Diario de Pedro
Hoy el aire entraba limpio y fresco por la ventana del hospital, que habían dejado abierta por la mañana. La enfermera la abrió temprano y eso alivió el ambiente de la habitación, agitó las cortinas y, fuera, el verde de los árboles me recordaba que el calor del verano castellano aún quedaba lejos.
Me han operado de apendicitis, y decían que iban por los pelos, que fue una intervención complicada. No me asusté. Supongo que a fuerza de dar tumbos por la vida, estas cosas al final no te impresionan.
¿Que no te dan miedo los pinchazos? me preguntaba la enfermera entre risas, mientras sacaba el aire de la jeringuilla.
Me giré en la cama, de lado, en silencio; aún no me dejaban levantarme.
La gente a veces no sabe con qué asustar.
Me recogieron desplomado junto a una bocacalle del barrio, de camino de vuelta del mercado. No soy un sin techo, crecí en un centro de menores, pero fui con otros chicos a buscar algún dinerillo haciendo recados por las tiendas, a escondidas de los educadores. Allí fue cuando me dio el dolor de tripa: ni cinco minutos me faltaban para cruzar la puerta, maldita sea, y sin embargo tocó fuera…
Lo que más me pesaba era saber que había metido en un lío a Nacho y al pequeño Sergio; ahora seguro que en la residencia armaban un alboroto. Ayer, poco después de la operación, apareció la subdirectora, doña Carmen, haciendo teatro de preocupación, inclinada sobre mi almohada. Yo aún estaba atolondrado por la anestesia, así que sólo recuerdo su cara, ni detalles ni palabras.
Ojalá me hubiese dado el ataque dentro del centro, así no habría llegado la sangre al río entre todos.
Culpo a los albaricoques. En el mercado nos regalaron una caja de albaricoques tocados, pero dulces como la miel. Nos pusimos ese mediodía tibios, y pasó lo que pasó, ¡claro!
Anda, campeón, ¿cómo lo llevas? Me preguntó el médico mayor del hospital, con sus brazos peludos, mientras revisaba el vendaje de la tripa. Lo peor ya ha pasado. Ahora, paciencia.
Yo no tenía miedo respondí, y no mentía.
Así me gusta, chico valiente y se puso muy serio. Pero escucha: nada de dulces ni visitas, ni pensar en recibir cositas de fuera. Hoy sólo un poco de gelatina, y ya veremos.
Le asentía más por cortesía que otra cosa, la verdad. Sé que nadie va a venir a verme ni a traerme bombones. En el centro andan todos enfadados conmigo, por escaparme, por meter en líos a los educadores. Cruzamos el muro por un roto en la valla, y mira tú… a la vuelta, la peritonitis.
En cuanto a la valentía, tenía razón el médico. A mí me hizo fuerte la vida. Mi madre, según parece, no quiso abortar porque no tenía dinero. Eso siempre lo pensé con frialdad, como todos los del centro. Nunca le guardé rencor. Es más, gracias por haberme dejado nacer, aunque luego firmaras la renuncia.
Pasé de un hogar de bebés al centro de menores de Ávila y de ahí, con cinco años, a Valladolid, donde me he criado. Recuerdo los codazos y peleas por la comida, aunque en aquellos años, de aparente tranquilidad, los trabajadores del centro sacaban buena parte del rancho para casa. Muchos sufrían los mismos palos; por la comida, por los materiales, por cualquier tontería. Yo tiraba de fuerza para salir adelante, y alguna vez me rompí un brazo o la cabeza. Ni llorar ni pataletas. Siempre tirando.
A mí no me iban a asustar los puntos de la barriga o las inyecciones.
Los adultos, en general, me parecen fríos, calculadores. Yo no soy ese niño dulce de anuncio, ni la chica risueña que todos querrían acoger. Soy directo, duro, a veces borde y con las ideas claras.
Cuidado conmigo, Varela. Como montes otra, directo al aislamiento me amenazaba a menudo doña Carmen.
No replicaba, pero tampoco acataba. Hace tiempo tejí mis propias reglas y viven mejor según mis normas.
En todo este tiempo, sólo un adulto dejó huella. No sé cómo se recuerda exactamente a una madre, yo la imagino como esa mujer que, muy de paso, trabajó un año en el centro de Ávila. No sé su nombre. Me vienen flashes: una sonrisa cálida, ojos claros, manos tiernas, olor a colonia barata. Me sentaba en las rodillas y me susurraba:
Tienes que ser fuerte, Pedrito. Come bien, cuídate, escucha a tus mayores. Te será todo difícil, pero inténtalo siempre, ¿vale?
Después me cantaba una canción. Era una nanita, en voz bajita.
Por mucho que ya me considere mayor, a veces me venía esa tonadilla a la cabeza cuando todo se hacía insoportable. Cerraba los ojos, la tarareaba y sentía ese calorcito, aunque sólo sea un recuerdo.
Un día, esa mujer desapareció, y sólo quedó su canción ni su nombre. En mi cabeza la llamo mamá, a falta de otra figura. Seguramente, sólo era una cuidadora temporal, pero déjame el lujo de soñar.
Mientras la enfermera cerraba la ventana y arreglaba la cama de al lado, el aburrimiento me comía. Me alegré cuando vi que traían una camilla. Gente con bata blanca iba y venía, y pronto dejaron allí a un chaval enclenque, de nariz afilada, conectado a una vía. Sólo la enfermera y un hombre con chaqueta se quedaron después.
Nadie hablaba demasiado, apenas unas frases:
Va a dormir un rato dijo la enfermera.
Gracias.
Si necesita algo, avise.
De acuerdo.
Él permanecía callado, los codos sobre las rodillas, la cabeza gacha. Yo tampoco tenía sueño, así que moví la espalda sobre la cama. Hizo un chirrido que rompió el silencio. El hombre se giró, cara de cansancio y ojos bondadosos.
Buenas, chico susurró, como si descubriera en ese momento que había otro paciente en la habitación.
Buenas tardes le contesté.
El hombre se animó, le miró un momento al hijo y luego se trajo la silla junto a la mía.
Te han operado, ¿no?
Sí, del apéndice.
Bien, ¿no puedes levantarte?
Todavía no.
¿Quieres algo?
No me dejan comer. ¿Y él? señalé al chico dormido.
Lo suyo es otra cosa… ¿Te importa que me quede por aquí? Si vienen a por ti, me aparto.
No pasa nada y moví la cabeza; ¿cómo podría negarme?
Se presentó:
Él se llama Simón, once años. ¿Y tú?
Pedro, tengo diez.
Gracias, Pedro dijo, y tampoco me quedó claro de qué me daba las gracias.
A partir de entonces, la habitación se fue animando. Entraban médicos, más familiares. Simón era visitado por la madre, una mujer alta, de nariz aguileña y pelo recogido. Yo apenas salía de mi cama.
Poco a poco entendí que Simón estaba muy grave. Su familia parecía permanentemente cansada, vencida.
La noche fue dura. Dormí mal, el corte en el vientre molestaba y el catéter tiraba. Ni me acordé de cenar. Por la mañana, me avisaron de que podría empezar a caminar y me cambiarían de habitación. Pero retrasaron el traslado, supongo que por esa sensación tensa que se había instalado por el estado de Simón. Allí casi nadie hablaba, el ambiente era plomo. La tía de Simón, una chica joven, permanecía casi siempre en la estancia.
Intenté, sin mucho éxito, levantarme después de quitar el catéter. Me temblaban las piernas, el pijama del hospital era gigantesco y no encontraba la ropa. La tía de Simón me ayudó a ajustar el pantalón y al final, casi me caigo, del mareo.
¿Cómo te llamas?
Pedro.
Yo soy Elisa. ¿Te ayudo? ¿Has comido?
Negué con la cabeza, sólo quería saber qué había sido de mi ropa.
Tranquilo, la buscamos me tranquilizó, y yo, a duras penas, llegué hasta el baño, donde me vi la cara en el espejo: ojeras, labios blancos, pero ojos vivos, negros como el azabache, dignos del apellido que cargaba desde siempre, Varela. Así me decían en el centro, Cuervo, por las peleas y por esos ojos.
Me vino bien el agua fría. Elisa logró que me trajeran una gelatina y me explicó cómo llegar al comedor. Pero yo, todavía débil, apenas pude dar dos pasos. Me impactó mucho el estado del chico en la cama; tan pálido, tan delicado. No pude evitarlo:
¿Lo van a llevar? ¿Está muy mal? le pregunté a Elisa.
Ella tembló un poco.
No lo sabemos. Simón está muy malo, nos ha dado muchos sustos. Llevamos desde hace mucho médico tras médico. Es mi sobrino, y te aseguro que aún creemos en los milagros.
Me senté de nuevo y pensé en todo aquello. Simón tenía otra vida, una como la de las películas: familia, abuelos, todo lo que yo nunca tuve. Y, sin embargo, ahí estaba, a punto de morir.
A mí no me trasladaron ese día. Por la tarde volvió el padre de Simón, don Javier. Se acercó, y tras comentar algo en voz baja con la madre, acabó preguntándome por mi vida. Poco a poco, marido y mujer supieron de mí, y me dieron hasta parte de la ropa que traían para Simón.
¿Y si finalmente se salva? le pregunté.
Noté el peso de la palabra. Nadie decía claramente morir. Es imposible mencionar eso sobre un hijo. Pero para entonces lo sentía, la atmósfera era densa, desesperanzada. Una vez, la madre se vino abajo y gritó:
¿Por qué tenemos que aceptarlo?
El cuerpo empieza a fallar cuando el alma se rinde. A la madre la sedaban a menudo.
¿Dolerá? le pregunté a don Javier.
Quise responderme y responderle: lo importante es que no tenga dolor, que no sufra. Eso nos tranquiliza.
Simón tenía familia cerca, todos hablaban y le tocaban. Pero cada minuto que podía, yo le sujetaba la mano, aunque sólo para que no estuviera solo.
Un día, de madrugada, no me di cuenta. Simón se fue en silencio. Cuando pregunté, nadie me lo quería decir claro. Parecía que preferían callar, como si así no fuera tan real.
La rabia, la impotencia Fui hasta el pasillo, donde vi a una de las limpiadoras; le di una patada a su cubo, el agua se desparramó y los médicos salieron a reñirme, pero yo no quería escucharlos. Cerré la puerta y me tapé los oídos.
No entendía nada. En el fondo, Simón era mi amigo, aunque apenas habíamos hablado. Le había contado mi historia, mi soledad, el centro, los pocos recuerdos de infancia.
Soñé esa noche con él. Veía su cara animosa, sentándose en la cama, sonriendo como cuando estaba sano. Me decía que me sentara cerca, que le escuchara, y me hablaba de jornadas en la playa, de abuelos generales, de desayunos calientes y madres que te despiertan con un beso en la frente. Me hablaba de colegios, de familias numerosas, de una vida de verdad.
Eran mis sueños, hechos con retazos de tele y fantasía, porque yo nunca viví en un hogar de familia.
Por la mañana, al entrar en la habitación y encontrarla vacía, confirmé todo. Vi el retrato de Simón y sentí que me acompañaba, que no tenía que temer. Así, me animé, aunque me temblaba la voz.
La familia de Simón intentó seguir adelante. El padre, don Javier, pensaba en mí. Se lo contó a Elisa y a su suegro. Insistían, sin decírselo aún a la madre, en volver a verme. Parecía que por una vez, quizá, y aunque nunca podría sustituir a Simón, había espacio en esa casa para otro niño.
Fueron semanas de visitas al centro, de trámites con la Junta y reuniones con psicólogos. Cuando por fin me llamaron para conocerles, estaba tan nervioso que apenas podía hablar. No era valentía, sólo miedo a no estar a la altura.
La primera vez que fui a su casa, me senté en la cocina. Olor a café, a pan, a calor de hogar. Me daba miedo mirarlos a los ojos, ni atreverme a coger un trozo de tortilla. Cuando Javier dejó caer una cuchara, solté sin pensar:
Qué desastre… y me tapé la boca por hablar así delante de ellos.
Javier se rió, animándome. Sofía, la madre, con paciencia, me ofreció enseñarme la habitación de Simón. Vi el retrato y casi saludé, porque me hacía sentir que él aún estaba. Pasamos un buen rato revisando álbumes, y en ese momento sentí, por primera vez, que quizá yo también podría tener familia.
Sofía, un poco a trompicones, me abrazó y me preguntó:
Pedro, si quisiéramos que vinieras a vivir a casa, ¿te gustaría?
Me quedé muy callado, pasando páginas, casi sin mirar. No era Simón, nunca podría reemplazarle. Pero tal vez, sólo tal vez, podría tener un sitio como su amigo.
El abrazo era tan diferente a las peleas o a las broncas. Era calor verdadero.
No lloraba nunca. Pero ese día no pude evitarlo. Ella me secó las lágrimas.
No pasa nada, campeón. Eres fuerte. Hay que ser fuerte, ¿recuerdas?
Y entonces, bajo aquella ventana luminosa de una casa nueva, le pregunté por una vieja canción.
¿Conoces una nana? Eso de gatito, gatito… colita gris y patitas blancas… Mi madre me la cantaba. ¿La podrías aprender?
Ella asintió y prometió que sí.
Solo necesitaba eso: alguien que quisiera aprender mi nana.
***Sofía me abrazó fuerte, y sentí que el hueco que Simón dejó en esa casa no estaba ahí para que lo llenara yo, sino para que juntos, cada uno a su modo, intentáramos construir algo nuevo. No era cuestión de reemplazar, ni de olvidar: era cuestión de compartir.
En la ventana entraba el aire cálido, diferente al del hospital. Afuera, el jardín pequeño de grava y limoneros estaba soleado, y se escuchaban unos gorriones revoloteando entre las ramas. Me senté en el alféizar, los pies colgando, y no me importó ensuciarme el pantalón.
Por primera vez, vi a don Javier sonreír de verdad. Se inclinó junto a mí, dejando a un lado la seriedad, y me pasó una mano por el hombro.
¿Sabes qué? susurró tan bajo como para que sólo yo lo oyera. Simón también le tenía miedo a los pinchazos.
Me reí, porque yo nunca. Entonces, de pronto, sentí que algo del frío de dentro se iba derritiendo.
Aquella tarde, mientras el sol pintaba las paredes de naranja, Sofía tarareó la nana, los versos todavía inseguros, perdiendo alguna palabra y cambiando otras. Yo la ayudé, riendo los dos, inventándonos el final. Así, entre risas y una canción sin nombre, descubrí que quizá la familia no es quien comparte tu sangre, sino quien se aprende tus recuerdos, aunque estén rotos.
Y cuando cayó la noche, al cerrar los ojos y escuchar su voz bajita, supe que ahora tendría otra historia que contar en mi diario. Una donde también cabía la esperanza, y donde, por fin, no estaba solo.





