Mira, te voy a contar una historia que me pasó viajando en tren, y que todavía cuando la recuerdo, me sale una sonrisa. Éramos varios en el compartimento, pero de pronto entró una señora alta, con una voz tan potente que al momento puso orden. De verdad, ni los típicos señores que se creen los dueños del vagón le replicaron, es que con la mirada los fulminó. Era de esas mujeres que no pasan desapercibidas: trenzas rubias recogidas alrededor de la cabeza, ojos azulísimos y unas mejillas coloradas que parecía que había salido de dar un paseo por Asturias en pleno octubre.
Lanzó una mirada hacia el baño y justo en ese momento salió un hombrecillo delgadito, de pelo blanquísimo y una cara tan dulce, que parecía un niño mayor. La señora, con aquella voz suya, dice: ¡Ay Paco! Que ya te había perdido de vista. Escucho el jaleo y la revisora ni se atreve a entrar. ¡Estaba pensando cómo estarías, hombre! Que con tanto granuja por aquí, cualquiera se aprovecha. Y el hombre, con una sonrisa tímida, le responde: ¡Ay, Inesita! Que yo puedo con lo que haga falta. ¿Por qué has salido? Que tú eres toda una señora. Y en un abrir y cerrar de ojos ya había vuelto al compartimento.
Luego, como a la hora, coincidimos en el vagón restaurante. Que, claro, como siempre, lleno hasta la bandera. Así que le pido si puedo sentarme con ella. El marido no se veía por allí. Mientras saborea un buen filete con patatas, la señora me dice bien fuerte: Yo me llamo Inés Mariscal. Puedes decirme Inés, sin más. Y yo: ¿Vienes sola? ¿Tu marido vendrá después?. Me soltó una carcajada: Descansa, mujer. No viene. Le he puesto la bufanda bien atada al cuello y le he dado un vaso de zumo de arándanos. ¡Quién lo diría, vamos de viaje y al pobre Paco le da por ponerse malo! ¡La que me ha dado! Mira que salir a sacudir la alfombra con solo un jersey, si es que….
Le dije, medio en broma, medio en serio: Seguro que le quieres mucho, que incluso sales primero a enfrentarte a los posibles líos, no como suele ser. Y hablas de él con un cariño que se nota. Inés suspira y me suelta: Ay, Paco me vino por herencia casi. No es ni mi marido de toda la vida. Vivimos juntos, sí, pero aún lo está pasando mal. ¡Su mujer de toda la vida, Claudia, se fue hace poco! Era santa, de verdad. Buenísima. Casi se me atragantan las croquetas. ¿Cómo que por herencia?. Y entonces me lo cuenta.
Paco y Claudia eran tal para cual, pareja de toda la vida, se conocían del colegio, hasta la uni juntos, y cuando empezaron, él era un genio, que todo inventaba y las ideas le salían solas. No les faltaba dinero, les iba bien, pero el pobre Paco para la vida práctica, pues na de na. Le daban cambio en la tienda y se lo dejaba, cruzaba por donde no debía, no sabía ni cómo funcionaban las cosas del día a día. Unos amigos decían siempre: Este Paco tuyo no es de este mundo, no sabemos cómo pero la suerte le sonríe, y nosotros partiéndonos el lomo. Pero Claudia, su mujer, lo llevaba como podía. Ella hacía todo, le preparaba la ropa, el desayuno, y hasta le compró coche para llevárselo, porque una vez tomando un taxi, Paco dio la dirección equivocada porque iba en las nubes.
La vida les iba así, cada uno complementando al otro, hasta que Claudia cayó enferma de verdad. Cuando volvió del hospital, se encontró con que Paco llevaba toda la semana comiendo noodles secos y bebiendo agua. Ni calentó el hervidor ni tocó la comida del congelador. Y él, tan pancho, Sin ti nada me apetece
El hijo salió igualito a él. Jaime, muy listo pero muy despistado, y se casó con una muchacha de pueblo, Ainhoa, calladita, y todos seguían dependiendo de Claudia, sobre todo cuando nació el nietito, Luisito. Pero la vida le jugó una mala pasada y se fue apagando. Pacó entró en pánico, llevó a Claudia a todos los médicos, pero no había solución.
Claudia, mientras tanto, rezando, pero no por ella, no por su marido, su hijo, su nieto, pensando en qué sería de ellos sin ella. Y justo entonces llegó Inés a la casa, que era prima lejana de uno de los médicos, trabajando de cuidadora.
La casa era un desastre: platos sin fregar, la ropa sucia amontonada y Paco, casi un fantasma, apenas levantaba la voz. Claudia, delgadísima, sonreía desde la cama. Inés, sin decir ni mu, se arremangó. Por la noche la casa parecía otra: todo limpio, olía a croquetas y pollo al ajillo, Claudia durmiendo limpita en sábanas nuevas, y Paco, a punto de salir solo en chaqueta ligera, fue detenido por la voz de Inés: ¿Pero dónde va usted así de fresco? ¡Anda, que con el frío que hace nada más faltaba que se pusiera malo! Póngase esta cazadora, la bufanda, y cúbrase las orejas con la boina, hombre. ¡Hale, a la carga!.
Claudia, con lágrimas en los ojos, le dio las gracias a Dios. Y antes de irse, le dijo a Inés: Cuídamelo cuando yo no esté, ¿eh? Te lo dejo en herencia, como quien dice. El pobre no sabe estar solo, y es demasiado confiado para este mundo. Inés se quedó muda, pero cuando Claudia le insistió, no pudo negarse.
Al poco tiempo, Claudia se fue. Inés pensó en no meterse, no quería que la gente hablara. Pero le había dado su palabra Al ir a visitarlo un día, lo encontró hecho polvo, abrazado al batín de su mujer, llorando como un crío. Vamos, vamos ¡Venga ese té calentito! y así empezó todo.
Inés, que siempre fue generosa, se fue a vivir con él. Su familia, encantados, más espacio para todos. Se dio cuenta de que Paco era como un niño grande, pero brillantísimo, y encima sin problemas de dinero. La dejó que dejara los trabajos de cuidadora y ni caso a los cotilleos. La gente recoge perros, pues yo recogí a Paco, decía. Hay personas tan indefensas como un animalito, ¿no? Yo lo ayudo, hasta donde pueda. Nos necesitamos.
Y justo cuando me termina el relato, entra Paco en el vagón, con una bufanda larguísima, y un ramo de flores silvestres, que había comprado a las abuelas en una estación. ¡Inesita! ¡Mira qué flores te he traído, bonitas, eh?. Inés, coloradísima, le acaricia el hombro y se van juntos.
Se despidieron antes de la estación principal. Ella cargando un maletón enorme, él con la mochilita. Los vi alejarse entre la gente, ella sujetándosele de la chaqueta, como para que no se perdiera. Así, los dos tan sonrientes, estaba clarísimo que Inés sería siempre la segunda mujer de Paco, aunque hubiese sido primero por herencia. Y mira, a mí todo esto me da esperanza en la bondad humana.





