, en el año ochenta? Es crucial para mí.

Al terminar el tercer patio, sacó una libreta y apuntó.

16 no, 24 seguro que no, 32A no conocen, lo compraron…

Eran demasiados patios, y habría que volver donde nadie contestó o donde no le respondieron, donde dejó preguntas sin cerrar.

Subió los peldaños de una escalera sordomuda. La pared respiraba olor a gatos, un aroma antiguo, conocido.

¡Buenas! hizo una torpe reverencia.

Se cruzó con una anciana enfundada en un abrigo gris y una bolsa de mercadillo.

Buenas, ¿a quién busca? le preguntó amablemente.

Al segundo. Busco a Pilar, debe rondar los sesenta… ¿No sabrá usted si vive aquí?

¿En qué piso?

La esquina derecha. Fue hace años, cuando eran pisos compartidos…

¿Esquina? No, ahí viven los García, matrimonio con dos hijos. Por aquí, Pilar, no… y llevo yo aquí la vida entera, desde chica.

Gracias murmuró él y bajó despacio los escalones, como si le pesaran siglos.

La anciana le siguió.

¿Y el apellido?

Si lo supiera, ya la habría encontrado en el padrón o en el registro. No lo recuerdo, en realidad nunca lo supe…

Vaya… ¿Y qué era de usted, si no es indiscreción? lo inquirió ella, ávida de conversación.

Se quedó parado, mirándola, sin saber qué contestar…

¿Ella…?…

¿Y qué era ella para él?

Pilar… Pili… Piluca…

El amor no entiende de definiciones justas. O existe, o no. Lo demás: imágenes subjetivas, equilibrios de recuerdos y posibilidades.

Federico Espinosa siempre pensó que el amor era frágil. Que no resistía la distancia, que se iba, se desvanecía. Sin embargo, los destellos de felicidad ligados a memorias tan remotas lo sostenían y a la vez le dolían.

Cargaba una culpa. Vivía con un defecto en el corazón desde hacía cuarenta años.

Tal vez esos recuerdos sostenían su vida… O tal vez, justamente por ellos, el corazón fue el primero en traicionarle. Cuando falleció su esposa, con la que compartía casa pero no ya la vida, el corazón le dolió hasta provocar un infarto.

Nunca discutieron ni rompieron nada; un día se aislaron, divididos sólo por puertas y necesidades. Para ella, su casa era únicamente suya; él era, simplemente, eso que no sabían dónde ubicar. Lo decía a sus amigas:

¿A dónde lo voy a echar? Que se quede.

Por toda la casa, cuadros dorados, cristal tallado, muebles con historia, jarrones de claveles de tela. En el salón, un piano blanco con un centro de flores falsas.

Aquel piano era auténtico, un Steinway auténtico traído de América. Pero para Federico siempre fue una farsa, porque nadie allí sabía tocarlo y la tapa nunca se levantaba. Su mujer sólo lo usó para presumir unas tardes con música grabada. Él bromeaba llamándolo mesa de jarrón, aunque costó como un piso en Chamberí.

Hubo una breve fiebre de aprender a tocarlo. Duró lo que un capricho. Lo único que su esposa llevaba a fin eran horas de manicura o masajes.

Tampoco tuvo ella a su hija: no se le puede culpar, pero Federico sentía que había en ello un toque de egoísmo.

Sin embargo, a veces recordaba a una mujer capaz de devolver la vida al piano con sus manos.

La nostalgia de su esposa le embargó. Los paseos de los últimos años, ambos enfermos, alimentando patos en el Retiro, pescando en la Casa de Campo. Ya no hacía falta decirse nada.

¿Por qué nunca habíamos paseado por aquí, Loli? Qué tontos…, y Loli asentía.

Siempre iban deprisa, él ascendía en ministerios, el suegro aceleraba trayectos y promociones.

Y es que ascendía por méritos: trabajador, inteligente, con dotes de mando. El suegro, Don Raimundo, era subsecretario en un gran ministerio; un yerno así, ni soñado.

Aunque, al principio, casi se le escapa. Federico se enteró por la propia Loli, muchos años después y sólo porque discutió con su madre. Ni ella lo supo entonces; el padre no quería inquietar a la hija caprichosa.

¿Y qué era ella, si no es secreto? volvió la anciana al ataque.

Él se sonrojó y bajó la mirada:

Ella… Ella es, quizá, lo único verdadero que me queda.

La señora ya no preguntó más, tocada por el dolor mudo en los ojos del hombre, ese dolor de quien busca a alguien querido.

Él continuó su ronda de patios. Acabó con los pies empapados, soportó rechazos, charló horas con vecinos a veces ásperos, a veces amables. Y volvió a empezar una y otra vez…

Al final de la jornada cayó desfallecido sobre la cama mugrienta del hotel, sin desvestirse. Las piernas y la espalda dolían como nunca. Pero al alba, salió de nuevo en busca de Pilar.

***

Era otoño cuando la conoció. Madrid llovía oro sobre el asfalto, y el agua paseaba el color por la ciudad. El bullicio callejero, tiendas abiertas, mercadillos en cada esquina.

Viajaba desde Zaragoza a Madrid junto a don Raimundo, para una reunión sobre los nuevos planes de construcción democrática. Importantísima para Raimundo, que esperaba mudarse a la capital. Federico, aún joven, sólo trabajaba, no esperaba nada.

Supervisaba una obra, pero el peso de la responsabilidad no le calaba, sentía que podía virar su vida como quisiera.

Disfrutaba las horas libres. Una tarde, en la estación de Sol, Federico escuchó una melodía dulce, profunda, que parecía caerle directamente en el pecho. En vez de salir al andén, fue hacia la música.

Allí, bajo la bóveda húmeda, vio a una joven flaquísima con boina azul celeste y bufanda de gasa, tocando el violín como si aquello le costara el alma. Tras ella, la pared desconchada rezumaba humedad. El abrigo de cuadros apenas ocultaba un cuerpo menudo, de puntas de bailarina, y las manos enrojecidas por el frío. Gente pasaba, arrojaba monedas; sólo Federico se quedó.

Terminó la melodía, recogió el violín, trepó los puños del jersey en las muñecas y, de golpe, se hundió de nuevo en su música. Cerró los ojos; parecía que entregaba lo último de sí misma.

Entonces, un chico de quince años, agazapado junto a los pies de la violinista, se lanzó al violín, lo atrapó, y echó a correr. ¡Ladrón! chilló la vendedora más cercana.

La violinista seguía tocando, los ojos cerrados.

Federico salió corriendo tras el chico. ¡Detenedle! gritó al gentío.

Un hombre corpulento cortó el paso al joven, que soltó el estuche y cruzó la Gran Vía saltando capós. Federico agradeció apresuradamente y recogió el estuche, las monedas echadas, lo poco que quedó. Subía la violinista, pálida, seria.

Lo siento… lo dejó ahí, tirado, está roto…

No importa, siempre se rompe su voz sonaba extrañamente grave, a pesar de la fragilidad. Gracias.

No obstante, Federico notó un fondo de tristeza más hondo en ella.

¿Te ocurre mucho? preguntó.

A veces respondió sin mirarle, alejándose.

Sin embargo, Federico la siguió. La chica cruzaba cada vez más despacio, hasta que se paró sobre el puente de Segovia. Apoyó el estuche en la baranda del río, las manos crispadas en el estuche, como si fuese a tirarlo. Federico corrió.

¡No lo hagas, por favor!

Ella dudó; él sujetó el estuche. No permitas que la tires… ¿Por qué?

No debía tocar en el metro. Lo había prometido…

¿A quién?

A mi madre.

Tu madre era estricta. Es la primera vez que he oído un violín de verdad, ¿sabes? Si no llegas a venir aquí…

La muchacha apretó el paso. Perdone, no tengo necesidad de su caridad.

No es eso dijo Federico, sacando de su cartera varios billetes. No es mucho, en mi hotel tengo más. Mañana regresaré y podré darte más si necesitas.

Ella giró: No aceptaré su dinero. No vuelva a seguirme.

Federico alcanzó a gritar: ¡Te esperaré mañana aquí mismo! ¡De veras!

Pero al día siguiente no encontró a la violinista, ni tampoco al siguiente; los vendedores le dijeron que casi nunca repetía.

Por fin, volvió. Ella fingió no verle. Solo él ocupó el banco frente a ella durante dos horas enteras. Cuando finalizó, Federico depositó los billetes en el estuche.

¡Pero qué hace! susurró, apurada, cubriendo las monedas con sus manos angulosas. No haga eso, es demasiado.

Pago lo que quiero, sonrió. Es mi derecho.

Pero ella le devolvió el dinero. No sea necio, aquí no es seguro susurró nerviosa. Mejor vámonos.

En ese instante, dos tipos de los que cobran derecho al puesto bajaron por la boca de metro.

¿Cuánto debes, moza? preguntaron. Que lo pague tu novio.

Federico intentó pelear pero, al verse rodeado, perdió. Ella, sin dudar, fue a la tienda de la esquina y avisó a la policía. Cuando llegaron, él yacía magullado.

¿A urgencias?

No, no… sólo necesito descansar.

Vámonos a casa, me ayudarás con el violín dijo la muchacha.

En su corrala olía a cebolla y a lejía. Al fondo, por la puerta entornada, brillaba luz cálida. Ella abrió la habitación, dos cuartitos diminutos. De las paredes, colgaban fotos antiguas, un retrato de mujer joven rodeado de claveles. Bajo la ventana, un piano con figurillas de porcelana.

Allí, Federico pasó la noche, cosiendo recuerdos: la persecución del cucaracha entre las tablas del suelo, el té aguado, el pan duro con azúcar, las confidencias a media voz.

¿Por qué dejaste el conservatorio? preguntó Federico.

No hay sitio para músicos, este país está muy duro respondió, cosiéndole el pantalón roto.

Esa noche, bajo la tormenta, ella recitaba a Lorca, luego tocaron juntos aquel piano-mesa, y por la ventana vieron llover sobre Madrid. Él la pidió en matrimonio, ella sonrió triste:

¿Y si esta fuera nuestra última cita? Es la canción de nuestra despedida…

No digas eso, Pili.

A la mañana siguiente, le reclamaron del Ministerio; debió marchar. Pero, al despedirse, ella recitó a la poeta María Zambrano: Presentí la segunda cita, la ineludible….

Los días siguientes de Federico se perdieron en interrogatorios, amenazas, cartas en sobres oficiales, el miedo creciendo. Le ofrecieron ayuda si aceptaba casarse con la hija del jefe. Cuando rechazó, todo se precipitó. Lo enviaron precipitadamente de vuelta al norte.

En Atocha, Federico lloró por primera vez en mucho tiempo.

***

Federico comprendió que las ancianas charlando en el banco eran oráculos de memoria.

¿Pilar…? dudaron. ¿No es la que se murió en primavera? Venía mucho su hijo con coche grande…

Federico sintió que el mundo giraba hacia atrás; eso era lo que más temía.

¡No digas tonterías! Era Ana la que murió, y ella vivía en la otra corralilla. Usted, caballero, ¿está bien? ¿Llamamos a urgencias? Ni caso a mi amiga…

Siguió buscando. Bajaba la tarde cuando, agotado, casi creyó ver a Pili: llevaba bufanda azul, la misma forma de andar…

¡Pili! intentó llamar, pero la voz no le salió. La mujer se giró; era más joven, pero le recordó a la suya.

Me he equivocado… Lo siento.

No pasa nada, sonrió ella. De hecho, me llamo Pili.

¡Dios mío!, se dijo Federico. Él buscaba a una mujer mayor; buscaba a la Pilar de sus recuerdos.

Ese día decidió que ya no podía más. El cuerpo le pidió cama; la cabeza, olvido.

Pero justo antes de rendirse, vio en la otra acera una tienda de instrumentos musicales. Los escaparates llenos de violines.

Entró. La dependienta, una chica pizpireta con moño, le sonrió:

¿Buscaba algo?

¿Podría enseñarme ese violín?

¿Quiere probarlo?

No, nunca aprendí. Yo conocí a alguien que tocaba magistralmente. Pilar, vivía por aquí…

¿Pilar Gómez?

No recuerdo el apellido. ¿La conoce?

Pues sí.

Hace tres días que la busco, en estos bloques apuntó con un gesto. ¿Sabe dónde?

No sé la puerta. Sé que tiene un niño pequeño, unos ocho años, y vive por aquí. La joven pareció dudar. ¿La conozco de algo… usted la busca por algo especial?

Federico quiso sentarse. Había fallado, no la encontraba. Salió balbuceando y caminó hacia donde vio unos viejos álamos. Sólo un patio los tenía. Entró.

Allí, una pareja de ancianos descansaba en la banca.

Perdonen… Busco a una mujer de unos sesenta años, Pilar, tocaba el violín por aquí… la pregunta la traía mecánicamente, sin esperanza.

La pareja se miró, sorprendiéndole.

Eso es, la hija de María, Piluca…

Se sentaron juntos, la anciana le hizo sitio.

Aquí vivían, primera escalera, segundo piso, esas ventanas son suyas.

¿Había un serbal en la fachada?

Sí, sí, un serbal enorme. Lo podaron con la reforma. Pilar se esforzaba mucho. María murió temprano, y Pili quedó sola y embarazada. Limpiaba en el portal. Recogía estudiantes de inquilinas. Daba clases de violín a los niños. Y mira qué hija tan lista. Ahora le va bien.

¿Sigue viviendo aquí Piluca?

Se mudó hace años, no sabemos dónde. Pero su hija sigue aquí, vive en el piso antiguo.

¿La hija vive aquí? preguntó apurado.

Claro. Primera escalera, segundo piso, la esquina. Su hija, también Pilar, toca el violín y es famosa.

¿Gómez?

Gómez, sí, la violinista. Esa.

Dudó Federico y pulsó el timbre. Voz de hombre respondió.

¿Sí?

Busco a los Gómez contestó, apenas sin voz.

¿Se encuentra bien, caballero? Suba.

Subió a duras penas, un joven bajó corriendo a ayudarle.

Soy médico, no tema. Entre, siéntese.

Ya en el sofá, la vio. Era la mujer joven a la que había confundido el día anterior: misma mirada, mismo gesto. Como si su madre reviviera. Tembloroso, notó corretear a un niño.

¿Tú cómo te llamas, campeón?

Me llamo Federico, como mi abuelo.

El padre entró con una jeringuilla: Le vamos a poner esto para bajarle la tensión.

Perdónenme… sólo busco la dirección de Pili, su madre. ¿Está bien?

La joven trajo té.

Descanse. Mi madre vive cerca, está bien. ¿La conocía?

Federico asintió. Contó parte de su historia. Luego, con timidez, la preguntó:

Perdona, esto no se pregunta así… ¿De qué año eres tú?

De 1981, julio. La joven sonrió. ¿Usted es Federico? ¿Mi padre?

Federico sintió cómo el mundo se doblaba. Nadie le avisó, jamás supo de la existencia de esa hija.

No sabía nada, Pili. Lo juro.

Pasaron a la cocina, luminosa y nueva. Federico apenas reconocía el espacio.

Ya no hay cucarachas, ¿no?

¿Cucarachas? ¡No! Si las veo, grito.

Vaya… Vuestra madre era heroína con la zapatilla…

Tomaban té. Federico secaba, disimulando, las lágrimas en las mejillas.

¿Cómo fue crecer con ella?

Fue duro al principio, pero me salvó. Dice que le di la vida por segunda vez. Trabajaba en tres sitios. Hasta los nueve, con inquilinas. Pero pudimos con todo.

Os fallé a ambas.

¿Y usted? ¿Por qué no volvieron a estar juntos? le preguntó, bajando la voz.

No lo sé… Lo intentamos. Un error, las circunstancias, el miedo. Ella nunca lo contó todo. Sólo decía que así era el destino. Siempre confiaba en que un día volverías.

¿Y a qué esperamos para avisarla? Pili alzó el móvil.

No, quiero ir. Yo. Quiero ir, sin llamadas, por favor.

El yerno cedió. Pero prometo llevarle luego al hospital. Me hace falta que lo hagan.

De acuerdo.

En el coche, Federico miraba a Pili y al nieto por el retrovisor.

Al final, resulta que tenía familia…

Bajó en un bloque nuevo, la dirección escrita con letra temblorosa: cuarto piso, piso 118. Subió despacio; cada paso, un año perdido. Pulsó el timbre.

La puerta se abrió. Allí estaba Pilar, apenas más arrugada, el pelo en ondas, los ojos los mismos. Y se miraron largo rato.

No dijo nada; simplemente se hizo a un lado para dejarlo entrar. Federico quiso decir millones de frases, pero sólo salió un hilo:

Pili… yo… Perdóname.

Y sus rodillas cedieron.

Pilar se arrodilló, lo sostuvo entre sus brazos.

¡Federico, qué haces! Levántate, ¿estás mal? No me hagas esto…

Allí, en el recibidor, entre llantos y risas, se dijeron todo, de golpe y entrecortado:

Te he encontrado. ¡Por qué tardé tanto? No sabía de nuestra hija…

Ya, ya… Cálmate… No podías saberlo.

Fui un necio. Un traidor.

No hay traición aquí. Sabía que volverías algún día.

Aún recuerdo aquel poema…, y entre sollozos, lo recitó: Los sonidos callanpor culpa de la ausencia, entre tú y yo….

No te pongas así, le arrulló Pilar. Estás aquí, y es lo que importa.

Ahora llamo al yerno; te llevo al hospital.

Está abajo atinó a responder, voz quebrada.

Pronto, rodaban por la Castellana camino del hospital, cogidos de la mano, con Pilar leyéndole versos al oído.

Al fin, Federico lloró, por el amor que fue, por el tiempo perdido, por el milagro de alcanzar, por fin, la dicha que buscaba.

No llegó tarde. Lo logró.

***Durante semanas, Federico compartió sus días con Pilar, en el pequeño apartamento donde la luz del atardecer llenaba de oro los marcos de las ventanas. A veces se dormía junto al piano, mientras Pili, con el cabello plateado, tocaba para él piezas que había aprendido de niña; otras, escuchaba a su nieto Federico reír en el comedor, cada carcajada una nota más que se añadía a la partitura de su nueva vida.

A cada cita médica, a cada revisión, Pilar iba con él. Entre análisis y pruebas, Federico sentía que, por primera vez en muchos años, tenía la posibilidad de redimirse. En los pasillos del hospital conversaban con la calma de quienes han postergado demasiado una conversación importante. Ahora, en vez de palabras no dichas, construían recuerdos nuevos, diminutos pero intensos como los de los primeros tiempos.

Un sábado azul, el nieto preparó una función de violín para los dos. Sentados en el sofá, Federico y Pilar escucharon; él sintió renacer aquella vieja emoción. Cuando terminó la pieza, el niño preguntó con inocencia:

Abuelo, ¿puedo aprender una canción contigo?

Federico rió: Claro, pero tendrás que enseñarme primero. He pasado media vida sin atreverme a tocar ni una sola nota.

Pili les miró a ambos, y en sus ojos bailaba una alegría secreta. Se levantó y dejó caer sobre las rodillas de Federico aquel estuche: el viejo, el del violín; sobreviviente de otro mundo, ahora restaurado.

Federico lo abrazó, tembloroso, y lo entendió todo al fin: la música de la vida sólo puede aprenderse con los errores, los silencios, y también, al fin, con los capítulos nuevos que se regalan.

Aquella noche, mientras Madrid apagaba las luces y la familia Gómez ensayaba desafinados juntos una pequeña melodía, Federico supo que ya no buscaba más. El retal de tiempo que le quedaba era suyo y de los suyos, y cada minuto valía más que muchos años de soledad.

Por fin, comprendió que nunca se llega tarde donde, en verdad, aún esperan el corazón y el perdón. Porque basta una puerta entreabierta, el calor de unas manos y la música suave del hogar para que la vida vuelva a empezar.

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