La Reclusa

La vieja guagua, perfumada intensamente de gasolina, avanza traqueteando y deja sola a la mujer. Ella observa el entorno; no hay ni rastro de cambios. La misma carretera borrosa y cubierta de un barro negro y espeso, los mismos arbustos salpicados de gris. En la distancia se perfila el pueblo, estirándose como una cinta a lo largo del borde del pinar; ya brillan en el crepúsculo los rectángulos amarillos de las ventanas, se escucha ladrar a los perros y las ocas graznan con desdén.

Sí, aquí todo sigue igual después de seis años piensa Clara, casi todo. Solo en el alto de la derecha ya no se ve la fila de maquinaria agrícola bajo las farolas tenues. Ahora hay un hueco oscuro, quién sabe qué habrá sido de la explotación de los Alonso, probablemente sus herederos la liquidaron.

Clara pisa la calle principal del pueblo. Casi puede imaginarse que alguien, al doblar la esquina, le lanzará una piedra. Siente los pares de ojos juzgadores asomados tras cada cortina. Ella camina con el pañuelo calado hasta las cejas, rezando por no llamar la atención. ¿Qué le espera ahora? ¿O quedará algo de su casa? No le quedaba otro sitio al que ir. Solo el pueblo era suyo y allí regresa, pese al rencor que le tienen los vecinos. Por su culpa, hace seis años, medio pueblo se quedó sin empleo.

Desde entonces ha cambiado muchísmo, por dentro y por fuera. De aquella joven despreocupada y coqueta, capaz de conquistar el corazón más duro del severo Tomás Alonso, no queda ni rastro. Clarita era una morena de curvas suaves y ojos azulísimos siempre llenos de asombro. No tenía a nadie y vivía sola en una modesta casita al borde de una vaguada. Alonso era en ese entonces casi un dios local. Sus tierras daban de comer a la mayoría. Clarita se mudó con él, convencida de haber sacado el premio gordo.

Pero la realidad era bien distinta. Tomás se creía un señorito, un cacique, lo que aquí se llama un déspota. Y para él, Clarita no era más que una muchacha a su servicio. Encandilada como estaba por la importancia de su atención, tardó en ver su naturaleza auténtica. Primero apartó a todas sus amigas, luego prohibió vestidos que a él le parecían llamativos, llegó incluso a vetarle el maquillaje. Su mundo, poco a poco, se llenó de prohibiciones.

Pasaba los días limpiando y cocinando cocidos, aguardando a Tomás. Ni hablar de volver al trabajo. Él siempre sospechando, celoso sin razón, y ella tratando en vano de demostrar su inocencia. Cuando comprendió que daba igual lo que hiciera, que Tomás siempre estaría insatisfecho, las cosas ya habían ido demasiado lejos. Cuando los gritos dieron paso a los golpes, Clara se refugió de nuevo en su casita, dispuesta a dejarlo atrás como un mal sueño. Pero el verdadero mazazo estaba por llegar.

Tomás apareció al día siguiente de su marcha. Clara fregaba el suelo de la cocina, todas las puertas abiertas de par en par, la brisa fresca impregnando la estancia de limpieza y calma. Encontraba consuelo en el vaivén de la fregona, cuando él irrumpió, de una patada volcó el cubo y el agua inundó la cocina. Clara supo al instante que, detrás del cubo, vendría ella.

No recuerda nada más. Como una protección espontánea, su memoria se niega a revivir aquella escena. Cuando vuelve en sí, la casa está llena de guardias civiles, interrogándola mientras deslizan una bolsa con un cuchillo de cocina ante sus ojos. Fuera, los vecinos se apiñan tras la valla. Todo el mobiliario está volcado, las cortinas arrancadas, y en medio de la estancia yace Tomás.

¡Mira que llevar al hombre a esto! se escucha a través del seto. ¡Tanto meneo y así ha acabado el pobre! ¡Viviendo como una reina y aún así…! ¡Lo ha destrozado ella! ¿Y ahora, qué hacemos nosotros? ¡Si de él dependía el trabajo en el pueblo!

El murmullo crece, las quejas saltan de boca en boca:

¿Y ahora cómo vivimos?

Clara recibe seis años de pena en la cárcel de Ávila. No fue fácil, pero tampoco tan terrible como temía. Se las apaña para encontrar amistad y consuelo entre las demás internas, gracias a su carácter pacífico y su habilidad para escuchar. Los años pasan, y la antigua joven de ojos inocentes va dejando paso a una mujer dura, con el cabello ya tocado de canas. Nunca creyó Clarita que ella, la de la vida sencilla, acabaría entre rejas. Siempre había pensado que ahí solo acababan las causas perdidas. Pero ya lo dice el refrán: “nadie está libre de la cárcel ni de la enfermedad”. Basta un segundo para que la vida se haga trizas. Ahora ella es una presa.

Avanza ocultando el rostro en su pañuelo, el corazón golpeándole las costillas. ¿Seguirá existiendo su hogar? ¿Lo habrán desmontado para leña…? Pero en el extremo de la vaguada, entre dos esbeltas encinas, resaltan nítidas las paredes de su casa. El aroma fresco del barranco, el rumor del arroyo, las ranas croando en el fondo. Cuántas noches ha soñado volver, cuántas veces ha visualizado ese momento. Más allá de la zanja, los pinares llenos de setas: níscalos, boletus, perrechicos… ¡Qué ganas de salir ya mismo al campo con una cesta!

Como una sombra se cuela por la verja, busca a tientas la llave bajo la piedra secreta. Cuando abre, espera una bocanada de humedad y moho, pero el aire es limpio. Al accionar el interruptor, la luz dorada baña la cocina ordenada; en el alféizar, una maceta de geranio rebosa flores rosa. Clara no entiende nada. Recorre las habitaciones; nada está alterado, todo sigue en su sitio. Alguien ha cuidado del hogar en su ausencia.

¡Clara, Clarita! llega una voz desde la entrada. Es su vecina, Isidora, que se asoma con prisa. Vaya cómo has cambiado… Vi luces y vine corriendo. Te he traído algo de merienda, por si no has comido. Deja sobre la mesa un tarro de leche fresca y pan envuelto con cariño. Gracias… ¿has cuidado tú la casa? Clara sonríe con gratitud.

Pues claro, mujer. No se puede dejar una casa sola…

Mil gracias, de corazón…

Me voy yendo, que aún hay quien te guarda rencor, y mi marido se enfadaría si supiera que he estado contigo. Isidora se despide sin más.

Clara siente un alivio enorme. Al menos una persona la apoya aún. Vierte la leche templada en un vaso justo cuando alguien llama suavemente a la puerta. Un chico de unos trece años aparece, le entrega un paquete con cierta torpeza.

Me manda mi madre… balbucea y, al dejarle el envoltorio, desaparece.

Clara no lo reconoce; seis años cambian a cualquiera. El aroma de la panceta ahumada se extiende por la estancia, abriéndole el apetito.

De pronto, Teresa irrumpe y la rodea en un abrazo. Ellas habían sido inseparables antes de Tomás.

Yo pensé que nadie querría tratarme nunca más…

¡Déjate de tonterías! responde Teresa. Existen la solidaridad y el sentido común, mujer. Lo tuyo fue defensa propia, digan lo que digan. Los hombres estas cosas no las entienden y por eso rabian. Isidora me avisó de tu vuelta, he pasado a traerte algo de la huerta. Esta noche descansa; mañana nos pondremos al día.

A Clara se le forma un nudo en la garganta; el apoyo de las mujeres del pueblo la reconforta. Se acuesta en su cama limpia, y justo cuando va a cerrar los ojos, llaman insistentes a la ventana. Incluso en la oscuridad reconoce la silueta robusta de Ernesto, figura respetada del pueblo.

No salgas, le dice, hablamos por la ventana. Hemos pensado los hombres y yo que sería insensato seguir culpándote. Las mujeres, bueno, a veces no entienden, pero tú no tuviste la culpa. Está complicada la cosa sin faena, pero Tomás era… mejor lo dejo. Entre todos hemos reunido unos eurillos, para que no te falte de entrada. Cógelo, va.

Clara duda en aceptar el fajo, pero Ernesto lo lanza dentro y desaparece en la noche, entre el silencio y el olor de su tierra.

Autor: Anfisa SavinaClara sostiene el sobre con manos temblorosas. Lo abre con torpeza y, al ver los billetes arrugados y algunas monedas, no puede evitar que se le salten las lágrimas. No por la ayuda en sí, sino porque, pese al tiempo, el miedo y la memoria, queda algo bueno entre aquellas gentes: un rescoldo de compasión y justicia, tan pequeño como una brasa bajo la ceniza, pero suficiente para alumbrar un mañana diferente.

Se sienta junto a la ventana, con la taza de leche y la panceta sobre la mesa. Afuera, la luna corta en tiras plateadas el lomo de los pinares. Las luces del pueblo parpadean, y Clara entiende que ha llegado su momento de volver a prender vida en su casa, a sembrar en el bancal, a compartir un saludo y, quizá, una sonrisa al cruzar el camino.

Se tumba por fin, el cuerpo agotado pero el alma, por primera vez en años, en paz. Sabe que, aunque el pasado nunca se borra, cuando el rencor se disipa y empieza a germinar la esperanza, hasta el pueblo más viejo puede aprender nuevas historias.

Y así, en el corazón del campo, entre los grillos y las encinas, Clara cierra los ojos y sueña con un futuro donde todo lo perdido, poco a poco, vuelve a tener nombre.

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