Mira, Laura, te cuento… Ayer pasé el día entero en la cocina. ¡No te puedes imaginar! Que si pelando patatas, que si preparando la salsa, bueno, un no parar. Y de repente, ¡ding dong!, suena el timbre. Los familiares de Antonio han llegado, se acomodan en la mesa, y yo, venga a poner platos y todo el despliegue encima de la mesa. Pero claro, su tía siempre tan delicada pregunta con esa voz suya: ¿Y la carne?. Yo, muy educada: Pues ahí está, el ganso relleno. Y ella, que se levanta con todo el teatro del mundo: Esto es incomible, nos vamos a casa, dice como si fuera la reina de Saba. Antonio detrás, recogiendo sus cosas: Pues hala, vive sola, si no sabes cocinar. Y de repente empieza a meter sus cosas en la maleta, agobiado.
Total, que llamo a mi amiga Begoña sí, Bego, como siempre para contarle el drama. Menuda tarde. Le digo: Bego, este año no voy para allá por las fiestas, porque vas a estar tú con Víctor y tu hija con el marido y los críos… ¿para qué voy a ir yo? ¿Para atiborrarme de ensaladilla rusa y pagar el doble en taxi? Y quedarme a dormir en casa ajena no es lo mío, ya lo sabes… Que nada, que me acuesto temprano y chimpún. Se notaba la mala cobertura y apenas nos oíamos entre los pitidos y crujidos del teléfono.
De pronto, ella también quería llamarme para avisarme de que se van a León, a casa de la tía de Víctor. Y resulta que me pide el favor de hospedar a una sobrina suya “de paso”, que no le gusta tener a extraños en casa, pero que seguro que todo irá bien… Y justo en ese momento se corta la llamada. Yo ya mascullando por dentro.
Me quedo un rato pensativa, ¿y si no fuera tan malo tener compañía en fiestas? Así que me pongo manos a la obra para preparar un tapita o algo. Yo con un bocadillo tenía de sobra, pero si va a venir alguien… ya sabes, hay que quedar bien. Pongo a cocer unas verduras, pego una vuelta a la nevera…
La verdad es que cuando estaba casada con Antonio, aquello era otro nivel. Ya el día 30 aparecía toda la parentela de su pueblo en casa y se armaba de buena mañana. La cocina parecía Salamanca un día de feria: todo humos, fritangas para la mesacallos, croquetas, chorizos fritos, esas comidas de toda la vida que le chiflaban a Antonio. Y yo venga a sacar platos, que si el gazpacho al balcón, que si trocear patatas para la ensaladilla. Pero vamos, a mí ni me dejaban arrimar la sartén desde que una vez probé con una ensalada de aguacate.
Madre mía, qué porquería, soltó su tía. Y todos de acuerdo, claro. Y yo venga a protestar por dentro, ¡si lo de ellos era una bomba de mayonesa, Laura, que rebosaba la cuchara! Y los hombres, nada más llegar, a catar el vino ribereño. Aguantaban hasta las uvas y luego salían que parecían soldados de reemplazo.
Luego, el día 2, cada mochuelo a su olivo, eso sí, tras vaciarme todas las fuentes y botella que pillaban a mano. ¿Y a quién le quedaba recoger? Pues a una servidora. Yo recogiendo como una loca toda la semana, mientras Antonio seguía de fiesta en el pueblo, volviendo con una resaca de varios días, con la barba como espino y protestando. Siempre la misma cantinela de que su madre cocinaba mejor o que yo le había quitado a Vero, su ex de toda la vida. Yo aguantando chaparrón, porque será por manías que se cogen de pequeño…
Al final me desahogaba con mi amiga Begoña, pero un día se hartó de oír mis penas y me hizo poner las cosas claras con la familia: Esta vez llegáis el 31, yo preparo el menú y punto. Así que nos pasamos ella y yo todo el día haciendo cosas ricas pero ligeras, de esas que no te dejan medio grogui. Cuando llegaron los parientes, su tía otra vez: ¿Dónde está la carne?. Le señalo: El ganso relleno. ¿Y el puré?, sigue. Y al rato, la escena: que si esto es pienso de vaca, que si Fede, llévame a casa. Todos se levantan, se visten, y portazo.
Antonio ni corto ni perezoso: Tú verás, yo me piro, pero a ver quién va a estar contigo. Y venga a echar la ropa en la maleta, como si nada. Yo me quedo tiesa.
En ese momento, casi se me olvida lo de la sobrina de Begoña. De repente, suena el timbre y abro la puerta, pensando que será una jovencita tímida, y me encuentro a un hombre de unos cuarenta, simpático, sonriendo: Soy Alejandro García de la Fuente, sobrino de Víctor. He venido de sorpresa, pero resulta que se han ido todos a León. ¿Eres Helena, no?. Yo, cortada, digo: ¿No era una sobrina?. Se ríe: Creo que no nos hemos entendido bien.
Le invito a pasar, ¿qué iba a hacer? Me dice que tiene billete para el día siguiente por la noche y que no me va a molestar mucho. Yo en la cocina terminando el salpicón y él se asoma con sorna: ¿Celebras el fin de año solo con eso?. Le pregunto si quería una mesa con todo el arsenal y le suelto un poco borde: ¿Tú quieres buffet libre y bol de ensaladilla rusa?. Él se pone a reír: No, hombre, que eso no me va. Yo prefiero pescado. Le digo que de pescado yo, poco, y cocinarlo menos.
Y mira tú por dónde, él se pone el abrigo y dice: Eso lo arreglo yo ahora, y sale tan pancho. Yo sin saber si reírme o preocuparme, porque igual se ha perdido. Pero, chica, a la hora y pico vuelve con una bolsa de compras y… ¡un arbolito de Navidad!, que pone en el rincón de la sala.
Le pregunté qué hacía con todo eso y me responde: ¡No hay Nochevieja sin árbol!. Yo le digo que solo faltan las mandarinas y una copa de cava, y me suelta: Eso ya lo he cogido también. Al final, pasamos el resto del día preparando platos juntos, él me enseña a cocinar pescado al horno, yo pelando gambas y con risas todo el rato.
A las doce, todo listo; descorchamos el cava, brindamos: ¡Año Nuevo, vida nueva!, y tras las campanadas nos dio por charlar. Yo, medio nostálgica, le cuento lo de mi ex, lo complicada que fue la relación, que cambió tanto, que me sentía poca cosa a su lado Y él confiesa que también está recién separado: Cosas de la vida, llego de viaje y ella con otro. ¡Mira qué plan!. Y nos reímos de nosotros mismos, cambiamos al tuteo, recordamos aventuras de críos…
Yo recuerdo cuando me subí a un árbol jugando y acabé llorando hasta que el vecino me bajó. Él cuenta que en el colegio pegó una silla al suelo en el despacho del director, y su padre casi se le lleva por delante con la correa Y así, entre tonterías y recuerdos, nos dio la mañana.
Cuando me entró el sueño, pensé en recoger rápido la mesa, pero Alejandro tozudo insistió en hacerlo él. Me fui directa a la cama.
Por la mañana, me despierta para despedirse. Le digo, ¿Ya te vas? ¿Por qué no me has levantado antes?. Me acaricia el pelo y sonríe: Te veía tan a gusto, no he querido molestarte, pero tengo que pillar el tren para llegar a Madrid a tiempo.
Le acompaño a la puerta, dándole las gracias por el mejor fin de año de mi vida. Y él, un poco cortado, me suelta: ¿Te importaría que viniera a verte cuando pueda?. Yo, con una sonrisa: Por supuesto, te esperaré.
Me dio un beso, de esos rápidos, antes de que reaccionara, diciendo bajito: ¡Hasta pronto!. Y me quedé ahí, sonriendo como una tonta, tocándome los labios y pensando que, a veces, la vida te da sorpresas. Puedes conocer a alguien toda una vida y resultarte desconocido, y en un suspiro, alguien que recién entra parece que lleva toda la vida a tu lado.
Y así es, Laura, milagros de fin de año… Un enredo, una coincidencia, y de repente, ilusión nueva y una vida diferente por delante.






