Una charla navideña
Se acababa uno de esos días de Navidad tan celebrados y gozados, especialmente señalados para el alma española. Anochecía pronto, y el pequeño pueblo ya estaba sumido en un silencio absoluto; ni siquiera los perros, repletos de sobras de grandes banquetes, se molestaban en ladrar a algún viandante ocasional ni en montar trifulcas con otros canes vecinos. Si algún forastero hubiera pasado (cosa poco probable en enero y aún menos en una aldea perdida de Soria), no habría dejado de fijarse en la cantidad sorprendente de ventanas apagadas, justo cuando toda España está oficialmente de fiesta y se supone que la gente debería estar en casa entregada al noble arte nacional del no hacer nada. Pero aquí, la vida seguía otro ritmo: todos los vecinos corrían a las casas con ventanas luminosas, refugio de antiguas tradiciones castizas de reunirse a la mesa con familia y amigos, degustando embutidos y delicias que abrían el apetito mejor que cualquier vermú de bar.
En la espaciosa casa de los García-Bochín, reinaba la alegre agitación de los preparativos de última hora antes de sentarse a la mesa. Finalmente, los invitados se agruparon en semicírculo, todos expectantes, esperando ese momento sagrado (más que el sorteo de Navidad en RTVE): cuando la anfitriona repartiera las hojas con el villancico tradicional. Todos, gente de misa y procesión, consideraban indispensable esa parte solemne antes de poder lanzarse con toda la alegría infantil posible a la celebración.
Antonia, la dueña, mujer menudita y de nervios a flor de piel como buena castellana, se dirigió a su primo, el barítono autodidacta de la parroquia:
¡Álvaro, tú empiezas!
Al instante, su marido Enrique asentía, dándole un codazo cómplice al primo.
Álvaro, de mirada intensa de esos que parecen estar siempre a la gresca con la vida, carraspeó dramáticamente y exclamó con voz de barítono joven:
No, Antonia, el que debe empezar es el anfitrión. ¡Enrique!
¿Por qué? alguien saltó. ¡Si eres el de la coral!
¿Y qué? replicó Álvaro. Esto son cosas de casa. Aquí manda el dueño. ¡No hay más!
Enrique rezongó unas palabras y todo el mundo comenzó a entonar el villancico, al principio un poco desafinados, pero poco a poco la voz de Álvaro los animó y el conjunto sonó tan armonioso como si fuesen el Orfeón Donostiarra en versión de andar por casa.
Máximo, alto como la Giralda y casi recién bautizado en eso de la tradición navideña castellana, se dio cuenta de que su propia voz no desentonaba mucho en el coro (aunque, eso sí, él era más de tararear a escondidas que de cantar a pecho descubierto). Su mujer, Lucía, una rubia de veintiún años que parecía salida de una postal de Segovia, era mucho más local y echaba un vistazo a todos los presentes con esa mirada de quien se siente en casa.
A su derecha, otra pareja joven: Rodrigo, pelirrojo de esos cuya cara grita profesor de gimnasia y su mujer, Clara, rondando los veintisiete y luciendo, no se sabía bien si una cofia de abuela o una especie de pañuelo atado con truco. Dirigía la conversación Enrique, bajito pero enérgico y dicharachero, siempre animado y dispuesto a liderar cualquier tertulia, secundado por Elena (la mejor amiga de Antonia) y su marido Nicolás, y por Pedro, el sacristán enjuto, poco dado a la charla pero observador como un espía de la Santa Hermandad, cuya esposa Carmen también asistía, callando más de lo que hablaba y mirando a los tertulianos con ojo critico.
Esperando el segundo plato, los comensales picoteaban de una tabla de quesos curados, lomo, chorizo ibérico y ensaladas variadas. De pronto, en un silencio inesperado, rompió la quietud Elisa, la esposa de Álvaro, morena de treinta y poco, con unos ojos almendrados que te juzgaban sin piedad incluso aunque cantaras el Gordo:
A mí siempre me da en estas fechas como un sentimiento raro, como si lo misterioso estuviera más cerca. Nieve, calorcito en la casa, ese silencio especial por las tardes ¿no es mágico?
Eso es de ver tanto La Navidad en la aldea de la abuela en la tele replicó, encogiendo los hombros, Valentina, la vecina de la aldea de al lado, invitada por la anfitriona. Valentina era de esas que nunca levantan pasiones por su tono dogmático y por una sonrisa tipo Gioconda que ni fú ni fá, ni para bien ni para mal. Nadie se paraba a mirarle los ojos por mucho que quisiera transmitir buen rollo.
Puede ser. O lo mismo es porque en la uni hacíamos cosas absurdas Elisa bajó la mirada. Echábamos las cartas en Nochebuena. Un pecado, sí, pero yo lo veía como bueno, un juego.
¡Vaya con Elisa, menuda “travesura”! aplaudió Antonia, la primera en lanzarse a ayudar en todo en la parroquia.
No te pongas tan seria, mujer le soltó Enrique, con cariño, frenando la reprimenda, aunque en la cara de Antonia se notaba que le quedaba sermón pendiente.
En ese momento, apareció por la puerta la hija de los anfitriones, también llamada Antonia, versión mini de la madre en físico y genio, llegando triunfante con el cochinillo asado.
¿Y qué más, Elisa? preguntó Elena, cuando se aplacaron los vítores ante el banquete.
Que siempre me apetece leer relatos navideños. ¡Están llenos de misterios y cosas buenas! dijo Elisa. Es esa mezcla de cuento y vida.
¡Justo como a mí! saltó Lucía, animada. El año pasado leí un relato de Galdós que me flipó. Al final hay una escena importantísima con una mano, todos mirando la puerta, y la mano se acerca poco a poco no recuerdo el título, pero vaya si emociona.
Antonia se quedó con el cuchillo en el aire.
Vega, ¿y tú? Que estás muy callada le espetó.
Todos miraron hacia la sobrina política de Elena y Nicolás, recién venida de Madrid y poco conocida en la aldea.
Es que Vega ahora es abogada y, ojo, que antes fue Antonia hinchó la barbilla con cara de misterio ¡filóloga!
Elena aprovechó para presumir de nuera:
Sí, y acabó la carrera con matrícula de honor.
Vega, la mujer del pañuelo y la serenidad de quien está inmunizada contra parientes pesados, se giró sin alterarse y dijo muy seria:
¿Galdós? Pues un autor de fondo que no consideramos gran clásico sólo porque no escribió interminables tochos como Cervantes o no era tan oscuro como Unamuno. Pero su profundidad es igual. No tenía ideas filosóficas visionarias, pero sí una capacidad incomparable de transformar el alma, casi siempre a partir de motivos evangélicos.
¡Caramba! Álvaro puso cara de haber visto el espíritu de Cervantes. Como no era de charlas teóricas, rápidamente llevó el debate por otros derroteros: Vega, ¿y ese relato de la mano, cuál era?
¿El relato? repitió Vega.
Al prepararse para responder y mirar a Álvaro, este descubrió de golpe, como quien bebe un Ribera de Duero después de años de Don Simón, que ella era guapísima. El perfil no dejaba entrever sus ojos. Pero ahora
Sus rasgos hablaban de un mundo interior complicado; esas arruguitas de la frente en plena charla daban a su cara un movimiento incesante, igual que la chispa que brillaba en sus ojos oscuros.
Lucía, que se había percatado del súbito interés de su marido por Vega, esbozó una media sonrisa divertida: lo había visto antes con otros hombres. La belleza de Vega no era llamativa, pero sus ojos arrastraban como un buen caldo: si te miraba, ya no había más remedio que fijarse. ¿Era sensatez? ¿Era un destello espiritual? A saber, pero el caso era ese.
En fin, Galdós escribió varios relatos navideños; ese de la mano viene en un ciclo, se llama El Mesías en la casa del labrador. Pero el otro día leía un cuento de Azorín, El médico milagroso. Dicen algunos que es el relato más humano de Azorín. Otros, que es su obra maestra.
¿Cómo es eso? saltó Álvaro, tenedor en alto. ¿Y no El encantador peregrino?
Me refiero ahora a Azorín, no a Galdós sonrió Vega. Y resumiendo mucho: dos niños miran por la ventana viendo cómo los demás preparan la Nochevieja (en tiempos del calendario juliano, por cierto, pleno ciclo navideño). Mientras en todas las casas hay fiesta, ellos vuelven a un sótano helado donde su hermanito recién nacido llora de hambre, la madre ya no tiene leche de tan débil, y la hermana está enferma. El padre, que lo ha perdido todo, desesperado, pasa el día entero buscando trabajo o, ya sin esperanza, monedas por el suelo, y no encuentra nada. Al volver a casa, con el alma rota, se va otra vez a recorrer la ciudad bajo la escarcha y piensa en el suicidio.
Y cuando está en el parque, un anciano cualquiera se le acerca: voy a llevar regalos a unos niños. El hombre le cuenta su vida al desconocido, que no huye, sino que deja todo para ir con él y ayudar a la familia. Es médico y da instrucciones, y en cuanto se marcha aparecen misteriosamente carbón, comida, la hermana mejora, y al irse el médico deja unas monedas bajo su receta. Cuando el padre va al boticario, ve en la receta: Doctor Segismundo Buenaventura. Y solo lo ve una vez más: en su propio funeral. Esto es historia real, aclara Azorín en la nota.
Vega bebió un sorbo de mosto.
Y como en toda buena historia hay final feliz, claro concluyó sonriendo.
Pero antes de acabar, sonó un golpe en la puerta. Antonia se levantó despavorida:
¡Ni se os ocurra seguir sin mí!
Se oyó el cerrojo, la voz del cura, don Miguel:
La paz a esta casa.
Y nosotros la recibimos.
Paso solo un momento, iba de camino y vi la luz. Os traigo un recado.
Enrique salió disparado:
Padre, venga a la mesa, que estamos de fiesta de verdad. Aquí falta usted.
No, que tengo que volver a casa
Por Dios, padre, si su esposa está de viaje. No se quede solo.
Bueno, un rato solo cedió el cura.
Entró don Miguel, hombre en sus cincuenta, rostro apacible y ojos serenos de los que te solucionan la vida solo con mirarte. Todos se apretaron para hacerle hueco en la cabecera, y mientras le servían, preguntó:
¿En qué andabais? Si se puede saber sonrió el padrino de medio pueblo.
Nicolás, rojo de facciones como un soldado de Carlos V, contestó imperturbable:
Nada, padre. Vega nos estaba contando una historia bonita. Vega, sigue, por favor.
Pues le resumía El médico milagroso. La historia es que, a raíz de aquella ayuda inexplicable, la familia mejora, el padre encuentra trabajo, la madre sana, los niños crecen y prosperan. Solo vuelven a ver al benefactor una vez, en su entierro. Un cuento verídico, según cuenta Azorín.
Enrique arqueó las cejas:
Buena historia, sí, ¿pero dónde está el milagro? ¿Que simplemente les fue bien después?
Vega negó suavemente:
Ah, no. Mire, Enrique, ¿no le parece milagro ese ser escuchado por Dios justo cuando ya se pierde toda esperanza porque tus fuerzas se rompen por dentro? ¡Eso es el verdadero milagro cristiano! Ser visto, ser escuchado desde lo alto cuando ya no puedes más.
Enrique torció el gesto:
Bueno, sí, pero yo me espero algo más espectacular. Algo, no sé sobrenatural.
Don Miguel intervino con esa voz que hace que hasta los recalcitrantes se callen:
Tocas un tema muy importante, amigo mío: el azar. Ya hablaremos de eso pero, por lo pronto, déjale contestar a Vega.
Vega sonrió:
Mire usted, Enrique, de milagro tiene mucho eso: ni un alma alrededor quiso o supo ver la desgracia ajena, hasta que Dios, en el momento más bajo, manda una ayuda. De entre miles de anónimos, uno es oído. Y por quién: por el Creador. ¡En el instante justo! ¿No es eso un milagro? Quizá no lo explique bien, pero ahí queda.
El ambiente se impregnó de una emoción serena que flotaba como aroma de pan caliente hasta que el cura, experto en lidiar multitudes, la rebajó con tono jovial:
Eso, eso. Y te confieso que yo, cuando me paro junto al hormiguero, pienso a menudo lo mismo. Que Dios me escuche me parece tan milagroso como que le escuche a cualquiera de los ocho mil millones. Pero nos empeñamos en milagros espectaculares, querer meter el dedo en la llaga como Santo Tomás.
El padre prosiguió, levantando el dedo como orador clásico:
Estos milagros por todas partes no los vemos porque ya todo nos parece cotidiano. Queremos milagros para convencernos de que tenemos razón, como si la fe dependiera de un efecto especial de fuegos artificiales. Pero el verdadero milagro es el mundo mismo.
Pedro, el sacristán, añadió como quien comenta un gol en la radio:
Pues oiga, padre, por aquí aún pasan cosas que parecen milagros. Dios manda alguna para reforzar la fe.
Pedro, que era tan viejo que nadie creía su edad y tan vivaz y charlatán que nadie lo llamaba abuelo, prefería observar, aunque nunca desaprovechaba ocasión de buena conversación. Como veterano del pueblo, estaba cargado de historias útiles.
En mi pueblo empezó Pedro había cierta beoda conocida. El día de la Virgen, antes se tenía la costumbre de ir al río de madrugada para llenar el cántaro de agua bendita. Así que mi madre, la vecina y la famosa se pusieron en camino, y la última venga soltar improperios y juramentos. En vez de ir en silencio rezando, iba rajando a grito pelado. Total, que al volver, el agua de la borracha estaba llena de limo. Jamás el río traía barro por esas fechas Eso sí que es misterioso, si me pregunta.
Enrique, con cara de gato satisfecho:
Eso sí es milagro. Vale, no es curar cáncer, pero ya es algo.
¿Y si por casualidad recogió un poco de barro? preguntó Macario.
Pues podría ser admitió el cura. Como todo, todo depende de la fe. A medias: para el creyente, señal; para el incrédulo, coincidencia. No hay pruebas definitivas para nadie.
En ese momento, Valentina, con su media sonrisa críptica y aire místico, cortó:
Cura, ¿no acaba de pasar aquí mismo un milagro? La Virgen está desprendiendo aroma.
El cura frunció el ceño:
¿Cómo que aroma? ¿No será la Virgen del paquete ese que trajo el americano Genaro, ¿no? hijo de la abuela difunta?
Don Miguel bajó el tono:
No noté nada raro en la imagen Es igual que todas.
Padre, ¡que sí! Valentina por fin perdió su papel de Gioconda. ¡He olido hasta la bolsa y huele a gloria!
Don Miguel se rascó la barbilla:
Vamos a comprobarlo.
El silencio fue total mientras el cura iba y volvía del zaguán, trayendo la imagen de la Virgen en su funda negra, y con suave ceremonia la desveló. Al abrir la bolsa, una pequeña botellita rodó al suelo.
Don Miguel se echó a reír:
¡Milagro resuelto! Aceite de rosas. Genaro debió meter la botella mal cerrada en la bolsa. Y nosotros buscando misterios donde no los hay.
Valentina abrió la boca para protestar, pero don Miguel agitó la mano:
Menos cuentos. Os cuento yo otra historia, y larga, así que preparaos.
Todos a una vocearon que sí, como en el Un, dos, tres.
Don Miguel empezó su historia, y Máximo, que tenía una imaginación viva como un chiquillo en los Sanfermines, se sumió en la escena tan intensamente que casi se vio dentro de aquel relato de hace un siglo.
*
Ocurrió en los años oscuros de la posguerra. En un gran pueblo de Castilla, trabajaba como sacristán un tal señor Melchor. Si alguien dijera a los jóvenes que Melchor, el hombre del candado y la voz rasposa, había sido de joven tenor en la parroquia, nadie lo creería.
Este Melchor, tras una prometedora infancia de altar, fue mozo a la guerra de África, donde una herida le cambió la voz. Al volver, se casó con una viuda con mucho genio, sacó adelante cuatro hijos, y con los años, endurecido por la vida, pocos reconocían en él al fuerte y dicharachero joven del pasado. Pero cuando hablaba de Dios, o de la fe, con algún amigo y un vasito de orujo, se transformaba.
El ambiente era tenso: pueblo vacío, campos abandonados, los jóvenes escondidos en el monte para no terminar en la mili. Pero también se agradecía estar mejor que en otros sitios: la guerra no había llegado como a Valencia o Asturias, donde dicen que ni Dios asoma.
Hasta que llegó la Pascua. Melchor, como sacristán, era el primero en abrir la puerta y recibir a la gente. Todo olía a fiesta, a esperanza, a ese milagro español que es aguantar pase lo que pase, fiándolo todo, para lo bueno y para lo malo, al ya iremos viendo.
Mientras recorría el templo comprobando que todo estuviese preparado, irrumpieron ruidos del portal. Entró un mando bajo y la Guardia Civil, armados hasta las cejas.
¿A celebrar la Pascua? ¡Eso es contrarrevolución! gritó el jefe, fusta en mano y mirada desafiante.
El templo se congeló. Ni el órgano se atrevía a sonar. Melchor, curtido en mil batallas, pensó rápido: Esta noche no pueden impedir la celebración. E hizo lo más insólito para salvar el momento: subió al altar y comenzó a entonar un canto.
Su voz, al principio torpe y ronca, pronto se tornó fuerte. Y a ese arranque, uno tras otro, se sumó el pueblo entero, primero con duda y luego con fuerza, como quien olvida el miedo a perder el trabajo, la honra o incluso la vida.
El jefe de los civiles, tras vacilar, masculló algo de que volverían a ajustar cuentas, y se marchó. Los demás, tras él, no tan convencidos. El templo permaneció abierto toda la dictadura, jamás lo clausuraron ni en los peores años. Y eso, concluía don Miguel mientras levantaba el dedo como si dictara cátedra en la Universidad de Salamanca:
Eso, amigos, para mí es el auténtico milagro: lo normal sobrevive, contra toda lógica.
Ya ves meditó Enrique, mientras llenaban otra ronda de vino y alguno se atrevía a pedir el postre antes de tiempo.
Y mientras tanto, la familia, la parroquia y el cochinillo compartían otro año más lo único realmente mágico de la Navidad: que, aunque todo cambie, siempre vuelva el encanto de juntarse y celebrar la vida, aunque sea con menos misterios y más aceite de rosas de la cuenta.







