Diario personal, 30 de abril
Hoy he puesto mi taza en el alféizar y he notado que Javier se ha quedado parado en el pasillo. Lo supe sin verlo, sólo con el cuerpo orientado hacia la ventana y la espalda erizada de esa pausa suya donde cabría perderse.
Has puesto la taza en el alféizar dijo por fin. No lo preguntó. Lo afirmaba.
Sí, Javier. He puesto la taza en el alféizar.
La madera está barnizada. El calor deja marca.
Lo sé.
¿Entonces por qué?
Me di la vuelta. Cuarenta y ocho años tiene ya, y parecen justamente los que lleva vividos. Ni uno más, ni uno menos. Estaba en el marco de la cocina con su camiseta gris, el nivel de burbuja en la mano. Lo lleva como otros llevan el móvil en días de descanso.
Porque no tengo dónde más dejarla contesté. La mesa está cubierta de plástico, la otra silla está patas arriba, el suelo del pasillo sigue húmedo tras la imprimación. Tomo el té de pie, junto a la ventana, Javier. Llevo tres años tomando el té así.
Miró la taza. Después a mí. Volvió a la taza.
Te pondré un posavasos.
No quiero un posavasos.
Pero quedará marca.
Que quede.
Entrecerró los ojos. Así mira cuando no sabe si bromeo o hablo en serio. En realidad, ni yo lo sé ya.
Clara, por favor…
Ya está dije en voz baja. Esa palabra cayó en el silencio como una piedra en un charco. Ya está, Javier.
No lo pilló a la primera. Repitió:
¿Ya está, qué?
Recojo mis cosas.
Tardó en asimilarlo. Fuera, en la calle, pitó un coche antes de quedar todo tranquilo. Javier bajó la mano, el nivel desapareció de su campo de visión.
¿Por el alféizar?
No. No es el alféizar.
Me acabé el té y dejé la taza de nuevo sobre la superficie barnizada. Sin disculpas. Convicción tranquila.
Cuarenta y cinco. Contable en una oficina pequeña. Me gusta leer antes de dormir, tengo un cactus diminuto en la oficina, lo llamo Félix, y hace muchos, muchos años que no invito amigas a casa. En realidad, tres años. Ni uno menos.
Fui a la habitación.
Hace tres años, cuando compramos esta vivienda de dos dormitorios en la quinta planta de un bloque de ladrillo en un callejón tranquilo de Salamanca, fui feliz. Realmente feliz. Lo recuerdo bien: los dos de pie en las habitaciones vacías, con el papel de las paredes despegado, el parqué antiguo… Yo miraba por la ventana los álamos otoñales y pensaba: este es nuestro hogar.
Javier era distinto entonces. ¿O yo lo veía distinto? Medía paredes con cinta métrica, anotaba ideas en un cuaderno cuadriculado y le brillaban los ojos con ese fuego que tanto me gustaba: el fuego de quien sabe lo que quiere y sabe hacerlo con sus manos.
Mira, Clara me decía desplegando un esquema. Aquí dividiremos la cocina y el salón, espacio abierto, y en esta pared empotraremos las estanterías hasta el techo. Aquí pondremos los focos con regulador de luz…
Es precioso de verdad decía yo. Y lo era.
Todo lo haremos nosotros, despacio, pero bien. Sólo una vez, para toda la vida.
Aquel “para toda la vida” debí escucharlo mejor. Porque guardaba algo más que ganas de ahorrar en obras.
El primer medio año fue como una aventura. Vivíamos en medio de la reforma. Cocinaba con vitro portátil, porque el gas no estaba dado de alta. Dormíamos en el colchón sobre el suelo. Comíamos en platos desechables. Era incómodo, un poco romántico y totalmente soportable entonces.
Luego, algo empezó a cambiar. Muy despacio, como si cediendo el suelo bajo el edificio.
Javier hacía chapuzas todos los fines de semana, incluso a diario si podía. Es aparejador y sabe mucho más de materiales y técnicas que cualquier profesional. Eso no era el problema.
El problema, descubierto tarde, era que nunca sabía parar.
No me di cuenta al principio. Hace ocho meses, tomando café con Alicia en la Plaza Mayor, ella me preguntó:
¿Para cuándo la invitación? Dijiste que me harías cocido.
Ya queda poco le contesté. Javier promete que para Nochevieja acabamos.
La Nochevieja fue entre escayola y cables. Los dos solos en la cocina casi a estrenar, rodeados de cajas de herramientas.
Javi, el próximo año celebramos como Dios manda dije sirviendo cava.
Claro. Cuando termine el techo del salón y ponga el parqué, invitamos.
En marzo, el techo se terminó. Pero veía que había que rehacer las tuberías del baño porque el fontanero original lo dejó fatal y Javier no podía soportarlo. Luego le tocó al mirador, porque había una rendija de tres milímetros. Lo midió con su galga.
Yo bromeaba entonces: Mi marido en guerra con los tres milímetros. Alicia se reía. Yo también. Nos daba risa.
El parqué en mayo: al fin podíamos ventilar. Yo pasaba maderas, alcanzaba herramientas y aspiraba polvo. Javier trabajaba callado, concentrado, como un cirujano: pasaba el láser, comprobaba filas, a veces levantaba y volvía a poner el mismo tablón porque no le convencía el hueco.
Si ni se nota dije una vez.
Yo sí lo noto contestó sin mirarme.
Fue la primera vez que sentí algo raro en su respuesta. No herida, sino parada. Yo, trapo en mano, lo veía agachado y dentro sentí que comprendía algo importante. Pero no supe el qué.
Terminado en junio. Parqué claro, de roble, perfecto.
Es precioso confesé.
Le faltan las capas de barniz alemán, anticortes.
¿Cuándo?
La semana que viene.
La semana siguiente, descubrió que un rodapié despegaba medio milímetro. El barnizado se pospuso.
Ese junio llamé a Alicia. Citamos para tomar algo. Sentadas en una terraza con limonada, ella preguntó:
¿Cuándo nos enseñas la casa?
Pronto fingí.
¿Qué te pasa?
No sé… Alicia, creo que Javier nunca terminará. No es que demore… Es como si no quisiera terminar. Como si mientras la casa esté así, las cosas no le exijan vida normal. No hay visitas, no se coloca la decoración… no se vive.
Alicia me miró ceñuda.
¿Se lo has dicho?
Siempre responde que falta poco y después, todo perfecto.
¿Pero quieres perfecto?
Tardé en responder.
Quiero mi casa. Simplemente mi casa.
Aquella tarde Javier trajo veinte muestras de pinturas para comparar blancos en la cocina. Todos blancos, pero distintos.
Mira: blanco cálido, blanco frío, este va con tinte azul… Bajo la luz diurna, son mundos. Yo eligiría este.
Todos me parecían iguales.
Me da igual, Javier.
Me miró como si hubiese dicho un disparate.
¿Cómo que te da igual? Vamos a vivir aquí.
Justo. Vivir aquí.
Se notan las diferencias, aunque creas que no.
Ya… elige tú.
Él siempre elegía. Y cada vez menos me preguntaba qué opinar. Si sugería un azulejo, me justificaba con datos técnicos su opción; si proponía un sofá, mostraba diagramas en su aplicación de diseño. Mi gusto no intervenía. Así, dejé de oponerme.
El otoño del segundo año, en octubre, le llamó su amigo Paco de Oviedo. Venía de paso y quería quedarse una noche. Me emocioné. Compré comida, saqué el menaje bueno. Javier dijo que no. En el dormitorio había obras. Sabía que eso era mentira. Ahí ya estaba todo puesto.
¿Qué arreglos, Javi?
Pausa.
El suelo, que hay que reemplazar una zona.
No huele a nada.
No quiero que vea la casa a medias.
¿Cómo que a medias?
No terminada.
Entonces comprendí: sentía vergüenza. Vergüenza de la casa que hacía con sus propias manos, porque no era la que imaginaba. Y era capaz de mentir a un amigo por ese ideal invisible.
Vale dije. Nada más.
Paco cenó con nosotros, pero durmió en un hotel. Yo, sola en casa.
Esa noche, no dormí mucho. Miraba el techo impecable del dormitorio. Habitaciones perfectas, pero sin huéspedes dos años ya.
En invierno, mamá cayó enferma. Nada grave, gripe, pero estaba sola y fui a verla dos veces por semana, a veces dormía allí. Javier ni objetó: andaba con la pintura del mirador, obsesionado con no estropear la baldosa ya puesta.
Un día, al volver, lo hallé en el pasillo con una lupa, analizando la unión de la pared con el rodapié.
¿Pasa algo?
Aquí hay una rendija.
No pregunté cuánto medía. Ya no valía la pena.
¿Has comido hoy?
No me acuerdo.
¿A mediodía?
Algo tomé.
Preparé macarrones y huevo. Cenamos en silencio. Fuera, nevaba. Sobre la mesa, el catálogo de tiradores para el armario del recibidor.
Javier…
¿Sí?
Cuéntame algo distinto. No de reformas.
Me miró sorpendido, como si pidiese que hablara bretón.
¿Sobre qué?
Lo que sea. Tu día, una anécdota, lo que te haga reír… menos obras.
Pensó de verdad. No salía nada.
No sé… nada.
Tras ese día, pensé mucho en qué momento el hombre que conocí se volvió solo funciones. No siempre fue así. Recuerdo viajes en su viejo coche por Cantabria, contando constelaciones: Eso es Casiopea, aquello la Osa Mayor… y allí, Las Pléyades. Yo veía las Pléyades.
¿Dónde están ahora las Pléyades?
Al tercer año dejé de decirles a las amigas que faltaba poco. Reformas que terminaban y volvían a empezar, Javier encontraba un nuevo defecto, o cambiaba de criterio: el azulejo elegido ya no era resistente, la pintura no era justo ese blanco, la manivela crujía de frío. Cada imperfección era un re-comienzo.
Me compré una lamparita sencilla, con pantalla de tela, y la puse en la mesilla. Semanas después, Javier puso su flexo metálico al lado: Este da mejor luz. Mi lámpara acabó en la estantería, de allí a la caja de herramientas.
No dije nada. La traje de vuelta, a su sitio. Javier la volvió a quitar. Yo la devolví. Silencios. Esa fue mi pequeña victoria, triste, porque tener o no una lámpara en casa no debería ser ni victoria ni tragedia.
En abril escribí un whatsapp a Alicia, en mitad de la jornada laboral:
¿Te apetece irnos a algún sitio? Un balneario, unos días, sin maridos.
Contestó al instante: ¡Sí! ¿Cuándo?
Nos escapamos cuatro días a un hotel rural en la sierra. Javier, absorbido en la enésima reforma del baño, ni protestó.
Mi habitación: madera sencilla, colcha de flores y una ventana por donde olía a bosque mojado y algo a moho. Rascaduras en la pared, todo un poco torcido, pero estaba bien. Mejor que en años. Lloré al llegar. Alicia, tumbada en la cama de al lado, no preguntó.
Vivo en un museo le dije mirando las manchas del techo. Bello, impecable, muerto.
¿Se lo has dicho?
Mil veces. Él dice que falta poco.
¿Y terapia? ¿Juntos?
No irá. Javier piensa que eso es para quien tiene problemas de verdad. Él solo tiene obras.
Allí, oliendo bosque, con colcha desparejada y rendijas en el marco, lo entendí: eso era la vida.
Al volver, casa olía a masilla. Javier orgulloso me enseñó una repisa simétrica: ahora sí, milímetro arriba, milímetro abajo.
Muy bien dije.
Me metí en la cama. Techo perfecto.
En junio, la conversación clave. Domingo, ocho de la tarde, Javier en la despensa. Yo cocinaba.
¡Javi! grité.
¿Eh?
La cena en veinte minutos.
Veinte minutos después, nada. A la hora, llamé a la puerta.
La cena se enfría.
Cinco minutos.
Cené sola. Recogí, fregué. Salió a las diez y media.
He perdido la noción del tiempo.
Ya…
¿Caliento algo?
Hazlo tú.
Me fui a la cama con un libro. Cuando vino, pregunté sin mirarlo:
Javier, ¿eres feliz?
Tardó.
Pues… sí, creo. ¿Por?
¿Seguro?
Clara, ¿qué te pasa?
Una pregunta normal.
Se tumbó. Silencio. Al rato:
En cuanto acabe aquí, termino el mirador. Y casa lista.
Dejé el libro.
¿Ves cómo has contestado?
¿Cómo?
Pregunté si eras feliz. Has contestado con una tarea.
Él no respondió.
Buenas noches dije.
Buenas noches.
Me quedé un rato con la luz tenue. Pensé en Medellín, diferente, nosotros conversando de cualquier cosa: una serie, una anécdota, el nuevo menú de nuestro restaurante favorito… Conversando, solo eso.
Aquí, todo era silencio. Como el techo.
Reviví esa charla al dejar la taza hoy y supe que el ya está venía de antes, sólo necesitaba una taza para salir.
Hacía la maleta metódicamente. Lo mío: unos libros, la ropa, la lámpara con pantalla de tela, el DNI y documentos, el cargador. Félix, mi cactus. Javier permitió el cactus: no deja marcas.
Él en la puerta.
Clara.
¿Qué?
¿Hablamos?
¿Qué quieres decir?
Que recoges tus cosas.
Sí.
¿Por la taza?
Por favor, Javier… lo sabes.
Te juro que no.
Me paré. Lo miré. Ya no tenía el nivel, manos vacías. Desconcertado, de veras. Hacía tanto que no le veía así.
Javier, llevamos tres años aquí.
Sí.
No hemos tenido ni una cena con amigos aquí. Ni una sola, ¿te das cuenta?
Porque falta…
Porque nunca estará lista. Siempre encuentras algo más que arreglar y yo ya no puedo vivir entre materiales de obra.
Ya queda…
No, Javier le corté, muy suave. No es cuestión de tiempo. Es que he sido huésped tres años en mi casa. Caminando en punta, poniendo posavasos, quitando mi lámpara, sin amigas porque te daba vergüenza la reforma. Quiero vivir, Javier. Con arañazos, con manchas en el alféizar, con comidas el domingo, con tu chaqueta vieja colgada. Un hogar real. Y aquí, esto no ha sido eso.
No respondió nada.
¿Dónde vas?
Con mamá, de momento.
¿Por cuánto?
No sé.
Cerré la maleta, cogí a Félix, pasé de largo entre parqués perfectos.
Clara me llamó.
¿Sí?
No sabía que era para tanto.
Sí lo sabías, pero no lo pensaste.
La puerta sonó suave. Como todo aquí.
Él se quedó.
Javier se sentó en el sofá. Le costó tres meses elegir la tela. Tela resistente, sin pelusas. Miró el salón.
Paredes perfectas, tarima ideal, techo impoluto. Estanterías milimétricas, luz sin sombras. Mirador sin rendijas. Baño de azulejos milimétricos.
Miró sin orgullo. Algo parecido al vacío, pero más arriba del estómago.
En los estantes quedaron algunos libros míos. Pensó cuánto hacía que no me veía leer, simplemente leer por placer, no por refugio.
Fue a la cocina. Mi taza aún en el alféizar. Miró: no había marca. El té frío.
La fregó, la puso a escurrir. Pasó al dormitorio, se tumbó vestido, cosa inédita. Miró el techo.
Siguió así un buen rato. Perdió la cuenta. Bajó a la despensa: baldas ordenadas, botes de pintura, herramientas en su sitio. Agarró una muestra de azulejo, la que comparó con otra partida, y la devolvió.
No había nada más que él.
Por la noche calentó algo, sin saborearlo. La casa callada, muerta de perfecta.
Quiso poner la tele. No prestó atención. Miró mi nombre en Whatsapp, sin marcarlo.
Pensaba en huéspedes, en lámparas, en mis palabras: huésped en su+mi casa durante tres años. Huésped. Eso dolía.
Recordó a Paco y la excusa, la cobardía de no mostrar la casa incompleta. Ya estaba lista hace un año, pero no era la casa en su cabeza.
Prometió una casa ideal. Y nunca lo fue. El ideal se escapa siempre. Como el horizonte.
Eso lo comprendía Alicia. Yo no.
O sí. Pero no quería saberlo.
Encendió todas las luces. Miró las estanterías. Todo ordenado. Menos un corazón de cristal, anaranjado, que compré en el rastro hace dos años: Sólo coge polvo, dijo entonces. Yo repuse: Me gusta. No insistió. Hubo tregua.
Lo cogió. Lo notó cálido.
Pensó durante tres días. Deambuló por la casa, sin tocar nada. Despistado en el trabajo, cometió errores. Un colega se lo notó.
Al cuarto día, me escribió:
Clara, ¿puedes hablar?
Contesté al rato: Sí.
Me llamó. Contesté al segundo tono.
Hola dijo.
Hola.
¿Todo bien?
Sí, aquí con mamá.
Silencio. No sabía por dónde empezar, nunca se le dio bien. Yo sí sabía.
He estado pensando.
Lo sé.
Supongo qué vas a decirme.
Imagino.
Clara, sé que he pasado por alto algo fundamental. He estado eligiendo mal. No lo vi antes…
Callé.
Las visitas, la lámpara… lo recuerdo todo. Ahora sí lo entiendo.
¿Por qué me lo cuentas?
Quiero que vuelvas.
Pausa larga.
Javier…
No te pido ahora mismo. Sólo ser sincero: quiero que vuelvas y quiero intentarlo de otra forma, aunque no sé si podré. Pero lo intentaré.
Tardé antes de responder. Sentía cómo removía cosas en la casa de mamá, quizás una taza. No importaba dónde.
¿Sabes que voy a intentarlo no me basta?
Lo sé.
¿Sabes que no puedo volver a vivir lo mismo?
Lo sé.
No estoy segura de que lo sepas. Estás asustado, dices lo correcto, pero no puedes convertirte en otro por decisión. No es un clavo que se clava.
Sé que no es tan sencillo.
¿Entonces qué propones, en concreto?
Pensó.
Verte primero. Cara a cara.
Vale acepté por fin. Nos vemos.
Nos citamos en una cafetería normal, ni su casa ni la mía. Sillas un poco cojas, menú en pizarra. Yo llegué con mi vieja parka, cansada pero tranquila.
Pedimos café. Él me observaba como hacía años que no lo hacía: sin pensar en juntas ni milímetros.
¿Y tu madre?
Mejor. Plantando flores. Está contenta de tenerme en casa.
Me alegro.
Silencio.
Javier dije, hay que entender una cosa: el problema no es la obsesión por el detalle, sino que el hogar debería ser la vida, no el objetivo en sí.
Sí.
¿Lo entiendes sólo de palabra o de verdad?
De verdad.
¿Cómo lo sé?
Cogió su taza y la posó, despacio.
No puedes saberlo. Ni yo lo sé. Pero sé que no podemos seguir igual. Sin ti, esto es una caja bonita y vacía.
Una caja bonita repetí.
Sí.
Me alegro que lo veas.
¿Volverás?
Miré por la ventana. Llovía. Los tulipanes a la entrada del súper estaban desordenados. La gente apurada.
Puedo intentarlo, pero con reglas.
Dímelas.
Primero: un mes sin reformas, ni catálogo, ni obras. Solo vivimos.
Vale.
Segundo: el domingo invitamos a Alicia, a su marido y a Paco, si puede venir. Cocinamos, nos sentamos y celebramos.
Él asintió.
Tercero: si vuelves a convertir una marca en drama, te lo diré y tendrás que escucharme.
De acuerdo.
No son palabras huecas, Javier. Cuesta mucho.
Lo sé… para mí es difícil, pero lo intentaré.
Le miré con esa mirada honda de quien busca verdad bajo las palabras.
Hecho.
Volvimos caminando. Llovía, pero no importaba. Félix en mi bolsillo, Javier con mi bolsa. Frente al portal, miré arriba.
Qué casa más bonita.
Sí.
Subimos en el ascensor. Abrí la puerta, entré directa al salón, puse a Félix en el alféizar, sin posavasos.
Javier lo vio. La madera barnizada debajo.
Esta vez no dijo nada.
Fui a la cocina. Llené el hervidor. Sonó el agua.
Él en el salón, sentado en el sofá. Las estanterías como siempre, el corazón de cristal un poco desplazado.
Decidió no moverlo.
El domingo llamamos a Alicia. ¡Ya era hora!, gritó. Paco no pudo, pero prometió ir otro día. Carlos trajo vino, Alicia una tarta, yo hice cocido, como prometí tres años atrás.
Comimos en el salón. Javier puso los platos. No estaban centrados del todo. Iba a corregir, pero se contuvo.
Charlamos, reímos. Alicia derramó vino sobre el mantel; Javier se encogió de golpe, miró a Clara.
Yo le aguanté la mirada, tranquila.
Él tomó una servilleta y secó:
No pasa nada.
Alicia suspiró; yo sonreí apenas.
Tardamos en despedirnos. Al cerrar la puerta, quedaban tazas en la mesa, el corazón de cristal en la balda, Félix en el alféizar, la mancha del vino oscurecida en el mantel.
Javier lo miraba todo. Sabía que tendría que remojar el mantel por la mañana, que la maceta haría marca, que una taza estaba torcida.
Entonces pensó: hoy Clara ha reído dos veces. La primera con el gato de Alicia; la segunda cuando Carlos se equivocó con el brindis. Reía como antes, como quien vuelve a sí misma.
Cruzó al dormitorio. Ella, parada en la puerta:
¿Vienes?
Ahora.
Observó el salón. La mancha, el cactus, el corazón.
Apagó la luz.
Se tumbó a su lado. Ella leía. El flexo de tela daba luz suave.
Clara.
¿Hmm?
¿Me oyes cuando te hablo de juntas y milímetros?
Ella bajó el libro:
Te oigo.
¿En qué piensas entonces?
Dudó un segundo.
Que estás lejos.
Sí admitió él. Probablemente.
Ella siguió leyendo.
Él pensó que no sabía si lograrían cambiar. Tres años son mucho y ya hay grietas; se pueden tapar, pero el material nunca vuelve a ser igual. Eso sí lo sabía.
Casi dormido, pensó que mañana pondría a Félix sobre un posavasos para no dejar marca. Abrió los ojos.
El techo seguía igual. Perfecto. Ni una grieta.
Al lado, Clara pasaba página, en silencio.
Volvió a cerrar los ojos. Félix podía esperar hasta mañana.






