Dos en compañía

DIARIO DE LUCÍA

Esta no es una historia de “fueron felices y comieron perdices”, sino más bien de “vamos a intentarlo otra vez”.

Álvaro y Lucía eran como dos planetas: a veces se atraían con una fuerza que parecía irrompible, y otras, se alejaban cada uno hacia un extremo opuesto del universo.

La primera vez que rompimos teníamos veintidós años. El motivo, en apariencia, era trascendental: él no fregó el plato, yo no miré a sus amigos como debía. Discutimos tan fuerte que hasta los cuadros temblaron en la pared y juramos que esta vez sí era el final.

No nos vimos en un año. Álvaro adoptó un gato, yo me corté el pelo y lo cambié de color.

Un día, en una cafetería de la Gran Vía, nos tropezamos bajo la lluvia.

¿Sigues tomando café solo, sin azúcar, verdad? preguntó él, en lugar de decir hola.

¿Y tú sigues llevando esa bufanda gris tan horrible? le respondí.

Una hora después, ya nos reíamos como siempre, y una semana más tarde teníamos de nuevo los cepillos de dientes juntos en el mismo vaso.

La segunda vez fue distinta. No hubo bronca ni portazos. Una noche, cenando juntos, nos dimos cuenta de que conversábamos en idiomas diferentes. Él soñaba con mudarse a Madrid y con crecer en su trabajo, yo anhelaba un jardín, el silencio de un ático en Salamanca.

Nos separamos como dos personas adultas. Compartimos los libros, el gato (que se quedó conmigo), incluso repartimos a los amigos. Álvaro se fue a la capital, yo fui a clases de yoga.

No hablamos en tres años.

El amor es travieso. En la boda de una amiga común nos sentaron juntos.

Álvaro parecía más sereno, menos impulsivo.

Yo, según decían, estaba más luminosa.

Pasamos toda la noche charlando, no del pasado, sino sobre en quiénes nos habíamos convertido. No hubo reproches ni cuentas pendientes. Al final del banquete, aislados en una esquina del salón, Álvaro confesó lo que yo ya intuía: en esos tres años había visto cientos de caras, pero ninguna resonaba como la mía. Y Madrid tampoco era tan dulce como parecía Quizá lo que le faltaba era yo.

Volvimos a estar juntos. Pero ya no era una lucha o un intento desesperado por recuperar la juventud. Era una decisión, la de dos personas que conocen bien las grietas del otro y, aun así, escogen quedarse.

Ahora lo entendíamos: el amor no es la ausencia de discusiones, sino las ganas de volver a caminar juntos aunque a veces perdamos el rumbo.

Hoy tomamos té en la terraza. El gato duerme, plácido, entre los dos. Ambos sabemos que la vida puede volver a darnos motivos absurdos para enfadarnos. Pero como ahora conocemos el valor de regresar a casa, no sentimos vergüenza por volver siempre que el otro aún nos espere.

Han pasado cinco años desde la tercera vez. Ese fue el principio de una etapa larga, cotidiana y, para mi sorpresa, sólida.

Ya no llevamos la cuenta de las veces en que dijimos hasta aquí hemos llegado. Ahora preferimos sumar las veces en que elegimos quedarnos.

Álvaro cerró su portátil. Yo leía tumbada en el sillón. Entre nosotros flotaba ese silencio cómodo al que tanto temimos de jóvenes, creyendo que era sólo rutina.

¿Sabes? me dijo, rompiendo la calma Hoy he encontrado en el bolsillo de mi abrigo aquella nota tuya, la que me dejaste antes de la segunda ruptura. Decía: No me busques.

Le sonreí.

¿Y qué has hecho?

La he tirado. Porque me he dado cuenta de que no se trata de buscarte o no. Se trata de saber dónde estás, incluso si es en otra habitación, o en otro continente.

Ya no queremos ser perfectos.

Hace tiempo discutíamos con miedo, creyendo que era el principio del fin. Ahora aceptamos que una bronca es sólo ruido en la línea, basta con esperar a que pase sin colgar el teléfono.

Álvaro fue a la ventana. Nevaba, como en aquel invierno de nuestra primera ruptura.

Lucía me llamó.

¿Sí?

Mañana, ¿nos quedamos en casa? Sin salir, sin nada más que estar juntos.

Me acerqué por detrás y le abracé, apoyando la mejilla en su espalda. Había más certeza en ese abrazo que en todas las promesas apasionadas de hace diez años.

Ahora simplemente somos. Y resulta que eso es lo más complicado y bonito que nos ha pasado. Al final aprendimos que el amor no es una hoguera a la que hay que avivar cada día, sino una casa en la que siempre hay luz en la cocina, aunque salgas un momento a por una barra de pan.

Donde antes todo malentendido era un terremoto, ahora es sólo mal tiempo.

Charlando en la cocina pregunté:

Álvaro, ¿y por qué este otoño no nos separamos? Hubo un motivo más fuerte que aquellas peleas absurdas de hace años.

Álvaro pensó un rato.

De jóvenes creíamos que si no había lágrimas ni noches de drama, aquello no era amor sino costumbre. Ahora sabemos que la profundidad está en la calma.

Dejamos de buscar en el otro el espejo de nuestras fantasías.

Álvaro acepta mi calma lenta, yo su episodio de silencio cuando se le hace bola el mundo.

Antes nos daba pavor pedir perdón primero, pensando que era de débiles. Ahora entendemos que quien pide perdón es el más sabio.

Aprendimos a darnos aire. Antes queríamos ser uno solo y eso asfixiaba. Ahora somos dos, caminando juntos, eligiéndonos cada día.

Lo malo ya no es eterno, es solo una racha.

Lo que era ironía amarga, ahora es ternura.

¿Sabes qué ha cambiado? Álvaro cubrió mi mano con la suya. Antes, tras una pelea, yo pensaba: Me voy, busco a alguien con menos complicaciones. Ahora pienso: Otra vez la misma historia; voy a poner agua para el té antes de que se enfríe.

Sonreí.

¿Nos hemos hecho viejos?

No negó Álvaro. Por fin nos hemos encontrado. No esos seres ideales que inventamos, sino a nosotros, con nuestras cicatrices.

Y descubrimos que el amor no es que todo sea perfecto, sino querer vivir en esa casa sabiendo bien cuáles son todas las grietas.

Hoy, nos quedamos aquí. Y eso es, sin duda, lo más grande que jamás hemos conseguido juntos.

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