Luzía la Calabaza

¡Lucía! ¡Eh, Lucía! ¡Gira esa cabeza tuya! ¡Calabaza! ¡Mirad, chicos! ¡Calabaza!

El patio de un colegio madrileño, inundado de sol casi líquido y ecos de risas tras el fin de la primera jornada, vibraba como entre dos sueños. Los gritos burlescos no se desvanecían en aquel bullicio, sino que estallaban, incomprensibles y nítidos a la vez, resbalando por las paredes de la escuela. Durante un instante, todo se detuvo, como si fueran piezas de una película extraña, y Lucía, pequeña y perdida, se quedó petrificada junto a la escalinata, encogida, apretando ese enorme y ridículo maletón azul que casi tenía vida propia.

¡Eh, Lucía la Calabaza! ¿Te asustaste, eh? ¡Vamos, a por ella!

Unos chavales, que minutos antes se sentaban como figuritas en sus diminutas sillas, saltaron como resortes hacia ella. Los ojos de Lucía, enormes, se llenaron de espanto, las manos temblorosas intentaron liberarla, y trató de correr… pero sus piernas parecían hechas de merengue.

¿Cuántas veces soñaría Lucía esa escena después? ¿Cuántas veces, ese miedo lento, viscoso, como miel oscura, la envolvería, dejándola clavada al suelo y vacía por dentro, tentándola a soltar el maletín y salir corriendo sin rumbo, sabiendo que en casa le caerá una bronca monumental cuando regrese sin él?

¡Deja ese maletín, mujer! ¡Déjalo aquí, en la entrada! ¡Así aprenderás que hay que cuidar tus cosas! ¡Que no hay pesetas para tantos caprichos!

Quiso apretar los puños, pero el sueño o el horror le robó el mando de su propio cuerpo, y la gravedad del mundo arrastró su maleta a las baldosas. La carrera de Lucía, extraña, borrosa, no llegaba ni a medio paso, como si anduviera sobre algas del Retiro, condenada a no avanzar. Dentro crecía el terror, retorciendo su estómago, hasta convertirse en un susurro ardiente:

No por favor

No veía a sus perseguidores, los escuchaba como ecos raros, y en vez de ayudarle, ese anonimato solo empeoraba el pánico.

Pero entonces, una voz aguda rompía la pesadilla, atravesando la escena como una campanilla de cobre:

¡Eh! ¡Fuera de aquí todos! ¡A que os pego!

Los barrotes oníricos reventaban y la pesadilla retrocedía. Lucía, toda empapada en sudor como un ratoncillo, se despertaba tranquila por fin…

Aquella voz la devolvía al mundo, recordándole que ya no era la Lucía de Primero de Primaria y que todo ese terror se quedaba atrás, en aquel Madrid de hace años.

Pero de momento…

¡Fuera! ¡Que ya os vale!

Una niña menuda y rizada, con lazos blancos enormes coronando sus trenzas, se abalanzaba sobre el grupo, ignorando el quejido de una abuela tras la verja.

A diferencia de Lucía, Carmen siempre iba acompañada. Tenía abuelo y dos abuelas que competían por pasearla tras clase.

Carmen, polvorilla de ojos chispeantes y trenzas despeinadas, saltó al ruedo como un torero valiente, y el patio se quedó a la espera, como jugándose algo muy serio.

¡Toma! ¡Y que no os pase nada! gritaba Carmen, blandiendo la maleta de Lucía como una maza contra los insultadores.

Lucía, aterrada, intentó devolver el golpe o, al menos, ayudar con un gesto, pero solo logró que sus rodillas golpearan el sueño y cada vez todo oscureciera más. Solo alcanzó a oír el grito de la abuela de Carmen:

¡Niña, suelta a ese chico, que le vas a hacer daño!

«¿Y a mí no me duele?», pensó Lucía antes de caer, casi agradeciendo a la nada su refugio.

Los adultos dispersaron al corro de curiosos, cargaron con Lucía y la llevaron a la enfermería.

Su madre, avisada desde la oficina, se negó a una charla conciliadora con la directora.

Pero, ¿qué pasa aquí? ¿Por qué permiten que mi hija sufra este acoso?

Verá usted

No verá nada. Pónganle orden al patio. Ya luego hablamos.

Levantó a Lucía con cuidado, la abrazó; la niña, absorta mirando el techo, no se movía. Le habían prohibido incorporarse.

¿Cómo estás, mi vida?

Lucía, hundida en el pecho materno, aspiró ese olor a lavanda y leche que tanto reconocía, resistiendo las lágrimas.

Nada de llorar, mi pequeña, le secó las mejillas con la palma estrecha. Todo irá bien, te lo prometo. Nadie volverá a dañarte.

Qué equivocada estaba su madre entonces…

Como la vida, el daño vendría. Y el mote, el cruel «Lucía la Calabaza», la acompañaría años y años, mientras solo una persona mantendría una mirada distinta: sin ver la asimetría que con el tiempo se haría invisible, sin buscar imperfecciones, solo viendo el alma.

Y el alma de Lucía era como una plaza de pueblo, grande y llena de vida, con sitio para familia, gatos, perros ajenos, incluso insectos de los parques, a los que observaba absorta, agachada con la cabeza grande, sabia ladeada.

Su cabeza era de las que piensan. Los profesores flipaban con la memoria y conocimientos que Lucía ocultaba temerosa de provocar nuevas burlas.

¡Con ese cabezón no podías tener menos cerebro! ¡Pero eres una tonta, Lucía, oirás! ¡Ni lista serás nunca!

Los matones no paraban, aunque, al menos, ya no levantaban puño. Carmen peleaba tanto por ella que cualquiera temía meterse con Lucía. Las palabras, eso sí, quedaban flotando.

No les escuches, Lucía. Tú eres bonita. Mi abuela dice que cada uno lo es a su manera.

¿Y qué tengo yo de bonito? Tienen razón Parezco una calabaza…

¡Que no, tonta! ¡No dejes que te traten así!

Lucía callaba. Quería decirle cosas, pero las palabras se le quedaban trabadas.

Su madre, Elena, también era lista. Al encontrarse con el padre de Lucía, su prometedora carrera de física terminó. Solo había espacio para un genio en casa y él no iba a cederle el puesto.

Él era ingeniero en la ESA, uno de esos que sueñan con galaxias y aterrizan en Villaverde solo de paso. Para problemas mundanos, estaban Elena y su suegra.

A la abuela paterna Lucía no la soportaba. Se sentaba en el sillón reservado solo para el padre y comenzaba con el recital de reproches:

¡Pero, Elena! ¡Con el polvo y la nevera vacía! ¡Los niños sucios y tú, mírate! ¡Al menos te podías lavar el pelo antes de que Yuri vuelva de trabajar!

Elena, con tres hijos, contestaba solo con el silencio; nunca bajaba al barro de la discusión. Una mirada a Lucía y la niña sabía que había que sacar al bebé al pasillo y esperar hasta que la madre saliera con todos. Era tradición: cuando la abuela venía, se marchaban en procesión al parque.

Las visitas, siempre martes y jueves, marcaron el tiempo y Elena aprendió la estrategia: mejor fuera que dentro.

Elena amaba a su marido, pero esa era una de esas ternuras torcidas ya ojos de Lucía dolorosas. ¿Puede amarse de verdad a quien ni te ve ni te escucha?

Elena, mujer, ¡tienes tres hijos! ¿Qué carrera ni qué leches vas a tener tú ahora? ¡Madre y esposa!

Yuri, tengo un doctorado, no sé si recuerdas.

Sí, sí. Pero, si no fuera por mí, ¿dónde estarías? ¡Yo te di la oportunidad de ser mujer!

Escuchando eso, Lucíaya más mayorsacaba sus propias conclusiones. Su madre quería, su padre no.

«Egoísta redomado», oyó decir a una profe en clase y jamás olvidó la expresión. Cuando el padre regañaba a la madre después de las visitas, a Lucía le parecía ver una oruga peluda y fea gesticulando, deseando aplastarla con la sandalia, aunque, claro, eso era imposible.

Y Elena, que era lista, aguantó lo que pudo.

La familia era rehén del piso, porque el caserón de Toledo que hubiera heredado Elena ardió en un incendio feroz. Siempre supo que no habría casa propia, así que accedió a una vieja conocida, Rosalía, que buscaba cuidadora.

Elena, hija, no te costaré ni una peseta. Me conformo con medio grano de arroz y sábanas limpias. Cuando ya no esté, el piso será tuyo. ¡Para ti! Y bien legal, con notario.

Rosalía era la única que comprendía el alma de Elena.

¡Qué tristeza, hija! ¡Qué dependencia tenemos las mujeres de los hombres! Y, cuando una se dedica más a ellos que a sí misma, está perdida.

¿Cree usted que eso me pasa a mí?

No, hija. Si no, no estarías aquí. ¿No sabe tu marido dónde andas estas horas?

Ni idea.

Mejor así. Ya lo tienes decidido.

¿El qué?

Que te vas a ir. Y bien hecho. Véndelo todo y vete lejos, que aquí solo te harán la vida imposible. Si desapareces, te olvidarán en cuatro días.

Tras largas tardes lavando suelos y escuchando a Rosalía, Lucía comprendió; su madre se iría. Y pensó: «Quiero entender a la gente así». Rosalía le enseñó psiquiatría como a una discípula devota: en la cama, rodeada de jóvenes que preparaba para selectividad.

Escucha, niña. Guarda en la memoria todo lo que aprendas aquí; te hará falta. Haré de ti la mejor doctora que vea Madrid.

Rosalía cumplió su promesa.

Lucía entró en medicina, sobresalió, e hizo su vida según creía correcto.

Elena, finalmente, se separó. Pero el padre de Lucía murió antes de que pudieran ir a juicio, y así el piso, la cuenta y los ahorros, que estaban a nombre suyo, pasaron a la madre.

Un insulto más, y no te llevas ni una peseta más allá de tu parte.

Dijo Elena, tan fría y clara, que la abuela se encogió, deshaciéndose la seguridad como los hilos de un bordado. Lucía, imitando la firmeza materna, asistió a la escena: para vencer, a veces basta con demostrar que la debilidad fue, siempre, estrategia.

Elena pagó la parte debida y preguntó a sus hijos:

¿Queréis ver a la abuela paterna?

Los tres dijeron no.

Y así dejaron de verla para siempre. El mote de «Calabaza» se disolvió entre mudanzas y nuevos amigos; la madre la llevó a otra escuela, en Chamberí, por consejo de Rosalía, para que estudiara ciencias y biología.

Carmen lloró como nunca cuando supo que se separaban, hasta que Lucía, exasperada, le gritó:

¡Pero mujer, si voy a vivir aquí al lado, deja de hacer el drama!

No lo entiendes, Lucía. No volverá a ser igual

Y, de algún modo, tuvo razón. La vida en los institutos de Madrid era una vorágine que no daba tregua y apenas quedaba tiempo para verse.

Después, los padres de Carmen se mudaron y el contacto se esfumó, pese al teléfono y las redes sociales emergentes.

Lucía terminó sus estudios, se casó, tuvo un niño, se divorció recordando la advertencia de Rosalía y, al final, alcanzó una calma de esas que parecen irreales.

Tenía todo lo que una mujer podía ansiar: piso céntrico, trabajo, familia, hijo. Faltaba pareja, pero lo aceptaba. Ya no temía la medianoche ni el pasado, ya no era ni sentía su complejo de calabaza.

A veces, eso sí, en noches de ansiedad o cansancio, volvía la pesadilla: la voz de Carmen la llamaba, como un eco.

Intentó buscarla online, pero desistió; el pasado, al fin, pertenece a su sitio.

Y, aun así, la vida es un ovillo raro. Los hilos de las historias cruzan y se enredan, y, un día, hay que saldar viejas cuentas.

¡Para! ¡Eh, para, maldita! Como te alcance, no lo cuentas

Aquella tarde, Lucía montaba en bici por el Retiro, persiguiendo a su hijo, ajena a los gritos que cruzaban desde otra avenida.

Podrían ser broncas callejeras o juegos de perros.

Pero al lanzarse una figura ensangrentada ante su rueda, Lucía estuvo a punto de darse de bruces. Y entonces…

¿Carmen?

Su amiga seguía igual, pequeña, rubia, rizada. Pero los ojos, antes atrevidos, ahora rebosaban terror. Sin dudar, Lucía plantó la bici delante y sacó el móvil.

¡Quieto!

Gritó con tal fuerza que su hijo frenó y llamó a su padre y tío, que no estaban lejos.

El hombre que perseguía a Carmen, borracho o fuera de sí, casi la atropella, cuando escucha:

¡Operadora, prisa! ¡Agresión en el Retiro!

Y, de pronto, un paseante con pastor alemán aparece por un lado, y por otro, los familiares de Lucía, mientras ella empuja la bicicleta, tirando al tipo, que se retuerce y maldice.

Mejor te quedas ahí quieto. No te muevas, no merece la pena.

La voz de Lucía tan fuerte, tan distinta a la de aquel patio… Carmen temblaba, aferrada a su amiga.

¿Estás bien? preguntaba el ex marido, mientras el hermano llamaba a una ambulancia.

Yo sí. Pero Carmen

Lucía abrazó a Carmen.

¿Hola?

Hola… Carmen se derrumbó en los brazos de Lucía y todos corrieron a socorrerlas.

La vida es cíclica, susurró Lucía, viendo a Carmen en la camilla del hospital.

Aquel día, por última vez, soñó con el patio y oyó la voz valiente de su amiga defendiendo a la «Calabaza». Los papeles se habían cambiado, y era Lucía ahora quien debía salvar.

¿Qué pasa, Carmen?

Todo va mal, Lucía. Todo…

¿Él es tu marido?

Mi pareja. Ni casados ni nada. Me aceptó con mi hija, cuando mi madre murió. Me he quedado con nadie, nadie en el mundo, solo con mi niña. El primero… era ludópata. Lo intenté ayudar, aún embarazada. Me pegaba, y pensé que era una enfermedad, que no hay que enfadarse con los enfermos. ¿No es así?

Así es, pero mejor lejos de los perros rabiosos.

Nos separamos. Bueno, él apareció muerto cerca de Atocha cuando iba a dar a luz No sé si fue verdad.

¿Y el de ahora?

Era amigo nuestro. Se quedó unos días, y bueno, aquí estamos. No sé cómo pasó, me sentía sola… Pensé que me ayudaría.

¿Y lo hace?

No, pero… ya lo has visto. ¿Mis llaves? Creo que están en el bolsillo…

Descansa.

No puedo. Mi hija está en la guardería. Me pilló en el parque, discutiendo, sin saber ni por qué. Tengo que recoger a la niña. ¿Qué hora es?

Es tarde. Llamaremos, dirás que voy yo.

¿Cómo, Lucía?

¿Quién mejor, Carmen? ¿Quién más si no?

Nadie

El destino sonríe, vuelve a unir los hilos y los enrolla en una bobina nueva.

Así sigue la historia: los caminos se bifurcan, pero a partir de ahora, solo ellas eligen cómo seguir.

Ya no son las niñas del patio. Y quizá nunca se sepa quién es más fuerte; pero no hace falta. El tiempo lo pone todo en su sitio.

Lo mejor: no volverán a perderse.

El destino añade dos hilos dorados para los hijos de ambas, que encontrarán apoyo uno en el otro como sus madres antaño.

Que nunca vuelvan los motes crueles; que aquel «Lucía la Calabaza» solo sirva para recordar el origen de esta amistad, que todo el mundo dice que no existe. El destino, burlón, encoge los hombros.

¿Y qué? Fue cosa de alguien poco avispado inventar tremenda tontería.

Porque el destino lo sabe seguro: la amistad entre mujeres existe, y no es tan rara. Especialmente, cuando se basa en una regla sencilla:

Da… y te devolverán.©

Autora: Lucía Langa.

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