«Busco una mujer vital, no una compañera de residencia»: A los 50, ya nada es lo que era. El galán de 55 ocultó 7 años y la tripa, pero se ofendió cuando supo la edad de ella…
Necesito una mujer que no pase de los cuarenta y dos. Lo máximo, ¿eh? Y aún así, que aparente treinta y cinco como mucho. Cuando pasan de los cincuenta, la cosa ya no tira, Manu. Yo busco a alguien con chispa, con marcha, no a una igual de mi quinta.
Que yo no seré un Javier Bardem, pero por dentro tengo veintiocho. Además, un hombre gana valor con los años. Pero una mujer tú ya me entiendes.
Mi amiga Lucía y yo estábamos en la mesa de al lado y, aunque no queríamos, acabamos asistiendo al monólogo del artista. Nos habíamos metido en el bar de la esquina a picar algo después del pilates, comentando lo de comer menos pan, y de repente ese señor invadió la conversación, sin saber que tenía público.
¿Has escuchado? murmuró Lucía entre risas. Mira qué cotiza. Esto ya es más de liquidación que de ganga.
Shhh, le sonreí. Vamos a escuchar. Es un espectáculo.
El hombre seguía, encantado con su propio discurso:
Yo, por ejemplo, ayer no como nunca. Ni loco. La mujer debe cocinar fresco cada día. A mí, si estoy solo, me da igual, unos macarrones y tirando. Pero si hay relación seria, pues hay que currárselo: cocido, croquetas, bizcocho. Y que esté delgada, claro. Necesito contraste: yo, hombre hecho y derecho; ella, pizpireta y chiquitita.
¿Y los niños? le preguntó su amigo, mirándole el tamaño con escepticismo. Pero si tus hijos son ya universitarios, literalmente vas a ser abuelo en nada.
Herederos ya tengo, gracias. Yo quiero compañera: para el alma, y para el cuerpo. Que sea activa, para senderismo, montaña o como mínimo para ir a la casa del pueblo.
Casi me ahogo con el agua. ¿A la montaña? A éste no le he visto subir ni las escaleras del metro sin resoplar.
Lucía, apuesta: ¿a que intenta ligar conmigo? le susurré guiñando un ojo.
¿En serio, Vera? Si ni siquiera aparentas cuarenta.
Tss, me puse el dedo en los labios. Es sociología pura. Quiero investigar el autoengaño masculino.
No me costó ni medio bostezo: dos frases, cambio de número y al rato ya éramos viejos amigos por WhatsApp.
En internet se hacía llamar Macho48.
En la foto de perfil, todo postureo: tripa metida, coche caro detrás y mirada vacía de hace diez años.
A los pocos días, Ricardo porque ese era su verdadero nombre me propuso una cita.
Apareció con su traje bueno. Los botones de la americana amenazaban romperse en cuanto respiraba hondo, y la tripa orgullosa por encima del cinturón.
Verónica, sonrisa de don Juan, pasados ya los dientes de leche. Hoy estás fantástica.
Gracias, Ricardo dije, mirando al suelo con falsa dulzura. Tú también tienes un aspecto formidable.
Tuvimos un par de salidas más. Para mí, era una prueba de interpretación: yo escuchaba sus batallitas sobre su imperio empresarial (un mercadillo en Lavapiés), cómo casi se compra un BMW (pero optó por invertir en stocks de bragas), y sobre la importancia de las mujeres haciendo bonito el sofá.
Paseábamos por El Retiro y, tras cien metros, ya respiraba como Darth Vader, aunque decía que era una técnica japonesa.
Él, al tercer día, tras una cena contundente y aliñado por mis halagos, creyó llegado el momento de la verdad:
Verónica, me cogió la mano, solemne. Eres todo lo que busco: joven, activa, apañada. Por cierto tengo que confesarte algo. No tengo cuarenta y ocho.
¿Ah, no? me sorprendí. ¿Cuántos entonces?
Cincuenta y cinco, suspiró, aguardando ansioso mi respuesta. Pero bien llevados, ¿no te parece?
Por supuesto, Ricardo. No aparentas más de cincuenta y cuatro. Me gustan los hombres con experiencia. Eso es sabiduría vital.
Él brillaba como la lona del Bernabéu tras la tormenta.
¡Bueno, menos mal! Ya pensaba yo ¡Pero es que mi norma es inflexible! Mujeres mayores de cuarenta y dos, ni hablar. Ya no tienen chispa. En cambio tú una fiera.
Gracias, corazón, le acaricié la calva. Por cierto yo también guardo un secreto.
¿El qué? ¿Te pasa algo? ¿Tienes hijos escondidos? ¿Hipoteca?
No, qué va. Es la edad.
Él se puso tenso.
¿Cómo que la edad? ¿No tienes cuarenta?
Casi.
¿Treinta y ocho? preguntó, con esperanza.
Abrí el bolso, saqué mi DNI y se lo puse delante.
Ábrelo tú mismo, Ricardo.
Miró el carné, leyó la fecha, hizo un cálculo mental.
1975.
¿Cincuenta? susurró, como quien ve aparecer a la Santa Compaña. ¿Tienes cincuenta?
Redondos. Celebré el medio siglo hace dos meses.
El DNI se le cayó de la mano. Me miraba como si me hubiese transformado en la Bruja de Cazorla ante sus ojos.
¿Pero cómo? Si pareces
Una mujer que se cuida, Ricardo. Y no come bollos con chorizo.
¡Pero es un engaño! se escandalizó. Yo dije: máximo cuarenta y dos. ¡Es mi norma! No puedo salir con una de mi edad.
Bueno, en realidad no somos de la misma edad, pero hasta ahora bien que te servía, ¿no? ¿O es que llevo cascotes en el bolso?
Ricardo se puso rojo como gambas al ajillo.
Pero es que la cifra. Cincuenta. Eso ya es casi jubilación.
Mira, Ricardo, le contesté levantándome. Viejo es quien no sabe aceptar la realidad. Yo estoy en mi mejor momento. Y he entendido algo fundamental.
¿El qué? me miró como los niños miran al Ratoncito Pérez.
Que yo, con mi medio siglo, quiero a un hombre de verdad y no un pack de complejos, barriga y tenderete. Tu cuerpo no aguanta mi chispa; te fundes a la primera.
Cogí mi DNI y me dispuse a irme.
¡Vero! gritó él. Espera ¿y nosotros?
¿Y nosotros, qué? me giré. Según tu lógica, somos contemporáneos. Tú buscas jovencita: ánimo, quizá encuentres alguna con menos graduación en las gafas.
Salí de ese piso decorado como el de la abuela y respiré hondo en la calle.
Abajo me esperaba Lucía en el coche.
¿Qué? preguntó mientras entraba. ¿Saltó la sorpresa?
Vaya si saltó, me reí. Cuando saqué el DNI, se quedó como si le dijese que los churros los inventaron en China.
¿Y en qué acabó?
En que él seguirá buscando veinteañeras eternamente frustrado, y yo me voy a celebrar. Esta noche tengo cita con un hombre normal. Tiene cuarenta y cinco y le trae sin cuidado lo que diga mi carné.
Mientras, Ricardo, o Macho48, sigue en las webs de citas. Ha cambiado la descripción: Busco mujer estrictamente menor de 40 años. Sincera. Y la foto sigue siendo la misma, la del 2012.
¿Tú qué opinas? ¿De qué tienen miedo algunos hombres con las contemporáneas? ¿Hace falta truquear la edad para ligar, o mejor la verdad desde el principio?






