Resuelve tú misma

Apáñatelas tú misma
– Jaime, el coche se ha parado. Justo en la Gran Vía. Me estoy quedando sin batería y llamo desde otro teléfono.

Sostiene el móvil con las dos manos. Los dedos, protegidos por finos guantes de cuero, cada vez se mueven peor. El viento arrastra la nieve por la acera, empaña los escaparates, deslumbra los ojos. Beatriz está de pie ante una puerta que no es la suya, la de un salón de belleza cualquiera, donde su dueña ha salido a fumar y, al ver a una mujer en abrigo caro y mirada desorientada, le ha ofrecido el teléfono casi en silencio.

– Jaime, ¿me escuchas?

– Te escucho. La voz de su marido suena como quien dicta instrucciones a una secretaria. No hay emoción. Estoy en una reunión.

– Lo entiendo, pero necesito ayuda. Un servicio de grúa, o al menos dime a dónde tengo que llamar. No tengo el teléfono, se ha apagado y no encuentro el número.

Pausa. No muy larga. Tres segundos, no más. Pero en ese silencio están todas sus evasivas: la mirada desviada, el pequeño gesto de incomodidad, el deseo de terminar la conversación cuanto antes.

– Beatriz, ahora no puedo. Apáñatelas. Ya eres mayor.

Tono de llamada.

Aun así, Beatriz mantiene el móvil un instante más en la oreja. Lo baja poco a poco. La dueña del salón sigue a su lado, mira al viento, finge mirar el temporal. Es una mujer pequeña, rondando los cincuenta, con bata azul encima del jersey, y el cigarro, nunca encendido, entre los dedos.

– Gracias dice Beatriz al devolver el móvil.

– ¿Lo conseguiste?

– Sí.

Vuelve a la acera. Nada más cruzar el umbral, la nieve se le cuela por el cuello, las mangas, la rendija entre la bufanda y la oreja. El abrigo es bueno, finlandés, de cachemir grueso con forro cortaviento, pero la ventisca ignora cualquier cachemir. Beatriz se queda unos segundos parada, pensando. El coche está a una manzana, inmovilizado. No ha pedido la grúa. El móvil, muerto. Si camina a casa tardará cuarenta minutos, y eso en buen tiempo. Hay una parada de autobús al girar la esquina.

Se dirige hacia allí.

Por dentro, algo se encoge y se apaga. No es rabia. No es tristeza. Solo una conciencia tranquila y resignada: saber en carne propia que no puede contar con nadie. Ese sentimiento lo conoce bien. No viene de ayer, ni del año pasado. Es como la cal que se pega a la tetera: despacio, capa sobre capa, hasta que un día te das cuenta de que el sabor del agua ya no es el mismo.

Lleva nueve años con Jaime. Los dos primeros, distintos. Luego llegaron su carrera, sus proyectos, sus viajes. Después, la costumbre del silencio en la cena. Luego, ni cenas: sólo bocadillos fríos frente al frigorífico, cada cual a su hora. Beatriz trabaja en un pequeño estudio de arquitectura, dibuja reformas, a veces va a obra. Tiene su sueldo. Jaime lo menciona como una virtud: una mujer independiente, suele decir. Independiente. Apáñate sola.

La parada de autobús tiene una marquesina: algo es algo. Beatriz se esconde en la esquina protegida, lejos del viento. Hay poca gente: dos universitarios con mochilas, un hombre mayor con zamarra de cordero, una mujer con un carrito de la compra a rebosar.

Mira la calle. La nieve cruza en horizontal. El farol de la parada se mueve, la luz baila sobre la acera. Entre la ventisca suenan los coches lejanos.

Y entonces ocurre.

Primero ve el abrigo. No a la mujer, al abrigo. Porque ese abrigo lo conoce. Lo recuerda de memoria: hasta media pierna, ligeramente evasé, cuello alto con tres botones de madera oscura. El pelo, especial: Beatriz nunca recuerda la especie, castaño oscuro con reflejos cobrizos, denso pero suave, como una tela viva y costosa. Lo hizo por encargo Pelajes del Norte, un pequeño taller de Burgos que solo acepta encargos personalizados, nunca expone en tiendas.

Lo recibió de Jaime hace año y medio.

Aquel día fue particular. Habían discutido fuerte, dicho palabras de las que ya no hay marcha atrás. Beatriz pensó que era el final. Y de pronto llegó él con una caja, envuelta en un lazo burdeos. Jaime nunca ha sido de regalar con entusiasmo. Se mantuvo apartado mientras ella abría el paquete. Pero el abrigo era real, precioso, cálido, hecho con respeto por quien iba a lucirlo. Beatriz se lo puso en el recibidor y, por dentro, algo se reanimó. Pensó que aún guardaba memoria para lo bueno. Que no todo estaba perdido bajo la coraza de la indiferencia.

El abrigo desapareció medio año después. Directamente del coche, en el parking del centro comercial. Ella se despistó, dejó el bolso en el asiento trasero: dentro, la llave. Apenas diez minutos. Volvió: el cristal intacto, los cierres perfectos, solo la puerta mal cerrada. Sin bolso. Pérdida total: cartera, documentos, móvil auxiliar y el abrigo, que se había quitado porque los centros comerciales los calientan por encima de lo razonable.

Jaime solo dijo: Haberte fijado.

Y ahora el abrigo está frente a Beatriz, en una parada de autobús, en una nevada madrileña de enero.

Sobre los hombros de una desconocida.

La mujer no pasa de veintiocho. Baja estatura, fuertecita. Cara sencilla, apenas maquillaje, mejillas encendidas por el frío. Pelo recogido bajo un gorro blanco de lana con línea azul. Guantes baratos. Unas botas viejas, algo desgastadas. Y sus hombros, la prenda en cuestión.

Beatriz duda. Cree que se equivoca, que habrá modelos parecidos, aunque sean de encargo. Pero ve los tres botones del cuello, de madera. El tercero desde abajo, ligeramente más claro. Lo recuerda porque lo cambió en la casa de pelajes: la partida de madera no era la misma. Cinco tonos de diferencia. Lo veía todos los días, al abrocharse.

Ahí está, el tercer botón.

– ¿De dónde ha salido ese abrigo? dice Beatriz.

La mujer gira. La mira sorprendida, con esa cautela de quien no se espera que le hablen.

– ¿Perdón?

– El abrigo. Da un paso más. Le pregunto de dónde lo ha sacado.

– Es mío.

– No. Y la voz le sale más segura de lo esperado. Es mío. Me lo robaron hace un año. Le pido que me diga cómo ha terminado en sus manos.

Se miran. El hombre mayor se aparta. Los universitarios fingen desinterés.

– Se equivoca responde la mujer. Calmada, sin temblor. Yo lo compré.

– ¿Dónde?

– En El Rastro. En una tienda de segunda mano.

– ¿En serio no le sorprende que algo así se venda por tan poco?

La expresión de la mujer vacila. No es miedo. Es el esfuerzo de contenerse, de no saltar.

– Pagué lo que me pidieron. Fue una compra legal.

– Compra legal de algo robado suelta Beatriz.

Se mantienen frente a frente. El viento se cuela entre la gente. Ella lleva una bolsa de supermercado apretada bajo el brazo.

– Mire dice tras dudar entiendo que esté disgustada. Pero aquí, en la calle, ninguna puede demostrar nada. Ni usted ni yo.

– Puedo llamar a la policía.

– Llame responde, y hay un cansancio en esa palabra, un que sea lo que tenga que ser, que Beatriz no espera.

En la bolsa se asoma un gorrito de lana de niño, con pompón.

– ¿Tiene un hijo? pregunta Beatriz.

– Sí.

– ¿Cuántos años?

– Cinco. Ahora está en la escuela infantil. Pausa. Mejor, vayamos a ese café. Véalo. Ahí estaremos a gusto, sin frío. Si quiere llamar a la policía, lo hace allí.

El local se llama El Rincón. Probablemente el nombre más exacto para lo que le falta ahora a Beatriz.

Entran.

El café es pequeño, ocho mesas, bancos de madera bajo la ventana, geranios polvorientos en el alféizar. Huele a canela y bizcocho reciente. Una melodía tranquila suena de fondo. Hay poca clientela: una pareja mayor, un hombre delante de un portátil.

Se sientan junto a la ventana. Afuera sólo se ve un velo blanco y la luz de una farola.

La mujer se quita el gorro. Pelo oscuro, algo ondulado, recogido en un moño. Las mejillas siguen encendidas del frío. Sobre la mesa, unas manos ásperas, uñas rotas, grietas en los nudillos. Manos de quien trabaja de verdad, no con el ordenador.

Les atiende una chica. Beatriz pide café. La mujer, té y una rosquilla, si queda.

El silencio pesa hasta que Beatriz pregunta:

– ¿Cómo se llama?

– Luisa.

– Yo, Beatriz. Pausa. Cuénteme lo del Rastro.

Luisa abraza la taza para calentarse.

– Vine a Madrid en septiembre. Buscaba trabajo, habitación. Dinero, el justo. Me quedé lo que había ahorrado en meses. Habla calmada, con ese halo de quien expone hechos, no busca compasión. Conseguí entrar a limpiar en el hospital general. Encontré una habitación, pequeña pero adecuada, casera razonable. Miguel, mi hijo, en la escuela. Costó, pero lo logré.

– Miguel es su hijo.

– Sí.

– ¿Y el padre?

Luisa levanta los ojos.

– No estamos juntos. No hace falta más.

Beatriz asiente, no pregunta.

– El abrigo, entonces.

– En noviembre. Pasaba por El Rastro. Hay de todo, viejo y nuevo. Normalmente, ni miro: no me alcanza. Pero vi el abrigo. Colgado en un gancho, junto a otras cosas. Toqué el pelo: se nota si es verdadero. Pausa. Pregunté el precio. Trescientos euros. Entendí que eso no era normal. Pero no pregunté el origen. Sabía que no debía.

– Lo sabía y lo compró.

– Sí. La mira a los ojos. Sé que desde su perspectiva no está bien. Pero no tenía abrigo de invierno. Sólo una chaqueta fina. En Madrid hace frío, usted lo sabe. Y salgo de noche, vuelvo a casa tarde. Hacía mucho frío. Así que, por ese dinero…

– Y lo cogió.

– Sí. Pausa. Luego me arrepentí de no haber preguntado más. Pero al principio sólo sentí alivio.

Beatriz saborea su café, sorbo a sorbo. Observa a Luisa.

La historia no tiene nada de especial. Hay muchas iguales. Mujer con hijo, gran ciudad, vida cuesta arriba, mudanza, empleo duro. Pero la manera en que ella lo cuenta, sin dramatismo, sin mendigar comprensión, simplemente como es eso impresiona.

– ¿De dónde vino? pregunta Beatriz.

– De un pueblo de Segovia. Quizá lo conozca. Prácticamente no sale en el mapa. Tres fábricas y una clínica. Ahora, dos fábricas.

– ¿Por qué se fue?

Otra vez, mirada directa, sin adornos.

– No se podía seguir.

Beatriz no insiste. Sabe entender los silencios. El trabajo de arquitecta enseña: en un proyecto importan los vacíos tanto como los llenos.

– ¿Miguel ve a su padre?

– Sí. Estuvieron juntos en verano. Pausa. Allí Miguel vio cosas que no debía. No quiero que crezca pensando que la vida es así.

Hasta ahí. Luisa no añade nada más, y Beatriz no fuerza.

Fuera la nieve tapa ya medio cristal, apenas asoman las siluetas de los bloques de enfrente.

– Mire dice Luisa , si el abrigo es suyo, puedo devolvérselo. No tengo papeles, el vendedor tampoco. Si quiere ir a la policía, diré la verdad.

– ¿Y qué se pondrá mañana?

Luisa encoge ligeramente los hombros.

– La chaqueta. Hasta que encuentre otra cosa.

– ¿Esa de entretiempo?

– No tengo otra.

Beatriz observa el abrigo en la silla. El pelo, brillante, bien cuidado, mejor incluso que cuando era suyo. Ni una calva, peineado a la perfección.

– Lo cuida bien comenta.

– Hay que hacerlo. Una prenda así no se descuida.

– ¿Cómo lo limpia?

– Cepillo especial, cinco euros en la droguería. Lo guardo con bolas de cedro, por las polillas. Pausa, y añade, neutra: Es la primera vez que visto algo así. Nunca he tenido nada parecido.

– ¿Se siente bien con él?

La pregunta sale rara, pero Luisa no se extraña. Lo piensa.

– Sí. No sólo por el calor. Porque busca palabras cuando llego al hospital con este abrigo, la gente me mira diferente. No mejor ni peor; como a alguien que tiene la vida bajo control. Como a una igual.

Beatriz deja la taza.

– La entiendo dice. Y es cierto.

Luisa la observa, casi evaluando la sinceridad.

– ¿Usted trabaja? pregunta.

– Sí. Arquitecta.

– ¿En su despacho?

– Un estudio pequeño. Cinco personas.

– ¿Le gusta?

Beatriz duda. ¿Le gusta trabajar? Lleva tanto sin preguntárselo Lo hace bien, con detalle, como debe ser. ¿Pero le gusta?

– Sí termina por decir. Es lo único que de verdad me llena.

Luisa asiente; parece comprender.

– Lo mío tampoco es una vocación, imagínese. Limpiando quirófano. Pero la gente es buena, y eso es mucho.

– Sí coincide Beatriz. Significa mucho.

Afuera se oye un crujido. Viento, quizá una señal movida. La pareja mayor se prepara para marcharse. El hombre del portátil pide otra taza.

– Cuénteme algo de Miguel sugiere Beatriz, sin saber bien por qué, sólo quiere escuchar algo vivo.

Luisa sonríe, breve, verdadera.

– Charlatán. Habla sin parar. En la escuela la maestra se queja: no deja hablar a los demás. Yo me alegro. Así sé que no se encierra, que no está triste.

– ¿Antes callaba?

Luisa mira su taza.

– Pasó el último año. Venía a sentarse con los coches de juguete, callado. Ahora ya no. Pausa. Ayer me explicó por qué los perros mueven el rabo y los gatos no. Yo no lo sabía. Miró en la tablet y me lo mostró. Se quedó tan contento.

– ¿Cuánto llevan aquí?

– Cuatro meses.

– Y Miguel ha cambiado.

– Los niños cambian rápido. Son flexibles. Los adultos necesitamos más tiempo.

Beatriz recuerda que hace cuatro meses, en septiembre, ella estaba en su oficina, firmando una reforma de piso para una familia joven. Piensa en lo anodino de aquellos meses: trabajo, vuelta a casa, cenas solas, conversaciones con Jaime sobre facturas o pequeños arreglos. A veces iban juntos a eventos de trabajo, donde Jaime hablaba con quienes tocaba y ella sonreía cuando debía.

No recuerda cuándo fue la última vez que sonrió como Luisa, hablando de Miguel.

– ¿Qué sintió al ponerse ese abrigo la primera vez? pregunta Beatriz.

Luisa mira al cristal. Medita.

– Puede sonar una tontería.

– No importa. Dígalo.

– Sentí que lo había logrado. Sencillo, sin drama. Salí con mi hijo de un sitio donde no podíamos quedarnos. Cuatro meses desde cero, sola. Ahora tengo una habitación, trabajo, Miguel está establecido, y tengo este abrigo. Es como una prueba, de que ha valido la pena. De que no me he roto. ¿Me comprende?

Beatriz lo comprende.

Lo siente tan claro que algo se le atasca en la garganta. No es pena. Sería ridículo: es algo distinto, reconocerse en esas palabras, en esas heridas tapadas a fuerza de dejar pasar el tiempo.

Ella también vistió ese abrigo así.

Recuerda el día, no el primero, sino uno a la semana: se lo puso en el recibidor y sintió algo. Que no todo estaba perdido con Jaime. Que había calor verdadero, aún, no decorativo. El abrigo era un símbolo.

Pero el símbolo era mentira.

Porque Jaime, dos semanas tras el regalo, volvía a la oficina. Después de viaje. Después con amigos. El abrigo, colgado en el armario, como la vida, igual. Beatriz entendió: no era amor, sólo un punto y aparte, un ya está.

Media año después la prenda desapareció. Lloró una noche. Casi lo había olvidado.

No lo había olvidado. Se convenció de que sí. Era más fácil así.

– Luisa dice ¿tiene algo caliente para trabajar mañana?

Luisa la mira.

– La chaqueta.

– ¿De verdad abriga?

– No mucho. Pero me he acostumbrado.

Beatriz mira el abrigo. Ello, ajeno a lo que pasa, cuelga brillante en la silla. Con sus tres botones, el tercero más claro.

Piensa. No mucho. Un minuto.

Piensa para qué lo quiere. Como arquitecta, repasa mentalmente: esto aquí, esto allá, para qué sirve. ¿Le hace falta? Hace frío, pero tiene buen abrigo. Ropa de sobra. No es cuestión de sobrevivir.

¿Principio? ¿Le corresponde? Un robo es un robo. Luisa lo compró sin saberlo, no es sencillo. Podría ir a la policía. Podría exigir. Legalmente, sí.

Pero.

Recuerda la llamada a Jaime. Tres segundos de silencio. Voz de jefe dictando órdenes. Apáñate sola.

Recuerda cómo se quedó bajo la ventisca, móvil prestado en la mano.

Recuerda la sonrisa de Luisa, breve, auténtica, al hablar de Miguel.

Recuerda su imagen frente al espejo, año y medio atrás, en ese instante. El calor real, que sólo era una buena prenda, tres botones de madera.

El calor nunca estuvo en el abrigo.

– Luisa dice , quédeselo.

Luisa la observa.

– ¿Perdón?

– El abrigo. Quédese con él. Es suyo.

– ¿Va en serio?

– Sí. Beatriz apura el café. No es caridad. Sencillamente, usted lo necesita más. Es así de simple.

Luisa calla. Su cara parece procesar algo, con esfuerzo, sin dejarlo salir.

– No puedo aceptarlo así porque sí responde al fin.

– Claro que puede. Ya lo pagó. Trescientos euros no es cualquier cosa.

– Es ridículo para lo que vale.

– No lo es para alguien que en noviembre apenas junto ese dinero, viniendo de la nada rebate Beatriz. No le quite mérito a su sacrificio.

Luisa baja la mirada. Luego alza la vista.

– ¿Por qué?

– ¿Por qué?

– Sí, ¿por qué me lo da? La verdad.

Beatriz lo piensa. Si hay que ser sincera

– Porque ese abrigo para mí fue símbolo de algo que no era verdad. Para usted significa algo ganado por sí misma. Pausa. Hay diferencia. Que esté donde pesa más.

Luisa la mira tiempo. Luego asiente, despacio.

– Gracias dice.

Sin solemnidad, sin exceso. Es suficiente.

Se quedan un rato más. Segunda ronda: Beatriz, café; Luisa, té. Hablan de otra cosa. Cómo es limpiar en quirófano y en otros servicios. Cómo afecta el diseño de los espacios. Luisa se sorprende de que el plano pueda cambiar lo que siente la gente dentro. Beatriz le explica que la luz y el espacio hacen milagros invisibles.

– En el hospital apenas hay ventanas. El pasillo es oscuro.

– Eso empeora el ánimo. La gente en sitios oscuros se vuelve más hosca.

– Habría que reformarlo.

– Habría concede Beatriz. Lleva tiempo y dinero. Casi nunca se hace.

– Una lástima.

– Sí.

La nieve no da tregua. Ha pasado una hora, tal vez más. Beatriz no mira el reloj, algo inusual en ella. Sus días son estrictos, temporizados. Ahora, en este cafetín con una desconocida, ha perdido la noción.

– Tengo que recoger a Miguel dice Luisa.

– ¿Cierra la escuela?

– A las siete. Si salgo ya llego.

Se levantan. Luisa se pone el abrigo. Al abrochar, mira a Beatriz.

– ¿Llegará bien? ¿Su coche está ahí?

– Sí. Pediré grúa desde otro teléfono, o algo haré.

– ¿Quiere usar mi móvil? Aún tiene batería.

Beatriz la observa.

– ¿No llega tarde por ayudarme?

– Me da tiempo. Llame.

Beatriz contacta con la grúa, da los datos. Luisa sostiene el teléfono hasta que hay una duda y le pasa el aparato.

Salen juntas.

La ventisca pega de frente. Luisa se calza bien el gorro. Beatriz cierra el cuello del abrigo.

– ¿A dónde va usted? pregunta Luisa.

– Hacia mi coche, a la derecha.

– Yo a la izquierda. Pausa. Cuídese mucho.

– Igualmente.

Cada una toma su rumbo. Beatriz camina unos pasos, se da la vuelta. Luisa avanza, deprisa, la cabeza inclinada contra el viento. El abrigo resalta: oscuro, elegante, con reflejos. Una prenda bonita. Va bien con su nueva dueña.

Beatriz se dirige a su coche.

El viento es gélido. Cruje la nieve bajo las botas. El abrigo de cachemir retiene calor, pero no como una buena zamarra. Se enfría el cuello, los dedos dentro del guante. Es físico, no hay metáfora. Hace frío.

Por dentro, todo es más silencioso que de costumbre. Ni bueno ni malo. Sólo quieto. Como cuando después de oído ruido constante desaparece, y de repente uno se da cuenta de lo cómodo que es el silencio.

El coche sigue en el mismo sitio. Grúa, prometen en cuarenta minutos. Beatriz aguarda, de espaldas al viento.

Piensa en Jaime.

Sin rabia. La rabia sería un exceso para lo que siente ahora. Lo piensa con distancia, como se pospone eternamente una tarea pero sabes que hay que hacerla. Nueve años. Dos diferentes. Siete en paralelo, socios de piso, llamadas ignoradas, cenas mudas.

¿Y qué la retenía?

Costumbre. Temor a rehacer la vida. Pensar que así es para todos, que hay que buscar distracciones, aficiones, y no pedirle al matrimonio lo que no puede dar.

Pero sobre todo

Esperaba. No usaba ese verbo, porque esperar es saber esperar algo. Ella, simplemente, vivía, en la creencia difusa de que algo cambiaría. Que él volvería con otra caja, otro lazo. Que habría otra de esas noches. Que el calor regresaría.

El abrigo era la espera. Que aquello existió, podía volver.

Pero ya no está. Mejor así.

Beatriz, plantada ante su coche averiado, en plena nevada, sin abrigo y sin móvil, piensa qué decirle a Jaime al volver a casa. Aún no conoce las palabras exactas. Nunca se le ha dado bien este tipo de conversaciones. Pero sabe que la habrá. Sin llanto ni portazos. Tranquila, como una tarea a cumplir.

La grúa llega a los treinta y cinco minutos. El chófer es joven, simpático, pregunta, cuelga el coche correctamente. Mientras gestionan papeles, deja a Beatriz cargar el teléfono un poco. Lo suficiente para llamar al estudio.

– Hoy no vuelvo le dice a Verónica, la secretaria. El coche se ha estropeado. No es urgente. Esta noche repaso todo.

– Por supuesto, Beatriz. ¿Está bien?

– Sí. Todo bien.

Y es cierto, sorprendentemente.

Va en la grúa viendo Madrid nevado tras el cristal y piensa en muchas cosas. Que en marzo será primavera, como siempre. Que hay un proyecto infantil al norte, y habría que rehacer la sala de juegos porque no entra luz. Debió plantearlo antes. No hay que posponer.

No hay que posponer.

Sonríe, interiormente.

En el taller, entrega el coche. Toma un taxi a casa. Por la ventanilla ve que la nevada afloja. Aún cae nieve, pero ya cae: no arrastra. Grandes copos, hacia el suelo.

En casa, silencio. Jaime no ha llegado. Beatriz se quita los zapatos, cuelga el abrigo, enciende el hervidor. Se apoya en la ventana.

La nieve se posa sobre el alféizar. Capa a capa. Afuera es todo blanco.

Piensa en Luisa. En su marcha al cole, encorvada contra el viento. Miguel saliendo con gorro de pompón, cómo Luisa le recoge, y caminan a casa, a su habitación con buena casera. Miguel hablará todo el camino. Sobre rabos de perros y gatos, o lo que sea. No se le acaban las historias.

No pidió su número. ¿Para qué? Fue un encuentro casual, en una nevada y una parada de autobús. No hace falta que prosiga. Pasó.

Pero algo se queda. No el abrigo. Otra cosa. Algo que Beatriz recordará.

El agua hierve. Sirve el té, se sienta, estira las piernas. Afuera, nieve.

Cuando Jaime regrese, le dirá que tienen que hablar. En serio. No del coche ni del grifo. Él fruncirá el ceño, dirá que está cansado. Ella replicará que lo entiende, pero ya no lo dejará pasar. Jaime se sentará como quien interrumpe algo importante. Ella seguirá.

Lo demás, lo ignora. No intenta planearlo. Esas conversaciones nunca salen como se preparan. Pero dirá la verdad, sin escándalo, sin reproches. Así está la situación. Esto siento. Esto quiero.

Y resulta que no es tan difícil. No pide lujos ni agendas. Sólo alguien al otro lado del teléfono. Que el tono de voz le denote interés. Una cena donde poder contar algo y saber que escucha.

Quizá sea posible. O quizá no. No lo sabe. Pero ya no fingirá.

Se queda con su taza de té mirando afuera. Nieve tranquila, sin ventisca, sin ruido.

En algún punto, Luisa lleva a Miguel de la mano, escuchando teorías de perros. O lo que sea.

En algún taller está el coche, listo para mañana.

En alguna reunión, alguien no termina de irse.

Aquí, el silencio. El té caliente. Y la nieve.

Piensa, de repente: en primavera hará algo nuevo. No radical, sólo algo personal. Quizá clases de acuarela, lo pensó hace tiempo. O replantear el espacio del centro infantil, no solo la sala. Hablar con los clientes sobre cómo debe ser un lugar donde los niños vivan y crezcan. Es su trabajo. Buen trabajo. Ahora quiere hacerlo bien, sin resignación.

Fuera, la noche cae. Sólo queda el farol cruzado de nieve.

Beatriz apura el té. Se levanta. Lava la taza.

Entra en la entrada, observa el perchero. El abrigo finlandés, de cachemir, cuelga ahí. Buena prenda. Calida.

Apaga la luz y entra en el salón. Esperar.

O no. No esperar.

Simplemente estar. De momento, es suficiente.

*

Semanas después, ya en febrero, cuando el frío afloja, Beatriz cruza la calle y ve un abrigo similar al suyo en la acera de enfrente. El corazón da un vuelco, luego se calma. No es. Es otro. Nada más.

Sigue andando. Tiene una reunión sobre el centro infantil. Lleva planos nuevos, todo replanteado. Ahora la sala de juegos tendrá luz por dos lados y la pared se abre al corredor. Seguramente al cliente no le guste el cambio. Pero ella lo explicará. Sabe hacerlo.

La nieve se derrite en las aceras. Poquito aún, cerca de los sumideros, pero es un comienzo. Febrero. Pronto será marzo.

Camina pensando que a veces basta con conocer a alguien en mitad de una ventisca en una parada de bus. No te aconsejan, no cambian tu vida. Te cuentan la suya. Y entonces ves algo claro de ti misma, que llevabas años evitando en palabras.

Y ya está. Nada más.

A veces, eso basta.

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