La deuda saldada años después

La factura después de los años

¡Creo que hemos dado con la candidata perfecta! proclamó con una sonrisa de oreja a oreja el doctor Martín, contemplando a la pareja que tenía en frente, ambos tan tensos que parecía que aquello era la final del Mundial. En la mirada del médico brillaba una especie de satisfacción profesional, esa que uno tiene cuando, además de ayudar, se imagina la comisión que le va a caer en la cuenta del BBVA. Todo buen negocio requiere entusiasmo.Goza de una salud estupenda, ya tiene un hijo propio, un niño de tres años. Y de aspecto, ni pintada para vosotros: rubia, ojazos, facciones finas. Vamos, un chollo, ¡hay que aprovechar la oportunidad! remató, subiendo un poco la voz para que quedase claro que no iba a encontrar ganga igual ni en las rebajas de El Corte Inglés.

¿Cuándo podríamos conocerla? preguntó emocionado Álvaro, que apenas podía disimular el temblor de manos ni el nudo que se le formaba en la garganta. Ni los bombones de los domingos sabían a gloria como ese momento.¿Y por qué ha tomado esa decisión? Ya sabemos que en España la gestación subrogada no es precisamente común añadió, en voz baja, con una mezcla de deseo e incertidumbre. Quería cerciorarse de que la candidata era de fiar, que todo iría bien, que por fin les sonreiría la suerte.

Por lo que me ha contado, la muchacha planea mudarse cerca de la costa contestó el doctor, hojeando los papeles con una desgana propia de funcionario en viernes. Si le preguntan el nombre de la candidata, ni lo recordaba: lo suyo era la salud y la estabilidad emocional; los detalles personales, ya tal.El dinero de la venta de su piso no le llega para casa en la zona de Málaga que quiere Así que esto le viene al pelo y podéis estar tranquilos aseguró Martín, mirando ahora a Álvaro y a su esposa Lorena con ese tono de quien ya ve la operación casi cerrada.Y podéis veros mañana. ¿A las nueve os va bien? añadió, con sonrisa de vendedor que huele contrato y depositando la carpeta en la mesa, a modo de asunto resuelto.

¡Fabuloso! exclamó Álvaro, mientras su cara se iluminaba con esa alegría tan pura como la de un niño abriendo regalos de Reyes.Tantas vueltas, que ahora hasta una noche parece un siglo. Cada hora nos pesa como plomo, ¡uf!, ojalá pase el tiempo volando comentó lleno de expectativas, con las manos entrelazadas y riéndose nerviosamente, contagiando de su alegría hasta al propio médico. Miraba a Lorena, pendiente de compartir el triunfo, pero no se perdía ni media explicación médica.

Salieron los dos enseguida, Álvaro dando vueltas a la cabeza con todo lo que había que preparar para la reunión de mañana, repasando mentalmente el cuestionario para la posible madre gestante. Lorena escuchaba, asentía y metía de vez en cuando algún sí, claro, pero la distancia de su mirada era la de quien observa el mundo a través de un escaparate.

La pareja ya fuera, la enfermera Belén, atareada recolocando las herramientas sobre la mesa, se detuvo de pronto. Miró a la puerta y pensó en voz alta, sin dirigirse a nadie en particular:

¿Sabe qué, doctor Martín? Da la sensación de que ese niño solo lo quiere uno de los dos susurró, levantando la vista hacia Martín con un deje de ternura y cierta compasión.Fíjese en ella: la mirada apagada, los hombros caídos, como si llevara una losa encima. Y esos ojos tristes, de quien lleva semanas despidiéndose de algo importante la enfermera hablando suavecito, no fuera a estar la puerta abierta.

El médico, que jugueteaba distraídamente con el bolígrafo, asintió con lentitud, como quien recuerda una canción de otros tiempos.Sí, también lo he notado. Parecía forzada, como si no le quedara más remedio Pero bueno, Belén, ese no es nuestro trabajo repuso, encogiéndose de hombros y soltando el boli.Nosotros ayudamos a traer una vida, lo demás que se las apañen, ¿vale? Ahora su tono era neutro, incluso reconfortante para sí mismo, cosa que no evitó que la enfermera lanzara todavía una mirada de preocupación mientras regresaba a sus tareas.

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Álvaro se paseaba por el salón cual león enjaulado, mirando el reloj cada dos minutos. Las manecillas parecían burlarse de él, y el corazón le latía a cien por hora. Sudores de manos, palpitaciones, mezcla de nerviosismo y ganas de bailar la sardana. Hoy, por fin, iban a saber si el bebé sería niño o niña.

Álvaro ya se visualizaba dándole patadas a un balón con su hijo en el parque, yendo juntos a pescar a un embalse en la sierra, explicándole las constelaciones en alguna noche de verano en la costa gaditana. Y si era niña, también le encantaba: lo esencial era que viniera bien, lo demás lo resolverían sobre la marcha.

Por su parte, Lorena no se contagiaba del jolgorio de su marido. Sentada en el ventanal, arrebujada con las piernas al pecho, observaba en silencio cómo los niños del barrio revoloteaban entre los columpios y cómo las parejas paseaban con cara de portada de revista. Para ella, aquella escena era de otro mundo, de otra vida.

Dentro de Lorena se libraba una batalla a gritos, pero por fuera todo era calma absoluta. Sentía rabia, tristeza, y un remolino de culpa, esa que asoma justo cuando quieres olvidarla. No bastaba saber que no podía tener hijos biológicamente, ahora tenía que escuchar los ambiciosos planes de Álvaro para un bebé aún por nacer; ni nombre, ni carné, pero ya tenía habitación de ensueño, cuadros infantiles y hasta una cuenta bancaria con sustanciosa suma de euros.

Entendía a Álvaro, al fin y al cabo era hijo único y siempre había soñado con familia numerosa. Recuerda Lorena que en el colegio, cuando él veía a otros niños jugando con sus hermanos, sentía una envidia tremenda. En quinto de primaria se prometió a sí mismo tener mínimo tres hijos, dibujó un árbol genealógico con cinco chiquillos y lo colgó sobre la cama. Sueños de juventud, que luego la vida te recalcula los planes.

Lorena compartía antaño esa ilusión. Se veía a sí misma vistiendo a sus hijas con vestido de volantes, haciendo galletas juntos, llevando a sus hijos al fútbol y al judo Pero después de años de tratamientos fallidos, los médicos le dieron la peor noticia: nada de embarazos, ni aquí ni en Pernambuco. Aquello fue una losa en la relación; a veces pensaba que era un milagro seguir juntos. Noches de insomnio, lágrimas en silencio, buscando en foros milagros improbables Al menos, el dinero no era problema, y eso abrió la puerta a la gestación subrogada. Llevaban ya tres intentos y las anteriores candidatas se echaron atrás algunas por miedo, otras por imprevistos vitales. Pero Álvaro insistía: No pararemos, encontraremos la adecuada.

Por fin la buena noticia. Aire de consulta médica, olor a desinfectante y esa frase esperada:

¡Enhorabuena, va a ser un niño! exclamó el médico, que mentalmente se frotaba las manos pensado en la transferencia bancaria. Todo perfecto: la futura madre estaba como una manzana, el embarazo iba sobre ruedas.

¡No me lo puedo creer, por fin! se le quebró la voz a Álvaro, que casi daba saltos como un chaval. Los ojos llenos de lágrimas y el pulso desbocado, como si ya tuviera al pequeño en brazos. Hasta el médico tuvo que hacer una pausa para evitar reírse.¡Ojalá pasaran los meses volando! balbuceó Álvaro, ya lanzado a planear nanas y pañales.

Lorena forzó una sonrisa, asintió, ensayó un qué bien del que ni ella se convenció. Por dentro solo sentía grietas, temor a que algo saliera mal y preguntándose si sería realmente capaz de sentirse madre de un niño que no había gestado.

Ahora solo queda tener paciencia rió el médico, haciendo una anotación con caligrafía endiablada y sin darle importancia a la tensión de Lorena.En dos semanas os vemos de nuevo y os mantenemos informados.

Mientras Álvaro disparaba preguntas sobre análisis y fechas, Lorena miraba, escuchaba y, a su modo, se prometía internamente esforzarse. Por él. Por nosotros. Por el pequeño.

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Exacto, Álvaro, has entendido perfectamente dijo Bárbara con una sonrisa tan ácida que podía cortar el jamón más duro de la sierra de Huelva. La miró directamente, con los ojos duros y desdeñosos y la voz de quien lleva más rencor en la mochila que el Rocío en agosto.He decidido quedarme con el niño, me ampara la ley. El adelanto ya está devuelto, el dinero lo tienes ingresado. Canturreó la última frase, jugueteando con la manga de la blusa, como si hablara del tiempo.

¡Pero qué me importa el dinero, quiero a mi hijo! explotó Álvaro, dispuesto a montar el pollo del siglo en aquella cafetería de barrio madrileño donde ella le había citado. Los nudillos blancos y la respiración agitada, al borde del llanto. No podía creerse lo que escuchaba. Encima, Bárbara había dado a luz hacía dos semanas en secreto, lejos de Madrid, sin avisar ni pedir permiso.¡Es mi hijo, entrégamelo! soltó.

No, Álvaro. No va a pasar respondió Bárbara, reclinada en la silla con un disfrute y una seguridad que daban más rabia aún. Una sombra de triunfo brillaba en su mirada.Puedes intentar ir a juicio Pero no te hagas ilusiones, no tienes las de ganar. Y a mí de dinero tampoco me falta, así que olvídate de comprar mi voluntad zanjó con alegría vengativa, como quien cobra una cuenta pendiente.

¿Pero por qué? No entiendo replicó Álvaro desorientado. No se creía cómo había cambiado todo en un mes; de la tranquilidad al desastre, de una madre cooperativa a una desconocida dispuesta a todo. Dentro de él, el mundo giraba a cámara lenta.

¿De verdad no me reconoces? rió ella, escéptica, acercándose para asegurarse de que la mirara bien.Venga ya, no habrás olvidado aquellos años de universidad El mismo nombre, solo que ahora he adelgazado, llevo lentillas, el maquillaje hace milagros y, claro, la autoestima se nota. ¿Nada te suena? preguntó, con voz más dura.

Y entonces a Álvaro se le vino la ola entera de recuerdos a la cabeza. Era aquella Bárbara de la Facultad: gordita, coleta de ratón y gafas gruesas. Siempre tímida y callada, casi invisible entre los demás.

En aquellos años, Álvaro era el rey de la fiesta, el gracioso, el de la guitarra en las fiestas y los piropos fáciles. En un arrebato de ego y por apostar con sus amigos, se propuso enamorar a Bárbara. Ganó la apuesta a costa de su dignidad. La llevó al cotillón de Nochevieja y delante de todos la ridiculizó confesando que todo era un truco, una broma estudiantil. Se rieron todos menos ella, y a partir de ahí las fotos vergonzosas circularon por pasillos y redes. Bárbara, marcada como la tonta, abandonó la universidad y desapareció del mapa.

Años dedicados a reinventarse, a cambiarse hasta los andares, y a jurarse que si algún día tenía ocasión, haría pagar a Álvaro por tanta humillación. De repente, su oportunidad estaba ahí, servida en la mesa del café.

Pero, Bárbara, eso fue hace mil años Fue una tontería balbuceó Álvaro, el alma a punto de salírsele por la boca. Se dio cuenta demasiado tarde del daño hecho. Su voz temblaba como la de un crío.¡No es lo mismo unas risas que un niño! ¿Él qué culpa tiene? insistió, apretando la mesa mientras buscaba palabras que no llegaban.

Él vivirá estupendamente le cortó Bárbara, fría como el mármol de una lápida.Ya le tengo familia: bien situada y deseando un hijo tanto o más que tú. Cosas del destino, ¿verdad? remató, el sarcasmo goteando como aceite viejo.

¡Si no lo quieres, dámelo! suplicó Álvaro, al borde del colapso, sin saber ya cómo hablarle.¡No puedes privarme de ser padre! dijo mientras se inclinaba hacia ella, frenando en el último momento, dándose cuenta de que lo que lo separaba de Bárbara ya no era una mesa, sino todos los años de resentimiento y dolor que ella cargaba.

Claro que no lo quiero, al menos no por ti susurró Bárbara, con tanto veneno en cada sílaba que Álvaro se encogió.El caso es que pronto nos vamos, tengo doble nacionalidad y abogados de sobra. Aquí termina tu sueño, igual que tú acabaste con el mío sentenció, con la serenidad de quien tiene el timón y la ruta marcada.

¿Y con qué dinero? Si eras huérfana, sin familia intentó Álvaro, sabiendo que había perdido y que solo era cuestión de tiempo que Bárbara pusiera punto final.

Tuve suerte al casarme. Y menos suerte después: soy viuda desde hace tres años, pero eso no viene al caso contestó, lanzando un billete de cincuenta euros al camarero y levantándose.Tú me rompiste entonces, así que yo te devuelvo el golpe. He encontrado tu punto débil. Misión cumplida, ¿no crees? concluyó con una dignidad rota, lanzando una última mirada digna y cansada.

Bárbara avanzó hacia la puerta, taconeando sobre el suelo de baldosas. Las pisadas resonaban como las campanadas de una mala noticia. Álvaro se quedó anclado en el sitio, encogido, incapaz ya de sostener su propio peso. Quiso decir algo pero su garganta era campo de batalla.

Justo en el umbral, Bárbara se giró un instante. Por los ojos le cruzó fugazmente algo similar a la compasión.

¿Sabes? susurró en voz queda, la dureza ausente. Habría sido facilísimo desaparecerme con tu dinero, pero no. Yo quería que sintieras lo que yo aquel día: ver cómo el mundo se desmorona, cómo la tierra se abre bajo los pies y todo, todo lo que creías eterno, se deshace. Tú me robaste la fe en las personas; yo te he arrancado tu última esperanza. Justo, ¿no?

No hubo más palabras. Álvaro quedó allí, encorvado y roto, mirando cómo la silueta de Bárbara se perdía entre la marea de gente de la Gran Vía. Sentía no solo la pérdida de un hijo, sino la del propio suelo bajo sus pies. De su boca no salía sonido: la venganza adulta es más fría y dura que cualquier invierno castellano.

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