¿Y qué esperabas tú cuando te fuiste con esa jovencita? ¿Que tu mujer te esperara con los brazos abiertos, Enrique? le decía la vecina, con ese tono entre reprobador y cómplice mientras recogía la ropa del tendedero.
Parado delante de la puerta de su piso en un edificio antiguo de Salamanca, Enrique dudaba, incapaz de reunir el valor suficiente para pulsar el timbre.
A pesar de haber pasado un año viviendo en otro sitio, junto a otra mujer, no había conseguido olvidar el olor de su casa: ese aroma a café y pan tostado de las mañanas de domingo, el eco de las risas de sus hijas por el pasillo, ese calor doméstico irremplazable.
Por fin, apretó el dedo contra el frío timbre de metal El eco musical resonó en el interior. El corazón le latía a Enrique con una rapidez que no sentía desde los días en que se colaba en tren sin billete siendo chaval.
Un año atrás, su marcha fue fea, la verdad. Ni valor tuvo para hablar con claridad. Su plan era dejar una nota absurda: Perdóname, me he enamorado de otra, me voy, pero esa tarde, Clara volvió de trabajar antes que nunca y lo sorprendió recogiendo la ropa en silencio
Él tartamudeaba, sin mirar a los ojos de Clara, que sólo lo miraba fijamente, como si no entendiera nada, aunque todo el dolor del mundo se le notara detrás del silencio. Clara no dijo ni una sola palabra entonces.
Enrique, agobiado, cerró la cremallera del bolso con tanta brusquedad que el tirador se le quedó en la mano, salió corriendo y dejó encima de la mesa unos billetes, para Clara y sus hijas, para pasar los primeros días.
Llevaban ya quince años casados. ¿Amor? Sin duda lo fue. Todo les había salido fácil, la suerte de una herencia de su abuela: un pisito en pleno centro de Salamanca, perfecto para empezar la vida juntos. Pronto nació su primera hija.
Enrique tenía un buen puesto en una empresa de la ciudad. Clara, en casa, llevaba el peso de la familia, estudiaba de noche a distancia para ser maestra, siempre arreglando todo y atenta a sus hijas y a su marido, no le faltaba atención. Pero a pesar de la armonía, a Enrique se le metió el aburrimiento en el cuerpo.
Hacía dos años apareció Lucía en su vida. Bueno, en realidad se llamaba Filomena, pero se hacía llamar Lucía y no permitía que nadie la nombrase de otro modo. Era la nueva en la oficina y atrajo todas las miradas masculinas.
Al principio, a Enrique ni le llamó mucho la atención. Pero en la típica escapada de empresa a la sierra, acabaron sentados juntos en el autobús. Hablaron y la cosa se puso seria.
Lucía no estaba para medias tintas. Un día, le plantó el ultimátum: elige, o yo, o tu familia. A pesar de todo, ese empuje le resultó excitante a Enrique y se fue con ella. Hizo la mudanza y dejó a Clara atrás.
El divorcio fue fluido. Clara no se presentó ni siquiera al juzgado. Firmó los papeles sin hacer preguntas. Las niñas, por supuesto, se quedaron con su madre. Enrique les dejó el piso y siempre envió la pensión para las niñas cada mes, ni un día de retraso, pero evitaba verlas. No porque no las quisiera, claro, sino porque no sabía qué decirles.
La convivencia con Lucía fue, al principio, un vendaval. Salidas a bares, cenas con amigos suyos, fines de semana en la casa de campo de sus padres y la inminente promesa de boda. Un día, hurgando en el cubo de la basura, Enrique encontró un test de embarazo y dos rayas clarísimas.
¿Me estás guardando alguna sorpresa, Lucía? le preguntó esa misma tarde, medio en broma, medio en serio.
¿Sorpresa? le contestó ella, juguetona. ¿Qué quieres, cariño? Cumplo cualquier deseo tuyo, hasta el más descarado. Y le acarició el pecho con las yemas, bromeando.
No me refiero a eso, Lucía He visto el test en el baño. Sé que esperas un hijo.
Ella le esquivó la mirada.
A eso No le des vueltas. Ya está resuelto.
¿Resuelto? ¿Cómo que resuelto?
¡Por favor, no seas crío! contestó impaciente. ¿Ahora un hijo? Imposible ¡Si tenemos la boda encima! No pienso irme al registro con barriga. Y ya están los billetes reservados para la luna de miel ¡Ni hablar del mareo durante todo el viaje!
O sea que tú
Exactamente. Lo que te imaginas. Ya no hay bebé.
Enrique se quedó callado. No podía creer que lo hubiera hecho sin siquiera consultarle. Desde ese día, empezó a mirarla diferente y en la distancia solo veía frialdad y cálculo, y una capacidad para saltar por encima de él si hacía falta.
Y entonces volvió a pensar en Clara. Su antigua vida. El error de la separación le dolió como si se le atragantara una espina en la garganta. No le importaba la boda ni la casa nueva con Lucía. Al final, un mes antes de la fecha, metió otra vez sus cosas en el mismo bolso, y, entre reproches y chillidos de Lucía, salió de allí para no volver.
Volvió a la casa vieja de Salamanca. Tocó varias veces el timbre. Silencio. Sacó las llaves del fondo de la cartera nunca las había tirado y entró. Todo estaba vacío. Las habitaciones parecían aún más grandes y frías de lo que recordaba.
Desesperado, cruzó al piso de enfrente y llamó. Escuchó los pasos de la vecina, Doña Carmen, que toda la vida había vivido ahí, de toda la vida amiga de la abuela de Enrique.
¿Quién es? preguntó desconfiada, limpiándose las manos en el delantal.
Soy yo, Carmen, Enrique.
La mujer abrió la puerta de par en par:
¡Virgen Santa! ¡Enriquito! ¿Tú por aquí? ¿Qué haces aquí, hijo?
He vuelto, Carmen ¿Tú sabes dónde están… los míos?
Pasa, vecino. Apóyate aquí que tienes cara de necesitar un vaso de agua, anda.
Ya sentado en su cocina pequeña, casi sin palabras, la vecina lo miraba como de quien no puede resistirse al cotilleo y a la vez quiere cuidar.
Pues mira, Enrique, Clara se ha ido con las niñas a un pueblo de Soria. Encontró trabajo en una escuelita, y se marchó enseguida. Yo me encargo de la casa, ella me manda el dinero para el alquiler, todo en orden, no te preocupes.
Hizo una pausa antes de seguir:
Si por mí fuera, hijo, una buena reprimenda te daba ¿Qué te faltaba aquí, dime? Dejas a tus hijas, cambias a tu mujer por una en fin. ¿Y ahora? ¿No te salió bien con la jovencita, no?
Pues no respondió Enrique, cabizbajo, poniéndose de pie.
¡Siéntate! le soltó la mujer. Que todavía no he acabado contigo. Si levantara la cabeza tu abuela
Enrique obedeció sin rechistar.
Mira, te voy a dar la dirección y el teléfono de Clara. Pero tienes que saber algo Ella ha tenido otro hijo. Un niño.
Enrique se atragantó:
¿Qué? ¿Cómo? ¿Un niño?
Eso, hijo, que cuando te fuiste, Clara estaba embarazada. Ni te enteraste. Ella no dijo nada cuando te largaste, tu cabeza estaba en otra parte. Pero ahora lo está pasando mal El sueldo que tiene allí no da para mucho, tiene que pagarle a una señora que le cuide al peque, y apenas llega a fin de mes.
A lo que envías para las niñas no lo toca, solo lo mueve para pagarme el alquiler. Así que mira, Enrique, ahora piensa tú qué vas a hacer con toda esta historia.
Enrique se quedó sin palabras, cabeza entre las manos. Carmen tampoco dijo nada más. Al fin, él se levantó y, con la voz rota, murmuró:
Gracias, Carmen.
Y volvió al piso vacío. Entró en la que fuera su habitación, se asomó a la calle La ciudad, dormida bajo miles de luces, le devolvía un reproche silencioso.
Antes de quedarse dormido, sólo pensó:
Ojalá ella pueda perdonarme. Solo eso pido: que me perdone
¿Tú crees que le perdonará? ¿Y tú, qué hubieras hecho en su lugar? Dímelo en los comentarios, y si quieres más historias así, sígueme.






