El corazón de una madre

Corazón de madre

¡Isabel María, buenos días! la vecina saludó a Isabel con la mano mientras apuraba a domar a su nieto, que no paraba de berrear en el carrito.

¡Buenos días! asintió Isabel, girándose enseguida.

¿Por qué hay quien lo tiene todo y quien no tiene nada? ¡Qué injusto es! Si su hijo hubiera recordado algo de sensatez y se hubiera animado a formar una familia, ahora sería ella quien paseara a su nieto con orgullo por el patio

“Formar” qué mala palabra. Se forman gallineros o quizás se adopta un perro. Pero una familia una familia es el mayor de los privilegios, saber que tienes cerca a los tuyos, personas que te llenan el alma.

Pero ella, Isabel, no tenía a nadie verdaderamente cercano desde hacía ya demasiado

La tristeza se le echó encima, esa manta pesada que asfixia, e Isabel, impotente, dio una patada a la puerta del portal, que se resistía a abrirse.

Isa, ¿qué haces luchando con la puerta, mujer? ¿Qué te ha hecho la pobre? esa vocecilla que tanto desagradaba era inconfundible. La mano fina y cuidada de Eugenia Carlota Lobo se posó en el hombro de Isabel, dándole un ligero sobresalto.

Eugenia Carlota antes mejor amiga, ahora enemiga acérrima desde hacía unos años.

Ay, quería pasarme a verte a charlar, pero no hay manera, siempre liada. Ya sabes, ¡un no parar! Mi Estrella se ha casado, ¡y está embarazada de su primer hijo! ¿Te imaginas qué felicidad? ¡Toda la familia expectante por ver a quién se parecerá!

Eugenia agitaba las manos tipo duquesa renacentista y ponía carita de niña, lo que casi saca de quicio a Isabel.

Perdona, Eugenia, pero tengo prisa.

¿Prisa para qué? Si tú solo tienes que comprar el pan Ni tienes gato, ni tienes hijos ¿Te escribe Paco, o ha desaparecido también?

Isabel se quedó petrificada. Siente el corazón pegar un vuelco y dolerle de verdad.

Me escribe, Eugenia. Día sí, día no. No puede más Muchísimo trabajo. Ahora tiene un puesto importante, ya te lo dije. Demandado todo el rato, no le queda tiempo. De verdad, discúlpame, que enseguida llega un alumno que tengo.

¡Ah, claro, los alumnos! ¿No será que Paco ayuda poco y te ves obligada a trabajar, Isa? Porque si no, no te buscarías alumnos particulares a estas alturas, cielos. ¡Eso salta a la vista!

Isabel estuvo a punto de saltar, pero se contuvo. No podía regalarle el espectáculo

La rabia escarbó en su herida, burlona. ¡Recuerda, Isabel, no perdones! ¡No lo merecen!

El portazo de la puerta del piso puso fin a la expedición cotidiana a la panadería y un suspiro hundió el salón desde su pecho.

Ahora sí. Por fin en casa. Aquí nadie le haría daño; nadie diría ni una mala palabra, ni sobre ella ni sobre Paco. Aquí había calma

Una calma que dolía y le hacía querer gritar.

Isabel dejó la bolsa en el suelo y rompió a llorar.

¿Cuánto más? Han pasado ya tres años desde que la vida se le desbarató. Y ella, terca, sigue sin poder olvidar. No la deja dormir. No la suelta el resentimiento de lo que le hicieron a su hijo. La herida que los separó Paco no se fue porque estuviera mal con ella. Lo empujó el dolor. El dolor por un sueño perdido, aquel que mantuvo vivo tanto tiempo

Su chico soñaba con amar de verdad. Isabel le había transmitido todo aquello de los sentimientos grandes, nobles; esos de los que hablaba Machado, su poeta favorito. Y ella soñaba con que a su hijo le caería ese amor cálido, capaz de iluminar la vida.

Su propio amor lo había encontrado en el Museo del Prado.

De joven, se pasaba horas delante de la Virgen del Prado, soñando con que algo la salvaría de aquella existencia solitaria y sin un céntimo. Que un día sería feliz, tendría un hijo y alguien la amaría profundamente. Los hijos, pensaba ella, debían nacer del amor de verdad, si no, no pueden ser felices

Quién se lo metió en la cabeza, ni ella lo sabía con certeza. No recordaba casi a su padre; se fue cuando era chiquilla. Su madre falleció justo el día que Isabel recibió la carta de admisión en la universidad. Volvió a casa radiante, lista para compartir su alegría, y la encontró sentada mirando a través de la ventana. El viento hinchaba las cortinas, como velas Le pareció, por un instante, que alguien apartaba la gasa para no taparle la cara a su madre, y luego desaparecía.

Años después, ya madura, Isabel aún creía que aquello había sido una señal; de que tras la muerte hay algo más.

La razón fue un infarto fulminante. Lo único que pudo pensar Isabel era que su madre, de tanto dar, se había gastado el corazón. Y ver aquella cantidad de antiguos alumnos y amigos despidiéndose le hizo pensar que morir así no era un mal final. Ser recordada por tantos Vivir para dejar huella.

Dolía, sí. Pero a ratos daba alivio también. Ahora le tocaba a ella vivir sola.

No le quedaba otra salida. No tenía familia y no quería depender de los amigos de su madre; bastante tendrían ya, con los suyos. Sabía que su madre la hubiera reñido por pensar así, pero no podía evitarlo: siempre había creído que debía arreglárselas sola.

Tuvo que sacar todo lo que su madre le enseñó. Pero con eso no bastaba: no sabía ni llenar una factura ni organizar el presupuesto para que el dinero llegara a fin de mes. Así, tocaba pasar «días de dieta» arreglándose con lo que hubiera. Pero, oye, para lo importante siempre encontraba algo: una entrada para el museo. Allí ni hambre ni sed tenía; podía pasar horas paseando entre las obras, recordando las historias de su madre, todo un personaje de la historia en Madrid.

Fue en uno de esos días, atascada delante de su Virgen, cuando un chico raro le habló. Bajito, desaliñado, pero con una voz firme y una manera de conversar que le ganó el corazón. Charlaron más de una hora y, saliendo de la mano, iniciaron su camino juntos.

La felicidad duró poco, pero fue tan real que nunca se sintió realmente sola tras quedarse viuda. Le quedaba el recuerdo y su hijo.

Su esperanza y su orgullo. Su niño de oro.

Si existen niños perfectos, el suyo era uno. Estaba segura de ello, no por su mirada de madre, sino porque lo veía junto a otros.

Mamá, ¿le adoptamos? ¡Por favor! ¡No le quiere nadie!

El gato que Paco se llevó a casa era terrible. Rapado, feo, con los ojillos supurando. Un susto más que un felino.

Pero los ojos del chico suplicaban; y a Isabel, todavía débil de la pena, le vino bien tener tareas a mano. El gato se quedó y a ella no le faltaron ocupaciones.

Había aparecido al lado del contenedor. Isabel no tenía que bajar la basuraese era el terreno de Paco.

¡Eso es cosa mía, mamá! ¡Yo soy el hombre en casa!

Recordaba cómo su padre no diferenciaba «faenas de hombre y de mujer». Siempre, hasta el final, ayudaba sin preguntar.

Mira, hijo, una mujer puede con cargas imposibles, como hormiguita, pero no significa que tenga que hacerlo sola. Si la alivias, verás cómo se transforma. Déjala ser la rosa. Que no camine siempre como un borrico cansado.

Paco primero se partía de risa imaginando un burro, pero luego le quitaba la bayeta a su madre mientras fregaba.

¡Que lo hago yo!

Pero si no sabes, hijo

Pues enséñame. Si papá podía, yo también.

Y ella, orgullosa, cedía. Siempre lo recordaría.

Tras la muerte de su padre, Paco se esforzaba en ayudar más aún.

Perdona, mamá suspiraba mientras ella intentaba limpiar el gato, sumiso en la palangana con agua templada. ¿Muchísima porquería, verdad?

¿Cómo esperabas, Paco? Vivía en la calle, ¡y entre basura! Imagínate la de bichos y suciedad que tiene encima. Nos va a llevar tiempo dejarlo bien, pero es nuestra responsabilidad.

El gato se dejó hacer de todo, comer, curas y, al día siguiente, las medicinas del veterinario.

¿Seguro que quiere quedarse con él? Va a necesitar tiempo y, la verdad, no doy garantías les advirtió el veterinario.

Justo lo que necesitamos ahora le sorprendió Isabel, guardándose al minino contra el pecho. Anda, menos charla y más trabajo.

Cuidaron al gato casi un año, hasta transformar aquel esperpento en un peludito decente y muy cariñoso.

Eso sí, carácter le sobraba. Quizás tenía que ver con el nombre guerrero que le puso Paco: Hernán Cortés. Isabel lo bautizó enseguida con algo más corto y cariñoso: Nano. Pero a veces, de pronto, le salían gestos de pirata.

Por ejemplo, cada visita nueva era sometida a un escrutinio. Y ay si Nano veía algo raro El rayo pelirrojo era capaz de echar a cualquiera.

El primero que percibió que algo iba mal fue él. Lástima que nadie entendiera sus señales cuando, de la nada, atacó a la compañera de clase de Paco, Lucía, y en un instante le destrozó las medias nuevas.

¡Ay! gimió la niña rubita de ojos celestes, apartando al gato. ¡Quítenlo! ¡Se lanza a morder!

Por suerte Paco lo atrapó antes de mayores daños. Isabel se hizo mil disculpas,

No pasa nada sonrió Lucía. Mi madre me comprará otras. ¡No es problema! ¿Podrían encerrar a “eso”? Quiero que Paco me acompañe a casa, pero a él señalando al felino no.

Y así fue como Lucía llevó a Paco de la mano, literalmente, durante el colegio y en la universidad. A su madre, que preguntó por qué había elegido esa carrera, Lucía le contestó tan pichi:

¡Mamá, que tú no lo entiendes! ¡No tengo que estudiar nada! Paco lo hará por los dos. Y casi todos en clase son chicos. ¿Para qué quiero tu Magisterio, niñerías, rodeada de chicas? ¡Anda ya!

Paco, de todo aquello, nada. Él solo sabía que estaba coladito. Y aunque Isabel, que lo había deseado, notaba que ahí no había amor verdadero, sino una especie de hechizo.

Paco ¿Seguro que Lucía es para ti?

Mamá, después de tantos años juntos, lo lógico es casarnos, ¿no? y sonreía, pero Isabel notaba que le costaba sostener la broma.

No entendía del todo por qué, pero cada vez le asombraba más el dominio de esa chiquilla sobre su hijo.

Cuando Lucía venía, Nano acababa encerrado, maullando y arañando la puerta, y luego se pasaba horas bufando en los brazos de Isabel, que buscaba consuelo.

No entiendo qué busca No le quiere. ¡Se ve! le susurraba Isabel al gato. ¿Qué hago, Nano? ¿Cómo le protejo? Le va a rasgar el alma, lo presiento. Pero si se lo digo, no me hará caso O no suficiente. ¿Qué hago?

El gato no tenía respuestas, solo cambiaba el resoplido por arrumacos.

Algo de alivio, sí, pero momentáneo.

La gota que colmó el vaso llegó cuando Isabel ya imaginaba a Lucía como nuera. Tras acabar la carrera y encontrar trabajo, Paco le pidió matrimonio y ella aceptó, pero pidió retrasar la boda.

¿Por qué? susurró Isabel, acariciando al intranquilo Nano.

No sé, mamá. Que dice que aún no está lista.

Bueno, al menos es sincera

Por dentro, el corazón de Isabel no paraba de advertirle de desdichas.

Aquel día, Nano no paró de dar vueltas y molestar. Al intentar preparar la cena, Isabel casi acabó tirándolo por la ventana de tantos tropezones.

¡Ya vale! ¡Que llegan en nada y no te soporto más en la cocina!

Pero Nano se subía al alféizar y maullaba y de pronto, saltó contra el cristal como si lo fuera a romper.

¿Pero qué haces, loco? lo atrapó Isabel y, entonces, vio en el tejado contiguo la silueta de una persona.

¿Quién sabe por qué abrió la ventana de golpe? ¿Cómo entendió lo que pasaba?

Echó fuera al gato y se asomó, llamando a gritos:

¡Paco! ¡No! ¡Por favor!

No podía saber que era su hijo en la cornisa. Apenas veía la silueta. Pero no dudó ni un segundo sobre lo que hacer.

La figura se tambaleó y de pronto Isabel exhaló aliviada.

El tejado de nuevo quedó vacío.

Paco volvió a casa de madrugada. Isabel no preguntó nada. Le abrazó tan fuerte como pudo, lo llevó a la habitación y le arropó, quitándole los zapatos.

Como cuando era pequeño Gracias, mamá

Paco lloró amargamente, como niño pequeño. Solo había llorado así cuando Nano casi se muere, aguantando con el chico pidiéndole: aguanta, aguanta.

Y ahora le tocaba al gato estar a su lado, dándole toques en la mano fría, recibiendo alguna caricia entre sollozos. Así, recordándole que sí, existe el amor.

Perdóname

No hace falta, hijo, lo sé todo.

Me ha mentido. Tenía a otro…

Ocurre.

¿Se puede mentir cuando se ama? ¿Eso es posible, mamá?

No, el amor no miente jamás. Si te engañaron, ahí no lo había.

¿Tú crees?

Estoy segura.

¿Y ahora qué hago?

Sufrir. Es necesario. Dejarlo ir. Y, más adelante, perdonar Si alguna vez puedes alegrarte de verdad por ella, sabré que has entendido lo que es amar.

No puedo.

¿Soltar?

No aún. Lo demás sí. Solo quiero que le vaya bien

Eso ya es amor, hijo.

Estuvieron hablando horas, más que nunca, más que después.

Por la mañana, Isabel sacó fuerzas y le anunció:

Arréglate, que te vas.

¿Dónde?

A hacer tu vida, que es solo tuya. Que nunca lo olvides. Aquí tienes tu casa. Y a tu madre. Y a Nano. Siempre te esperaremos

Mamá

Todo irá bien, pero tienes que irte. Lo sé.

Paco se fue. No al instante; arregló papeles, encontró trabajo en Barcelona. Y allí, con el tiempo, todo fue a mejor. Sus compañeros le admiraban. Pero Paco llevaba siempre en mente la azotea nevada, y la voz de su madre llamándole en el límite, en el abismo. Y aquellas manos que temblaban tapándole con la manta, y aquella frase grave y dulce:

Todo irá bien, hijo Lo sé.

Eso le daba fuerza. Y en poco tiempo, su vida volvió a fluir.

Solo faltaba una cosa: alguien con quien compartirla.

Isabel, por su parte, levantó del suelo la bolsa, sonrió con lágrimas a Nano, el gato.

¿Qué, Hernán Cortés? ¿Hace cuánto que no ves un drama de mujer? Pues ahí tienes, ríete si quieres.

¡Nada de risa, mamá! la voz de Paco surgió de la nada. Isabel cayó sentada de sorpresa. Mamá, ¿qué te pasa? ¡Llamo a urgencias!

¡Ni habláramos! le abrazó fuerte. ¿Has llegado hace mucho? ¿Por qué no avisaste?

Quería darte una sorpresa

Desde luego que lo lograste.

Mamá, hay otra cosa No sé cómo decirlo

No hace falta Isabel no cabía de felicidad. ¿Es ella?

Sí, mamá.

Pues gracias a Dios. ¿Cuándo nos la presentas?

Vengo a buscaros. A ti, a Nano. Quiero que viváis conmigo.

Eso sí que no, hijo mío. ¿Privarme de mi libertad y la del gato? ¡Ni loca! Venid todo lo que queráis. Iremos cuando nos llaméis. Pero vivir juntos, eso ya Eso no hace falta. ¿A que sí, Nano? miró a Paco y sonrió, llena de paz. Ella

En un año, Isabel pasearía por el patio con el carrito, saludando con orgullo a las otras vecinas.

¡Buenos días! ¿Todo bien? Nosotras de paseíto

Y el gran gato, desde la ventana, ronronearía tranquilo sabiendo que, por fin, la mujer a la que quiere es completamente feliz.

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El corazón de una madre
Mi suegra se ofreció a ayudarnos con el cuidado de los niños durante el verano; ahora está jubilada y dispone de mucho tiempo libre, así que aceptamos encantados. Ambos trabajamos y tenemos tres hijos, pero realmente no podemos cogernos vacaciones normales: normalmente nos turnamos en el trabajo cuando alguno de nuestros hijos está enfermo o tiene algún evento especial. A veces conseguimos escaparnos algún fin de semana si en casa no hay imprevistos, pero poco más. Llevamos tres años pagando una hipoteca a 20 años; estamos cansados de mudanzas por alquiler y pensamos que lo mejor era vivir en nuestra propia casa, aunque signifique una cuota mensual más alta. Aunque trabajamos todo el verano, no podemos permitirnos vacaciones por el dinero que destinamos a la hipoteca cada mes. Además, en verano no hay colegio y nadie puede cuidar de los niños mientras no estamos. Al menos, sabemos que durante estos meses de calor están seguros y bien en casa, ¡donde deben estar! Mi suegra se ofreció a ayudarnos a cuidar de los niños en verano. Ahora, ya jubilada, tiene mucho tiempo libre, así que aceptamos. Cuando se acerca el verano y llevamos a los niños a casa de la madre de mi marido, siempre llevamos compra y le damos dinero para algún capricho especial. Su madre nunca gasta en los niños de su propia pensión; dice que no es muy alta. Suele preferir que le demos el dinero en mano, así que nos sale más barato que contratar una niñera. Todos estamos contentos con la solución. El hermano de mi marido, que también tiene tres hijos, decidió llevarlos este año a casa de la abuela. Pero sus hijos son bastante traviesos y más pequeños que los nuestros, así que requieren atención constante. Por desgracia, no trajo comida ni dinero; de hecho, tuvimos que hacernos cargo nosotros de su manutención. Es normal sentirse así. He pedido muchas veces a mi marido que hable con su hermano, pero él no quiere conflictos ni hace nada. ¿Por qué tengo que esforzarme yo para que otro críe a sus hijos? ¿Cuál sería la mejor manera de hablar con él sin acabar discutiendo?