De vacaciones en el pueblo llevamos con nosotros desde la ciudad a nuestro gato Simón. En el pueblo vive su hermano de sangre, Limón, cuyo apodo viene de sus ojos saltones y siempre abiertos.

Durante unas vacaciones nos llevamos a nuestro gato, Jacinto, desde Madrid al pueblo de Segovia. En la casa de campo vivía su propio hermano, Fausto. A Fausto le llamaban así por sus ojos enormes y algo saltones, apodo que en el pueblo nadie se molestaba en suavizar, pues aquí la gente va siempre de cara.

Los comienzos no fueron fáciles para Jacinto. Aunque no era un gato grande, Fausto le hizo la vida imposible, apartándolo de la despensa y bufándole con tal ímpetu que parecía la Tía Encarna regañando en pleno prime time. Fausto, como buen chulo de barrio, cometió el clásico error de creerse intocable y atacó abiertamente a su hermano.

Jacinto, pausado, agitó la patita como si usara un abanico y, sin querer, le soltó un derechazo que mandó a Fausto directo a la basura. Así, de la manera más absurda y sin buscarlo, Jacinto escaló al trono de la jerarquía gatuna del caserío.

En el pueblo, los gatos no son más que herramientas en la batalla contra los ratones; la única razón por la que Jacinto no tuvo que ganarse el cocido ayudando en las faenas del campo fue porque era invierno. Aquí, la comida llega cuando y como Dios quiere. Jacinto, acostumbrado en la ciudad a comer a las tres en punto, servido en vajilla de plata y con mayordomo, no entendía este caos.

El estrés sacó a relucir sus viejos instintos. Más de una noche lo sorprendí encaramado a la cocina, medio cuerpo metido en una olla. Fausto, apostado junto al taburete a modo de vigía, bufaba desesperado, avisando del peligro. Jacinto apenas levantaba la cabeza, miraba a su hermano y le maullaba: Tranquilo, este es de los nuestros; deberías verle rebuscando por la nevera cuando nadie mira.

Un día pensamos que ya estaba preparado y lo sacamos al patio. Lo plantamos en la nieve y, al darse la vuelta hacia nosotros, tenía el hocico blanco y los ojos llenos de melancolía, como si repasara una vida mal vivida, igual que ese mítico plano de Al Pacino en El precio del poder. No volvió a pisar la calle tras aquel día.

Una tarde vinieron a casa los amigos del pequeño Rodrigo, mi hijo. Nos reunimos en el salón, mientras yo les leía en voz alta La noche de San Juan de Bécquer. Justo cuando relataba la aparición de la madrastra convertida en una enorme gata negra, la puerta se abrió con un chirrido espeluznante y Fausto, negro como una noche sin luna, entró pavoneándose.

Jacinto, siempre tan listo, había enseñado a su hermano a abrir las puertas con la pata, una habilidad peligrosa en gatos con tan poca vergüenza. El salón era minúsculo, pero aún así, los niños corrieron despavoridos. Rescatamos a uno del alféizar de la ventana, mientras la abuela, con la destreza de toda una vida de meriendas, evitó una caída.

Ah, sí, casi se me olvida. Fausto era absolutamente, oscuramente negro.

Quién iba a decir que un relato clásico conseguiría impresionar tanto a los niños de hoy en día…

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De vacaciones en el pueblo llevamos con nosotros desde la ciudad a nuestro gato Simón. En el pueblo vive su hermano de sangre, Limón, cuyo apodo viene de sus ojos saltones y siempre abiertos.
He tenido tres relaciones largas en mi vida. En las tres creí que sería padre. Y en las tres acabé marchándome cuando las cosas empezaron a ponerse serias respecto a tener hijos. La primera mujer con la que estuve ya tenía un hijo pequeño. Yo tenía 27 años. Al principio ni me importaba. Me acostumbré a su rutina, al horario del niño, a las responsabilidades. Pero cuando empezamos a hablar de tener un hijo juntos, pasaban los meses y no ocurría nada. Ella fue la primera en ir al médico. Todo estaba bien por su parte. Empezó a preguntarme si yo me había hecho pruebas. Le decía que no hacía falta, que simplemente pasaría. Pero poco a poco empecé a sentirme incómodo… irritable… tenso. Comenzamos a discutir constantemente. Y un día, simplemente me marché. La segunda relación fue distinta. Ella no tenía hijos. Desde el principio dejamos claro que queríamos formar una familia. Pasaron años, lo intentamos muchas veces. Cada prueba negativa me encerraba más en mí mismo. Ella empezó a llorar más a menudo. Yo evitaba el tema. Cuando propuso ir juntos a un especialista, le dije que exageraba. Empecé a llegar tarde, a perder el interés, a sentirme atrapado. Tras cuatro años nos separamos. Mi tercera pareja ya tenía dos hijos adolescentes. Desde el principio me dijo que estaba bien sin más niños. Pero el tema volvió a surgir. De hecho, fui yo quien lo sacó. Quería demostrarme a mí mismo que podía. Y de nuevo… nada. Empecé a sentirme fuera de lugar, como si estuviera ocupando un espacio que no era mío. Algo parecido ocurrió en las tres relaciones. No era solo decepción. Era miedo. Miedo a sentarme delante de un médico y escuchar que el problema era yo. Nunca me hice pruebas. Nunca confirmé nada. Prefería marcharme antes que enfrentarme a una respuesta que no sabía si podría soportar. Hoy tengo más de cuarenta años. Veo a mis ex con sus familias, con hijos que no son míos. Y a veces me pregunto si realmente me fui porque me cansé… o porque no tuve el valor de quedarme y enfrentar lo que quizá me pasaba a mí.