Te cuento lo que le pasó a Manuel Hernández, al que por el pueblo todos llaman Manolo. Venía de currar del turno de noche en la fábrica y no hacía más que maldecirse, por haber salido de casa sin su termo de café. Imagina, pleno enero, con una helada pegando de esas de menos treinta y cinco grados, y todavía le quedaban tres kilómetros hasta llegar a la aldea, a Buenavista, andando por aquel camino de nieve y hielo que no veas cómo resbalaba.
Tiraba por la senda de siempre, que atraviesa un bosquecillo de encinas y sale justo al antiguo cantera, donde antes sacaban arena, ¿te acuerdas? Por allí no pasa ni el Tato, así que, cuando Manolo oyó de repente un quejido finito, pensó que era cosa de la cabeza, un eco o vete tú a saber.
Paró en seco, afinó el oído. Nada, solo el viento entre las ramas y el crujido de la nieve bajo las botas. Dio un paso más y, otra vez, ese pitido. Suave, débil y casi tragado por la ventisca.
Será posible masculló, apartándose del camino hacia el sonido.
Al llegar junto a una caseta de obra abandonada, casi enterrada en nieve, Manolo se quedó de piedra: allí, en un hoyo diminuto que habría excavado ella misma, una perra medio muerta de frío y de hambre, tumbada y temblando, abrazaba con el cuerpo a dos cachorrillos minúsculos.
La perra levantó los ojos. En esa mirada, tío, había una súplica que te parte el alma: no pedía nada para ella, sino para los bebitos. Ni ladró, ni gruñó. Solo miraba, esperando un milagro.
Madre mía suspiró Manolo, poniéndose de cuclillas. ¿Quién te ha dejado aquí tirada, pobre criatura?
Por cómo estaba se notaba que había disfrutado de hogar, comida y calor en otro tiempo, pero ahora Las costillas sobresalían, el pelo hecho nudos, los ojazos hundidos. Aun así, no se separaba de los cachorros ni para respirar.
Manolo acercó la mano con cuidado. Ella la olió, gimió flojito, pero no se apartó. Se rindió a su confianza, como si lo supiera: este hombre es mi última esperanza.
¿Y tú, cómo has acabado en esto? le susurraba, acariciando la cabeza. ¿Cuántos días llevas así, reina?
Por el estado de la nieve, estaba claro que la pobre llevaba allí mínimo una semana. Había hecho el agujero lo más hondo posible para guarecer a las crías del viento, las tapaba con su calor el poco que le quedaba y, fíjate, aguardaba, esperando ese milagro.
Se quitó la cazadora vieja y, con mimo, envolvió a los dos perrillos. Chillaban, así que aún había esperanza.
¿Y tú, mamá? le preguntó a la perra.
Alba, que así la llamaría, como si entendiera, hizo un esfuerzo, se puso de pie y dio un paso hacia él. Paso de confianza, tío.
Venga, nos vamos a casa. Poco falta y ya todo bien la animó Manolo.
El recorrido hasta la aldea se volvió un desafío. Los cachorros bajo la cazadora, calientes; Alba, al lado, tambaleante, y el frío que apretaba cada vez más. Cada pocos metros se paraba a esperarla, la animaba cariñoso:
Ánimo, bonita, que ya llegamos.
Ya al llegar a casa, la perra se dejó caer en la nieve y no hubo quien la levantara. Manolo vio claro que Alba había gastado el último aliento asegurando que los peques llegasen a salvo Ahora podía descansar.
No me hagas esto ahora le riñó casi con miedo, cogiéndola en brazos.
En cuanto la metió en la casa y la notó calentita, le miró con una gratitud que, de veras, le temblaron las piernas.
Alba Así te llamarás le salió así, de repente. Y a los cachorros, ya veremos.
Los días siguientes ni fue a trabajar. Dijo en la fábrica que estaba con gripe, y tampoco era mentira del todo, porque se pasó las horas cuidando de esa pequeña familia.
Alba no comía, solo tomaba algo de leche templada, acurrucada junto a los perrillos. El estómago tan vacío que no podía con comida normal. Manolo, cada hora, le daba una cucharadita pequeña, intentando convencerla como a un niño.
Venga, prueba un poquito más, que es por ellos.
Y ella aceptaba, porque entendía que él no la iba a dejar tirada nunca.
El cuarto día pasó el milagro: Alba se acercó al cuenco y comió sola. Poquito, pero sin ayuda ya. Los cachorros pegaron tal chillido de hambre que Manolo casi da un salto de alegría.
¡Bien hecho! ¡Así sí! decía, como si fueran niños.
A los perrillos les puso nombres muy de aquí, claro: Curro y Chispa. Curro, grande y vivaracho; Chispa, calladito pero muy listo. Y los dos, creciendo a ojos vista.
En el pueblo algunos se reían al principio:
Manolo, ¿no te has vuelto loco? ¡Tres perros en casa! Cuando gusten de tamaño.
Él solo sonreía. ¿Para qué explicar que esos perros le salvaron igual o más que él a ellos? Desde que murió Carmen, su mujer, tres años antes, la casa se le había vuelto un pozo sin fondo; ahora, con ellos, hasta volvía a haber ruido, alegría aunque fuera perruna.
Alba era tan lista que entendía a Manolo antes de que abriera la boca. Le despertaba para ir al tajo, le esperaba siempre en la puerta, y jamás se olvidaba del día que él la salvó.
Cada mañana, Alba le daba la pata y le miraba fijo, largo rato, como diciendo: «Gracias». A Manolo eso le mataba:
Déjate, mujer, que el agradecido soy yo le decía, aunque se le quebraba la voz.
Curro y Chispa crecieron hechos unos trastos, destrozando zuecos, correteando y jugando como chiquillos, bajo la atenta mirada dulce y exigente de su madre.
En verano, vino su hermano de la ciudad. Al ver el panorama, los tres perrazos, no pudo evitar comentar:
Deberías regalar al menos uno. Tres son mucho gasto.
Manolo se calló, luego soltó muy serio:
¿Tú separarías a una madre de sus hijos?
El hermano no supo qué contestar y ahí quedó.
Un día, pasado ya el otoño, estando Manolo en el huerto, oyó los ladridos alarmados de Alba. Al asomarse, vio junto a la puerta a un hombre bien vestido y a un chaval de unos diez años.
¿Qué quieren? preguntó, acercándose.
Verá empezó el hombre, vacilando. Mi hijo dice que esa perra es nuestra. Se nos perdió el invierno pasado
Manolo miró a Alba. Ella pegada a su pierna, temblando de puro miedo. El niño llamaba: «¡Canela! ¡Canela, ven!»
Pero Alba, ni caso, agarrada a Manolo.
Y lo tuvo claro: no eran quienes la buscaban, eran quienes la abandonaron preñada, en aquel frío de mil demonios.
Aquí no hay vuestra perra afirmó Manolo, seco. La nuestra se llama Alba.
¡Pero, hombre, tenemos papeles! protestó el señor.
¿Papeles de qué? replicó Manolo ¿De un animal dejado a su suerte, que parió aterida y casi se nos va junto a sus hijos?
El hombre se quedó color vino, el niño se puso a llorar. Manolo, firme:
Mejor marcharse y no volver.
Cuando por fin se fueron, Alba lamió manos, acercó a Curro y Chispa ya hechos unos galanes, y todos se sentaron junto a Manolo, mirándole como diciendo: «tú eres el nuestro».
Bueno, familia dijo abrazándolos. Lo somos, ¿no?
Y fue entonces cuando lo comprendió: creyó salvarles la vida, y en realidad fueron ellos quienes le rescataron a él, del vacío, del silencio, de sobrevivir sin más.
Desde aquel invierno, cada mañana hay juerga perruna y cada noche acaba con tres peludos a los pies. La casa volvió a vivir, y mi amigo Manolo, también. Y de vez en cuando, cuando ve a Alba dormir arropada por sus hijos, piensa: menos mal que paré y escuché aquel quejido entre el viento.
A veces, salvar a alguien es la única manera de salvarse uno mismo.






