En busca del ideal

En busca del ideal

Muchos años atrás, Vicente se acomodó tras una mesa pequeña y redonda en un cálido café del centro de Madrid. Apenas reparaba en el murmullo de las tazas o en el aroma intenso a café recién molido: sus ojos no se apartaban de la puerta. Cada poco, miraba el viejo reloj de pulsera y volvía a clavar la vista en la entrada, ansioso por ver aparecer a Elisa.

Cada vez que una nueva mujer cruzaba el umbral del local, Vicente contenía la respiración. Entró una joven de abrigo rojono era ella. Luego pasó una menuda morena cargada con un enorme bolsotampoco era Elisa. Vicente, sin poder evitarlo, empezó a imaginar los motivos posibles del retraso. Quizá solo era costumbre, llegar un poco tarde para generar expectativa, para darle misterio al primer encuentro. Muchas mujeres lo hacían, convencidas de que así aumentaban su atractivo. Pero si Elisa creía que él caería en ese juego, estaba equivocada. Vicente no era de los que esperan eternamentese lo tenía prometido, si en cinco minutos no llegaba, se iría. Esperar más era contrario a sus principios.

El tiempo parecía avanzar con parsimonia. Vicente ya estaba diciendo adiós a aquella tarde cuando escuchó tras de sí una voz melodiosa:

¡Hola! Siento el retraso

Se giró sobresaltado y se encontró frente a una rubia de figura estilizada, que le dedicó una sonrisa encantadora antes de acomodarse en la silla de enfrente. El cabello perfectamente peinado, los ojos brillando de naturalidad.

¿Has esperado mucho? preguntó ella, ladeando la cabeza con simpatía.

Vicente se quedó inmóvil un instante, tratando de reconciliar aquella imagen con la mujer de la fotografía.

¿Elisa? balbuceó, con la duda reflejada en la voz. ¿Eres tú de verdad? En la foto parecías otra O casi otra.

La joven soltó una carcajada pura y ligera, divertida con la confusión de su interlocutor.

Claro que soy yo afirmó con una sonrisa radiante, disfrutando de la sorpresa de Vicente. Y, antes de que lo preguntes, la foto también era mía. Pero fue hace cuatro años. En este tiempo he cambiado mucho, ¿verdad?

Lo dijo con auténtico orgullo, como quien exhibe el fruto de un esfuerzo personal; tan segura de que aquel sorpresa sería de su agrado, que ni le pasaba por la cabeza lo contrario.

Pero se equivocaba

Pues sí que has cambiado respondió Vicente, esforzándose por sonar educado. Demasiado, pensó, y no precisamente para bien.

Elisa inclinó la cabeza, enredó un mechón entre los dedos con gesto juguetón:

Seguro que te alegra que ahora esté aún mejor que en la foto soltó entre risas. Lo hice adrede. ¿Sabes cuántos hombres me escribían después, todos alabando mi aspecto actual? Hace cuatro años, ni caso me hacían.

Posó la mirada en Vicente, esperando que él confirmara, que se deshiciera en elogios. Pero Vicente se mostraba distante, y aquel desinterés empezaba a poner nerviosa a Elisa.

Antes de aquella cita, Elisa había estudiado al detalle el perfil de Vicente: revisó sus fotografías, leyó su biografía, investigó sus redes sociales. Todo cuadraba. Tenía un respetable empleo como directivo en una gran empresa, vivía en un chalet de dos plantas en La Moraleja, a las afueras de Madrid, y poseía dos coches de alta gama. Parecía el hombre perfecto, alguien salido de una revista. Lo que a Elisa le desconcertaba era, precisamente, que un hombre tan bien posicionado buscara compañía en una web de citas. Pero no importaba: lo esencial era no dejar escapar una oportunidad así.

Mientras tanto, los pensamientos de Vicente revoloteaban lejos. Miraba el reloj, calculando cuándo marcharse sin parecer grosero. Había decidido que unos minutos más de conversación amable serían suficientes antes de inventar una excusa y marcharse.

No lograba conectar con esa Elisa. En la fotografía, aunque no fuera espectacular, le había parecido mucho más auténtica, sincera. Ahora, ante él se sentaba una mujer cuidada, segura, pero forzada, distante, como si representara un papel aprendido de memoria.

Vicente sólo aguantó una decena de minutos más; Elisa le hablaba de sus aficiones, sus planes, sus sueños. Él asentía distraídamente, decidido a marcharse tan pronto como la conversación decayera. Por suerte, una llamada de trabajo verdadera le daría la coartada perfecta para marcharse.

¿Quieres que te acerque a casa? ofreció amablemente cuando por fin llegó el momento. Tengo una reunión dentro de una hora, pero puedo llevarte.

Por un instante, la expresión de Elisa mostró desilusión, pero pronto disimuló.

Gracias, estaría bien.

Durante el corto trayecto, casi no cruzaron palabra. Ella miraba por la ventanilla, él se concentraba en la carretera, ambos rumiando el fracaso de la cita.

¿Me escribirás esta noche? Igual podemos volver a quedar aventuró Elisa al despedirse.

Claro, te escribo luego y hablamos aseguró Vicente con una sonrisa forzada, decidido a no volver a tener contacto alguno.

Ya en casa, eliminó su perfil de la web de citas y bloqueó el contacto de Elisa. No había duda ni titubeo posiblela decisión estaba tomada desde el primer minuto, pero era demasiado educado para abandonar a una señorita a medias.

********************

Al poco tiempo, Vicente se reunió con un compañero para comer en una taberna cercana al centro financiero de la ciudad. Sobre el mantel reposaba un buen solomillo con patatas, su predilección. Observó a los demás clientescasi todas las mujeres pedían ensaladas ligeras o platos saludables y bajos en calorías.

¿Por qué las chicas se empeñan en torturarse con dietas? suspiró Vicente, apartando una patata. Se privan de uno de los placeres de la vida. ¿Eso te parece comida? preguntó señalando a la joven de la mesa vecina que pinchaba hojas de rúcula. Nada de satisfacción, solo calorías.

El amigo sonrió, cómplice de sus gustos:

Porque la mayoría de los hombres quieren mujeres delgadas. Tú eres la excepción. Mira, la morena del fondo te observa desde hace ratoesas son las que deberías mirar.

Vicente ni se volvió; adoptó un aire frío e indiferente:

Gracias, pero tus opiniones no me interesan. No me meto en la vida de los demás, así que no te metas en la mía.

El compañero, un poco herido pero perseverante, soltó en tono burlón:

¿Y tienes vida privada, Vicente? Siempre trabajo o tus cosas

Vicente apartó la mirada con gravedad y su amigo alzó las manos en señal de tregua:

Vale, no era mi intención solo quería ayudarte.

Vicente no respondió, continuó comiendo en silencio. Lo cierto es que hacía mucho que su vida sentimental estaba vacía. Hacía un año que había roto con la última mujer a la que amó de verdad. Se llamaba Inés, y para él había sido la compañera idealdulce, bondadosa y, sobre todo, con el tipo de figura que Vicente consideraba perfecta: femenina, curvas suaves, llena de vida.

Su relación había sido tranquila y sólida. Vicente no escatimaba en detalles: flores, pequeños regalos, sorpresas diarias. Le encantaba verla feliz, disfrutar de cómo se iluminaban sus ojos con cada gesto. El vestidor de Inés ocupaba una estancia entera; ella jamás se ponía dos veces lo mismo, probaba combinaciones, se divertía comprando ropa y Vicente no sólo lo aprobaba, sino que lo fomentaba.

Siempre la colmaba de halagos, sin vergüenza de decirle lo hermosa que era y de celebrar cualquier prenda que llevara. Todo para que ella sintiera lo especial que era para él y el valor que le daba.

Pero poco a poco, todo comenzó a cambiar. Inés empezó a salir más con sus amigas, alternando cafés, cines y compras. De cada encuentro regresaba diferente, primero en detalles pequeños, luego de forma más notoria.

Una noche, Vicente la sorprendió mirándose al espejo con preocupación.

¡Estoy gorda! exclamó dramáticamente apenas él cruzó el umbral. ¡Tengo que ponerme en forma! Si no, me dará vergüenza ir a la playa

Vicente se quedó atónito, trató de transmitir tranquilidad:

Pero Inés, tú estás preciosa, no necesitas cambiar.

¡No lo ves porque eres tú! protestó ella. Mírame bien. Las chicas modernas tienen que verse delgadas y tonificadas. Si yo no adelgazo, pareceré una señora anticuada.

Vicente se acercó, le tomó las manos con cariño:

Tú eres perfecta tal cual. Para mí, eres la mujer ideal. No tienes por qué cambiar.

Pero Inés ya no escuchaba. Había arraigado la idea de que debía transformarse para encajar en el canon. Desde entonces, todo se torció.

Tienes una figura preciosa insistía Vicente, intentando disuadirla. ¡Eres mucho más atractiva que cualquiera de tus amigas!

Inés lloriqueó, se giró al ventanal, oprimía el mantel entre los puños.

¡No me consueles! Deberías haberme mandado al gimnasio desde el principio. ¡Seguro que lo pensabas!

Vicente la abrazó con cuidado:

¡Te digo la verdad, eres perfecta para mí!

¡Claro, claro! le cortó ella llena de desconfianza. Solo dices eso para no herirme. Todos lo ven, menos tú.

Aquello fue el inicio del declive. Inés decidió transformar su vida: eliminó azúcares, harinas, grasas. Mandó a casa tupperwares de pollo hervido, brócoli y queso fresco. Amanecía con la balanza y calculadora de calorías.

Poco a poco dejó de ser la de siempre. Se volvió irritable, dejaron de salir las bromas y las conversaciones ligeras; si Vicente intentaba un piropo, le cortaba en seco:

¡Sé sincero, no me mientas más!

Él explicaba que hablaba de corazón, pero ella sólo pensaba en llegar a ser perfecta. Cambiaba de dieta cada semana, restrictiva, crudivegana, ayunos Vicente observaba con inquietud cómo la mujer alegre y vital, antes encantada con la comida, se convertía en un ser obsesionado con números y prohibiciones.

Un día, al volver, la tensión era palpable. Inés ordenaba la cocina con agitación.

¿Por qué ese enfado? preguntó él con prudencia.

¡Por tu culpa! saltó ella. ¡Por tu culpa no consigo mi objetivo! Siempre insistes en que el chef prepare guisos y asados: sabes que estoy a dieta, pero sigues llenando la casa de tentaciones.

Pero yo también quiero comer a gusto. ¿Por qué tengo que vivir a base de lechuga?

Lejos de aplacarla, sus palabras desembocaron en un listado de reproches. No la apoyaba, no comprendía lo duro que era, boicoteaba su esfuerzo.

Vicente escuchaba con una tristeza absoluta; la mujer a la que adoraba solo veía ahora un obstáculo a su ideal ficticio. Ya no reconocía a la Inés de antes: la que reía, comía con apetito, abrazaba la vida sin complejos. Ahora tenía ante sí a una desconocida, tensa, con la mirada dura y los movimientos bruscos.

¿Dónde había quedado aquella muchacha luminosa y generosa?

¿Qué futuro tenían? Vicente comprendió que no había camino posible: cambiarse para complacerla sería traicionar su esencia, y seguir así, sumidos en la desconfianza y los reproches, era insoportable.

La separación no tardó en llegar. Lo intentaron, una y otra vez, pero cada charla terminaba en enfrentamiento. Por fin, tras una discusión final, Inés se marchó dando un portazo, dejando tras de sí una estela de perfume y fotografías felices repartidas por la casa vacía.

El inicio fue devastador para Vicente: se sorprendía marcando el teléfono de Inés y luego recordaba que era inútil. A veces la añoraba, pensaba que todo había sido un error, pero la memoria de los últimos meses le devolvía a la realidad: reproches y silencios, dos extraños en la misma habitación.

Medio año después, y habiendo agotado todas las soluciones, Vicente probó suerte en una página de citas online. No esperaba milagros, solo la oportunidad de conocer a alguien con quien poder hablar, sentir compañía.

Exploró perfiles con atención, escogía con cautela, leía las biografías, miraba las fotos. Algunas eran demasiado superficiales, otras demasiado severas. Había quienes recordaban a la primera Inés, pero resultaba imposible hallar algo más allá del parecido externo. Otros daban buena impresión, pero nunca era suficiente.

Nadie despertaba en él el calor que recordaba de antaño. Vicente entendía que el problema era suyo: seguía atado al pasado, incapaz de soltar los recuerdos de aquellos días que parecían hoy casi sueños.

********************

Con el tiempo, la vida fue retomando su rumbo. Vicente seguía recordando el pasado, pero se imponía mirar hacia adelante: el trabajo lo mantenía ocupado y los ratos libres los pasaba con buenos amigos u ocupándose de sus hobbies.

Hasta que un día el azar le tendió una mano inesperada. Al entrar en una cafetería cercana a la Gran Vía para pedir un café para llevar, reparó en una joven sentada en la mesa de al lado, metida entre libros y cuadernos. Anotaba cosas, levantaba la vista, contemplaba la sala, y luego volvía a escribir.

Algo en su porte llamó la atención de Vicente: serena, ligera, segura. No se preocupaba del reflejo en el cristal, ni de las migas en la mesa, ni de su propio aspecto. Cuando notó su mirada, simplemente le sonrió, franca y sin pudor.

Vicente se atrevió a acercarse.

Disculpa, te he visto muy concentrada. ¿Es un diario personal o estás trabajando?

Ambas cosas contestó ella, dejando el bolígrafo. Estoy preparando textos para mi blog. ¿Tú trabajas cerca?

La conversación fluyó fácil. Se llamaba Valeria y, curioso, era modelopero no de pasarelas. Valeria posaba para catálogos de ropa para mujeres curvy, mujeres de formas generosas. Su imagen aparecía en webs especializadas para aquellas que no comulgaban con la obsesión por la delgadez.

Lo que más asombró a Vicente fue el amor propio de Valeria; nada de ínfulas ni extravaganciasera su manera natural de estar en el mundo.

Las dietas son, en la mayoría de los casos, absurdas, fruto de inseguridades le dijo una tarde. A no ser que la salud lo exija, no tiene sentido torturarse por un número o por la mirada ajena. Yo disfruto comiendo bien, me muevo mucho y adoro lo que hago. Me gusto tal y como soy.

Sus palabras eran tan claras y sensatas, tan alejadas de los complejos y prejuicios, que Vicente sonrió genuinamente. Era la primera vez en mucho que sentía alivio y comprensión.

Poco a poco empezaron a verse más. Valeria no exigía regalos, no buscaba dramas, no se enredaba en reproches ni intentaba cambiar a Vicente. Con ella, la conversación era un placer sencillo, y los silencios, cómodos. Sabía compartir sus opiniones con delicadeza, sin imponerlas.

Vicente sintió cómo se desvanecía la tensión acumulada durante meses. Con Valeria recuperó el disfrute por lo básico: pasear juntos por el Retiro, cenar charlando en la cocina, provocar su risa.

Tras medio año juntos, Vicente comprendió que no quería esperar más. Una noche en su café predilecto, sacó una pequeña caja y, mirándola a los ojos, balbuceó emocionado:

Quiero que seas mi esposa.

Valeria quedó sorprendida solo un segundo, para después romper a reír y asentir con energía:

¡Por supuesto que sí!

La boda fue modesta, rodeados solo de los amigos y familiares más sinceros. A ninguno le importaban las opiniones ajenasbastaba el calor que ellos mismos sabían generarse: respeto, confianza, y la pura alegría de estar juntos.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

20 + nineteen =