La chaqueta de papá.
Tres días antes del cumpleaños de Amparo, apareció su padre desde la aldea, sin previo aviso. Ellos pensaban ir a verle luego, pero él, tan terco y libre como un viento de La Mancha, decidió venir solo.
Traía Don Santiago una bolsa repleta de cosas de campo: ya no hace mermeladas ni encurte pepinos desde que faltó la madre de Amparo, pero la vecina siempre le regala algo. Papá, hombre de otra época, no iba a llegar a Madrid con las manos vacías, así que embotó moras y grosellas negras, metió cuatro docenas de huevos frescos de sus gallinas.
Lucía, la esposa de Amparo, torció un poco el gesto, se notó distinta su disposición:
Don Santiago, ¿a dónde vamos a meter todo esto? Si aquí se nos acaba echando a perder.
Pues he pensado que como la niña cumple años, podrías hacer tartas para los invitados, tu suegra se las hacía antes, lo sé bien, ¡cómo disfrutaba Amparo de la mermelada!
Papá, no hacía falta, vamos a celebrarlo en un restaurante, ya ve ¿Vendrá con nosotros?, preguntó Amparo, pero Lucía la empujó con el hombro y miró de reojo a su suegro, como diciendo ¿de verdad vas a llevarle allí?.
Don Santiago se notó contrariado. Torpemente se abotonó la vieja chaqueta hasta arriba, luego empezó a rascarse la nuca:
Hija, ¿y por qué el restaurante? El año pasado, cuando aún vivía tu madre, me acuerdo que lo celebrabais en casa Quizás será mejor que esta vez no vaya con vosotras. ¿Qué pinto yo allí? Ni tengo ropa, y además nunca he estado en un restaurante. Me da apuro, seguro que haría el ridículo delante de extraños.
Parecía tener miedo, tartamudeaba lo mismo una y otra vez pero se adivinaba algo: unas ganas secretas, brillando en los ojos viejos, de ver alguna vez en su vida un restaurante de Madrid, como en las películas.
Amparo miró a Lucía. Últimamente le había ido bien en el trabajo, sus jefes y compañeros estarían en la fiesta. Pero aquel señor, con la chaqueta apolillada y la dignidad de los labradores, era su padre y ya sólo le quedaba él; no iba a dejarle fuera porque su presencia chirriara en aquel mundo tan nuevo, tan pulido…
Don Santiago miraba desde debajo de las cejas espesas, perdido entre la hija y la nuera, como si la decisión proviniera de algún lugar lejano, nebuloso.
Y entonces, Lucía sorprendió a Amparo. La muy ordenada y exigente, de repente le tembló la voz:
Amparo, ¿qué sería de este cumpleaños sin tu padre? Los míos se han ido, te queda sólo él. Vamos, compremos a tu padre una chaqueta nueva, y también pantalones, que se sienta bien en el restaurante.
Pero para qué gastar, si yo ya tengo los días contados, me visten para morir y me llevan a la ciudad se agitó Don Santiago. Pero Amparo sonrió a su esposa y dijo:
¡Tienes razón! Vamos, papá, elegimos juntos.
Pero sin corbata, ¿eh? Eso no, que no me ataquen el cuello, a mí no me hace falta insistía él. Lucía le calmó y le tomó del brazo.
Le compraron camisa y un traje elegante, y él lo tocaba, medía la suavidad, y susurró:
No lo estropearé, hija Cuando me toque irme, me enterráis con él, para aparecer así, de guapo, delante de tu madre allá arriba.
La celebración fue extraña y vibrante, los compañeros de Amparo alababan lo bien que lucía Don Santiago, y cuántos chistes contaba. El jefe palmoteó el hombro de la cumpleañera:
¡Vaya carácter el de tu padre, Amparo! Se ve que lo de la aldea marca de por vida, ¡un fenómeno!
Don Santiago reía entre los invitados, los ojos iluminados, disfrutando de la fiesta y, por primera vez, sintiéndose bien recibido por la gente de ciudad, por los amigos de su hija.
Al día siguiente, Lucía, recordando viejos tiempos, horneó tartas de fruta como cuando eran jóvenes y pobres, con los niños correteando por la casa. Quedó un calor tan inusual que a nadie le apetecía dejar ir a papá.
Partió de regreso tan orgulloso, en el tren, trajeado y con la bolsa llena de tartas para sus vecinos de la aldea. Amparo y Lucía insistieron de nuevo, que se quedara con ellas:
¿Y qué iba yo a hacer aquí, en vuestra ciudad? Yo allí tengo mis gallinas, a Canela y a Gato esperando, la vecina anda procurando de todo mientras estoy fuera. Mejor venid a verme más a menudo…
Sobrevivió al invierno y lo visitaron algunas veces, pero cuando apenas empezaba a reverdecer la primavera, falleció, sin alcanzar otro verano más…
En otoño, Amparo y Lucía recogían la casa de la aldea. Amparo no podía tirar nada, sacaba cajones con fotos viejas de familia, cartas desvaídas, pulseritas, recuerdos. Una tarde abrieron el armario y allí estaba, colgada, la famosa chaqueta. La vecina, para el entierro, había encontrado otro traje nuevo, escondido en la maleta, que ni Don Santiago sabía que guardaba… Así aquella chaqueta quedó colgada, orgullosa, la misma con la que papá celebró el cumpleaños de su hija en un restaurante de película.
Lucía entró mirando en silencio a su esposa y le echó la chaqueta de su suegro sobre los hombros, la abrazó, y quedaron así, atrapadas en una nostalgia cálida.
Ya no eran jóvenes. Pero en la casa de los padres, el tiempo se cierra sobre sí mismo y una puede sentirse de nuevo niña, como si desde alguna niebla antigua alguien las mirara y sonriera. Y sabían que Don Santiago, desde algún rincón de la memoria, les miraba bajo sus cejas pobladas, orgulloso de que no se hubieran olvidado, de que siguieran volviendo a la vieja casa del pueblo, de que no se hubiesen endurecido por dentro, de que aún recordasen a los padres.
Y eso, en el fondo, es lo único importante.






