La amiga imaginaria
Alrededor de Lucía no dejaban de agruparse los alumnos por tercer día consecutivo. Toda la escuela decía que poseía el don de adivinar el futuro y que era una auténtica psicóloga. Todos ansiaban un poco de su sabiduría: le esperaban junto a la puerta del baño, se sentaban a su lado en el comedor, le llevaban caramelos, cuadernos con deberes hechos y otros regalos, que ella, inexplicablemente, siempre rechazaba.
Me gusta Felipe, el de 5ºB. ¿Crees que podríamos formar una familia? preguntaba con aire soñador su compañera de clase Carmen.
No te lo recomiendo respondía Lucía, sorbiendo su vaso de colacao y mordiendo una rosquilla . Ese Felipe parece muy majo, pero luego va escarbándose la nariz y comiéndose los mocos. Al menos pasar hambre no pasaréis, pero poco más. Así se pasará toda la vida: hurgando.
¡Puag, qué asco! ¿Y qué me dices de Guille? Saca sobresalientes y está aprendiendo a tocar la guitarra insistía Carmen, cada vez más ilusionada.
Guille tortura a los gatos. Les ata latas en la cola y los persigue por el barrio. Será un bruto y, al final, acabará bebiendo.
¿Por qué piensas eso?
A ver, ¿tú has visto algún guitarrista que no beba? Y además, deja de preocuparte por estas cosas y vive tu vida, que los chicos no se van a ir a ningún lado. Mejor ocúpate de repasar mates y deja de morderte las uñas, que te van a salir lombrices.
En ese momento apareció Pablo, de 4ºC, arrastrando su bandeja y apartando a Carmen de un empujón.
Yo no tengo amigos. Todos me llaman gordo y nunca me invitan a nada.
Apúntate a judo que empiezan las clases el miércoles. No es que vayas a adelgazar, pero se te quitarán las ganas de bromear. Y por cierto, no vayas empujando así a tu futura mujer.
Lucía se levantó y llevó su bandeja con calma al fregadero. Allí la interceptó la profesora de geografía:
Lucía, ¿crees que este año es mejor que me saque el carné de conducir o el año siguiente? le preguntó fingiendo indiferencia.
Mire, doña Elisa, para sacarse el carnet hace falta coche y usted solo tiene el Seat Ibiza viejo de su padre. ¿Lo entiende?
Sí lo entiendo creo.
Lucía puso los ojos en blanco y, mientras se secaba las manos, añadió:
Venda ese cacharro, con el dinero cómprese una bici y unos pantalones cortos, que en dos meses ya la están llevando a trabajar en coche. Pero en serio, considere una hipoteca: ahora los intereses están de rebajas, y ya no está bien vivir con los padres con treinta y cinco años. Se lo digo como entendida.
Bajo la atónita mirada de la profesora, Lucía se encaminó a clase de tecnología.
En los cuarenta minutos que sus compañeras aprendían a hilvanar y usar la aguja en la máquina, Lucía remendó unos pantalones que había traído de casa, estrechó una falda y tejió a ganchillo un par de calcetines que regaló a la profesora diciéndole que a las embarazadas había que mantenerle los pies calientes. La profe, en ese momento, pidió salir y se fue directa a la farmacia a por un test de embarazo. Al día siguiente toda la clase celebró con una tarta de chocolate que la profesora trajo en agradecimiento.
En casa Lucía también se comportaba de modo peculiar. Regañó a su madre por comprar carne picada del supermercado y se puso ella misma a hacer albóndigas. Por la tarde, en lugar de ver vídeos en YouTube, se sentó a leer Los tres mosqueteros y de vez en cuando murmuraba con alguien. Su padre la observaba por encima del ordenador, hasta que Lucía le soltó que estaba encorvado y que sería mejor que bajara a sacudir la alfombra, en vez de perder el tiempo en páginas dudosas.
No tardaron en circular los rumores por la escuela y las profesoras exigieron la consulta urgente de la orientadora. Convocaron una reunión durante el horario lectivo, a la que asistió todo el claustro, incluso el director.
Lucía, cariño, ¿te hacen daño aquí? empezó a preguntar la psicóloga, una señora con gafas y aire moderno.
Me molesta que para el colegio diesen tantos miles de euros y que sólo hayan comprado un potro viejo y dos metros de cuerda para el gimnasio respondió Lucía sin dudar.
Todos miraron al director, que súbitamente desapareció por la ventana argumentando que tenía que ir a una reunión.
¿No tienes amigas?
La amistad es un concepto abstracto contestó Lucía girando distraídamente sus trenzas . Hoy juegas al escondite con tu compañera y, mañana, mientras gestionas la declaración de la renta, ella friega platos en tu casa.
¿Qué declaración de la renta, qué platos? ¿Quién te cuenta todas estas cosas?
Mi amiga.
¡Aquí está el problema! ¿Podemos invitarla?
Si ya está aquí contestó Lucía, tan tranquila, dejando a todos en estado de shock.
Pero no la vemos. ¿Cómo se llama?
Raquel Pardo.
Vaya, ¿qué edad tiene?
Setenta.
¿Y qué más te dice?
Que los dientes hay que cepillarlos desde la encía, que el perro del portal no es agresivo, solo está asustado y hambriento, y que a la familia nunca hay que olvidarla. Y añade que en estos últimos cinco años le han calculado mal el IBI: tienen que ir a Catastro y pedir que lo ajusten al valor de mercado, porque se lo están cobrando según valor catastral.
La psicóloga tomó notas y subrayó dos veces ese último consejo.
Al final, llamaron a sus padres, que estaban trabajando en ese momento.
¡Un momento! gritó al teléfono el padre, inesperadamente emocionado . ¡Así se llamaba mi madre! Murió hace diez años…
El aula se llenó de murmullos y rezos.
Justo, han pasado diez años y nadie la visita. Todo lleno de hierba, la verja torcida… protestó Lucía con tristeza.
Ya, eso siempre lo he querido hacer, pero nunca tengo tiempo se disculpaba el padre.
La sesión concluyó.
Al día siguiente, la familia entera fue al cementerio. Lucía jamás había conocido a su abuela, solo había oído algunos relatos esporádicos. Hubo que buscar un buen rato la tumba, entre tantas losas y lápidas. Lucía llevó un ramo de tulipanes amarillos, lo dejó en una botella cortada. El padre arregló la verja y la madre quitó la hierba.
Papá, la abuela dice que eres buena persona, pero que andas demasiado ocupado con tu trabajo y los ordenadores; por eso nunca tienes tiempo… ni para mí siquiera.
El padre se sonrojó y asintió en silencio, comprendiendo.
Dile que vamos a cambiar, dijo mientras acariciaba a su hija y la foto descolorida de la abuela.
Ahora ya tiene paz y no vendrá más a verme, aunque la voy a echar mucho de menos. Era muy buena y muy lista.
Así era. Tu abuela veía a la gente tal cual era. ¿Te dice algo más?
Sí, que tu dieta de pepinos no vale para nada: si quieres adelgazar, al gimnasio. Y que fue una tontería abrir la cuenta en dólares: antes de cualquier decisión, hay que pensar bien las cosas. Y que ese cemento barato que encargaste para la base del garaje…
Al volver a casa, el padre entendió que, a veces, es la voz de quienes más nos amaron la que más necesitamos escuchar, aunque venga desde algún lugar inesperado. Porque recordar y honrar a nuestros seres queridos nos ayuda a vivir mejor el presente y a ser, cada día, un poco más sabios.






