Elena pasó todo el día en la cocina. Sonó el timbre de la puerta. Los familiares de Toño llegaron y se acomodaron alrededor de la mesa.

30 de diciembre

Hoy ha sido una de esas jornadas agotadoras entre fogones. He pasado el día entero en la cocina, oliendo a aceite y sofrito, y ni tiempo de sentarme a tomar un café en condiciones. Poco antes de las ocho sonó el timbre. Eran los parientes de Tomás, y en cuanto entraron se acomodaron alrededor de la mesa con sus caras expectantes.

¿Dónde está la carne? preguntó mi tía política con ese tono inquisitivo tan suyo.
Ahí tienes, el ganso relleno respondí con la mejor sonrisa que pude fingir, intentando ser amable.

Pero ella, haciendo un teatro digno de las mejores actrices de la Gran Vía, se levantó del asiento:
Esto no hay quien lo coma. Vámonos, Fede, a casa.
Tomás, que siempre ha sido de seguir el rumbo familiar, la imitó:
Pues anda que Vive tú sola, que si no sabes cocinar Y en un visto y no visto empezó a meter cosas en una mochila para largarse tras su tía.

31 de diciembre

Llamé a Gema.

Hola, soy Helena… ¿Qué? ¡Helena, te digo! Uf, qué línea más mala ¿Por qué llamo? Nada, Gema, que este año no iré a vuestra casa. No, en serio, no voy en Nochevieja. ¿Por qué? ¿Para qué? Tú estarás con Víctor y tu hija con su pareja y los críos. ¿Y yo qué? ¿Cenarme ensaladas y gastarme un dineral en taxi doble para volver sola? Sabes que me resulta imposible dormir en una casa ajena. ¿Qué haré? Nada, dormir, simplemente.

Hacía ya cinco años que, desde mi divorcio, celebraba las fiestas con Gema. Pero hoy, tras escuchar sus explicaciones entre chisporroteos de la línea telefónica, suspiré un poco resignada. Se iban a León, a casa de la tía de Víctor. Les desee feliz viaje, aunque entre líneas anunció que vendría una tal Sandra a casa, que necesitaba alojamiento unos días. Y, como es habitual, tras un tira y afloja, acepté cederle un sitio en mi sofá.

La línea cortó justo cuando terminaba de convencerme. Colgué molesta, pero ya está. Quizá hasta era buena idea no pasar las fiestas sola. Al menos, Sandra me haría compañía. Decidí preparar un salmorejo sencillo, y para mí, ni eso haría falta; con unas tostadas y listo. Pero una invitada es una invitada.

Qué diferente era todo cuando aún estaba casada con Tomás El 30 ya teníamos la casa invadida por la familia, todos venidos del pueblo, y la cocina se transformaba en un auténtico campo de batalla: vapor, olores de guiso, ni con todas las ventanas abiertas salía el tufo. Cocíamos caldo gallego, empanadas, freíamos croquetas Un festín, pero siempre heavy, muy contundente. Yo solo corría de un lado a otro: que si guardar un plato al fresco en el balcón, que si pelar patatas para la ensaladilla

No me dejaban tocar gran cosa, menos aún desde aquel año que preparé una ensalada de aguacate.
Vaya asco, sentenció la tía, y todos asintieron.
Luego yo rabiosa: Y ellos, venga mayonesa, parece que todo flota. Y los hombres, al primer grito, corriendo a probar el orujo casero.

El 2 de enero, después de arrasar con toda la comida y bebida, se marchaban, dejándome la casa patas arriba. Una semana entera limpiando y recogiendo migas, mientras Tomás seguía la fiesta en el pueblo. Volvía taciturno y sin afeitar, repitiendo la cantinela de que me había robado de la gran cocinera Vera, y que yo no era capaz de hacer los platos que le gustaban de niño, llenos de grasa y de tocino.

Me desahogaba con Gema, aunque ella, tan vivaracha, acabó ideando un plan: Llama a los parientes y diles que, este año, cocinas tú y que vengan. Pero que vengan antes. Entre las dos, nos pasamos el día preparando platos sencillos pero ricos. Cuando llegaron, inevitablemente surgió la pregunta:
¿Y la carne?
El ganso relleno, ahí está, respondí.
¿Y el puré? insistió la tía.
Y acto seguido montó el numerito del año, diciendo que aquello más que comida era forraje para vacas. Se puso el abrigo y todos a seguirla, cerrando la puerta al salir.
Toma, no se vivir contigo, eres un plomo. Yo me largo, sentenció Tomás mientras llenaba su bolsa de viaje.

Me quedé sola. Cuando oí echar a hervir la olla, intenté reubicarme. De pronto, sonó otra vez el timbre. Será Sandra, pensé. Pero al abrir, me sorprendí:
¿Sandra? musité algo cortada.
El hombre al otro lado sonrió:
No, soy Alejandro, sobrino de Víctor. He venido por sorpresa antes de que la familia se fuera a León. ¿Eres Helena, verdad?
Asentí, confusa, balbuceando que esperaba a una sobrina, no a él. Se rio, quitándole hierro:
Puede que el mal sonido del teléfono te haya confundido.

Le invité a entrar. Al menos, él parecía majo.

Me aclaró que marchaba en un par de días, que solo era una parada corta por falta de billetes antes de Año Nuevo. Intenté preparar algo más que el triste salmorejo.
¿Solo con eso esperas celebrar? bromeó.
Le contesté a la defensiva:
¿Qué quieres, una cena completa? ¿Bandejas y bandejas de carne y ensaladillas infinitas?
Se rió:
Para nada. Yo soy más de pescado que de carne, la verdad.
Y admití:
Pues de pescado tengo poco, y la verdad, no sé cocinarlo.

Antes de que pudiera replicar, Alejandro cogió la chaqueta y salió:
No te preocupes, traigo lo necesario.

La escena era cuanto menos surrealista. ¿Quién se esperaba a un hombre risueño, cuando yo contaba con una invitada formal? Una hora y media después, volvía con una pequeña bolsa de naranjas, varias botellas, una bandeja de pescados y… ¡una ramita de abeto!

¿Esto para qué?
¿Un Año Nuevo sin ramita? Faltan solo las uvas y el cava, pero ya traigo de todo.

Me hizo gracia, no lo neguemos, sentir en la nariz ese aroma a abeto, el bullicio de las bolsas, preparar la mesa con alguien que parecía tan dispuesto a hacerme reír. Sacó langostinos, pescadillas y, juntos, entre risas, fuimos preparando la cena.

Para cuando dieron las doce, la mesa estaba servida. El brindis, con burbujas y brindis en alto, fue nuestra pequeña ceremonia.
¡Por el Año Nuevo y la felicidad que está por llegar!

Ya pasada la medianoche compartimos confidencias. Le conté mi historia, mi matrimonio que empezó con luz y terminó en broncas y críticas.
Cuando nos casamos, era diferente. Más bueno, más cariñoso… O igual era yo, que veía lo que quería ver.
Él confesó lo suyo:
También estuve casado. Ella eligió a otro mientras yo estaba de viaje. Al volver, me di cuenta de todo. Pero hablemos de cosas alegres, llevamos una noche de buen rollo, no lo estropeemos.

Brindamos por los recuerdos de la infancia. Yo recordé aquel día que, por una apuesta, me subí a un árbol y tuvieron que bajarme llorando. Él, cuando pegó una silla al suelo del despacho del director y su padre le soltó una buena regañina.

Y la conversación nos llevó hasta el alba. Finalmente, Alejandro me convenció para acostarme tras insistir en recoger la cocina él solo.

Por la mañana, fue él quien me despertó suavemente:
Helena, me voy, déjame la puerta cerrada, ¿vale?
Torpe, le pregunté por la hora. Me acarició el pelo y con una sonrisa me explicó lo tarde que era ya y que debía ir a la estación.

Le acompañé al recibidor, deseándole buen viaje.
Gracias por la velada, susurré.
Vaciló un instante en la puerta y se decidió:
¿Puedo volver cuando esté libre?
Asentí feliz y apenas lo dije, Alejandro me besó y cerró la puerta tras de sí, dejándome con una sonrisa tonta y esperanza.

Porque, al final, ocurre. Conoces a alguien de toda la vida y te decepciona; y a una persona por unas horas y parece que la conoces siempre. Y sí, los milagros de Nochevieja existen. Un giro, y llega una nueva ilusión, y con ella, quién sabe, una nueva vida.

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