Obsesionada por un sueño

Obsesionada con un sueño

¡Venga, piensa bien, cariño! Mira, ¿qué te pueden ofrecer tus padres? intentaba convencer a su nieto Carmen. Un pisito pequeño, un coche viejo y tampoco es que tengan grandes perspectivas Pero con Leonor vivirías como un príncipe: habitación propia con una reforma moderna, un ordenador de última generación, una bicicleta espectacular ¡Todo lo que te apetezca!

Álvaro miró a su abuela con una mezcla de ternura y lástima. Pensó que, quizá, la señora no era consciente de lo que decía. Dándole cariñosamente unas palmaditas en la mano, preguntó despacio:

Abuela, ¿te encuentras mal? En la tele dicen que la medicina ahora está genial, que curan cualquier enfermedad. ¿Quieres que le pida a mamá que te acompañe al médico? Así estarías más tranquila, ¿vale?

Carmen se quedó descolocada, levantando las cejas, sin entender el giro de la conversación.

¿Por qué piensas que estoy enferma, Álvarito? ¡Estoy estupendamente!

El chico frunció el ceño.

Entonces ¿por qué dices esas cosas tan raras? ¿Por qué iba a dejar a mis padres para vivir con la tía Leonor? Además ella es, no sé, bastante extraña. Ni siquiera me gusta ir a visitarla.

Carmen se apresuró a defender a su hija. Habló con ardor, como si quisiera disipar cualquier duda.

¡No digas eso! Leonor es muy atenta y cuidadosa contigo.

Me hizo comer avena sosa, sin azúcar resopló Álvaro apartando el hombro y en pleno agosto me puso un jersey de lana. ¡Y siempre me obligaba a dormir la siesta como si fuera pequeño! Abuela, de verdad, es raro insistió, sin ocultar su enfado. Le costaba comprender por qué alguien imponía normas tan absurdas y, peor aún, le obligaba a cumplirlas.

Carmen no pensaba rendirse. Seguía convencida de que los métodos de su hija eran los mejores del mundo.

¡La avena es buenísima para ti! replicó, procurando sonar persuasiva. Leonor lo hizo sin azúcar para que no se te estropeen los dientes. Y lo del jersey hacía viento y podías coger frío. ¡Tus padres no están pendientes de esas cosas! afirmó con la seguridad de quien jamás admite duda sobre sus argumentos.

¿Frío, a treinta grados? preguntó Álvaro incrédulo. Abuela, ¡tengo doce años! Si hasta los médicos dicen que pasar calor es peligroso, que te puede dar un golpe de calor. Y no quiero seguir hablando de eso. Tía Leonor es rara, de verdad. Mi madre ni le coge el teléfono ya, porque sabe que tiene que tragarse una charla interminable. Decía todo rápido, apurado, deseando acabar con el tema. ¡Y mi padre ya ni la deja entrar en casa!

Carmen apretó los labios en señal de disgusto. Sabía que algo de razón tenía su nieto, pero ¡su hija tenía razón! En temas de crianza, Leonor sabía mucho más que aquella madre atolondrada del chico.

Leonor ha leído cientos de libros de psicología infantil y educación recalcó, alzando la voz más de lo pretendido. Sabe perfectamente cómo criar a un niño sano y completo. ¡Tu madre en fin, no se lo toma en serio!

Álvaro logró mantener la compostura aunque la rabia le hervía por dentro. ¡Cuántas veces había tenido esta conversación! ¿Cómo hacerle ver a su abuela que estaba equivocada? Suspirando hondo, dijo sereno:

Yo saco unas notas buenísimas, hago deporte, tengo una salud de hierro dirigió una mirada hacia la puerta esperando ver aparecer a su madre. Sólo espero que vuelva pronto pensó, encontrando consuelo en esa idea.

Carmen ni le dejó acabar. Alzó la cabeza y recriminó:

¡Kárate! ¿Pero cómo se le ocurre a tu madre dejarte hacer ese deporte? ¡Es peligrosísimo! protestó la mujer, genuinamente indignada. Cuando vio el primer hematoma en su nieto, montó un escándalo monumental exigiendo que lo quitara de la actividad. ¡Es irresponsable por su parte!

En ese momento entró Ana por la puerta. Perceptiva, intuyó la tensión que se respiraba. Sin conceder ni un segundo, se acercó a su hijo y le tendió la mano. Álvaro saltó del sofá y se refugió a su lado, buscando protección.

Carmen, si quiere seguir viendo a sus nietos, le ruego que deje de intentar convencer a Álvaro. ¡Ya basta! dijo Ana, abrazando a su hijo. Ya está bien de denuncias absurdas a servicios sociales y de meterle tonterías en la cabeza. La miró enfadada. Y sobre Leonor mejor ni mencione nada, ¡o cree que no sabemos cómo pararle los pies?

Carmen palideció, aunque enseguida recobró la postura. Puso cara de dignidad herida.

¡Sólo me preocupo por ellos! Leonor tiene el corazón en su sitio. Siempre soñó con tener hijos y tú tú le has cortado las alas replicó con un tono de reproche disfrazado de contención. Y lo sigues haciendo.

Ana no cedió. La miró con calma, dejando claro que no iba a recular.

Que adopte si quiere repuso fría. Con el dinero que tiene, no creo que le falten opciones. Pero si siguen entrometiéndose, se quedarán sin ver a los niños. Buenas tardes añadió, llevándose a Álvaro de la mano, agradecida de ser ella la que tenía la última palabra.

Hay que tener cara, pretender comprar a un niño con regalos y una habitación propia, y encima decir que no podemos darle calidad de vida murmuraba Ana, mientras veía marcharse a la visitante, conteniéndose para no invitarla a irse a gritos. Cerró los puños, pero se forzó a relajarlos. No iba a mostrar cuánto la herían esas palabras.

Álvaro se acercó, rozó la mano de su madre y le sonrió cálido. En sus ojos se leía una inesperada madurez y comprensión para su edad.

Tranquila, mamá le murmuró, abrazándola. Todo esto es por tía Leonor. La abuela sólo la sigue el juego.

Ana suspiró hondo para apartar las malas sensaciones. Le revolvió el pelo y asintió.

Anda, ve a la cocina, que he comprado tarta. Vamos a merendar.

El niño sonrió de oreja a oreja y se fue corriendo, relamiéndose de antemano. Ana observó cómo desaparecía y volvió mentalmente al reciente enfrentamiento. Sabía que la raíz del problema no era Carmen. El verdadero vértice era Leonor.

Leonor tiene 32 años y vive cómodamente gracias a un buen matrimonio. Siempre que se ven, le gusta hacer alarde de su vida: menciona sus últimas compras, presume de aquel viaje a Roma, lanza miraditas al estilo sencillo de Ana y su hijo Siempre todo con sutileza, pero el mensaje era clarísimo: su vida está a años luz.

El único lunar en la existencia de Leonor es la ausencia de hijos. Su juventud agitada pasó factura; el diagnóstico médico fue concluyente. Su marido tiene dos hijos de un matrimonio anterior y no se le nota especialmente apenado Pero para Leonor fue una tragedia. La consume el vacío de no experimentar la maternidad y se agarra a cualquier salida, incluso la más descabellada. Parecía dispuesta a convertir a Álvaro en ese hijo que nunca tendría.

La situación se tensó cuando Ana tuvo su segundo hijo. Todo cambió de golpe: a Leonor se le fue la cabeza y llegó a pedir insistentemente que le entregaran al recién nacido. Su obsesión daba miedo; repetía la petición una y otra vez, negando cualquier contraargumento.

Esteban, el marido de Ana, lo vio claro. Prohibió la entrada de Leonor en casa y le advirtió que ni se acercara al niño. Su decisión era firme: nadie se acercaría a sus hijos sin permiso.

Tuvo que intervenir el marido de Leonor. Nadie sabe qué hablaron, pero el resultado fue que Leonor se calmó y hasta se disculpó con su hermano. El conflicto parecía acabado, pero fue solo un alto en el camino.

A las cuantas semanas, Leonor volvió con una idea aún más salvaje. Un día, pilló a Ana en casa de Carmen y, sin rodeos, la abordó:

¡Ten un hijo para mí! Te lo pago bien. Así podríais comprar un piso de verdad.

Ana se quedó helada, sin poder creérselo. Miró a su cuñada intentando averiguar si era una broma macabra. Pero estaba claro, Leonor hablaba muy en serio.

Lo de ser madre de alquiler le parecía a Ana algo de otro mundo. Imaginarse portar una vida durante meses para luego entregarla le revolvía el estómago. No, sencillamente, no podía. Traspasaba todos los límites.

Sin embargo, la negativa de Ana solo avivó la obsesión de Leonor. Llamaba cada día, ofreciendo sumas cada vez mayores: prometía bienestar, futuro asegurado, oportunidades para los niños.

Acabó por aparecerse en el portal, esperando horas enteras a que alguien accediese a hablar con ella. No forzaba la entrada ni armaba lío; simplemente esperaba, decidida a no ceder.

Ana comprendió que allí no acabaría. Decidió hablar con Carmen, esperando que su suegra pudiera ponerle freno a su hija. Medida y educada, le explicó que lo que pedía Leonor era extraño y peligroso, que necesitaba ayuda profesional.

A Carmen, sin embargo, no le inquietó lo más mínimo.

No veo nada malo en lo que pide. Somos familia. Y la familia está para ayudar afirmó con certeza absoluta, como si se tratara de algo indiscutible. No le resultaba raro ni que Leonor exigiese un hijo ni que ofreciera dinero por un embarazo subrogado. Todo era, para ella, una muestra de cariño familiar aunque algo peculiar.

Recelando de dar demasiada información íntima, Ana se resistía. Pero la presión fue tal que aceptó contar la verdad.

No puedo tener más hijos acabó confesando, mirándola a los ojos con cansancio. No es un capricho ni desgana: los médicos me prohibieron incluso el segundo embarazo. Podría quedarme inválida, nunca me arriesgaré. Hágale entender a su hija que nos deje en paz. Si quiere un hijo, que vaya a una clínica.

Lo dijo con serenidad, aunque por dentro bullía de indignación. No era plato de buen gusto compartir su salud con alguien que consideraba casi una extraña, pero no veía otra salida.

Carmen alzó las cejas y, tras unos segundos de silencio, suspiró con decepción.

Bueno qué lástima. Con alguien de la familia sería mucho más fácil. Con una extraña, nunca sabes. En fin, qué le vamos a hacer, vive tranquila.

El tono fue tan trivial, como si hablara de comprar muebles. Aquella indiferencia molestó todavía más a Ana, pero prefirió marcharse en silencio, reprimiendo las ganas de gritar.

En casa, Ana soltó toda la historia a Esteban. Le habló de llamadas, visitas, solicitudes groseras y comentarios fríos de Carmen. La voz le temblaba, pero él la escuchó con atención y serenidad.

Me encargo yo zanjó él con determinación. No volverán a molestar.

Y así fue. Leonor, tras la conversación definitiva, dejó la idea de la maternidad subrogada. Pero no tardó en buscar otras cruzadas: ahora, se dedicó a enseñar a su hermano y su cuñada sobre la mejor manera de criar hijos. Había leído demasiado sobre psicología y pedagogía, y se creía experta sobre todas las cosas. Tanto si era cómo alimentar, vestir, educar o disciplinar, ella tenía opinión y lecciones. Cada visita era una Masterclass no solicitada.

Cuatro años después, Leonor tuvo una nueva ocurrencia, que consideraba brillantísima: apropiarse de Álvaro. En su opinión, era la edad ideal para captar lo bueno de vivir con una tía moderna y consentidora. Imaginaba comprándole regalos caros, llevándole de excursión, conquistándolo poco a poco hasta que el niño quisiera quedarse para siempre.

La realidad, sin embargo, era muy distinta. Álvaro no solo no sentía interés; se ponía nervioso cada vez que iba a casa de su tía. Aquel piso perfectamente ordenado, lleno de cosas caras pero frías, le agobiaba y deseaba volver cuanto antes al hogar familiar. Las propuestas de quedarse una tarde las rechazaba sistemáticamente, usando como excusa sus deberes, los amigos, o incluso el malestar.

Leonor, rendida, recurrió a su madre Carmen. Esta, enérgica, empezó a intentar convencer al nieto de todas las ventajas de vivir con su tía, insistiendo en que la familia debía ayudar. Pero topó con un muro: Álvaro nunca se planteaba abandonar su hogar.

Decidieron pasar a las denuncias: cartas a los Servicios Sociales, acusando a Ana y Esteban de desidia, mala crianza, maltrato incluso. Cada texto era más dramático que el anterior, presentando la vida de los niños como una calamidad.

De nuevo, fue inútil. Los técnicos sociales no encontraron nada irregular: los niños estaban fuertes, felices, bien escolarizados. Ninguna denuncia prosperó, pero Leonor insistía y Carmen le seguía el juego.

Ana pasó meses al borde de los nervios. Cada llamada, cada golpe en la puerta, la hacía temer una guerra aún peor. A veces pensaba en divorciarse y mudarse muy lejos Pero miraba a Esteban y sabía que no podía: todo valía por su familia.

Una noche, con los niños dormidos, él le dijo en voz baja:

Aguanta un poco más, Ana. He hablado con mi jefe sobre cambiarme de oficina. Me han dado el visto bueno para irnos en un mes a otra ciudad. Nadie sabrá dónde.

Ana le miró con resignación, con un hilo de alegría contenida.

Tu hermana encontrará la forma, tiene recursos para eso. Siempre habrá un motivo para perseguirnos.

Esteban la abrazó y, intentando transmitir confianza, añadió:

Que lo resuelva su marido. Le he mandado un claro aviso en algunos círculos importa mucho la reputación.

Ana asintió, sin preguntar más. Saber que él había actuado era suficiente. Por dentro, sentía un asomo de esperanza: quizá esta vez, sí habría paz.

Conforme pasaban los días, la idea de la mudanza se hacía cada vez más real. Ana se sorprendía despidiéndose mentalmente del parque de los domingos, de la pastelería de la esquina, del patio donde Álvaro jugaba con los amigos Sabía que a sus hijos les costaría. Sobre todo al mayor, que ya tenía doce años, amigos y pasión por el kárate.

Una noche, Ana se sentó a su lado en el sofá:

Álvaro, ¿sabes por qué nos vamos de la ciudad?

Él la miró sin rastro de enfado.

Claro, mamá. Lo entiendo. Da pena dejar el cole, la pandilla, la clase de kárate Pero si sirve para terminar con estas broncas, yo me adapto. Somos una familia, ¿vale? Y las familias deben cuidarse.

Ana lo abrazó, notando que esa tensión, acumulada durante tantos meses, empezaba por fin a aliviarse.

Mientras tanto, la venta del piso avanzaba rápido. Para sorpresa de Leonor, el “zulo” encontró enseguida compradores: un barrio agradable, piso luminoso, bien comunicado. El trámite fue sencillo y no hubo imprevistos.

En pocos días estarían empezando de nuevo. Ana lo temía, pero sabía que la oportunidad de recomenzar lo compensaba todo

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Buenos días, Ana María, saludó la trabajadora social, a quien Ana ya reconocía tras tanto encuentro. Era una mujer amable, aunque reservada, que procuraba no resultar invasiva aunque la ley la obligara a investigar cada denuncia.

¿Otra vez Carmen? suspiró Ana, acompañando a la invitada a la cocina. ¿Y ahora, qué he hecho mal? preguntó mientras ponía agua para café.

Tengo entendido que estuvo ayer en su casa contestó la asistente, aceptando la taza con educación. Intentó convencer a Álvaro para irse a vivir con Leonor, ¿verdad?

Otra vez lo mismo, y otra vez sin éxito. Álvaro tiene muy claras las cosas respondió Ana, restando importancia.

Pues hoy, Carmen ha venido a la oficina explicó la asistente. Traía una foto de Mateo con un chichón en la frente, acusándola de haberle pegado.

Ana sintió hervir la sangre, pero respiró hondo.

Eso se soluciona en un minuto.

Fue a por el portátil, lo abrió en la mesa y puso un vídeo: en las imágenes, el pequeño Mateo se zafaba de las manos de la abuela y salía disparado, tropezando con el taburete. Se veía perfectamente cómo caía y se golpeaba la frente en la mesa. Carmen, en lugar de ayudarle, sacó el móvil para hacer fotos del niño llorando.

La asistente visionó el vídeo con atención y asentía, en silencio.

Vaya, lo que tienen que aguantar ustedes dijo al final, dejando la taza suavemente. No creo que su suegra se detenga

Ana cerró el portátil sin perder la calma.

Nos vamos en un par de días dijo mirando el cielo por la ventana. A partir de ahora, a los nietos sólo los verá en las fotos.

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Cuando Leonor se enteró de que todo había fracasado, paseaba por la casa nerviosa.

¡No puede acabar así! Tengo que hablar con Esteban, hacerle entrar en razón

Pero, justo entonces, entró su marido, hablando serio:

Leonor, ya es suficiente. Para.

¡No lo entiendes! explotó ella. Sólo quiero

Sí lo entiendo la interrumpió él. Pero o paras, o se acabó. Lo digo en serio.

Ella se quedó pasmada.

¿Me estás amenazando?

No, te aviso. Me han dicho que habrá problemas si sigues. O cambias, o

No terminó la frase, pero el mensaje estaba claro. Leonor se sentó, exhausta, dándose por vencida.

Mientras tanto, Carmen se pasaba las tardes apoyada en la ventana, repasando en la cabeza los últimos meses, preguntándose si habría ido demasiado lejos.

Al pasar junto al parque, siempre se detenía a observar a los niños. Recordaba las tardes con Álvaro y Mateo, sus sonrisas y sus juegos. Ahora sólo los veía en fotografías.

Mirando esa imagen en la estantería, sentía el vacío de quienes, arrastrados por sueños imposibles, pierden lo más sencillo: la presencia de los que aman.

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