Pasa, mamá, te estábamos esperando dice el hijo, José, mientras su esposa, Carmen, le quita el abrigo y le ofrece unas zapatillas a su suegra. De pronto, la sonrisa de Carmen se desvanece y la preocupación se asoma a su rostro.
Isabel pasa al salón donde la esperan los demás, mientras Carmen asiente discretamente hacia el suelo; entonces, José ve lo mismo que ella: huellas mojadas en el parquet reluciente. Se miran de reojo, pero deciden no hablar del tema por el momento.
José y Carmen tienen una noticia que celebrar: hace poco han tenido mellizos, y ahora que los bebés han crecido un poco han querido reunir a sus seres más cercanos para festejarlo.
Isabel, ya retirada de su trabajo desde hace años, ha traído a los pequeños unos conjuntos de ropa de lana tejidos por ella misma. No podía permitirse comprar regalos en la tienda, ya que no le alcanzaba la pensión, y por eso había dudado en venir. Sólo accedió porque su hijo y nuera insistieron: en un día tan especial, la madre tenía que estar presente.
A los niños los llamaron Lucas y Mateo. Isabel se alegra de la elección de los nombres, pues su difunto marido se llamaba Mateo y su padre fue Lucas. Así, su hijo mantiene viva la tradición familiar, lo que la llena de orgullo.
¡Qué preciosos son! Este se parece a ti, Carmencita, y el otro a ti, Josecito. Ay, ya no sé quién es quién, ¡si son iguales como dos gotas de agua! exclama Isabel, dando vueltas alrededor de la cuna, sin acertar a distinguir a los mellizos, que verdaderamente parecen idénticos.
José y Carmen no pueden evitar reírse con sinceridad; la alegría de la abuela, mezclada con su habitual nerviosismo, les contagia a todos.
Después de que los invitados se marchan, Isabel también empieza a prepararse para irse. Carmen mira a José y él le propone a su madre que pase la noche en su casa:
Mamá, ¿por qué no te quedas? Es tarde y puede que ya no haya autobuses. Además, podrías ayudar a Carmen con los niños esta noche: hay que bañarlos y acostarlos.
Bueno, hijo, como quieras responde Isabel.
Isabel ayuda a su nuera a recoger la mesa y fregar los platos. Después, todos juntos van a bañar a los niños. Su rostro irradia felicidad y ternura. Carmen le pasa uno de los bebés y ella se asusta:
Ay, hija, qué miedo me da, es tan pequeño que se me puede escapar de las manos.
¡Si tú criaste a José y nunca se te cayó! ríe Carmen.
Pero de eso hace ya tanto que hasta he olvidado cómo se coge un bebé se lamenta Isabel.
Aun así, Carmen le pone a Lucas en brazos y el niño, como si lo supiera, se queda dormido enseguida, sintiéndose seguro. Mientras, Carmen acuna a Mateo.
Más tarde, preparan una habitación para Isabel, para que pueda descansar. Sin embargo, le cuesta conciliar el sueño: se mantiene alerta, pendiente de cualquier sonido de Lucas o Mateo. Esa vigilancia nocturna la agota y, finalmente, cae rendida a primeras horas de la mañana.
Cuando se despierta, su nuera ya está preparando el desayuno y los niños siguen dormidos.
¿Y José? pregunta Isabel, sorprendida al no verlo en la cocina.
Tome asiento, Isabel, que ahora mismo viene responde Carmen amablemente.
A los pocos minutos, José entra por la puerta, portando una caja grande.
Mamá, esto es para ti. Ábrela dice sonriendo.
Isabel abre la caja y se encuentra un par de botas nuevas. Se queda sin palabras del asombro.
Ay, hijos, esto es demasiado. No puedo aceptarlo: es un regalo caro, no tenéis por qué dice Isabel, al borde de las lágrimas.
Nada es más importante que tú, mamá. Venga, pruébatelas y a disfrutarlas insiste su hijo con dulzura.
Cuando Isabel se calza las botas, no puede dejar de pensar cómo han adivinado que las necesitaba; las anteriores estaban destrozadas y, con su pensión, no podía comprar otras nuevas.
De repente, uno de los mellizos se pone a llorar, e Isabel, con sus botas nuevas puestas, se apresura a ir a atenderle.
Eres todo un ejemplo, gracias, de verdad susurra José a su esposa. Si no es por ti, yo ni me hubiese dado cuenta.
No había que pensar mucho. Cuando tu madre llegó ayer y vi las huellas de agua en el suelo y el estado de sus botas, lo entendí todo. Para nosotros tres mil euros es mucho, pero volveremos a ahorrar; para tu madre, es imposible. Que las disfrute le responde Carmen mientras lo abraza con cariño.
A Isabel le invade una calidez inmensa, no sabe si por las botas nuevas o por la certeza de sentirse querida y necesaria para su familia.





