Se necesita marido con urgencia

Urgentemente se necesita marido

Madre, tienes que buscarte un marido cuanto antes. ¡De verdad, muy muy urgente!

Recuerdo que en aquel entonces casi dejé caer la taza de café sobre el mantel. La dejé con cuidado en la mesa, aclaré la garganta y me volví hacia mi hija con toda la seriedad que pude reunir en ese momento.

A ver, Lucía, explícame qué ocurre le pedí, intentando hablar sin alterarme. ¿A qué viene esa urgencia?

Lucía empezó a balancearse de pie, bajando los ojos para fijarse en los dibujos de la alfombra. Creo que le daba algo de apuro, pero tenía muy claro lo que quería decirme.

Es que hoy le dije a papá que tú tenías novio suspiró hondo. ¡No paraba de hacerme preguntas! ¡Siempre igual! Me pregunta si has encontrado a alguien, y cuando le digo no, se pone a soltarme su discurso de que cometiste un error enorme al dejarle, que no tienes ni idea, que cómo pudiste dejar escapar a alguien tan estupendo

Levantó la mirada hacia mí, y en sus ojos vi frustración, desconcierto, hasta algo de rabia hacia su padre.

Y encima siempre repite que te darás cuenta de que te equivocaste y volverás, que no vas a encontrar a nadie mejor Así que me cansé, y solté que habías conocido a alguien.

Me pasé la mano por el pelo, y no pude evitar que me vinieran a la mente las conocidas entonaciones de mi exmarido esa seguridad impostada, esa costumbre de convertir cualquier conversación en un monólogo sobre lo maravilloso que era él.

Ya me imagino los adjetivos con los que acompañó su relato dije con una sonrisa amarga. Nunca se va a acostumbrar a que yo le dejara, precisamente a él, tan perfecto. A veces pienso que insiste en que vengas los fines de semana solo para tener audiencia para sus monólogos. Más que verte a ti, lo que le interesa es enterarse de los cotilleos y alimentar su ego.

Lucía resopló y se desplomó en el sofá, recogiéndose las piernas bajo el vestido. Apoyó la cabeza en un cojín y pasó distraídamente la mano por la tela, como intentando ordenar sus pensamientos.

Ya, eso pienso yo también dijo, mirando al vacío. Me paso hora y media escuchándole decir lo increíble que es, y ni se interesa por mí, ni pregunta cómo me va en el instituto, ni si necesito algo

Lo contaba como quien repite el horario de cada día: levantarse, desayunar, ir al colegio Para ella ya era tan rutina que apenas iba acompañado de emociones.

Se dejó caer sobre el respaldo y se quedó mirando al techo, evocando sin duda la última charla con su padre. Como siempre, había comenzado con otro de sus logros: en esta ocasión, unas negociaciones con no sé qué socio; luego sus planes de futuro, las muchas dificultades que afrontaba, cómo nadie valoraba realmente lo que aportaba. Una hora y media de monólogo; Lucía incluso registró mentalmente el tiempo, para contármelo luego.

Cuando ella intentó hablarle de su olimpiada de matemáticas, solo asintió distraído y enseguida volvió a lo suyo. Muy bien, hija, pero a tu edad yo ya y vuelta el monólogo de siempre sobre sus proezas.

Lucía encogió los hombros, apartando esos recuerdos. Ya estaba acostumbrada. Desde siempre, su padre solo había sabido mirarse el ombligo. El resto de la familia, en la periferia de su atención.

Cada conversación derivaba inevitablemente a él y sus problemas. Si yo me quejaba del cansancio, enseguida se lamentaba de lo duro que era para él el trabajo. Si Lucía compartía alguna preocupación sobre sus amigos, él respondía con anécdotas de su juventud, por supuesto, mucho más intensas e interesantes. Las preocupaciones ajenas no existían o, como mínimo, eran insignificantes para él.

Nunca logré entender cómo aguanté quince años junto a un hombre tan enfrascado en sí mismo. Quizá solo por Lucía, para que no creciera sin padre. Cuando era pequeña, yo también quería creer que algún día cambiaría, que empezaría a fijarse en nosotras Pero pasaban los años y todo seguía igual. Solo tras el divorcio descubrí con alivio que la vida podía ser mucho más tranquila sin él: nadie acaparando la conversación, nadie menospreciando los demás.

Pero ¿por qué tengo que buscar pareja tan urgentemente? mi voz salió más cortante de lo que pretendía. Lo has dicho y ya está, no tiene más importancia.

Es que mamá, cuando se lo dije, le cambió la cara. Al principio se quedó blanco, luego rojo como un tomate, y empezó a gritar tanto que la vecina vino a llamar. ¡Me dio un susto! Lucía apretó uno de los cojines contra el pecho.

Se quedó callada, recordando la escena: la voz de su padre, tan fuera de lo común, las manos crispadas, la mirada nerviosa. Parecía a punto de estallar de la rabia.

Me exigía que le dijese el nombre de tu novio y le describiese con todo detalle siguió hablando, jugueteando con el borde del cojín. Yo me negué, le dije que tú no querías que dijera nada, menos a él Seguro que pronto te llama y se pone hecho una furia.

Me giré hacia la ventana, intentando adivinar qué nos depararía el día. Conocía demasiado bien los numeritos de Félix, él siempre había sido un experto en melodramas Menuda la que me había montado la niña.

Me senté junto a Lucía y la abracé con resignación. Ahora ya estaba hecho. Las palabras se habían dicho y no había vuelta atrás.

¿Y a qué vino esa mentira piadosa? le pregunté suavemente, acunando a Lucía en mis brazos. Ahora otra vez a soportar sus ataques y sus quejas, dan ganas hasta de apagar el móvil para no oírle.

Lucía se apartó, se enderezó y me miró directamente, con ese brillo de convencimiento tan propio de ella.

Porque eres maravillosa, mamá respondió con la mayor seguridad. Eres guapa, eres lista, tienes un montón de amigas, y además los hombres se fijan en ti. ¿Crees que no me doy cuenta? Y estoy harta de que papá hable fatal de ti. ¡Me cansé!

La acaricié despacio, peinando con los dedos los mechones de su melena. Me sentía conmovida y un poco desconcertada.

Entiendo, cariño, lo entiendo murmuré con suavidad. Aunque para ser sincera, pensé que tú no verías bien que yo tuviera una relación seria Solo han pasado seis meses desde el divorcio de tu padre.

Eso lo dije con miedo. Temía que mi hija viera mi posible historia como una traición, o como una forma de sustituir a su padre. Observé su cara atentamente, buscando el menor gesto de desaprobación.

¡Qué tontería! bufó Lucía, tan segura que no pude evitar sonreír. Lo importante es que seas feliz.

Se cruzó de brazos, mirándome con esa determinación adulta que tan rara vez veía en ella.

Al mirarla, poco a poco sentí cómo desaparecían mis temores. Lucía estaba tan convencida, que mis dudas comenzaron a desvanecerse. ¿No sería que yo seguía demasiado atada al pasado, y prisionera del miedo al futuro?

Eres la hija más sensata y valiente que uno puede tener dije al final, abrazándola de nuevo. Gracias por cuidar así de tu madre.

Se acurrucó a mi lado, y por un instante las dos sentimos, estoy segura, nuestra pequeña familia más fuerte que nunca

**********************

Una de aquellas mañanas, tratando de terminar un informe urgente, sentada frente a la mesa de mi despacho, la cabeza me latía con un dolor sordo que las pastillas no lograban aliviar. Tras pedirle a mi compañera Carmen, que parara un momento en la farmacia que había junto a la oficina, intenté volver a concentrarme en los papeles. Era inútil: la cabeza pesaba como plomo y cualquier sonido, desde el teclear del ordenador, al zumbido del aire acondicionado, dolía como una aguja en las sienes.

En eso, apareció Miguel, el portero. Con su rostro amable y sus maneras siempre respetuosas, pero hoy noté algo de tensión en su gesto.

Doña Alba, tiene usted visita me dijo al entreabrir la puerta. Su exmarido insiste en verla. ¿Quiere bajar a recibirle o preferimos que le ayudemos a marcharse?

Me quedé clavada en el sitio; la irritación, mezclada con el cansancio, me subió hasta la garganta. Resoplé con fuerza, intentando mantener las formas.

Bajo enseguida, perdón por las molestias respondí, incorporándome a regañadientes de la silla.

Por dentro, le habría mandado lejos. Vaya momento: el día torcido, la cabeza a punto de estallar y encima Félix plantándose en la oficina. Ni una llamada previa; directo allí, donde sabía bien lo mucho que me podía incomodar y, quizá, esperar armar escándalo.

Con paso lento recorrí el pasillo lleno de empleados en su ajetreo; unos reían al lado de la máquina de café, otros discutían planos en la pizarra. Cada paso me pesaba.

Apenas llegué al vestíbulo y le vi, supe que algo gordo venía. Félix caminaba de un lado a otro, acercándose ahora al mostrador y luego alejándose, gesticulando sin tregua mientras apremiaba a los guardias. La tensión de los vigilantes era evidente; estaban preparados para forzar una salida si la cosa pasaba de castaño a oscuro.

¿Qué quieres? le solté, nada más llegar. Mi voz era templada aunque por dentro tenía fuego.

Él se volvió, la cara roja, los ojos encendidos de celos y rabia. Dio tres zancadas, me apuntó con el dedo como si me descubriera en un delito.

¡Tú! ¡Tú! ¡Lucía me lo ha contado todo! Solo han pasado seis meses y ya tienes otro hombre.

Su voz mezclaba incredulidad, despecho y celos mal disimulados. Debía de haber pensado que yo le pertenecía de por vida.

Levanté las cejas, ladeando la cabeza.

¿Crees que tengo que guardarte luto? repliqué tranquila. Ni cuando estábamos casados creíste en la fidelidad. No esperes que ahora lo haga yo, querido.

Por un momento vaciló, como si no esperaba esa serenidad.

Mientras, los empleados y visitantes seguían circulando por el vestíbulo, ajenos o fingiendo no mirar. Para nosotros, sin embargo, el mundo se redujo al espacio entre ambos, cargado de viejos reproches y heridas.

Tú tú atinó a decir, pero no lo dejé continuar.

Quédate tranquilo, Félix. No haré un espectáculo, igual que tú contesté, ahora con voz algo más suave. Si quieres hablar, lo hacemos con calma. Pero esto es el trabajo, no la plaza del pueblo.

¿Un espectáculo? ¡Te vas a enterar!

Félix ya casi gritaba, y su voz retumbó bajo las bóvedas del edificio. Los nervios le hacían tensar y destensar los puños, no sabía si avanzar o retroceder.

¡No voy a consentir que mi hija viva bajo el mismo techo que otro hombre! ¡Te la voy a quitar! vociferaba, llamando cada vez más la atención de todos.

Pero yo me limité a alzar una ceja y encogerme un hombro, como si me fuera indiferente.

¿Todo bien por aquí?

El vozarrón de don Fernando, el director general de la empresa, emergió desde la puerta. Impecable en su traje azul marino, pasos firmes, sonriente pero sereno, explicó la tensión con una mirada que no admitía réplicas. Los guardias se irguieron un poco más.

No se meta, caballero gruñó Félix, lanzándole una mirada desafiante. Es asunto de familia, no le incumbe.

Don Fernando se acercó despacio. Sin prisa, dominando la situación casi con una mueca divertida.

Las cosas de familia se resuelven en casa, no aquí, interrumpiendo a todo el edificio.

La escena ya parecía ajena a mi control. Miré a Fernando con cierta sorpresa, tranquila, pero más agradecida de lo que él podría imaginar.

Félix dudó un segundo, pero Fernando se adelantó, me rodeó la cintura en un gesto decidido y protector, de esos que no dejan lugar a dudas.

¿Quién soy yo? dijo con voz grave, aunque calmada. Soy quien va a hacer feliz a Alba. Y te advierto: conmigo no se levanta la voz a mi mujer. Si quieres buscarte problemas, puedo ayudarte a tenerlos, pero te aseguro que esta vez no serán monólogos ante una hija. Y si intentas utilizar a Lucía para tus chantajes, ya sabes lo que habrá

Félix se quedó helado, lívido primero, luego con la rabia escondida bajo los labios. Dudó, su mano temblaba, pero ni una palabra más salió de su boca. Finalmente, masculló algo incomprensible y se marchó, digno, pero vencido.

Antes de cruzar la puerta, aún tuvo el valor de lanzar la última pulla:

¡De la pensión te puedes ir olvidando!

Pues mira, ni me hace falta le repliqué, sintiendo alivio de que por fin desapareciera. Al menos Lucía no tendrá que ir más los fines de semana.

Solo entonces fui consciente de la mano de Fernando, tan firme y reconfortante como discreta, en mi cintura. Me puse algo colorada al darme cuenta, y me aparté con naturalidad, agradeciéndole sinceramente con la mirada y las palabras.

Muchas gracias, don Fernando. No tiene idea de cuánto me ha ayudado.

Él sonrió cálidamente.

¿Lo hablamos con un café? propuso, extendiendo la mano en señal de invitación.

Dudé un instante, pero enseguida acepté. Se comportaba de modo elegante y sincero, y me apetecía conocerle sin máscaras ni testigos.

La comida fue sencilla, rica, y la charla, muy fácil. Me confesó que hacía tiempo sentía algo por mí, pero que no se había decidido a acercarse por respeto a mi duelo tras el divorcio.

Contaba las cosas sin grandilocuencia; hablaba de sentimientos como quien los lleva a flor de piel desde niño.

No me atrevía, Alba; parecías siempre tan entera, tan seria Pero verte sufrir esta mañana con ese hombre

No pude evitar sonreír, sorprendida de lo poco que uno conoce realmente a los demás. Fernando me resultaba simpático y familiar a la vez, y su respeto y delicadeza disiparon cualquier duda.

*********************

Tres meses después de aquel desagradable episodio en la oficina, Fernando y yo nos casamos oficialmente. Fue una boda hermosa; él hizo realidad todos mis pequeños sueños, cuidando cada detalle.

Lucía fue la principal testigo de mi felicidad. Me ayudó a prepararme ese día, comprobando cada botón del vestido y peinado. Cuando intercambiamos los anillos, sonrió y nos abrazó a los dos.

De verdad que estoy feliz por vosotros susurró, y reflejaba esa alegría serena y sincera tan suya.

Eso sí, puso las cosas claras desde el principio:

Me caes bien, Fernando le dijo en uno de los primeros días a solas. Y me alegro de que mamá no esté sola. Pero papá bueno, papá ya tengo.

Fernando sonrió, sin pizca de enfado:

Lo entiendo perfectamente, Lucía. Lo importante es que estamos juntos.

Félix también recibió invitación para la boda más por sarcasmo que otra cosa. Dudé si enviársela, pero quería que supiera que mi vida seguía adelante sin él.

Por supuesto, no se presentó, ni se lo planteó. En vez de eso, empezó a llamar a conocidos comunes:

¿Lo puedes creer? ¡Me invita a su boda! ¡Después de todo!

Sus amigos escuchaban con paciencia resignada. A veces alguno le preguntaba qué era lo que tanto le humillaba. Pero Félix se limitaba a quejarse: que cómo podía rehacerme tan deprisa, que apenas habían pasado seis meses, que lo único que yo quería era olvidar el pasado.

En otras ocasiones juraba que, de haberme dejado hablar, todo se podría haber arreglado: Si ella me hubiera escuchado, seguro que

A veces se quejaba hasta del trato recibido: Después de todo lo que hice por ella, ni las gracias me ha dado, simplemente se ha ido y se ha llevado a la niña.

A los amigos, aquello cada vez les resultaba menos convincente: ¿Y por qué iba a darte las gracias? Es lo que se espera en un matrimonio.

Poco a poco, Félix fue dejando de llamar. Acabó sentado en su piso, mirando una horquilla olvidada, un álbum viejo, la ropa pequeña de Lucía y comprendiendo, poco a poco, que la vida seguía, aunque él no supiera aún encontrar su lugar.

Y así siguió su camino la vida de Alba, Fernando y Lucía tranquila, solo interrumpida por las pequeñas alegrías del día a día: cenas en familia, paseos los domingos, debates cómicos sobre qué película ver por la noche Una historia que, al recordarla, aún me enternece y me hace sonreír, porque al final, la felicidad también sabe instalarse en los lugares más sencillos.

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Se necesita marido con urgencia
Cupón con enlace a tu sueño: —¡No necesito nada! —exclamó Julia cuando una chica vestida de ángel, con túnica blanca, alas de plumas amarillas y un halo de alambre forrado en espumillón dorado, le cortó el paso y le ofreció un papel— ¡No quiero nada! —Sí lo necesitas —replicó la chica—. Toma el cupón, pero no lo tires, léelo bien. Julia tomó el papel, murmuró “gracias”, rodeó a la chica y aceleró hacia la parada del autobús. El día había sido duro, los lunes siempre lo son: la gente vuelve del fin de semana de mal humor, nadie quiere trabajar pero todos deben hacerlo, obligándose a levantarse temprano, asearse, vestirse y salir de casa. Los lunes la gente está nerviosa y se pregunta cuándo acabará todo, cuándo podrán vivir a gusto, sin saltar al sonido del despertador, calculando cuántos años faltan para jubilarse. El más mínimo motivo basta para que alguien estalle y descargue su malestar en los demás, y Julia lo sabía mejor que nadie. Trabajaba en la cafetería justo frente a la entrada de la fábrica local, y cada mañana, antes de entrar a trabajar cinco días seguidos, la gente pasaba por la cafetería exigiendo café. Por las mañanas, la cafetería solo servía para satisfacer la demanda de café. La molinilla zumbaba moliendo kilos de café, varias cafeteras preparaban la bebida aromática: italianas, turcas, de filtro, de cápsulas… la gente tomaba todos los tipos, daba el primer sorbo junto a la barra y se apartaba para dejar sitio a otros necesitados. A las siete menos cinco, Julia llegó a la puerta trasera de la cafetería, olió el café, subió las escaleras, entró quitándose la chaqueta, se cambió en el vestuario, suspiró al ver el uniforme arrugado: el único autobús que iba hacia la fábrica a esa hora siempre iba lleno y nunca lograba llegar con el uniforme intacto. El día se alargaba, la gente iba y venía, el gran aluvión del descanso de la fábrica ya había pasado, había menos clientes pero seguían siendo muchos, algo habitual con la llegada del frío. —Cúbreme quince minutos —pidió Julia al cocinero Miguel—, voy a fumar, ya no puedo más y aún me queda una hora. —Ve —asintió Miguel, se quitó el delantal blanco y el gorro, se puso el delantal negro de camarero y la bandana negra, y se fue al salón. Julia se puso la chaqueta y salió a la calle. “Dios, qué bien se está aquí fuera”, pensó Julia, exhalando ruidosamente y sacando el paquete del bolsillo. Sentada en una viga de madera en la escalera, buscó el mechero y encontró el papel arrugado. Sacó el papel junto al mechero, lo tiró en la escalera, encendió el cigarro, aspiró con placer, soltó una densa bocanada de humo, bajó la mirada y vio el papel con la palabra “Cupón”. —¿Qué ofrecen los ángeles? —sonrió Julia recogiendo el papel y alisándolo—, ¿será algo bueno? Leyó el texto en letra pequeña y se echó a reír. “Al recibir este cupón, tienes derecho a que se cumpla uno de tus sueños. Para hacerlo realidad, escanea el código QR, entra en la web y sigue las instrucciones. Importante: antes de rellenar el formulario, lee bien las indicaciones. ¡Departamento de Cumplimiento de Deseos!” —¡Qué bromistas! —murmuró Julia—. Han encontrado una forma de alegrar a la gente. ¡Bravo! Lees el cupón y te ríes, y hay menos gente seria. Julia apagó el cigarro, volvió a la cafetería, se lavó las manos, sacó un frasquito de perfume, se perfumó las palmas, frotó las manos y se tocó la cara antes de seguir trabajando. Julia no estaba en turno, los que sí lo estaban trabajaban de siete a once de la noche en turnos rotativos, pero ella trabajaba de siete a tres, sin pausa para comer, y tenía libres sábado y domingo. Al dejar la bandeja en la zona de lavado, miró el reloj: 14:54. Buscó a Catalina, que se quedaba hasta las once, le entregó el cuaderno de pedidos y fue al vestuario. Al salir de la cafetería, Julia caminó despacio hacia la parada del autobús. “¿Y si voy a ver a mamá?”, pensó Julia, “no tengo nada que hacer en casa, podría visitarla. Sí, debería hacerlo, casi nunca voy…” aunque… Se le apareció la imagen de la pequeña habitación con la cama y la mujer delgada de rostro amarillento acostada en ella. “Pobre mamá”, pensó Julia, se detuvo, sacó el paquete de un bolsillo, buscó el mechero en el otro y volvió a encontrar el papel arrugado. Sacó el mechero y el papel, lo alisó, vio la palabra “Cupón” y se sorprendió: recordaba perfectamente haberlo tirado en la papelera junto a la puerta de la cafetería. “Qué raro”, pensó Julia, buscó la papelera pero no la vio, aunque a lo lejos se acercaba el autobús. Guardó el cigarro y corrió hacia la parada. Sentada detrás del conductor, sacó el móvil para mirar las redes, pero al recordar el cupón, sonrió, lo sacó del bolsillo y en segundos se cargó la página en su móvil. “Si tienes el cupón, tienes la oportunidad de cumplir tu sueño. Rellena el formulario y envíalo. ¡El sueño se cumple al instante!” Julia sonrió y siguió leyendo. “Información importante: 1) La descripción del sueño no debe superar los doscientos caracteres. 2) El sueño no debe perjudicar a nadie. 3) ¡El sueño debe ser REAL! Sueños como ‘ser Elon Musk, viajar a otro planeta, comer con Dios, ser inmortal, ser millonario (o famoso actor, cantante, político), ganar (o encontrar) mucho dinero (un tesoro), etc. NO SE CUMPLEN. 4) Antes de pulsar ‘enviar’, relee lo que has escrito y piensa bien si de verdad lo deseas.” “Vale”, pensó Julia sonriendo, “juguemos. ¿Qué desearía? No se puede pedir dinero, ¿qué entonces?” Durante todo el trayecto Julia pensó qué pedir. ¿Un buen trabajo? Pero estaba contenta con el suyo, no pagaban mucho pero le bastaba, el horario era bueno, a las tres ya era libre, comía gratis y se llevaba comida, y en fin, siempre pensamos que en otro sitio estaríamos mejor, pero donde estamos, todo parece peor. ¿Salud? Sí, eso es un buen deseo. Tenía buena salud, nada le dolía, y su aspecto era bueno, no era una belleza ni modelo, pero se veía bien. ¿Suerte? La suerte es impredecible… ¿y qué es la suerte? ¿Suerte en qué? Si no sabes para qué la necesitas, ¿para qué pedirla? ¿Qué más podría pedir? ¿Encontrar un príncipe? Bueno, a los cuarenta y cuatro años es difícil encontrar un príncipe, y no hay príncipes para todos, ¿y para qué quiero uno? Cuando eres joven, sí, sueñas con amor y un príncipe en un Bentley blanco, pero a los cuarenta y cuatro ya sabes que no es tan fácil, que no hay príncipes y que bajo la máscara de príncipe está el típico Juan García, grosero y vago. Julia salió de sus pensamientos al ver que el autobús paraba cerca de la casa de su madre, guardó el móvil y se apresuró a bajar. —¿Cómo está? —preguntó Julia a su madre sentándose en la cocina. —Igual —respondió la madre—, ni mejor ni peor. El médico dice que los análisis están bien, que necesita un buen masaje. —¿Y si me mudo contigo? —preguntó Julia—, así te ayudo en casa. —No —respondió rápido la madre—, tú tienes tu vida, mejor busca un hombre. Es mi hija y debo cargar con esto. —¡No tienes que hacerlo! —exclamó Julia—, ella lo hizo, y tú llevas tres años… —¡Ya basta, Julia! —interrumpió la madre—, sé que es su culpa, pero es mi hija y no puedo dejarla en una residencia o donde llevan a los discapacitados. —Iba borracha al volante —susurró Julia—, mató a cuatro personas, mató a mi padre… —Julia —susurró la madre—, ¡para! —Puede vivir veinte años más —soltó Julia con rabia—, cuidarla te va a matar… —Julia, vete a casa —dijo la madre, se levantó y salió de la cocina. Las visitas de Julia siempre acababan igual, se prometía mil veces callar y contenerse, pero nunca lo lograba. Su hermana Elena, tres años atrás, perdió el control del coche, chocó contra una parada, mató a la gente que esperaba, a su padre que iba con ella y sufrió una grave lesión en la espalda. Ahora nunca podrá caminar y su madre debe cuidarla, bañarla, moverla, sentarla en la silla de ruedas, darle de comer… Julia se levantó, fue al recibidor, se puso la chaqueta, dio dos pasos y miró por la puerta entreabierta del dormitorio. Su hermana estaba en la silla de ruedas, con la cabeza ladeada, viendo la tele. “¡Asesina!”, gritó Julia en silencio y salió de la casa. Al salir del portal, Julia sacó un cigarro, buscó el papel arrugado en el bolsillo. Con rabia lo tiró al suelo, encendió el cigarro, soltó el humo, miró el papel, sacó el móvil, pulsó el botón y apareció la página del formulario de deseos. Julia escribió rápido: “Quiero que se cumpla el mayor deseo de mi madre”. Sabía que su madre soñaba con que Elena se curara, así que deseó que se cumpliera, aunque ella no lo deseaba ni podía pedirlo, pero a su madre la quería y no quería que pasara el resto de su vida cuidando a una enferma. Julia pulsó “enviar”, guardó el móvil y se fue rápido hacia la parada. Sentada detrás del conductor, puso el bolso en las rodillas y oyó el móvil sonar en el bolsillo. —Dime, mamá —respondió Julia. —Elena ha muerto —dijo la madre, y colgó. Julia miró el móvil un rato, hasta que comprendió lo que había oído. “Así que ese era tu mayor deseo”, pensó Julia, pero enseguida desechó la idea, creyendo que todo era una coincidencia, guardó el móvil y, bajando en la primera parada, volvió andando a casa de su madre.