No es la típica Yulka

No eres como las demás, Elvira

¡Elvira! ¡¿Otra vez?! Madre mía, eres un enigma con piernas, hija. Pero, ¿cómo se puede ser así?

Mamá, no sé… Ha sucedido solo

Su madre le quitaba el abrigo mugriento, los botines empapados y la boina, ahora decapitada de su pompón favorito.

Mira que las niñas de mis amigas son muchachas normales y yo ¡Ay, Elvira, cuánto me das que pensar!

Elvira contemplaba el bajo desgarrado del vestido y lanzaba un suspiro como los que dan las campanas en la mañana de Navidad.

Y es que ¡qué rato tan divertido había pasado! Ese tren humano salió de maravilla Lástima que Paquito estiró de su vestido con tanta energía que acabó por romperlo. Y doña Carmen Milagros, la maestra, dijo que ella no cosía para nadie, mucho menos para Elvira, y eso, que lo arreglara su madre. Razón no le faltaba, claro. Pero lo peor fue pasar allí sentada, desde la merienda hasta el ocaso, aislada en la esquina, con las braguitas escondidas pudorosamente. Eso no se puede hacer delante de los chicos, decía la abuela, que de la vida entendía mucho.

Por ejemplo, lo de que Elvira era así. La madre no lo veía así, pero la abuela sí, y lo decía con esa calma que dan los años.

Déjala vivir, ¿no es bastante con tanta exigencia? ¿Qué obsesión la tuya?

¡Mamá! ¡Tú hacías igual conmigo! ¿Ahora te parece mal? Si no la encarrilo, ¿qué será mañana de ella?

Una mujer lista y guapa, como tú. ¿Y no te basta?

Por favor, ¡que no está el horno para bollos! Elvira, a cambiarse, ¡ya!

Elvira aprovechaba el suspiro y escapaba a su habitación, dejando a madre y abuela en pleno duelo dialectal, tan ajenas casi de su presencia como de la luna. Ella lo escuchaba tras la puerta, pero sabía bien que sólo era una excusa para que sacaran a relucir viejos rencores y amores.

Un día preguntó a la abuela qué era eso de ser así, y sólo obtuvo una risita de esas de quitarle el polvo a las cosas antiguas.

Tus dramas nos dan vida, chiquilla. Si todo fueran rosas, ¿de qué hablaríamos?

¿Así que yo soy vuestro drama?

¡El mayor! Nada nos importa más. Tu madre quiere enderezarte a base de mano dura. Yo ya se me acabó la disciplina con tu madre. A ti solo te va mi cariño. E intento endulzarlo, con caramelos si se tercia.

No me gustan los caramelos, y lo sabes

Pues bombones, y acaba el debate.

Esto está mejor Abuela, ¿mamá me quiere?

Muchísimo, más de lo que imaginas. Más incluso que yo, sí que sí.

Entonces, ¿por qué siempre regaña?

Por eso. Las madres quieren tan a lo bruto que solo salen reproches.

Es un amor raro, ¿no? Tú también me quieres y no me echas broncas.

Porque soy abuela. Y a mí me miran distinto. Ella, en cambio, es responsable de ti, como yo lo fui de ella.

No lo entiendo.

Ya lo harás. Cuando toque.

Pero ese cuando toque nunca llegaba. Elvira esperaba su revelación, pero cada vez su madre era más severa.

¡¿Qué hago contigo, criatura?! ¿Voy a tener que esperarme a que traigas un niño bajo el vestido?

Aquella frase la escuchaba mucho, sin entenderla del todo, y la asociaba siempre a la desgarradura de infancia en el vestido. Manaba a punto de preguntar cómo iba a traer nada con un agujero en el vestido, pero se guardaba el chiste porque su madre seguro que no habría reído.

Las preocupaciones de la madre eran como las lluvias de enero, insistentes y a menudo innecesarias.

Elvira no tenía grandes dramas consigo misma. No importaba lo que dijera la abuela; el espejo era helado en sus juicios.

Y el espejo mostraba ojos pequeños, coleta desvaída de hilos oscuros y constelación de granitos en la nariz. ¡Menuda belleza la que tengo, se decía!

Se resignó, pues, a pasar desapercibida. Mejor así. Ni ropa de moda, ni botines flamantes. Unas zapatillas de lona servían para casi todo. Solo los días de teatro con la abuela requerían ese algo presentable.

El teatro era su refugio. Pena que la economía de una pensión y salario de enfermera cundiera tan poco. La abuela ahorraba céntimo a céntimo, pero ser paciente requería paciencia.

Por eso, Elvira, desde segundo de ESO, pidió a la vecina cuidar de sus mellizos a cambio de unas monedas de euro. Aquellos niños corrían y gritaban, sí, pero Elvira, sin hermanos, agradecía el alboroto ajeno.

¡Era estupendo! Jugaba un ratín, metía comida en boquitas abiertas como vencejos, y a casa. Ni peleas por juguetes ni cuadernos garabateados. Y, lo mejor, habitación propia.

Elvira no era egoísta, pero a esa edad ya entendía la ausencia: los hijos cuestan dinero, mucho más del que una economía ajustada, sin apoyo de padre, podía dar. A él nunca le conoció, ni se lo pidió a la madre; ¿para qué abrir más heridas, con bastante había la pobre?

Tampoco nunca le planteó el tema. Era innecesario. A la abuela sí, en confidencias, le preguntó:

¿Por qué mi padre no quiso a mamá?

Era uno de esos pájaros alegres. Nadie la escuchaba, se enamoró y ya ves Dijo que se casaría, que las otras eran errores de juventud.

¿Y se casó?

Como que sí. Tu madre logra lo que quiere. Pero cuando supo que venías, se desvaneció. Ningún rastro. Ni carta dejó, sólo una nota rápida.

¿Qué ponía?

Nada transcendente, Elvira. Solo que no la necesitaba. Pero, eso sí, tu madre te esperaba con tantas ganas Caminaba como si llevara un relicario. Miedo le daba que te pasara algo. Luego, de ahí, todos los mimos y temores. Por eso las broncas.

¿Por eso?

Por eso y por más. Te cuida hasta en sueños. Mira que la he visto mirarte cuando duermes, y casi llorar. Si le pregunto, me gruñe y calla. Todo es miedo y amor. ¿Comprendes?

¿Más claro, agua Y tú, ¿la reñías igual?

¡Ay, igualita! Las madres hacemos disparates por miedo y luego nos lamentamos.

¿Por qué se tiene miedo por los hijos?

Eso viene con el parto, chiquilla. Hay cosas que solo entonces descifrarás.

Elvira calló y pensó. Decidió que ella, de tener hijos, nunca se enfurecería así. Ay, la ingenuidad Pero ¿quién no lo ha sido a esa edad?

Aunque, para la maternidad, todavía quedaba mucho. Y tampoco contaba con que alguien quisiera un paquete chico, feúcho y pegajoso como ella.

Acabado el instituto de auxiliar, Elvira se fue al hospital donde su madre ejercía. Y entonces comenzó el teatro de la vida.

Nada hacía bien: demasiado atenta, demasiado rápida, demasiado buena gente. A los pacientes, sin tanto apego, que se te suben a las barbas, le decían. Que no valía la pena dar tanto, que ninguno lo agradece. Que vinieron mil y habrán mil más.

Pero Elvira no hacía caso. Le dolían los enfermos. Si le podía aliviar el dolor a una persona, aunque fuera con una palabra, ¿por qué no hacerlo?

Hasta su madre la vigilaba.

Cariño, no destaques tanto. Así no se triunfa aquí. Al final, te enemistarás con todos y nos irá mal a las dos. Tu abuela depende mucho de nuestro sueldo. ¿Vas a dejarla en una residencia porque no nos llegue?

No puedo ser de otra manera. Los tratan mal, gritan

La vida es dura, los hospitales no son coros angélicos. Y hay quien ni quiere ni puede hacer más de lo que puede. Bastantes sois ya las que tenéis paciencia infinita.

Pero es lento, mamá.

¡Ay, Elvira, quién te habrá dado este empeño!

Tú, seguro

Nada, haz lo que quieras

Las riñas no calaban fondo, pero tampoco ablandaban a Elvira. Por lo bajo, algo en ella seguía rebelde. Especialmente cuando la anciana más arisca, doña Ramona, no se quejaba nunca de sus atenciones, aunque a todas las demás sí.

En los hospitales abundan corazones tristes, tanto de padres como de pacientes. Elvira era buen oído para todos, y por eso se sentía menos sola a su manera. Las amigas iban casándose una a una, a veces hasta regalándole sus ramos.

Toma, Elvira, ya es hora de casarte tú. Dejo el ramo aquí, ni lo lances.

Ella los cogía, pero el indicado, ese chico de cuento, nunca se presentaba, ni siquiera después de la enésima boda. Quizás su destino era ser media naranja sin pareja; entera, ella sola.

Lo asumió e incluso dejó de esperarlo. No pensaba correr tras su amor. Mejor, vivir tranquila, sin muchas ilusiones.

Repartía entonces sus días entre el hospital, el refugio de animales (ayudaba a una amiga voluntaria) y la cabecera de su abuela, que cada vez la reconocía menos. La madre suspiraba, la animaba a salir, pero ya no había para quién. Elvira se hacía invisible al amor.

Si quieres nietos, mamá, dilo claro y me pongo a fabricarlos, ¡ahora es fácil!

¡Elvira! Eso es demasiado cínico.

No hay príncipes para todas, mujer. No queda sino conformarse.

Solo quiero que seas feliz

Pues no me hables más de pareja. No me interesa montar ese escenario. La vida está bien ya.

Su madre callaba, resignada. Ni con sus contactos como celestina encontraba al hombre que abriera el corazón huraño de su hija.

Hasta que un día la vida, siempre caprichosa, apostó por sorprender a Elvira. No del modo que ella deseaba, por supuesto.

La protagonista en este capítulo fue, claro, doña Ramona, la abuela cascarrabias. Visitaba su planta dos veces al año, y las enfermeras temblaban cuando asomaba por la puerta.

¡Anuncia tus lamentos! Otra vez la favorita, Elvira, tuya es.

Ramona se iluminaba con solo ver a Elvira.

¡Mi niña! ¡Qué alegría! Al menos una persona entre tanto buitre.

No diga eso, si todas somos buenas aquí.

Eres joven, aún no ves a través de las máscaras. Ya aprenderás. Yo ya viví mucho para fiarme.

Sin discutir, la acompaño a la habitación, que alborota el gallinero.

Mejor, que me teman.

Vaya genio, Ramona.

¡Y no sabes aún! No has conocido a mi gata, esa sí que trae un saco entero de maldades.

La conversación quedó flotando, pero pronto Elvira descubriría que no era vano el aviso.

Pasó que Ramona llegó un día, extrañamente callada, pálida. No provocaba disputas, ni hacía preguntas. Entró, se tumbó mirando la pared. A Elvira no quiso contarle nada.

Déjame, hija, ya te buscaré…

Pronto, la auxiliar supo diagnóstico y situación: Ramona decidió ingresar por propia voluntad.

Discutió con los hijos, y ahora sufre sus soledades. ¡Así son! Si no das amor y calidez a los hijos, toma una cucaracha por almohada en la vejez, decían las otras.

Pero Elvira no juzgaba. ¿Cómo iba a intervenir en ríos ajenos sin conocer los fondos?

Esa tarde, tras su turno, entró a verla.

¿Necesita algo?

Ramona la observó largamente, hasta decidirse.

Elvira, tengo que pedirte una cosa No soy de súplicas, mi madre me enseñó a arrancar metas sin pedir. Pero ahora ya ves, sola no puedo.

Diga, no se corte.

Tengo familia entera, pero a nadie en quien confiar. Mi vida no ha sido precisamente alegría. Trabajo, responsabilidades, y poco más. Quise que mis hijos fueran felices y mira los consentí tanto, que se han repartido mi casa y mis cosas estando yo aún viva. Y la gata Ay, esa gata, es lo único que me queda. ¿Me la cuidarías? Nadie allá la soporta

¿Su gata?

¡Mi Ramona! Es tremenda, muy lista, parece que entiende todo. Cuando vine, se puso entre la puerta y yo para no dejarme salir. Lo siente todo.

Elvira dudó. Amaba a los animales, pero jamás había tenido uno en casa, ni ganas ni dinero faltaban para más cargas. Además, la abuela demandaba cuidados.

No pudo negarse. La súplica de la anciana era de las que pesan en los sueños.

Cerca del final de la tarde, fue a buscarla. Le preguntó a su madre, que no se opuso; después, se dirigió a recoger la gata.

Se la traeré solo hasta que usted vuelva, Ramona.

Sí, hija, eso, por supuesto

Por primera vez, la vieja se mostraba tierna, temblorosa, ni rastro del azogue de siempre.

Llegó al edificio y allí, con las llaves en la mano, la invadió el miedo. Entrar sola No pudo. Llamó a la puerta de una vecina cualquiera.

¿Necesita algo? La joven sujetaba un bebé que balbuceaba.

Perdón, vengo a recoger la gata de doña Ramona. ¿Podría esperar aquí en el umbral?

¿Te da respeto entrar sola? Haces bien. Era arisca, sí.

Bueno, cada abuelo tiene sus manías

Tienes razón. Adelante, entro contigo si quieres.

Elvira abrió y en dos segundos una sombra escurridiza, negra y eléctrica, salió disparada por el rellano. Ni tiempo tuvo de gritar.

¡Cierra! avisó la vecina entre risueña y admirada. Imposible atraparla.

Elvira, ni corta ni perezosa, voló tras el animal, temiendo que la puerta del portal estuviera abierta, y efectivamente, por allí manipulaban mudanzas unas manos decididas.

¿Han visto una gata?

Uno de los estibadores señaló, riendo: Al árbol, ahí está.

Y, en efecto, Ramona (la gata) trepaba por el tronco, gritando improperios felinos.

Ramona bonita, minina, minina

Un bufido de ultratumba la interrumpió.

¡Menuda fiera! maldijo Elvira.

No quedaba otra más que subir. Subió. Y, con ayuda de no sé qué coraje, alcanzó la rama donde la gata la miraba soberbia.

Cuando por fin la atrapó y la sujetó bajo la chaqueta, comprobó Elvira mientras la lluvia chisporroteaba hojas y pensamientos que bajar del árbol era peor que subir. Y el vértigo se le posó en el pecho.

Mamá susurró, sin atreverse a mirar abajo.

Pero la gata se quedó callada, acurrucada en el calor.

El teléfono sonaba en los bolsillos, pero ni podía contestar sin caer.

Y entonces, desde abajo, una voz extraña y burlona:

¿Te acomoda esa rama, o prefieres una mejor?

Elvira apenas pudo soltar el aire. El chico, flaco y desenvuelto, la animó.

¡No saltes, que ahora te ayudo! Aguanta.

Desapareció un minuto y regresó con una escalera (¿de dónde salió?). Dio la orden:

Baja, ¿o quieres pasar la noche ahí?

Tengo miedo

Un brazo fuerte la sostuvo al primer tropiezo mientras descendía, hasta poner pie en el suelo. La gata a punto estuvo de escapar, pero Elvira la apresó bajo el abrigo y le susurró el compromiso frente a la dueña.

¡Gracias! Si no es por ti, allí me muero de frío.

¿Por qué subiste?

Pues por la gata En fin, no sé ni qué responderte.

Bueno, después de verte el trasero en ese estado, ya puedes tutearme. Me llamo Mateo.

Gracias de verdad, Mateo

Te acompaño a casa, ¿te viene mal?

No mucho.

Elvira sintió de pronto una calidez extraña y se le helaron las palabras, como si anduviera suspendida entre sueño y otra cosa.

Y así fue: al día siguiente, Mateo la esperó a la salida del hospital. Compraron juntos el pienso más exquisito (la gata, exquisita y caprichosa, solo comía a su manera), y después se hicieron rutina.

A la semana, la hija de Ramona recogió a su madre, a la gata y a todo lo que quedaba:

Gracias, Elvira. Será mejor que estén juntas. Mi madre no aceptaba, pero ahora vendrá conmigo.

¿Lo hacen por cariño?

Por amor y porque no hay otra. Usted lo ha hecho fácil, gracias.

Elvira, viendo alejarse al peculiar grupo, pensó una vez más en lo oscuro y retorcido que es juzgar desde fuera. Nadie puede saber lo que esconde una familia, ni lo que da paz a un corazón.

Y pensó: quizá en vez de mirar tanto cómo viven los demás, toca construir tu propio rincón. Porque lo único importante es encontrar a quien, llegado el momento, aparezca con la escalera exacta.

Y ese alguien que nunca le llamó rara sabrá que no hay en esta vida nadie mejor que tú.

Y Ramona, la gata, en sueños, lo confirma, ronroneando calentita bajo el abrigo de Elvira.

Así, en Madrid, en otoño, entre gatos y esa lógica brumosa de los sueños, Elvira supo que, en la vida, siempre hay ramas altas y escalones posibles, y que el milagro siempre viene de quien nunca te llamaría diferente.

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