Dasha regresó a casa antes de lo previsto con dulces y regalos de sus padres. Quería sorprender a su marido, pero Iván, en vez de recibirla con cariño, la envió directamente al supermercado. Las consecuencias fueron totalmente inesperadas.

Mira, te tengo que contar lo que le pasó a Carmen el otro día, porque de verdad que todavía estoy de piedra.

Resulta que Carmen volvió a casa antes de lo previsto desde Salamanca, cargada hasta las cejas de cosas que le había dado su madre: tarros de membrillo, lomo embuchado, manzanas de su huerto Vamos, que venía como una mula, pobre. Quería darle una sorpresa a su marido, Enrique, volviendo tres días antes, después de semanas sin verse. Y tú ya sabes lo ilusionada que estaba.

La cosa es que en cuanto bajo del autobús en el Paseo de la Chopera, Carmen se da cuenta de que ni de broma es capaz de llevar esos bolsones hasta el portal de su piso en Vallecas. Tenía la espalda destrozada y claro, con seis meses de embarazo, pues imagínate. Cogió el móvil y llamó a Enrique, pensándose que él iba a salir corriendo a ayudarla.

Quique, cariño, ¿puedes bajar a por mí? Estoy en la parada, con las bolsas que no puedo ni moverlas, le dice así, toda dulce.

Y Enrique, ni corto ni perezoso, le suelta:

¡¿Pero cómo que ya has llegado?! Pero si quedamos en que venías el jueves ¡No me has avisado!

Pues eso, quería darte una sorpresa, ¿no te alegras de verme? Baja que me muero de hambre y no puedo más, le insiste ella.

Te juro que la respuesta fue de traca. Él, en lugar de bajar, le dice que mejor se pase primero por el súper 24 horas de la esquina a comprar carne y patatas, porque en casa no queda nada y quiere prepararle una comida especial. Que así la recibe como se merece…

Carmen se queda a cuadros. Le recuerda que está embarazada, de seis meses, petada de bolsas y que solo quiere subir y descansar. Pero el otro, erre que erre, hasta le pide que compre ochocientos gramos de ternera y una red de patatas, y que seguro que algún vecino la puede ayudar a cargar… Y claro, Carmen, agotada, con el niño dando vueltas dentro, va al dichoso súper, porque en ese momento lo único que quiere es llegar a casa y no tiene fuerzas ni para discutir.

Cuando termina la odisea del super, llega por fin a su portal y otra vez Enrique le dice que no suba, que espere sentada en el banco de piedra frente al portal, porque aún no está el sorpresa lista. Le pide diez minutos.

Y ahí está Carmen, a medianoche sentada en un banco, muerta de frío, con las piernas hinchadas, pensando qué narices puede estar tramando Enrique arriba para que la tenga esperando como una tonta con el cargamento. Pasan diez minutos, veinte, media hora Hasta que por fin Enrique baja, sudando, con la camiseta del revés y oliendo a lejía que tira para atrás.

Cuando suben, él abre la puerta del piso todo ufano, esperando su ovación. Carmen entra y lo que había era… el piso reluciente, olía a mezcla de lejía y ambientador barato brisa marina, y la alfombra aún estaba empapada de haberla lavado a manguerazos. Él todo orgulloso, diciendo que lleva desde las cinco de la mañana limpiando, que quería que ella llegara y no tuviera que ocuparse de nada, que se ha dejado la vida en dejar todo perfecto.

Carmen se le queda mirando, entre atónita y llorosa.

¿De verdad? ¿Me haces comprar y cargar bolsas hasta reventar para limpiar el suelo? ¿Ni un abrazo, ni salir a ayudarme? ¿Solo porque estabas pasando la fregona? le suelta, ya con la voz quebrada.

Y él, enfadado, que no, que ella es una ingrata, que solo piensa en sí misma, que nunca está contenta Total, que la discusión va subiendo de tono, él dando portazos, ella llorando. Y claro, el pequeñín dentro, que no paraba de moverse del estrés.

Al final, Carmen no pudo más. Ni cenó, ni le dejó preparar nada. Se fue a dormir con los ojos hinchados de llorar. Y no pienses que al día siguiente la cosa mejoró. Volvieron a discutir por cualquier tontería, y Carmen, hecha polvo, cogió lo poco que pudo y se volvió a casa de sus padres, sin cambiarse siquiera.

Luego toda la familia de él y la suya, y hasta los amigos, intentaron convencerla para que no pidiera el divorcio, que Enrique estaba arrepentido, llamándola a todas horas, jurando que había aprendido la lección Pero ya Carmen lo tenía clarísimo: un hombre que pone la fregona por delante de su mujer embarazada no es el compañero que quiere para criar a su hijo.

Así que ahí lo tienes, amiga: a veces una casa reluciente no compensa la soledad y el frío que da no sentirte cuidada. Y el divorcio, pues ya está en marcha porque Carmen vale muchísimo más que todo eso.

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