Lágrimas de cuco

¡Papá, ya estoy en casa! ¡Y tengo un hambre que ni te cuento!

Julieta lanzó la mochila al rincón, se quitó las deportivas de un tirón y, con voz de soprano poco afinado, canturreó: ¡Hola! ¿Hay alguien más aparte de mí en esta mansión?

Del fondo de la cocina emergió un gato gordo y atigrado, muy digno, moviendo el rabo con aire agraviado.

¡Don Federico, hombre, saludos! Julieta le rascó tras la oreja. ¿Y mi padre? ¿Dónde andará? preguntó mientras seguía la expedición felina rumbo al despacho.

Allí tampoco estaba su padre. Y eso que, a esa hora, solía estar absorto tecleando en el portátil, liado con su tesis.

A ver, Federico, algo se nos está pasando ¿Dónde se ha ido nuestro astro familiar? Julieta examinó al gato con ojos de Sherlock Holmes.

Si papá iba a marcharse, la consigna era clara: que el uno supiera dónde estaba el otro. Era la ley familiar, dictada por sentido común y por prudencia. ¡No está el mundo para frivolidades!

Su padre, Don Antonio Martín, podía presumir de ser una eminencia en física cuántica, pero de vez en cuando se le cruzaban los cables. De Julieta, eso sí, jamás se olvidaba.

¿Confundirse de parada de metro? Un clásico. ¿Equivocarse y comprar de más en el mercado, como sesenta salchichones por si acaso? Lo normal, y el gato encantado, claro.

Pero que olvidara los horarios de Julieta, o el teléfono de sus amigas, o el del tutor de la claseeso nunca. Podías despertarle a las tres de la mañana y se los recitaba de carrerilla, sin despeinarse.

Julieta sabía que en el ranking vital de su padre tenía dos amores: el primero, ella misma; el segundo, la física. Y a veces uno dudaba en qué orden, pero el corazoncito de Julieta sabía la respuesta.

¿Que por qué estaba convencida de que su padre la prefería a cualquier ecuación? Porque cuando nacieron, y su madre decidió que la maternidad era para otras, él se puso el mundo por montera y fue padre, madre, canguro y animador.

De su madre casi no tenía recuerdos. Se largó cuando Julieta apenas cumplía el año. Antes, venía de vez en cuando, daba besos de esos de catálogo, y siempre dejaba una muñeca que la abuela confiscaba con la excusa de que las niñas no debían jugar con cosas tan caras. La madre de Julieta era cantante, tenía una voz maravillosa y las ansias de subirse al escenario le podían más que las ganas de cambiar pañales.

No tardaron en ofrecerle un contrato en Madrid. Ni se lo pensó. Dejó a la niña al cargo del padre y se fue a triunfar, jurando a todo el que quisiera oírla que lo hacía por el bienestar de Julieta.

Y Julieta, mientras, fue creciendo. Hizo sus primeras travesuras, protagonizó conciertos a base de berridos cada vez que le salía un diente, y a la mínima intentaba llamar mamá hasta al portero. Abuela cortó de raíz esas ideas y, como el padre tardó en buscarse repuesto, Julieta resolvió el dilema: empezó a llamar a su padre mapálo de madre y papá en uno.

No le parecía raro, porque era él el que se levantaba a horas intempestivas para calmarle los llantos y sobornar al sol matutino. El que se inventaba lo que fuera para que probara la papilla, aunque hubiese que disfrazarla de churro o fuera apenas comestible.

Las papillas pertenecían para Julieta a la misma categoría infernal que los lunes por la mañana. Desde la guardería ya tramaba artimañas para deshacerse de ellas, escondiéndolas en los sitios más insólitos; hasta se llegó a jugar que aquellos alimentos eran exploradores extraviados.

Las profesoras, al darse cuenta de que la mitad de la papilla servía para abonar plantas o preparar tambores, fueron a hablar con Don Antonio. Solucionó el asunto de un plumazo: desde entonces, Julieta iba al cole desayunada de casa. Su padre se lucía: torrijas, bizcochos de chocolate, tortitas De todo menos papilla. La directora protestó, pero Don Antonio se mantuvo firme: Si a la niña no le gusta pues no. Hay otras cosas que comer en la vida.

Aquello no convirtió a Julieta en una niña consentida. Al contrario, le tenía a su padre tal devoción que obedecía a la primera. Nunca hizo falta castigarla. Bastaba un suspiro y un cariñoso: Ay, hija y Julieta entendía que había traspasado algún límite y se apresuraba a pedir disculpas.

La abuela, en paz descanse, torcía el morro con esos métodos tan blanditos.

Así la vas a echar a perder, Toñín, le decía con sorna castiza. Hay que ser más duro.

Pero, mamá, tú tampoco me pegabas protestaba él. Me dabas explicaciones.

Hombre Una vez te di con la vara, cuando te largaste con el Paquito al pantano y casi me da un infarto.

Eso fue porque la Marisa nos lió. Paquito aún recuerda la que le cayó cuando volviste a casa

Y así, entre debates educativos y risas, la vida seguía. La abuela nunca reconocía abiertamente que Don Antonio hacía las cosas bien, pero tampoco insistía demasiado.

Cuando Julieta quería saber de su madre, intentaba sonsacar algo a la abuela:

¡Pregúntale a tu padre, hija! Él la conocía mejor. Anda, cómete una empanadilla y no me marees.

La abuela se fue demasiado pronto, cuando Julieta tenía solo cuatro años. Desde entonces, padre e hija compartieron la enorme, reverberante y friolera vivienda de un edificio antiguo en pleno centro de Salamanca. Era herencia de su abuelo, que fue director de una fábrica hasta el final de sus días.

La abuela se consumió, presa de la pena; temía no poder darle a Julieta el cariño que requería una niña pequeña. Así que la niña pronto se hizo autónoma. Con siete ya fregaba el suelo; con ocho preparaba tortillitas y su desayuno; a los diez era ella quien llevaba el horario de extraescolares y quehaceres domésticos, que compartían al cincuenta por ciento. Uno limpiaba el salón y las habitaciones, el otro se encargaba de la cocina y el despacho. Cocina por turnos, eso sí. Pero el gato, Don Federico, era enteramente asunto de Julieta.

Desde que se topó con él, hecho pellejo y piojos, en un contenedor, decidió que cuidar de otro ser (además de papá) era asunto serio, y no iba a eludirlo por nada. Sólo permitía que su padre le diese jamón o chucherías al gato si la pillaba de buen humor. No permitía que nadie más embruteciese al felino, que, todo sea dicho, ya iba un poco pasado de kilos.

Federico, mirando esperanzado a Julieta, acabó por darle un golpecito de aviso en la pierna.

¿Qué pasa, Fede? ¿Tienes hambre otra vez? Julieta suspiró. Anda, vamos a ver cuántos embustes llevas hoy. ¿Se habrá ido papá al mercado? ¿A dónde va uno en medio de la tarde?

El misterio se resolvió al momento. En la mesa de la cocina, una nota:

Julieta, me han llamado del Departamento. Tardaré. Federico ha comido. Si insiste, no le creas. ¡Que es un farsante! Papá.

Todo aclarado, Julieta recuperó la paz. Se preparó un sándwich, organizó las tareas y metió el bañador en la mochila de ir a la piscina. Miró el reloj.

Sí, llegaba de sobra

La noche anterior, Julieta había recibido una carta, pero no tuvo tiempo de leerla. Encendió el ordenador, apartó al gato del teclado y abrió el correo. Justo cuando iba a leer la carta, alguien llamó a la puerta.

Papá desconectó el timbre cuando era pequeña porque se asustaba como si fueran los tambores de Semana Santa. Solo quedaba el método de san Martín: quien quiera, que llame a la puerta. Ahora Don Federico era guardián y primer receptor de visitas: al menor ruido, corría a investigar quién venía.

Federico se lanzó hacia el recibidor, secundado por Julieta.

En la puerta estaba la vecina, tía Consuelo. Ayudaba en todo, confidente y cómplice generacional.

¡Julieta, guapa! Tu padre se fue volando y dejó dicho que te echara un ojo, te diera de comer y te mimara antes del entreno.

Demasiado tarde, tía Consuelo. ¡Ya he comido! Julieta se rió y la abrazó.

Consuelo vigiló a Julieta desde tiempo inmemorial. Le preparaba la merienda cuando la abuela estaba ingresada, la recogía del colegio si el padre viajaba, trenzaba coletas (disciplina en la que el pobre Antonio era un completo desastre) y le explicaba hasta los misterios del universo si hacía falta. Nada de secretos.

Muy bien, campeona Consuelo besó su cabeza. ¿Y qué tal estás? ¿Y ese chico, el David?

¡Bah, ni me hables! bufó Julieta mientras ponía agua para el té.

Si tía Consuelo se sentaba, significaba que había tiempo para ponerse al día mejor que en el Sálvame.

La vecina destapó la olla del puchero y frunció el ceño.

¿Y tu padre qué va a cenar?

Hay croquetas en el congelador.

Pues nada, mientras me cuentas lo de David, pelo unas patatas. Las croquetas están genial, pero ya sabes que el hablar da hambre, ¡y a tu padre le vuelve loco la tortilla!

Mientras Julieta preparaba el té y estaba a punto de relatar el incidente del beso intruso, la puerta retumbó con fuerza.

¡Santo cielo! Consuelo se secó las manos en el delantal y fue a abrir.

Julieta reconoció, sin lugar a dudas, a la mujer que entró arrastrando una maleta de marca y lágrimas de supermercado.

Mamá

Don Antonio nunca ocultó a su hija quién era su madre. Quedaban algunas fotos de sus tiempos felices en los álbumes, y a veces Julieta las sacaba para intentar verse a sí misma en aquella joven risueña, guapa y altiva.

La mujer aparcó el bolso, cayó de rodillas y abrió los brazos como en un musical de los setenta:

¡Julieta, cariño, soy yo! ¿No me reconoces?

Parecía un melodrama de sobremesa. Julieta cruzó una mirada incrédula con Consuelo y se encogió de hombros ante el espectáculo.

Claro que te reconozco. Levántate, anda, que el suelo está helado y además hoy no lo he fregado.

¡Dios bendito! ¿Tú friegas el suelo? Marina se sacudió el abrigo y puso cara de sufrir un drama de clase social. En mi juventud siempre tuvimos servicio, pero vosotros nunca lo quisisteis utilizar. ¿Tu padre anda por casa?

Ahora viene.

Bien, pero yo vengo por ti, mi reina. ¿Has recibido mi carta? Bueno, da igual. ¡Dame un abrazo, hija! Te he traído de todo.

Consuelo se retiró, dejando paso a la maleta motorizada y su dueña, que ni siquiera preguntó quién era la señora amable pegada a su hija.

Julieta observaba la escena como desde fuera, como si estuviese viendo una peli mala un sábado tonto: su madre colgando el abrigo, repasándose ante el espejo, dándole un toque al gato como si estuviese en la pasarela de Cibeles. Federico, sabiendo de sobra con quién se la jugaba, fijó la atención en las medias de Marina a ver si caía algo.

¡Quítate de aquí, pesado! le apartó, sin mirar si la niña la miraba.

Ven, Fede dijo Julieta, acercándose con el gato en brazos y reculando hasta Consuelo, que entendió la señal y le rodeó los hombros.

Tranquila, pequeña, aquí estoy susurró Consuelo.

La madre sacaba paquetes y más paquetes de terciopelo, de esos que una solo ve en los escaparates de la Gran Vía. Todo era charla y promesas.

No sé tu talla, tu padre nunca me actualiza. Así que compré a ojo. Si no te gusta lo cambiamos cuando vayamos a Madrid o te compras tú lo que te de la gana, cariño. ¿Y la abuela no está? ¿No ha salido a recibirme? A ver, nunca fui de su agrado, pero por ti haría el esfuerzo.

La mención de la abuela fue demasiado. Julieta apretó sin querer al gato, que bufó airadísimo, y Consuelo lo rescató.

Fede aguarda en la cocina, anda, contuvo el portazo y volvió con la niña.

La abuela ya no está.

La voz de Julieta, ronca, no detuvo a Marina.

Y entonces explotó:

¡La abuela ya no está! ¡Y tú tampoco! ¿Para qué has venido?

Marina titubeó apenas un instante y contestó:

¡Porque te echaba de menos!

¡Sí, claro! Solo ha pasado ¿qué? ¿Un año? ¿Cuántos tenía yo cuando te largaste?

¡Ay, cariño! Yo no te abandoné, es que las circunstancias estudié, trabajé tanto para conseguir una oportunidad, ¿cómo iba a desaprovecharla solo porque?

¿Solo porque había una enana que te chafaba el plan? ¿No? interrumpió Julieta. Que la críe la familia. ¿Eso pensaste?

No es justo, hija. Yo vine

¿A qué? Julieta se refugió en Consuelo. ¿Para qué vienes ahora? ¿Qué esperas?

Le temblaban tanto las piernas que apenas podía mantenerse erguida. Consuelo la apretó contra sí, transmitiéndole solidez.

Yo quiero Marina intentó acariciarle el pelo, pero Julieta reculó con agilidad de felino.

¡No me toques! dijo ya con voz serena, casi adulta.

Consuelo la miró, preocupada.

Todo bien asintió Julieta con una serenidad inédita.

Julieta, hija

Perdone, no se meta en esto saltó Marina, subiendo el tono y volviéndose hacia Consuelo. ¿Usted quién es? ¿La nueva mujer de Antonio? Pues váyase a limpiar que la casa parece una leonera. Mi suegra, que en paz descanse, era pesada pero esto no lo toleraba. Siempre todo reluciente.

Consuelo resopló y Julieta no pudo evitar reírse.

¡Ya sonríes! Marina sonrió victoriosa.

No por ti contestó Julieta. Me hace gracia tu poca vergüenza.

¡Ay, hija, qué palabras!

Ya no tengo edad para sonajeros, mamá. Papá se ha ocupado bien de enseñarme todo lo importante. Igual te sorprende.

¿Ah, sí? ¿Y qué sabes?

Lo suficiente como para saber que no puedes llevarme contigo. Papá ya lo arregló y me quedo con él, puedo verte si un día lo quiero.

Pero querrás, ¿no? Marina miró nerviosa en busca de respaldo.

Nadie allí le sonreía. Solo Julieta tenía a alguien de su lado.

Basta. Consuelo apartó a Julieta. Ve, da de comer al gato. Nosotras terminamos aquí.

Julieta asintió y salió, ignorando el alboroto de Marina.

Cuando quedó a solas con Consuelo, Marina pensó que estaba ante una chacha cualquiera, pero vio una leona defendiendo a su cachorro.

Mira, a partir de ahora las visitas y charlas sobre la niña, solo con Antonio delante.

¿Tú quién eres?

Quien te ha sustituido, mamita, durante años. ¿De verdad crees que vas a romperle la vida así de fácil? ¿Vienes a llevártela a Madrid? ¿Has preguntado qué quiere ella?

¡Me lo agradecerá!

¿Pero qué sabrás tú? Te largaste cuando ni gateaba. Ahora piensas que con regalos vas a comprarle el amor. No sueñes. Hay bancos muy cómodos bajo el portal: espéralo allí. Tengo que cuidar a la niña, que hay entrenamiento. Como no está la madre, le toca a esta.

Consuelo intentó salir, pero se oyó un ruido raro. Se giró para encontrar a Marina llorando a moco tendido, mezclando lágrimas con el último trozo de rímel que le quedaba.

¿Qué hago ahora? ¿Nunca me perdonará?

Consuelo suspiró, se revolvió el delantal y le expidió un pañuelo.

Anda, límpiate. ¿Creías que venías y a la niña le iba a dar un ataque de amor maternal? ¡Si eres una desconocida! Si quieres ser su madre, toca currárselo. Y ni así será fácil. Si piensas en ella y no en ti, igual hay esperanza. Anda, ve a lavarte la cara. Te esperas en su cuarto, ya verás.

Cuando vino Antonio, encontró a Marina sentada en el suelo de la habitación de Julieta, con la sonajera que fue suya en otros tiempos.

La has guardado suspiró Marina, pensando más en los recuerdos que en el sonajero.

¿Para qué has venido?

Pensaba una cosa, pero pasa otra. ¿Quién es esa bruja que protege a Julieta como un oso?

Una amiga.

¿De quién?

De todos.

¿Tienes un lío con ella? ¿Julieta la llama mamá?

¿Por qué piensas esas cosas? Antonio se echó a reír. Consuelo está más casada que nadie y tiene tres vástagos. Nos ayuda porque es buena gente.

Y yo no tanto.

Eso no lo he dicho yo.

¿Me dejarás ver a Julieta?

Nunca te lo prohibí. Si quieres, ven, hay espacio para todos. A lo mejor un día te habla.

Ojalá Marina intentó sonreír, pero ya estaba recogiendo las cosas. Me voy ya.

No pidió despedirse. El mes siguiente volvió, pero Julieta no entró en razones. Se fue al campo con Consuelo. Allí, entre encinas, encontró una florecilla azul.

¿Sabías que esto se llama lloricas de cucole preguntó a Consuelo.

Claro, hija. ¿Por qué?

¿Crees que ella de verdad quiere hablar conmigo?

La mirada hablaba por sí sola. Consuelo asintió.

Lo creo.

Julieta dio vueltas al tallo y al final decidió:

Pues inténtalo. Si no va bien, siempre tendrás a papá. Y a mí.

Eso lo sé dijo la niña, dejando la flor sobre la hierba. ¡Con lo que me gusta preguntar, y hoy ni un cuco por el bosque! Consuelo, ¿cuántos años viviré?

¡Muchos, mi niña! ¡Muchos y felices! rió. A ti no te hace falta un cuco para saber eso. ¿Vale?

¡Vale!

Al final, Julieta sí hablaría un día con su madre, aunque harían falta años para arreglarlo todo. Y solo en el día de su boda, abrazaría a su madre de verdad, mirándola a los ojos sin miedo.

Sé feliz, hija mía.

Lo seré, mamá. Y Julieta buscaría a su padre y a Consuelo entre los invitados y les haría un guiño, todo en orden.

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