Mi marido ha decidido tomarse un descanso: está agotado de la familia y de la relación

Mi marido decidió darse un respiro o, usando sus propias palabras, un tiempo muerto porque, al parecer, estar casado y tener familia le agotaba mucho. Mientras él descansaba, yo encontré algo mucho mejor: me encontré a mí misma. Ni una llamada suya. Ni para preguntar si el niño tenía algo que comer, o si yo podía pagar el recibo de la luz, siquiera el de ese último mes que aún convivíamos. Nada. Un silencio más grande que la plaza Mayor un lunes por la mañana.

Estoy cansado de ti, cansado de la familia, quiero vivir solo y aclarar mis ideas decía mi marido, dándome con esas frases como quien sacude una alfombra en el patio. Me aburro contigo, hace siglos que no estoy solo, así que me tomo un descanso.

Llevábamos casados diez años, ambos con treinta y cinco ya a las espaldas. Nuestro hijo pequeño apenas tenía tres. Seis años, sí, seis, estuvimos intentándolo. Exámenes médicos, tratamientos, distinguir días fértiles como quien busca champiñones en el bosque. Cuando por fin el test mostró las famosas dos rayas, mi marido lloró de la emoción, de rodillas delante del váter. Cuando salí del hospital, no cabían más flores en el dormitorio. Y ahora, después de tanta tarta y flores, se cansa.

Se puso a hacer su maleta con una energía que no le recordaba, echando a la bolsa casi todo menos la ropa de invierno, sin fijarse en el niño que intentaba agarrarle la pierna, y haciendo pausas estratégicas para darle al brandy en la cocina, como buen español que necesita coraje líquido.

Se fue. Tan campante. Y yo me quedé. Menos mal que el piso era herencia de mi abuela, así que al menos echarme a la calle no podían.

Seguro que tiene otra me decía mi amiga Inés, siempre un poco más perspicaz que yo. Eso de cansado lo dicen todos, pobrecitos, qué duro se les hace la vida con un niño. No seas boba, no esperes. Ve y pide la pensión alimenticia, que incluso puedes hacerlo antes del divorcio. ¿De qué piensas vivir, mientras tu maridito se toma unos meses sabáticos para reflexionar sobre su vida?

La verdad: vivir, lo que se dice vivir, no sabía yo de qué. A los dieciocho meses del niño, por insistencia de mi esposo, dejé el trabajo:

Llevamos tanto esperando a este hijo me decía Enrique entonces, no le vamos a meter ahora en una guardería. Críalo tú, yo gano suficiente para los tres.

Y así fue: cuidando al niño, atendiendo a Enrique, y procurando que la casa pareciera siempre una de esas de reportaje de revista. Él ganaba bien, la verdad, y no me pedía cuentas. Pero una semana después de su glorioso descanso, me planté en el juzgado a poner la demanda de alimentos, y en casa, a buscar ofertas de trabajo como quien busca oro en el Duero.

Tuve suerte. En mi antigua empresa, casualidades de la vida, se acababa de jubilar Teresa, mi compañera. Podía incorporarme cuando quisiera. Solo que, claro, nunca había puesto al niño en lista de espera en la guardería. Solución: mi madre.

Me traes al niño a casa sentenció mi madre, con esa dulzura que sólo tienen las abuelas. Sí, me va a costar lo mío a mis setenta, pero no queda otra. Solo déjame algo de dinero para la compra, que el chiquillo come como un futbolista.

Totalmente lógico. La pensión de mamá daba para poco. Además, tuve que pedir prestado a Inés, porque, claro, alguien tenía que alimentarnos y pagar los abonos mensuales de metro. De Enrique, ni rastro. Su móvil, tan callado como una siesta en agosto.

Hasta que, una tarde después del trabajo, le vi. Mi descanso temporal era, en realidad, una morenaza de unos veinticinco, alta y de pelo liso, sentada con él en la terraza de un bar cerca de mi oficina. Seguramente ni se imaginó que volvería a pisar esa zona. Saqué el móvil, les hice una foto por si había que recordar la escena y seguí mi camino.

Mi vida empezó a rodar. Para mi sorpresa, estaba mejor sin él. Paz en casa, sin tener que comprar ni cocinar ese cochinillo que a él le encantaba y que a mí me repugnaba (quién se come eso, de verdad). Nadie dejando los calcetines por el salón ni el baño como un lodazal.

Y poco a poco, descubrí que ya no era la de antes: que prefería el balonmano al fútbol, que el perfume ese caro que le fascinaba a él me daba dolor de cabeza, y que odiaba que me tiñeran el pelo de castaño triste, como él quería. Que me sienta mucho mejor el corte de pelo corto y que, sí, las deportivas con vestido son lo más. Y que el pintalabios nude no era natural sino de una tristeza que vaya.

¿Acaso llevaba diez años desaparecida yo entre los gustos y obsesiones de mi marido? Fui recuperando mi yo perdido, poquito a poco. Al reincorporarme al trabajo, en tres meses ya logré un ascenso y un aumento en la nómina. Cambié mis vestidos aburridos por vaqueros y trajes elegantes. Pinté la casa entera de otro color, por fin el que me gustaba a mí. Y pedí el divorcio.

En esos ocho meses, Enrique no llamó ni una sola vez. Hasta que, dos días antes del juicio, apareció. Con flores y una caja enorme de fruta (día de mercado, supongo).

He estado pensando, ya lo he resuelto todo en mi cabeza, no me importaría volver anunció, mirando las paredes con su cara de desprecio habitual. Vaya colorcito hortera que has elegido para el recibidor. ¿Y por qué te has cortado el pelo? Así no te favorece nada.

Pues yo también he pensado mucho, Enrique. Ese color hortera es mi favorito, y el corte de pelo me encanta. Por cierto, ¿cómo se llama tu tiempo muerto? ¿Te ha dado calabazas ya? le enseñé la foto en mi móvil. Y no, no quiero que vuelvas. He recapacitado y estoy mucho mejor sin ti.

Él, haciendo gala de su drama habitual, me llamó egoísta. Que no pensaba en nuestro hijo, que se quedaría sin padre. Que nadie me va a querer a mis casi cuarenta, y encima con niño.

He pensado en nuestro hijo todos estos ocho meses, mientras su padre se buscaba a sí mismo. Pensé en qué darle de comer, con quién dejarle cuando yo trabajaba. Y sí, igual soy egoísta y mira tú qué bien me sienta. Y que no me va a querer nadie, dices Pues me quiero yo, y eso me faltaba desde hace un siglo.

Le cerré la puerta en las narices sin remordimientos. Y pienso insistir en el divorcio. Que en las parejas, si los descansos largos son necesarios, igual es que ya no quedan ni ganas ni amor.

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Mi marido ha decidido tomarse un descanso: está agotado de la familia y de la relación
La llave del 13 Me llamó por la mañana y lo dijo como quien comenta una tontería: — ¿Te pasas un momento? Aquí tengo que subir la bicicleta. Solo no me apetece liarme. Las palabras «¿te pasas?» y «no me apetece» sonaron juntas de forma extraña. Mi padre solía decir «hay que hacerlo» y «ya me apaño yo». El hijo adulto, con canas en las sienes, se sorprendió buscando una trampa en aquella invitación, como en las antiguas conversaciones. Pero no la había, solo una petición sencilla, y eso lo hizo sentir incómodo. Llegó a mediodía, subió al tercer piso y se entretuvo en el rellano, mientras giraba la llave en la cerradura. La puerta se abrió enseguida, como si su padre hubiera estado esperando justo detrás. — Pasa. Quítate los zapatos, — dijo el padre apartándose. En el recibidor todo estaba en su sitio: la alfombrilla, el mueble bajo, los periódicos apilados con orden. Su padre parecía el de siempre, aunque los hombros parecían más estrechos y las manos, cuando se arreglaba la manga, temblaron un instante. — ¿Dónde tienes la bici? — preguntó el hijo, para no preguntar otra cosa. — En la terraza. La metí ahí para que no estorbara. Pensé que me apañaría solo, pero… — el padre hizo un gesto y fue por delante. La terraza estaba acristalada, pero fría, con cajas y botes. La bicicleta estaba junto a la pared cubierta con una sábana vieja. El padre la destapó como si destapara algo importante y acarició el cuadro con la mano. — Es la tuya, — dijo. — ¿Te acuerdas? Te la compramos para tu cumpleaños. El hijo recordaba. Recordaba cómo daba vueltas en el patio, cómo se caía, cómo su padre le levantaba en silencio, le quitaba la arena y comprobaba la cadena. Su padre casi no elogiaba, pero miraba las cosas como si tuvieran vida y de ellas dependiera. — La rueda está desinflada, — apuntó el hijo. — Eso no es nada. El buje chirría y el freno trasero no agarra. Ayer lo probé y hasta el corazón me dio un vuelco, — esbozó una sonrisa que apenas duró. Llevaron la bici a la habitación donde su padre tenía su “taller” — no apartado, una esquina junto a la ventana: mesa, alfombrilla, lamparita y caja de herramientas. Alicates, destornilladores, llaves colgaban ordenados en la pared. El hijo lo admiró como siempre: su padre mantenía el orden donde podía. — ¿Encuentras la llave del trece? — le preguntó el padre. El hijo abrió la caja. Las llaves estaban en fila, pero la del trece no se veía. — Hay una del doce, otra del catorce… la del trece, nada. El padre se extrañó. — ¿Cómo que no? Si siempre estuvo… — calló, rehusando decir “siempre”. El hijo fue revisando las herramientas, abrió el cajón. Viejas tuercas, arandelas, cinta aislante, un trozo de lija. La llave apareció bajo unos guantes de goma. — Aquí la tienes, — dijo. El padre tomó la llave, la pesó en la mano. — Así que fui yo el que la guardó ahí. La memoria… — murmuró. — Venga, trae la bici. El hijo la puso de lado, metiendo un trapo bajo el pedal. El padre se agachó con precaución, como si las rodillas pudieran fallarle. El hijo lo notó y disimuló. — Primero quitamos la rueda, — dijo el padre. — Aguanta tú, yo suelto las tuercas. Cogió la llave, la giró. Costó y el padre apretó los labios. El hijo la ayudó y cedió. — Ya lo haría yo, — murmuró el padre. — Es solo por… — Ya lo sé. Sujeta para que no caiga. Trabajaron en silencio, con frases justas: “aguanta”, “no tires”, “aquí”, “cuidado con la arandela”. Al hijo incluso le alivió. Cuando las palabras se limitan al trabajo, no hay que adivinar lo que dicen detrás. Dejaron la rueda en el suelo. El padre buscó el hinchador, comprobó la goma. Era antiguo, con el mango desgastado. — La cámara estará bien. Solo estará reseca, — dijo confiado. El hijo pensó en preguntar cómo lo sabía, pero no lo hizo. Su padre siempre hablaba con seguridad. Mientras hinchaba, el hijo revisaba el freno. Las zapatas gastadas, el cable oxidado. — Habrá que cambiar el cable, — comentó. — El cable… — el padre paró, se secó la mano. — Por ahí tengo uno de repuesto. Rebuscó bajo la mesa, sacó una caja y otra. Cada una con piezas ordenadas y etiquetas. El hijo vio en eso no solo orden, sino el deseo de controlar el tiempo. Mientras todo esté etiquetado, todo permanecerá. — No lo veo, — dijo el padre, cerrando la caja con enojo. — ¿No estará en el trastero? — sugirió el hijo. — Mi trastero es un desastre, — confesó su padre con aire de crimen. El hijo rió. — ¿Tú? ¿Desastre? Eso es nuevo. El padre lo miró de reojo, agradecido por la broma. — Anda, mira tú. Yo sigo aquí, — volvió al hinchador. El trastero era pequeño y atestado de cajas. El hijo encendió la luz y rebuscó entre bolsas. Arriba, en una balda, encontró la bobina de cable, envuelta en periódico. — Lo tengo, — gritó. — Ya ves, — replicó el padre. — Si te dije. El hijo le llevó el cable. El padre lo revisó. — Va bien. Hay que buscar los terminales. Rescató unos capuchones metálicos de otra caja. — Venga, desmontamos el freno, — dijo el padre. El hijo sostuvo el cuadro, el padre desmontó el soporte. Sus dedos, secos y agrietados, con las uñas cortas. El hijo recordó cuando, de niño, aquellas manos le parecían invencibles. Ahora veía otra fuerza, paciente y ahorrada. — ¿Por qué me miras así? — inquirió el padre. — Recordaba cómo te acuerdas de todo. El padre bufó. — Me acuerdo. Lo que no sé es dónde dejo las llaves. Hace gracia, ¿no? El hijo quiso decir “no la hace”, pero entendió que su padre hablaba de miedo. — Pasa también, — reconoció el hijo. El padre asintió, aceptando no tener que ser perfecto. Al desmontar el freno, faltaba un muelle. El padre lo buscó sin éxito. — Ayer estuve trasteando, igual se cayó. Revisé el suelo, no lo vi. — Miremos de nuevo — propuso el hijo. Los dos al suelo, palpando alrededor. El hijo halló el muelle junto al zócalo. — Aquí está. El padre lo tomó, aliviado. — Menos mal. Ya pensaba… — no acabó la frase. El hijo entendió el silencio. — ¿Tomas un té? — preguntó el padre brusco, como si el té tapara el vacío. — Sí. La tetera al fuego, dos tazas. El hijo se sentó y vio a su padre moverse, algo más lento que antes. Le sirvió té y una bandeja de galletas. — Come. Estás más delgado. El hijo iba a negarlo, pero calló. Esa frase era todo lo que su padre sabía decir sobre el cariño. — ¿Y en el trabajo? — preguntó el padre. — Bien. Cerraron el proyecto, vuelvo a empezar. — Ya. Que paguen a tiempo. El hijo sonrió. — Siempre pensando en el dinero. — ¿En qué voy a pensar? ¿En los sentimientos? — le miró directo. Al hijo se le encogió el pecho. No esperaba que su padre dijera “sentimientos”. — No sé, — respondió con sinceridad. El padre calló, luego tomó la taza con ambas manos. — A veces pienso que vienes como si fuera una obligación. Rellenas la visita y te vas. El hijo dejó la taza. El té quemaba, pero no apartó la mano. — ¿Y tú crees que me es fácil venir? Aquí vuelvo a ser niño. Y tú todo lo sabes mejor. El padre se encogió de hombros, sin enfado. — Es lo que creo. Costumbre. — Y nunca preguntaste cómo estoy. De verdad. El padre miró su taza. — No me atrevía. Si preguntas, tienes que escuchar. Y yo… — levantó la vista. — A veces no sé. Al hijo le alivió simple y claro. No hubo “perdón”, solo reconocer que no sabía. Más cierto que cualquier discurso. — Yo tampoco sé. El padre asintió. — Pues aprenderemos. A través de la bici, — ironizó. Apuraron el té y volvieron a la habitación. La bici igual, la rueda, el cable sobre la mesa. El padre se volcó en el arreglo. — Mira, tú pasa el cable y yo ajusto las zapatas. El hijo lo hizo, torpe. Se enfadó consigo mismo. El padre se dio cuenta. — No corras. Esto no es de fuerza. Hace falta paciencia. El hijo le miró. — ¿Lo dices por el cable? — Por todo, — contestó, dándose la vuelta. Ajustaron zapatas y tuercas. El padre apretó la maneta de freno varias veces. — Ya va mejor. El hijo hinchó del todo, comprobó la cámara. Todo en orden. Montaron la rueda y ajustaron. El padre pidió la llave del trece y el hijo se la pasó en silencio. Se asentó en su mano como si siempre hubiera sido suya. — Listo, — dijo el padre. — Vamos a ver. Bajaron la bici al patio. Su padre la sujetaba, el hijo al lado. Fuera no había nadie, solo una vecina saludando con una bolsa. — Sube, prueba tú — dijo el padre. — ¿Yo? — Claro. Yo ya no soy un acróbata. El hijo montó. El sillín bajo, las rodillas arriba, como de niño. Dio varias vueltas a la jardinera, probó el freno. La bicicleta obedeció. — Funciona, — dijo. El padre la tomó, la empujó despacio. — Bien. No fue tiempo perdido. El hijo se dio cuenta de que no hablaba de la bici. Se refería a haberlo llamado. — Llévate esto a casa, — dijo el padre de pronto. — Este… juego de herramientas. — Señaló lo que usaron. — Yo tengo de sobra. A ti te vendrá bien. Tú siempre te apañas. El hijo iba a rechazar, pero entendió. Era el lenguaje del padre. No un “te quiero”, sino “llévatelo, para que lo tengas más fácil”. — Vale, me lo llevo. Pero la llave del trece, esa no la pierdas. Esa es la principal. El padre sonrió. — Esta la pondré en su sitio. Subieron otra vez. En el recibidor, el hijo cogió la chaqueta. El padre no tenía prisa. — ¿Te pasarás la semana que viene? — preguntó con naturalidad. — Tengo que engrasar la puerta del altillo. Yo ya… Lo dijo con tranquilidad. El hijo escuchó invitación, no queja. — Me paso. Avísame, no sea que llegue corriendo. El padre asintió y, cerrando, añadió suave: — Gracias por venir. El hijo bajó la escalera con algunas herramientas envueltas en trapo. Pesaban, pero no molestaban. Fuera, miró hacia la ventana del tercer piso. La cortina se movió, como si su padre estuviera ahí. No saludó. Siguió hacia el coche, sabiendo que ahora podía ir no solo “a hacer cosas”, sino por lo que ambos por fin sabían importante.