Todos habían engañado al hermano, pero la engañada se sentía Beatriz…
El teléfono sonó en plena noche.
Hija, tenemos un incendio, ¡la casa arde! entre sollozos, la voz de su madre se mezclaba con el chisporroteo del fuego, ruidos y gritos.
El sueño se desvaneció al instante.
La casa de su madre estaba a quince kilómetros de Valladolid, grande pero antigua, en una aldea rural que poco a poco se acercaba al crecimiento del municipio. Beatriz trató de recordar cuántos años tenía aquella vivienda… Había tenido.
La había levantado el bisabuelo de su padre. El abuelo, a su vez, añadió una segunda planta veraniega y después la modernizaron, transformando ese piso en un espacio habitable y cálido. Luego ensancharon la casa y una galería acristalada se adosó al lateral. A simple vista parecía fuerte, pero solo lo parecía. En invierno helaba. En verano, húmeda y pesada.
La casa se pudría, se desmoronaba lentamente; todos lo sabían. Habría que derribarla, pero su madre se negó remodelación. Ella mandaba, su marido ya no estaba, y la decisión era suya.
Solo hay para reformas, no para otra casa nueva.
Mamá, ¿para qué necesitas una casa tan grande? Con una pequeña te bastaría. Hoy hay proyectos asequibles de dos plantas a buen precio. Ganarías espacio para tus flores insistía Beatriz.
Bea, es que no lo entiendes interrumpía su hermano Santiago. Es la casa familiar, la raíz, el linaje, o llámalo como quieras. Hay que conservarlo. Una reforma a fondo y quedará nueva.
Santiago siempre apoyaba a su madre, y ella a él. Las sugerencias de Beatriz siempre caían mal, aunque fueran el mejor camino en aquellas circunstancias.
Al final, ella lo asumió. Siempre que uno de los planes de Santiago, respaldado por su madre, se iba al garete, Beatriz aceptaba resignada: ellos lo decidían así.
¿Quieres reformas? Pues adelante.
Hija, pero necesitaríamos tu ayuda. Solo un poco, por si no nos llega. Tengo algo: vendí el piso donde vivía la tía, aquel que heredamos. ¿Para qué lo queremos tan lejos…?
¿Has vendido el piso en Madrid? ¿Para reformar esto? Eso daba hasta para dos casas.
Solo tenía media propiedad, la otra mitad fue para el hijo de la tía.
¿Y le obligaste a vender? ¿Echaste a tu sobrino?
Nada de echar, me compró mi parte. Vendí barata, pero no tenía para más.
¡Madre! Nadie te obligaba a nada.
¿Y regalarlo? Yo tengo mi familia.
Puede que tengas razón. Reformad si os parece. Si no necesitáis nada más de mí, me voy.
Pasó un mes y sonó el teléfono en plena madrugada.
La casa de la madre ardía. Beatriz y su marido Nicolás llegaron cuando solo quedaban escombros. No había nada que salvaguardar.
Beatriz, podríamos llevar a tu madre a una de nuestras viviendas. El estudio de la calle Cervantes está libre, la alquilaban y se van mañana.
Había pensado en eso, pero la casa es tuya.
Bea, nuestras casas son nuestras, no mías. Tu madre necesita ayuda. Perderemos el alquiler de un piso, pero tenemos dos más y en el tercero vivimos.
Pero ese es tuyo.
No te obsesiones, todo lo compartimos. Que viva allí. Hay muebles, lo básico. Si falta algo, lo compramos.
Trasladaron a la madre, equiparon lo necesario. Un día, Beatriz se presentó sin avisar, con víveres y solo para ver a su madre. En el salón funcionaba un televisor que allí no había. Olía a café.
Mamá, dijiste que todo se quemó. ¿Ese televisor no es el que te regalé para tu cumpleaños? Y la cafetera, ¿también sobrevivió?
¿Qué crees, que lo robé? Lo sacamos todo antes de las reformas. Solo quedaban muros. Había seguro, por eso lo dije. Los muebles los tiene Santi.
Si tiene un piso nuevo. ¿No tenían muebles?
Les va bien, aún no se equiparon, aquí sobraba. Llevo mis cosas con ellos, mis sábanas viejas ni las necesitaban.
¿Santi compró piso? ¿Con qué dinero?
Vete tú a saber. Lo compró y ya.
Beatriz comprendió que la madre le ocultaba algo. Nunca se lo confesaría, pero el tiempo lo diría. Siempre supo que su madre quería lo mejor para Santi.
El hijo siempre fallaba, todo le salía mal, según él todos lo utilizaban. Beatriz siempre se sentía engañada, siempre la última. Y aquí había otro truco.
¿Qué harás con el solar? La parcela es buena, tienes dinero y el seguro.
¿Qué voy a hacer? Si todo ardió. Venderé el terreno, ya tengo techo. Es bueno tener una hija próspera. Pero mi pobre Santi, solo deudas
¿Y por qué no te compras un piso para ti?
¿Este no vale? ¿Me vas a echar de aquí, hija?
Este es de Nicolás.
No os va a faltar.
Podríamos recuperar la casa, levantar otra nueva, todos los vecinos están modernizando
No, ya decidí, vendo. Siempre fue cosa de hombres, y Santi ni quiere saber nada del pueblo; prefiere las comodidades de la ciudad.
No voy a insistir.
Nico, mi madre va a vender el terreno.
Es su elección, yo lo habría reconstruido, es un buen sitio. Tu padre adoraba sentarse bajo aquel olmo.
Me dio pena cuando el olmo se secó, parecía una señal. ¿Y si nos animamos a la obra tú y yo?
Felices viviríamos allí, lo soñamos siempre. A los críos les encantaría. Después vendrían los nietos.
Qué romántico eres.
Y tu madre también podría venirse.
Pero el terreno es suyo. Si vamos adelante, que quede todo legal. No quiero problemas. Mi hermano siempre mete la pata.
Hablo yo con ella cuando lo ponga en venta, o se lo pedimos.
No querrá, seguro que se las ingenia para salirse con la suya.
Pues la compramos en el notario, a su precio
¿Por qué no me lo pedisteis directamente a mí?
Mamá, necesitas el dinero, así puedes tener tu propio piso, uno bueno.
La madre calló, pero no se apresuró a buscar vivienda.
Beatriz y Nicolás edificaron la casa, invirtieron todo y pidieron un préstamo. No costó mantenerlo: sus sueldos y los pisos alquilados les daban holgura.
Al mudarse alquilaron incluso el tercer piso donde vivían. La madre jamás compró propiedad, dio el dinero a Santi. Él perdió la hipoteca. El seguro nunca se pagó: todo fue premeditado, vacío, fuego, pura ruina. No obtuvieron lo que esperaban.
La madre venía de visita.
Vuestra casa es espaciosa. Santi, en cambio, lo tiene apretado, los niños crecen y solo hay dos habitaciones
Ya se lo advertí. No me escucharon, debieron buscar algo más grande.
La casa era buena, fue error resistirme a la obra nueva.
Yo te lo ofrecí antes del fuego. Ahora tendrías un hogar acogedor. Te ayudamos.
Sí, pero ahora sois vosotros quienes debéis volver a la ciudad. Os devuelvo el piso y me vengo aquí; igual Santi acepta venir conmigo. La casa es por tradición para el hijo: así fue siempre.
¿Lo dices en serio, mamá? Hemos construido, ¿y quieres que otra vez sea cosa de hombres? Si no se hubiese quemado, Santi la vendería al instante.
Eso le corresponde. Así fue siempre, siglos de costumbre.
¿Siglos? Ochenta años tenía esa casa, no hablemos de siglos.
Dejémoslo… ¿Cuándo hacéis el intercambio?
¿La casa por el piso? Mamá, solo tienes registrada la residencia, nada más. Podríamos no haberlo hecho siquiera.
Y sabemos que tampoco comprarás, todo lo das a Santi. Ahora los herederos de esta casa seremos otros. No Santi.
¡Ya tenéis bastante! Y a él nunca le va bien…
¿Nunca le va bien? Todo lo del piso de Madrid fue para él, el seguro también habría sido suyo, el coche, los ahorros, la herencia del padre. No es que yo sea rica, todo lo ganamos Nico y yo con trabajo.
Lo engañan, es muy confiado.
La engañada siempre soy yo. Esta casa, este terreno es nuestro, todo pagado. Santi no tendrá nada. Pero puedes venir a vernos.
Un día llegó Diego, primo de Beatriz desde Madrid.
Vengo a ver a los pobres parientes. Tía dice que vais justísimos y necesitáis dinero. Pero menudas mansiones
¿Eso os ha contado? Natural…
Yo tuve que pedir un préstamo, acabo de terminar de pagarlo. Beatriz, mi madre me mandó traerte unos pendientes; es un regalo de la tía.
¿El resto? En el entierro, tu madre ya dijo que el oro era suyo; yo pude esconder la cajita antes de que lo buscara.
No la creí entonces, pero hoy te los he traído. Esta vez me dijo que eran para ti en mano.
Hiciste bien en esconderlos, todo habría sido para Santi. Nada tiene fin. Él siempre necesita más. Aquí trabajamos y a él se lo pone mamá.
No se lo devuelvas, guárdalo o véndelo, tú lo necesitas más. Aquello fue mentira, te lo aseguro.
¿De verdad? ¿Me lo contarás algún día?
Por supuesto…
La madre apenas va; las piernas le fallan. Santi, siempre ocupado, sigue quejándose de que lo timan. Beatriz y Nicolás viven en paz, felices, los hijos ríen. Diego viene cada temporada a disfrutar en familia. La vida sigue y cada cual forja su destino como puede.






