Veintiséis años después

Veintiséis años después

Aquella noche el cocido madrileño salió especialmente bueno. Isabel levantó la tapa de la olla, probó una cucharada, añadió una pizca de sal y se quedó satisfecha. Tras veintiséis años, había aprendido a prepararlo justo como le gustaba a Fernando: espeso, con chorizo de pueblo, garbanzos tiernos y su óxido de pimentón, un toque de repollo al final y el toque de perejil fresco agregado en el último instante, pues, de lo contrario, el aroma se perdía. Puso la mesa en el comedor, cortó pan, sacó la taza preferida de Fernando la de esmalte ya ennegrecido, que él no permitía tirar a pesar de que ya estaba para el arrastre y colocó todo en su sitio.

Fernando llegó a eso de las ocho y media. Se quitó la cazadora, la colgó en el perchero de cualquier manera, de modo que enseguida acabó en el suelo, y fue directo a la cocina sin mirar a Isabel.

¿Cocido? preguntó, asomándose a la olla.

Cocido. Siéntate, que te sirvo.

Se sentó, cogió el móvil y empezó a mirar algo en la pantalla. Isabel le sirvió el plato y se lo puso delante. Él comió en silencio, sin apartar la vista del teléfono. Isabel se sentó enfrente con su taza de té, ya frío. Afuera, el viento de noviembre azotaba las ramas del manzano del jardín, el árbol que plantaron juntos el primer año en aquella casa, cuando aún eran jóvenes.

Fer dijo Isabel, creo que deberíamos hablar.

Él levantó la vista. No había enfado en su expresión, tampoco interés. Sólo la mirada de quien ha sido interrumpido en algo más importante.

¿De qué?

No lo sé. Llevamos meses como extraños. Llegas tarde, te vas temprano. Apenas te veo. ¿Está todo bien?

Fernando dejó el móvil. Tomó pan y rompió un trozo.

Isa, ¿en serio? ¿Qué significa todo bien?

Nosotros. Tú y yo. Nuestra relación.

Guardó silencio unos segundos. Después la miró como quien afronta un asunto resuelto hace tiempo.

¿Quieres la verdad?

Quiero la verdad.

La verdad repitió él y volvió a masticar pan. No estoy enamorado de ti. Hace años que no. Te aprecio como ama de casa, como la persona que mantiene esto en orden. Cocinas, lo tienes todo limpio, sabes no dar problemas. Es cómodo. Pero si hablas de amor no, Isa. Eso desapareció hace muchos años.

Ella le observó. Él lo decía con una calma absoluta, como quien explica por qué compra una marca y no otra de aceite para el coche. Sin ira, sin pena, sin el menor pudor.

¿Me lo dices en serio? preguntó en voz baja.

Siempre soy serio en lo importante.

¿Y me lo sueltas así? ¿Con el cocido delante?

¿Cuándo si no? Tú has preguntado. Yo te contesto.

Isabel se levantó. Recogió su taza. La puso en el fregadero. Se quedó un minuto junto a la ventana, mirando la oscuridad más allá del cristal, las luces de la casa de la señora Pilar, la vecina. Allí aún había luz en la cocina. Seguramente también cenaba.

Está bien dijo Isabel y se fue al dormitorio.

No volvieron a hablar aquella noche. Fernando siguió mirando el móvil, luego se tumbó en el sofá del salón, como venía haciendo meses. Ella permaneció en la oscuridad, con los ojos abiertos, oyendo cómo él roncaba al otro lado de la pared. El cocido quedó en la olla, casi intacto.

Fue una de esas historias que sólo da la vida misma. Demasiado cotidiana. Demasiado honesta en su crudeza.

A la mañana siguiente, Isabel se levantó a las seis, como siempre. Puso el hervidor, salió al patio a alimentar a la gata que había aparecido dos años antes y se había quedado a vivir. El aire cortante de noviembre olía a hojas caídas y humedad. Con la bata y la chaqueta puesta, miraba el jardín. El manzano, desnudo y retorcido, albergaba bajo sus ramas las últimas manzanas podridas que aquel año no había recogido. No había tenido tiempo. O no había querido.

Es cómodo, repitió para sí las palabras de su marido.

Veintiséis años. Veintiséis años cocinando, lavando, limpiando, recibiendo a sus amigos, sabiendo tratar a quien convenía, sin preguntar demasiado, manteniendo la casa tan perfecta que quienes acudían solían decirle: Isa, eres una artista. Ése era su papel. Y lo había cumplido bien. Muy bien. Pero resultó que el papel tenía otro título. No esposa. No amada. La palabra era otra: cómoda.

La gata se frotó contra su pierna. Isabel se agachó y la acarició en la cabeza.

Tenemos que pensar, compañera le dijo en voz alta.

El hervidor silbó. Isabel entró en casa.

No preparó desayuno. Por primera vez en muchos años. Sólo se hizo un té, cogió un biscote y se sentó con él en el sillón junto a la ventana. Fernando salió a las ocho menos cuarto, extrañado al ver la mesa vacía.

¿El desayuno?

En la placa no hay nada contestó Isabel sin levantar la vista de la taza.

Él se quedó parado un instante, luego, sin decir palabra, cogió su abrigo y salió. Dio un portazo. Isabel escuchó el motor del todoterreno perderse tras la esquina.

El silencio en casa resultaba casi denso. Sentada ahí, comprendió que algo importante había cambiado. No en él, ni en la relación. En ella.

La vida después de los cincuenta, pensó, a veces empieza así: con una frase dicha una noche, una palabra que lo pone todo del revés. Ella tenía ahora cincuenta y dos años. Fernando, cincuenta y cinco. Vivían en su casa a las afueras de Ávila, en un pequeño pueblo donde todos se conocían, donde cada cual tenía su jardín y el ciclo de la vida era tan previsible como las estaciones. La casa era hermosa. Grande, de dos plantas, con terraza y ese manzano. Siempre pensó que la casa era su nexo. Lo más compartido.

Pero hete aquí la pregunta: ¿de quién era en realidad la casa? ¿A nombre de quién estaba? ¿Quién pagó el terreno, la obra, la parte que ella aportó vendiendo su piso al empezar la vida juntos?

Por primera vez en muchos años, Isabel se hizo preguntas que antes consideraba indecorosas. Jamás se interesó demasiado por las finanzas familiares. Fernando siempre decía: Ya lo llevo yo, no te preocupes. Y ella le creyó. Él se dedicaba a la intermediación inmobiliaria, hacía negocios, asesoraba, cosas en las que ella no se metía. Dinero no les faltó. Vivían bien. Eso era todo.

Pero algo en su interior hizo clic. Silencioso, sin rabia ni lágrimas. Simplemente lo entendió: tenía que averiguar. Todo.

Cerca del mediodía telefoneó a su amiga Carmen. Se conocían desde el colegio, aunque ahora Carmen vivía en Salamanca y apenas se veían.

Carmen, necesito verte.

¿Ha pasado algo?

Ayer Fer me dijo que le resulto cómoda. No querida ni necesaria. Cómoda. Como un mueble.

Pausa.

Ven ahora mismo, Isa. Vente, sin más.

Se vieron en una pequeña cafetería cerca de casa de Carmen. Ella, mujer práctica, directa, dos veces divorciada y, como decía, sabia de los golpes que da la vida, escuchó a Isabel sin interrumpirla. Luego movió la cucharilla en silencio.

Isa dijo al final, ¿te acuerdas de cuando vendiste tu piso en el noventa y ocho?

Sí. Para la casa.

¿Y a dónde fue ese dinero?

Isabel reflexionó.

Pues a la obra. Fer lo gestionó todo.

¿Y los papeles? ¿De la casa, del terreno? ¿A nombre de quién están?

A Isabel se le quedó la respuesta atascada. No sabía decirlo. Así, con claridad: ¿a nombre de quién estaba? No lo sabía. Y se sentía extrañamente avergonzada.

Eso mismo dijo Carmen. Isa, no quiero asustarte, pero debes enterarte. Todo. Busca los títulos.

¿Crees que hay algo raro?

Creo que cuando un hombre te llama cómoda a la cara, es porque se siente muy seguro. Nadie avisa así a quien puede perder fácilmente. ¿Me entiendes?

Isabel volvió a casa dándole vueltas a esas palabras. A quien se puede perder fácilmente, no se le avisa así. Había en ello una frialdad quirúrgica.

Buscó en el despacho, ese cuarto donde Fernando detestaba que ella entrara. Decía que sólo él entendía su orden de trabajo. Isabel siempre había respetado eso. Pero ahora encendió la luz y miró a su alrededor.

Mesa, carpetas en estanterías, cajones. Un despacho corriente. Abrió el primer cajón: papeles varios, facturas, extractos. El segundo, cerrado. El tercero se abrió, y allí encontró una carpeta rotulada Casa. Documentos.

Se sentó en el suelo con la carpeta. Empezó a leer. Escritura de propiedad: Fernando Ruiz Morales. Escritura del terreno: también él. Contrato de compra-venta: lo mismo. Repasó todo. Su nombre no figuraba.

Permaneció sentada veinte minutos. Luego guardó todo, cerró la carpeta, la devolvió a su sitio y salió, cerrando la puerta. Fue a la cocina. Puso agua, preparó un té con una cucharadita de miel del tarro viejo junto a la ventana, y lo bebió entero, lentamente.

No lloró. Eso fue lo más extraño. Antes habría llorado. Se habría encerrado en el dormitorio, esperando una explicación. Pero ahora, lo que sentía no era dolor. Era una calma, como de quien se prepara para algo desconocido, pero necesario.

Aquella noche abrió el portátil y empezó a buscar. Cultura financiera para mujeres separadas. Derechos de la esposa en la división de bienes. Qué es el patrimonio ganancial. Leyó y tomó notas en un cuaderno. A las dos de la madrugada tenía una lista entera de preguntas.

A la mañana siguiente llamó a un despacho jurídico que le recomendó una conocida, nada de recurrir a redes de Fernando. Pidió cita.

Entonces pensó en la abogada que Fernando había usado durante años para sus gestiones. Martina Llorente. La había visto varias veces en alguna comida de empresa y un par de veces por casa para firmar papeles: unos cuarenta años, pelirroja, traje siempre impecable, mirada fría. Isabel siempre la consideró una profesional, sin más.

Cogió el móvil de Fernando, olvidado en la mesita mientras él se duchaba. No leyó mensajes ni llamó a nadie. Sólo fue a la agenda, buscó el número de Martina. Miró la fecha del último contacto: la noche anterior, once y media. Dejó el teléfono donde estaba.

Eso bastó para que una nueva imagen empezara a nacer en su mente. Sin pruebas, pero la dirección quedaba clara.

La consulta fue tres días después. Su abogado, Ernesto Barrientos, hombre de unos cincuenta años, hablaba con calma y concreción. Isabel le contó su historia: veintiséis años de matrimonio, la casa sólo a nombre del marido, ella había vendido su piso y el dinero se usó para la casa, sin documentos que lo acreditasen.

Es el típico caso de aquellos años dijo él. Todo se ponía a nombre del que gestionaba. Pero eso no anula tus derechos.

¿Qué derechos tengo?

Por ley, todo lo obtenido durante el matrimonio es de ambos. Da igual de qué nombre figure la escritura. Pero hay que revisar fechas: cuándo fue comprado el terreno, cuándo la obra, si tu esposo tenía bienes propios y pudo justificar el origen del dinero.

Mi piso dijo Isabel. Lo vendí y di el dinero.

¿Conservas el contrato?

Lo pensó. El contrato de compraventa. Debería estar.

Creo que sí. Debo buscar.

Búscalo. Es fundamental. Si consta que el importe sale de la venta de tu piso, cambia las cosas.

Volvió a casa sintiendo que por fin tenía una tarea concreta. Se dedicó a buscar todo el día: estantes altos, cajas viejas, bolsas con papeles que se acumularon en el trastero. Entre revistas antiguas, halló al fin la carpeta con documentos de los noventa. Allí estaba la venta de su piso, primavera de 1998. Aparecía la cantidad.

El papel, envejecido, entre sus manos le dio una especie de alivio. Existía. Veinticinco años en una caja, para servir aquel día.

Durante las dos semanas siguientes, Isabel vivió una doble vida. Nada parecía diferir en el exterior. Cocinaba para ella, limpiaba lo suyo. Ya no tocaba nada de Fernando: ni ropa, ni vajilla. Él se dio cuenta al tercer día.

Isa, la camisa está sin planchar.

Ya lo sé.

¿No la vas a planchar?

No.

Él la miró con cierta perplejidad, como si fuera algo inédito.

¿Algo va mal por aquella conversación?

No, Fer. Ya lo entendí: soy conveniente. Pues la conveniencia debe tener sus límites. Si no soy esposa sino asistenta, aclarémoslo.

No supo qué contestar. Se fue al despacho. Isabel le oyó hablar bajo por teléfono. No quiso escuchar más. Ella tenía ya bastante.

Ordenadamente, recopiló información sobre los negocios de Fernando. No por celos ni ira, sino porque ahora era indispensable. La cultura financiera de la mujer, entendió ella, no es calcular rebajas, sino saber dónde están los dineros que te conciernen.

Encontró entre sus papeles varios contratos de propiedades. En dos de ellos algo le chocó. Los llevó a Ernesto.

¿Y esto? preguntó el abogado.

Compró y vendió pisos, según veo.

Mira aquí señaló una línea. El vendedor y el comprador son sociedades distintas, pero del mismo domicilio. Puede ser una operación interna para dar apariencia de valor de mercado.

¿Eso es ilegal?

Puede dar lugar a investigación. La Agencia Tributaria lo mira. Otra cuestión es si puede haber cargos penales. Pero para ti lo importante es: si hay problemas legales, debes proteger tu parte del patrimonio.

¿Puedo verme afectada?

La esposa responde ante deudas si el bien es común o si demuestran tu complicidad. Mientras sigas casada y viváis juntos, hay riesgo.

Aquello era serio. Isabel volvió a casa y se quedó largo rato en el banco del jardín, a pesar del frío. El suelo ya duro de noviembre. La gata junto a ella al sol.

Un marido tóxico, pensó Isabel, no es necesariamente quien grita o tira platos. A veces es quien simplemente no te ve. No te trata en igualdad. Se acostumbra a vivir sobre tu vida sin darse cuenta. O sin quererlo.

Tomó una decisión.

Ernesto redactó la demanda de división de bienes. Buscaron todos los documentos: el contrato de venta del piso de Isabel, extractos, presupuestos de obra hallados en aquel despacho, facturas de materiales con fechas. Todo señalaba que la casa se edificó tras el 98, es decir, en la época de matrimonio y con dinero procedente al menos en parte de Isabel.

No dijo nada a Fernando. Siguió viviendo allí, hablando lo menos posible. Él interpretó su actitud como una ofensa pasajera y esperaba que se le pasara solo.

Entre tanto, Carmen, que trabajaba en temas de empresas, averiguó algo por sus contactos. La llamó una tarde:

Isa, he encontrado algo. ¿Puedes hablar?

Adelante.

Fernando tiene varias sociedades. Una acaba de crearse este año. Y de socia tiene a una tal Llorente Martina.

Isabel guardó silencio.

¿Isa?

Te escucho, Carmen.

¿Sabes qué significa eso?

Sí. No sólo tienen relación personal.

Sino negocios. Y como la sociedad es nueva, algo traman. Quizá mover patrimonios. Tienes que darte prisa.

Llamó esa tarde a Ernesto.

Es importante le dijo con serenidad. Si él está transfiriendo activos a esa empresa, podría estar intentando sacarlos del reparto. Hay que pedir medidas cautelares para que el juez bloquee todo.

Mañana por la mañana lo hacemos afirmó él.

Al día siguiente, Isabel fue a su despacho. Revisaron todos los escritos. Ernesto le explicaba cada papel, cada rúbrica, sin prisa ni complicaciones. Para Isabel aquello no era tan farragoso como siempre lo había imaginado. Bastaba comprender qué le interesaba y confiar en quien la guiara.

Cuando salió de la asesoría, había empezado a nevar. Los primeros copos del año, quietos y lentos. Cubrían coches, tejados, su abrigo. Se quedó mirando al cielo. Por dentro sentía respeto hacia sí misma, hacia esa mujer que, al fin, había decidido levantarse del suelo y empezar a aclarar las cosas.

Fernando se enteró de las medidas una semana después. Le llamó mientras ella hacía la compra.

¿Qué ocurre, Isa?

¿Cómo?

¡Acabo de recibir aviso del juzgado! ¿Eso qué es? ¿Has presentado la demanda?

Sí, Fer.

¿Estás loca? ¿Sólo por esa conversación?

Por veintiséis años respondió con serenidad. Tengo que irme, llevo leche en el carro. Hablamos en casa.

Colgó y fue a pagar. No le temblaban las manos. Ni la voz. Incluso se sorprendió.

En casa, la conversación fue dura. Fernando estaba nervioso, aunque disimulaba. Paseaba arriba y abajo, hablaba atropelladamente.

Isa, la casa es mía, ¿entiendes? Yo la levanté, yo la pagué.

La pagaste, entre otras cosas, con el dinero de mi piso. Tengo el contrato.

¡Era un regalo! ¡Tú lo ofreciste!

Ofrecí invertir para nuestro hogar. Tú la escribiste sólo a tu nombre. No es lo mismo.

¿Hablaste con un abogado a mis espaldas?

Como también tú a espaldas mías montaste la empresa con Martina.

Se hizo un silencio grave.

¿A qué viene eso?

A Martina Llorente. Vuestra sociedad, la de este año.

Él se sentó. La miró con una mezcla de respeto y hostilidad.

Te has preparado bien.

He aprendido que hay que ser útil. Ahora, para mí misma.

Calló. En la mesa, su taza de café seguía sin tocar.

Podemos llegar a un acuerdo.

Por supuesto. Pero sólo a través de abogados.

Los tres meses siguientes fueron difíciles. No por emociones, aunque hubo de todo. Por organización: tribunal, reuniones, papeles. Ernesto era justo el apoyo que necesitaba: explicativo, sin amenazas, sin tranquilizar con falsedades. Útil.

Por si fuera poco, la Agencia Tributaria descubrió irregularidades en las operaciones inmobiliarias de Fernando. Nada criminal, pero sí sospechoso. Aquello, paradójicamente, ayudó a Isabel: sirvió de argumento para negociar.

Fernando, viendo el terreno moverse bajo sus pies, se mostró más colaborador. Charlas entre letrados dieron con una solución aceptable: Isabel se quedó la casa. Él, otros activos, sujetos ya a revisión fiscal. Martina tampoco quiso cargar con sus deudas y su alianza empresarial se resquebrajó.

Isabel lo supo por Carmen, que se enteró por terceras personas.

Dicen que Martina se apartó en cuanto olió problemas.

Lista respondió Isabel sin acritud.

¿No te da rabia?

A ella, no. Ella veló por sí. Yo no lo hice en su momento. Ahí estuvo mi error.

La firma del acuerdo fue en febrero. Un día frío y gris. Estaban todos: Isabel con Ernesto; Fernando con su abogado, un hombre mayor y cansado. Apenas hablaron. Se limitaron a firmar. Fernando la miró una vez. Isabel respondió sin alegría ni tristeza. Simplemente firme.

Al salir, Ernesto le estrechó la mano.

Has estado extraordinaria.

Sólo hice lo que tenía que hacer.

Eso basta.

Fernando se marchó ese mismo día. Cogió sus cosas y se fue. Isabel no miró por la ventana mientras él cargaba cajas. Ordenaba la cocina: despejaba armarios, tiraba lo viejo. La taza de esmalte, al final, volvió a la estantería. Al fin y al cabo, sólo era una taza.

La casa era suya. Por fin y por derecho. Los dos títulos estaban guardados en la cómoda del dormitorio. No se acostumbraba aún: no a una victoria, sino a algo nuevo: el espacio. El silencio, que ahora le pertenecía, no era simple espera entre idas y venidas de nadie.

La primavera llegó pronto. A finales de marzo, asomaron las primeras hojas verdes del manzano. Isabel salió al jardín con su café una mañana, la observó largo rato. El árbol ya viejo y rugoso, pero vivo.

La gata salió también, se estiró, se tumbó en la escalera del porche y cerró los ojos al sol.

Carmen llamó por la tarde.

¿Cómo estás?

Bien. Hoy limpié el jardín y encontré un nido vacío bajo el manzano.

Simbólico. ¿Algún plan? ¿Para adelante?

Sí Quiero alquilar la planta de arriba. Tres habitaciones vacías, un dinero fijo. Y apuntarme a unos cursos, algo de pintura. Siempre quise, de joven. Nunca hubo ocasión.

¿De pintura? ¿En serio?

No te rías.

No me río, Isa. Sólo pienso que es la primera vez en mucho tiempo que hablas de lo que quieres tú.

Sí dijo Isabel. Es la primera vez.

Carmen guardó silencio.

Eso está bien, Isa. Muy bien.

Isabel pensaba ahora en el matrimonio de otro modo. Sin amargura ni ganas de reescribir el pasado, más bien con curiosidad por cómo uno puede no ver durante años cómo llega a ser sólo una función. No fue por maldad, simplemente así se dio. O así se montó la vida. Quizá Fernando ni lo supo. Quizá así le resultaba más fácil.

Si contara su historia, no hablaría de dramas ni lágrimas, sino de papeles olvidados bajo revistas. De un abogado sobrio y correcto. De aquel primer desayuno no preparado y todo siguió igual. De que cultura financiera para una mujer es atreverse a preguntar: ¿de quién es, en realidad, esta casa donde he vivido veintiséis años?

En abril puso el anuncio de alquiler. En dos semanas ya tenía inquilinos: una pareja joven que trabajaba en Madrid, discretos y ordenados. Se saludaban, compartían comida del mercado a veces. Agradable, pero no invasivo.

Los cursos de pintura empezaron en mayo, en un taller de la ciudad de al lado. Se reunía gente de todas las edades: jubilados, una mujer joven en excedencia maternal, un hombre de sesenta que confesó ser albañil toda su vida y siempre había querido pintar. El profesor, un pintor ya mayor de barba descuidada y mirada muy aguda, hablaba poco pero claro.

En la primera clase, Isabel dibujó una manzana. Le salió torcida. Se rió sola, en silencio. Una manzana fea. Como su árbol.

Una tarde de junio, sentada en la terraza, tomaba té y leía. El móvil, al lado, sin notificaciones. Fernando no llamaba desde hacía dos meses. Ella tampoco. Por terceras personas supo que alquilaba en Madrid, seguía con sus cosas, los líos fiscales avanzaban lentos. Martina ya no estaba en su vida. Lidiar con los problemas no era igual que vivir cómodo.

No sentía alegría por ello, ni resentimiento. Simplemente calma. Lo que a él le ocurriera, ya no era suyo.

¿Cómo se supera una traición? No sabía la respuesta exacta. Quizá cada una tiene la suya. La de Isabel fue sencilla: ocuparse en cosas concretas. No analizar eternamente. No buscar errores. No gastar en rabia. Ir a los papeles. Buscar a un profesional. Dar el siguiente paso.

Antes se hablaba de la dicha femenina como si fuera un destino fijo, algo asignado desde siempre. Aguantar, esperar, adaptarse. Pero Isabel, a sus cincuenta y dos años, comprendió que esa dicha no es una condena. Es sólo el punto de inicio y de ahí puedes tomar el rumbo que quieras si te atreves.

Ella lo hizo. Tarde quizá. O justo a tiempo. Porque la vida después de los cincuenta no fue el final, sino, contra todo pronóstico, el principio. Precavido, sencillo, sin promesas. Pero principio.

A finales de junio, se cruzó con Fernando por casualidad. Coincidieron en la fila del registro civil de la comarca. Él la vio antes. Se detuvo un segundo y se acercó.

No esperaba eso. No estaba preparada. En fila, carpeta de documentos en las manos, vestido de lino claro, y allí él.

Hola saludó.

Tenía otro aspecto. Más delgado. Cansado, aunque bien vestido. Antes le habría planchado la chaqueta, pensó Isabel.

Hola contestó.

Estuvieron en silencio un instante.

¿Cómo estás?

Bien. ¿Y tú?

Solucionando asuntos. Me han salido muchas cosas pendientes.

Ya veo respondió sin ironía.

La miró. Y en sus ojos, Isabel vio algo nunca visto antes: algo de desconcierto. O tal vez, una comprensión tardía.

Isabel, quería

Fer le interrumpió amablemente, no hace falta. No te guardo rencor, ni rabia. Todo está ya arreglado. No hay más.

Le tocaba el turno. Se giró hacia la ventanilla, dio su nombre, entregó los papeles.

Al volverse, Fernando ya no estaba a su lado. Se hallaba en otra ventanilla. Isabel salió, cerró la puerta tras de sí.

Hacía un día luminoso. De verano verdadero. Olía a asfalto caliente y, desde algún patio cercano, llegaba el aroma de las flores de tilo. Se quedó quieta, levantó la cara al sol, cerró los ojos.

Entonces sonó el teléfono. Era Carmen.

¿Ya lo tienes todo listo?

Todo hecho, formalizado.

Enhorabuena. Oye, que este sábado inauguran una exposición de acuarelas. ¿Vamos?

Vamos dijo Isabel.

¿Cómo vas tú?

Isabel calló un momento. Miró la calle, los viandantes, el cielo, el vuelo del polen de los chopos, blanquísimo e indolente.

Ahora mismo, bien, Carmen. No feliz ni radiante, pero estoy bien. De verdad.

Eso ya es mucho contestó Carmen.

Sí asintió Isabel. Eso ya es mucho.

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