Clara llegó a casa antes de lo previsto, cargada de viandas que sus padres le habían preparado. Quería sorprender a su marido, pero Alejandro, en lugar de recibirla con cariño, la mandó al supermercado. Las consecuencias resultarían imprevisibles.
La bolsa pesaba tanto que el hombro de Clara comenzó a dolerle, obligándola a soltar un pequeño quejido. La cintura le molestaba llevaba dos meses con ese dolor constante. Con mucho cuidado dejó las bolsas sobre el asfalto agrietado de la parada del autobús.
Clara inspiró hondo y exhaló despacio. El bebé en su vientre se agitó con descontento. Seis meses de embarazo no era poca cosa. Y menos cuando decidías sorprender a tu pareja regresando de casa de tus padres tres días antes de lo que habíais acordado. Había echado tanto de menos a Alejandro que durante los últimos cien kilómetros del viaje iba contando cada poste desde la ventanilla del autobús.
Se preguntó qué estaría haciendo Alex ahora mismo. Seguramente ni se imaginaba que ella ya estaba allí, a tan solo diez minutos andando de casa. El trayecto hasta el portal se le hacía interminable. Las bolsas, llenas de las conservas caseras, chorizo, manzanas y membrillo hecho por su madre, parecían pesar una tonelada.
A los cincuenta metros, Clara comprendió que no podría. La espalda no le iba a soportar mucho más.
Sacó el móvil y llamó a su marido.
Ale, cariño, hola susurró cuando por fin respondió.
¿Clara? ¿Qué pasa? ¿Estás bien? preguntó él, alarmado.
No pasa nada. He vuelto, ya he llegado. Estoy en la parada, delante de casa. ¿Puedes bajar a buscarme? Las bolsas pesan muchísimo, mamá ha metido de todo
Un extraño silencio se impuso en la línea. Clara tuvo que mirar la pantalla por si se había cortado la llamada.
¿Estás en la parada? la voz de Alejandro subió de tono. ¿Ahora mismo? ¿Pero por qué no me avisaste antes? ¡Quedamos para el jueves!
Quería darte una sorpresa Clara frunció el ceño. ¿No te alegras? Estoy agotada. Baja, por favor.
¡Espera! exclamó él. No entres aún. O mejor dicho, ve, pero antes… Clara, mira, en casa no queda nada. Ayer terminé todo. Mira, ya que estás, pasa por el supermercado de la esquina y compra algo de carne, ternera buena si puedes. Hoy cogí el día libre, quiero prepararte una buena comida y recibirte como te mereces.
¿Carne? ¿Alejandro, me oyes? Estoy embarazada de seis meses, con dos bolsas enormes y la espalda que no puedo más
En casa hay patatas y huevos, ¿no puedes bajar a por mí? Tengo hambre, solo quiero llegar y tumbarme.
No lo entiendes insistió Alex, hablando cada vez más rápido. Quiero que todo salga perfecto. El súper está al lado. Cómprame carne, unas patatas frescas que las de casa están ya pochas. Pide ayuda si no puedes, o ve poco a poco Por favor, es para nosotros. Yo mientras dejo listo todo.
Clara miró sus manos enrojecidas y sintió cómo se le subía un calor amargo al pecho.
¿Estás de broma, Alex? apenas logró contener el temblor de la voz. ¿Me estás pidiendo, con mi barriga y mis bolsas, que vaya a comprar carne, porque te apetece preparar la comida?
¿No puedes bajar y hacerlo tú?
Ya he empezado la preparación. Si bajo, lo estropeo. Por favor, Clara. Te espero, compra 800 gramos de ternera y una malla pequeña de patatas, porfa. ¡Venga, te espero!
Colgó. Clara se quedó mirando la pantalla negra. No se lo podía creer. Sentía ganas de romper a llorar, sola en aquella parada desierta bajo la farola fría. En vez de abrazos y una cama caliente, tenía que ir al pasillo de la carne. ¿De verdad habrá preparado algo especial? pensó. Suspiró, recogió las bolsas y se dirigió cojeando al supermercado.
Arrastró el carro por los pasillos sintiendo la mirada compasiva de la cajera que apenas casi podía con el sueño.
La ternera pesaba. La malla de patatas, inabarcable. Cuando salió ya no sentía las manos, los dedos agarrotados por el peso.
Volvió a sonar el móvil.
¿Has comprado todo? Alejandro sonó animado.
Sí contestó Clara entre dientes. Ya estoy en el portal. Baja a abrir.
¡No subas! Espérame en el banco, diez minutos. Solo diez.
¿Va en serio? estalló Clara, sin importarle los pocos viandantes que pasaban. ¡Alejandro! ¿Qué diez minutos? ¡Tengo los pies hinchados y me cuesta estar de pie!
¡El sorpresa no está listo! repetía él. Si subes ahora, todo se arruina. Siéntate cinco minutos solo, porfa. ¡Te lo suplico! Cuelgo, que si no, no llego.
Se dejó caer en un banco junto al portal. Las bolsas cayeron al suelo con estrépito. Tenía ganas de lanzar aquella bolsa de carne por la ventana de su casa, en el tercer piso.
Pasaron diez minutos. Veinte. Clara sentía un hervor por dentro. Imaginaba que al subir habría flores, desayuno con velas, quizás un violinista Nada justificaría hacerla esperar así, ni en ese estado tras un viaje tan largo.
A los treinta y cinco minutos crujió la puerta del portal. Alejandro apareció: camiseta puesta del revés, sudor en la frente, el pelo disparado.
¡Estás aquí! sonrió forzado, cogiendo las bolsas. ¿Por qué esa cara de enfado? ¿Has visto qué día hace? Vamos arriba.
¿Por qué hueles tanto a lejía? preguntó ella, incorporándose con gran esfuerzo, agarrándose al pasamanos.
¡Ya verás! respondió entusiasmado, y casi corrió hacia el ascensor.
Subieron y Alejandro abrió la puerta con ceremonia, esperando aplausos. Clara entró en el recibidor y notó enseguida el fuerte olor a lejía y ambientador barato con aroma a brisa marina.
Recorrió la casa. El suelo brillante, las estanterías limpias, el alfombrín recién aspirado. Hasta las cosas que solían estar encima de las sillas habían desaparecido. Los adornos, arrinconados en un rincón. Y todo relucía.
¿Y? Alejandro lucía una sonrisa de oreja a oreja ¿Ves? ¡Sorpresa!
Clara le miró lentamente.
¿Y esto es todo? susurró.
¿Cómo que todo? Alejandro se sentó indignado. ¡Clara, mira todo lo que hice! Llevaba tres horas sin parar, he fregado hasta debajo del sofá, he dejado el baño como nuevo quería que al llegar todo estuviera limpio, que no tuvieras que hacer nada. Por eso te entretuve mientras estabas en el súper.
Clara sintió el nudo subiendo a la garganta.
¿Por esto? ¿Por fregar el suelo me has hecho ir al súper a estas horas, con mi barriga y las bolsas? No me bajaste a buscar, solo por limpiar el piso
¡Quería hacerlo bien! exclamó él. Siempre me dices que no hago nada en casa. Vine antes de tiempo, no llegaba. Tenía que entretenerte para acabar. En vez de darme las gracias pones esa cara, como si te hubiera ofendido.
¿Te parece normal? su voz se quebró en un grito. ¡Me da igual el suelo! ¡Me duele la espalda, las bolsas pesan y estoy embarazada! Lo único que quería era tu mano para subir a casa, ¡no que pasaras la fregona!
Alejandro se sonrojó y tiró el trapo al fregadero.
¡Ya empezamos! gritó en respuesta. Nunca te vale nada. Llevo desde las cinco de la mañana limpiando para ti, preparando una sorpresa, y en vez de alegrarte, solo gritas. ¿Has visto esto? Ni el día de la boda estaba así.
¿Y para qué quiero tanta limpieza? Clara ya no podía con el enfado. Me hiciste esperar media hora sentada, congelada y con los pies que no siento. Me mandaste a comprar carne cuando apenas podía andar. ¡Esto no es una sorpresa, es tortura!
¿Tortura? Alejandro iba y venía por la cocina. ¡Perdona si no soy perfecto! Cualquier otra estaría encantada de llegar y ver la casa así. Pero tú solo piensas en ti, en tu estado, en tu espalda. Yo también estoy cansado, ¿eh? No dormí pensando en cómo agradarte.
Clara se tapó la cara. Lloraba ya.
No entiendes nada sollozó. Pusiste el rodapié por encima de mi salud. Ni siquiera lo ves.
Venías antes de tiempo, ¡me has fastidiado la sorpresa! Si vinieras el jueves como quedamos, todo sería perfecto. Y ahora encima soy yo el malo. Eres una desagradecida, Clara. Muy desagradecida.
Se fue dando un portazo a la habitación.
El bebé dio una patadita. Clara se dejó caer en la silla de la cocina, mirando la bolsa de carne que Alejandro no había guardado. Nauseabunda, cerró los ojos.
Diez minutos después, Alejandro abrió la puerta.
¿Preparo la carne entonces? ¿O prefieres no cenar para fastidiarme?
No, Alejandro, déjalo. No quiero cenar, solo déjame en paz. Quiero dormir.
Pues estupendo murmuró, y volvió a cerrar de golpe.
Clara fue al baño. En el espejo, su rostro pálido, las ojeras, el pelo deshecho. Recordaba aquel viaje en que soñaba que Alejandro la abrazara al verle y le dijera Qué alegría que estés en casa. Abrazos sí, claro. Al final, después de otra discusión absurda, Clara se fue tal y como estaba vestida. Se fue a casa de sus padres sin mirar atrás.
Todos intentaron disuadirla del divorcio: los suegros, su cuñada, hasta familiares lejanos. Alejandro llamaba pidiéndole que volviera, prometiendo que lo había entendido todo. Pero Clara ya lo tenía claro: no quería seguir con él. No necesitaba a un hombre que antepusiera un suelo brillante a la salud de su propio hijo por nacer.
Hay ocasiones en que los detalles y la casa reluciente no significan nada si olvidamos el apoyo y el cariño. Lo importante es estar presente, en los momentos verdaderamente necesarios.






