Deja de ser siempre la persona complaciente

Basta de ser cómoda

Pues entonces, ¡todo decidido, Carmencita! trinaba tía Charo, secándose los labios con una servilleta de papel. La servilleta era del trozo de tarta que Carmen Gómez había preparado para recibirla, y tenía una mancha de crema que contrastaba con su blancura.

El cinco de mayo nos vemos en tu casa. Yo llevo mis embutidos marinados, con mi receta, y tú, haz el favor, prepara algo caliente. ¡Que es tu cumpleaños, nada menos! Y los invitados van a ser importantes, los compañeros de trabajo de Luisito, gente seria. Hay que recibirles como Dios manda.

Carmen se sentaba enfrente, con una taza de té entre las manos, ya frío. Asentía con la cabeza mientras pensaba en todo menos en lo que hablaba tía Charo: el informe trimestral que debía entregar mañana, que la nevera estaba sin aceite, que a su marido, Joaquín, le dolía otra vez la espalda y tenía que comprarle un nuevo parche. De todo menos lo que decía tía Charo. Pero tía Charo seguía y seguía, recolocándose su pañuelo violeta tan castizo, mirando hacia la ventana como si ya estuviera distribuyendo platos en mesas ajenas.

Cuenta con unas veinte personas, por lo menos continuaba la invitada. Esfuérzate, Carmencita, que tú eres una artista. ¿Te acuerdas cuando preparaste la comida en la boda de Lucía? ¡No quedaron ni las migas! Pues ahora igual. Yo te ayudo, claro, pero dirigiendo.

Rió. Su risa era corta y aguda, como el ladrido de un perrillo.

Carmen también sonrió. Porque así tocaba. Porque Charo era pariente político, tía del marido de su hija Lucía. Porque los escándalos en la familia son lo último que se quiere. Porque siempre había hecho así: sonreír y asentir.

Vale, está bien dijo. Quedamos así.

Tía Charo se marchó a las ocho y media, contenta y bien servida. Carmen cerró la puerta tras ella, apoyó la espalda y se quedó así un minuto. El recibidor olía a perfume ajeno, dulce y cargado, que chocaba con el runrún del televisor de fondo. Joaquín estaba viendo otro programa de pesca y ni se había molestado en salir a saludar.

¿Ya se fue? gritó sin despegar los ojos de la pantalla.

Ya.

¿Y qué quería?

Carmen fue a la cocina y empezó a lavar las tazas. El agua le quemaba las manos, pero no las retiraba.

Vamos a tener una celebración dijo. El cinco de mayo. Aquí.

¿En casa? ¿Qué celebración?

Mi cumpleaños. Y algo del trabajo de Luisito.

Desde el salón llegó un murmullo ininteligible. Luego silencio. Luego volvió la pesca.

Carmen secó las manos con una toalla viejísima, con gallos desteñidos en el borde, que había comprado hacía quince años en el mercadillo y nunca encontraba el momento de tirar. Miró la toalla y pensó de repente: ella era igual. Desteñida. Con gallos en el borde. Colgada de un clavo, esperando que alguien llegara y se limpiase las manos con ella.

Espantó la idea y fue a ver qué quedaba en la nevera.

En diez días Carmen Gómez iba a cumplir cincuenta años. Fecha redonda. Medio siglo de vida, de los cuales recordaba bien unos treinta y cinco. Y de esos treinta y cinco, no recordaba ningún día en que hubiera hecho algo solo para sí misma. Ni para el marido, ni para la hija, ni para su madre, muerta hacía cinco años a la que cada fin de semana iba a preparar puchero; ni para la suegra, que vivía en el barrio de al lado y reclamaba atención como un niño. Solo para sí. Ni uno.

Trabajaba como contable en una empresa de reformas. Veintidós años en el mismo puesto. Los compañeros la respetaban, los jefes la valoraban, pero no la ascendían, ¿para qué? Carmen ya tira de todo. Carmen no se queja. Carmen lo soluciona.

En casa igual. Joaquín tenía cincuenta y cuatro. Trabajaba de operario en una fábrica, no le gustaba, pero aguantaba porque la jubilación estaba cerca. En casa, él descansaba. Así lo decía: En casa descanso. Eso quería decir: tele, móvil, sofá, y a veces el garaje. Cocinaba Carmen. Limpiaba Carmen. Pagaba los recibos Carmen, porque a ella se le daba mejor. Iba a la compra Carmen. Recibía visitas Carmen. Joaquín no participaba, y eso hacía tiempo que dejó de ser motivo de discusión; era como el ruido de fondo de la vida, al que ya ni se le presta atención.

Lucía, la hija, se casó hacía cuatro años. Su marido, Luis, era buen chaval y trabajador, pero con una familia complicada. La madre de Luis murió hacía mucho, el padre vivía en Burgos, pero la tía Charo, hermana de su padre, era la familia entera en sí misma. Mandona, ruidosa, acostumbrada a imponer. Desde el principio no soportó a Carmen. No por algo concreto, sino porque Carmen era demasiado callada y amable; a la gente autoritaria les molesta esa gente, les entra ganas de mandar.

Lucía quería a su madre, pero quería más a Luis. Lo normal, quizá lo correcto. Y cuando tocaba elegir entre la comodidad de mamá y la tranquilidad de Luis, Lucía escogía siempre lo segundo. Sin escándalos, pero elegía.

Así vivía Carmen. En un piso de tres habitaciones, noveno piso de un bloque de Madrid, en Chamberí, donde todos los edificios y patios se parecían y sólo los árboles eran distintos, porque nadie los podaba igual. Vivía y no se quejaba. ¿A quién iba a quejarse? ¿Y para qué?

Tras la visita de tía Charo, se sentó otra hora en la cocina, haciendo cuentas de lo que tenía que comprar y cocinar para veinte personas. La lista era interminable. El gasto, aterrador. Vio los números que garabateó en el reverso de un ticket viejo y sintió que algo se le apretaba en el pecho. No era dolor. Sólo un peso. Como si alguien le hubiera puesto un ladrillo en el corazón y se hubiera olvidado de quitarlo.

Apagó la luz y se fue a dormir.

Los nueve días siguientes fueron lo que ella misma llamaba la galera del pre-festejo. Al principio intentaba convencerse: no pasa nada, ayudas a la familia, la fiesta será bonita, sólo no te desanimes. Al tercer día, eso ya no servía de nada.

Se levantaba a las seis, para antes de ir a trabajar descongelar algo para la comida del día siguiente, planear la compra, llamar al súper para encargar el pedido. Trabajaba hasta las seis o más, el informe trimestral seguía esperando y no admitía retrasos. Salía de trabajar y pasaba por el súper. Cargaba bolsas imposibles: botes, botellas, arroz, carne. Subía las bolsas hasta el noveno, porque el ascensor fallaba una vez sí, una no. Llegaba a casa, ponía algo a cocer, limpiaba por encima las habitaciones. Se acostaba a la una o a las dos. Volvía a levantarse a las seis.

Joaquín lo veía todo. Bueno, verlo, lo veía. Compartían piso. Pero miraba a través. Una vez le preguntó si necesitaba ayuda. Me las arreglo, le respondió. Y él asintió aliviado y volvió al móvil.

Lucía llamó el miércoles. Preguntó si estaba todo listo y que tía Charo quería saber del plato caliente y de los aperitivos. Carmen preguntó a su hija: Lucía, ¿podrías encargarte tú al menos de las ensaladas? Me cuesta. Hubo un segundo de silencio. Mamá, ya sabes, tengo trabajo, y Luis también, pero venimos a ayudar a poner la mesa. Ayudar era trasladar lo ya cocinado a los platos. Carmen entendió y no dijo nada.

Dos días antes de la fiesta limpiaba las ventanas, porque la última vez tía Charo comentó lo polvorientas que estaban. Estaba subida en un taburete, con el paño, pensando que la última vez que limpió por sí misma fue cuando esperaba la visita de su madre, hacía ocho años. Pero entonces también lo hacía para su madre. Para una suegra. Siempre para alguien.

Resbaló del taburete y casi se cae. Se agarró al marco. El corazón le latió fuerte y seco dos veces. Se sentó un momento en el suelo, junto a la ventana. Le dolían la espalda, las piernas, la cabeza.

Pensó: si ahora mismo me caigo y me rompo algo, lo primero que pensarán todos es ¿Y ahora qué pasa con la fiesta?.

Le supo tan amargo, que rió. Una risa fea, mezclada con tos.

Se levantó, cogió el paño y acabó la ventana.

La noche del cuatro al cinco de mayo durmió tres horas. El resto las pasó cociendo, friendo, picando, preparando. Carne al horno, dos clases de ensalada, pescado en aspic que nunca le gustó pero que pidió tía Charo. Empanadillas de repollo porque el primo de Joaquín, Ángel, si no hay, no considera que haya fiesta. El pastel lo horneó la tarde anterior, de bizcocho y cereza, porque era su favorito. Lo único que se permitió hacer pensando en sí misma en todos esos días.

A las siete de la mañana se duchó, se puso el vestido azul que compró hace dos años y que aún no había estrenado. Se miró en el espejo. Ojeras imposibles de tapar, labios resecos, manos coloradas de tanto cocinar y fregar. Pero el vestido era bonito. Eso sí.

Vaya, ¡si te has emperifollado! soltó Joaquín al pasar por el pasillo. Muy bien.

Eso fue todo. Ni un estás guapa, ni feliz cumpleaños, ni ¿cómo estás?. Sólo muy bien, y a seguir.

Los invitados empezaron a llegar a las doce. Tía Charo la primera, a las once y media, con una bolsa grande llena de sus embutidos, un tarro de pepinillos caseros y una caja de dulces. Dejó todo en la mesa y recorrió la casa mirando, hasta la cocina.

Muy bien, Carmencita dijo igual que Joaquín. Te has lucido.

Sacó el móvil y empezó a hacer llamadas.

Para la una ya estaban todos. Veintitrés personas. Carmen los contó al sentarse, uniendo la mesa del comedor y dos más prestadas de la vecina doña Pilar del cuarto, porque no tenía suficientes sillas propias.

Miraba a esos rostros y se daba cuenta de que, en realidad, sólo conocía bien a seis. El resto eran compañeros de Luis o amigos de tía Charo. Extraños sentados en su mesa. Comiendo su comida. Sentados en sillas prestadas.

El primer brindis fue del primo Ángel. Larguísimo, salpicado de anécdotas de los años noventa que nada tenían que ver con la homenajeada, pero todos rieron. Luego habló Luis, el yerno, felicitamos a Carmen, una verdadera campeona. Brindis, trago. Luego habló de su amigo Antonio, que también estaba ahí y parecía haber conseguido algún ascenso. Cifras, cargos que a Carmen le sonaban a chino.

Tía Charo se levantó con discurso preparado. Habló de Antonio, de su esfuerzo, su camino, de lo mucho que valía. Luego, un poco para Carmen: Y a nuestra anfitriona no la olvidemos, que es en su casa donde estamos. Todos rieron. Otro brindis.

Carmen sonreía. Se sentaba a la cabecera, como debía la festejada, sonreía y levantaba el vaso, y respondía gracias a las felicitaciones lacónicas. Pero por dentro algo sucedía. Algo lento, como el agua que se calienta y de repente hierve.

¡Carmen, que no hay sal en la mesa! gritó alguien en el fondo.

Se levantó y llevó la sal.

Falta pan pidió Ángel.

Llevó el pan.

Faltan tenedores apuntó una señora a la que veía por primera vez.

Fue a por más tenedores.

Luego alguien pidió más embutido. Luego platos. Tía Charo pidió agua con gas, que olvidó traer Lucía y que había que buscar en el balcón.

Carmen iba y venía, de la cocina al salón. No podía sentarse más de dos minutos. Su plato estaba lleno: apenas tenía tiempo ni de comer.

Un momento intentó decir un brindis. Se levantó, levantó el vaso. Lucía, al verla, también. Pero tía Charo justo empezó a contar algo a Antonio, alto y claro, y todos se giraron a oírla. Lucía bajó su vaso. Carmen esperó un segundo y se sentó de nuevo. No dijo el brindis.

Los invitados comían. Halagaban la comida. El pescado espectacular, Las empanadillas buenísimas, ¿Cómo haces esta carne?. Carmen daba la receta, agradecía, sonreía. Le gustaba. Y a la vez le dolía. Porque el halago era para la comida, no para ella. Porque ahí ella era la cocina, el delantal, el trae esto, el pon lo otro. No la cumpleañera. El servicio.

La tarde pasaba. Eran ya las tres. Afuera el sol de mayo brillaba, cálido e impasible. En la mesa los rostros enrojecían, las voces subían. Antonio hablaba de su nuevo puesto, tía Charo metía cuñas y reía con su ladrido breve. Joaquín estaba al otro extremo, ya hacía rato hablando sólo de pesca o coches.

Carmen fue a por la cuarta tanda de carne. Se puso los guantes de cocina, sacó la bandeja del horno. Las manos le temblaban de agotamiento. Tres horas dormidas, todo el día de pie. Todo le daba vueltas. Depositó la carne en la encimera y empezó a servirla.

Desde el salón se oyó alto y claro la voz de tía Charo, como un latigazo:

¡Carmen! ¿Vas o no? Y tráete la mahonesa, ¡que se ha acabado!

No Carmencita, ni por favor, ni no te molestes. Solo vé, tráete. Como a una asistenta.

Carmen se detuvo. Sostenía la cuchara en el aire, sobre la fuente. Quieto todo. En la cocina se escuchaba sólo el gemir de la rama de un plátano viejo tras la ventana. La tetera daba un burbujeo suave.

Algo hizo clic dentro de ella.

No fue doloroso. Simple. Como pulsar un interruptor.

Dejó la cuchara. Colgó los guantes en su sitio. Cogió la fuente de carne, la mahonesa de la nevera y entró en el salón.

Dejó todo en la mesa.

Se irguió.

Perdonad dijo. No fue en alto, pero bastó para que los de cerca la miraran. Por favor, escuchad un momento.

Tía Charo seguía charlando a Antonio. Lucía la miraba, extrañada. Joaquín no la miraba.

Por favor, escuchad repitió Carmen, más alta.

Ahora tía Charo también se volvió. Con cara molesta, como si la interrumpiesen sin derecho.

¿Pasa algo? preguntó con una pizca de desdén.

Carmen miró la mesa. A sus invitados y los ajenos. A su marido, que por fin la miró; a su hija, con el vaso alzado y la incomprensión en el rostro; y a tía Charo, con su pañuelo violeta y su cara de satisfacción.

Quiero decir unas palabras pronunció. Hoy es mi cumpleaños. Cumplo cincuenta.

¡Claro! ¡Felicidades! gritó alguien del fondo, levantando la copa.

Esperad un momento cortó Carmen. Esperad.

Bajó el tono general. Notaba su corazón, sereno, sereno como si hubiera tomado una decisión que ni ella sabía definir, pero que su cuerpo comprendía.

Me he pasado estos diez días preparando la fiesta de otros. He dormido cuatro horas al día. He comprado toda la comida. He hecho todo. He limpiado ventanas, planchado manteles, pedido sillas a la vecina. Todo yo sola, sin ayuda. Hoy me siento a una mesa que he preparado para gente que ni conozco, en una fiesta que sólo tiene que ver conmigo porque ocupa mi casa. No he dado un brindis. Me han interrumpido tres veces. Me he levantado de la mesa ocho para atenderos mientras vosotros comíais. Y ahora mismo me han pedido que traiga la mahonesa como se le pide a la asistenta.

En la sala hubo un silencio húmedo, absoluto: así suenan los segundos cuando todos oyen y no saben reaccionar.

¿Pero qué te pasa? dijo Joaquín, entre sorprendido y desconcertado.

Mamá… murmuró Lucía.

Tía Charo hinchó aire, visiblemente preparada para responder, pero Carmen la miró fijo y se calló.

Quiero pediros siguió Carmen, con voz firme, sin titubear, cosa insólita en ella: Por favor, llevad lo que trajisteis y continuad la celebración en otro sitio. En la calle de Alcalá hay un café, La Parada, muy decente. Si hace falta, pago yo la continuación. Pero en mi casa, la fiesta se termina aquí.

La pausa fue breve. Luego brotaron murmullos.

Ángel masculló algo brutal por lo bajo. Alguien buscaba su chaqueta. Tía Charo se alzó, erguida, la miró con un largo rencor en los ojos que decían te vas a arrepentir, pero por fuera, nada. Cogió el bolso, el tarro de pepinillos, lo cual a Carmen le resultó hasta gracioso, el gesto de dignidad herida.

Lucía se acercó a su madre.

Mamá, ¿qué haces? susurró. Es una locura. Tía Charo…

Lucía la interrumpió Carmen, bajo. Yo te quiero mucho. Pero ahora, por favor, vete.

La hija la miró como a una desconocida. Y Carmen pensó: está bien. Porque esa mujer que dice por favor, vete sí era, en ese instante, un poco desconocida también para sí misma.

Joaquín fue el último en cruzar el umbral. Paró en la puerta.

¿Te has vuelto loca? preguntó. Sin enfado, casi con curiosidad.

No dijo Carmen. Creo que me he encontrado.

Él dudó y salió.

Cerró la puerta. Echó la llave. Se quedó en el recibidor en silencio.

Un silencio denso, real. De esos que sólo existen de madrugada o al amanecer, cuando todo duerme. Pero eran las tres de la tarde de un cinco de mayo, con gorriones piando y el portón del portal resonando dos pisos abajo. Simplemente, no quedaba nadie en pisos salvo ella. Y era una sensación de exhalar tras mucho tiempo aguantando la respiración.

Entró al salón. Miró la mesa. Fuentes de carne, ensaladas a medias, pan, copas. Su plato lleno. No había comido.

Cogió el plato. No lo calentó. Cogió el tenedor. Se fue a la cocina, más cómodo, y allí estaba el pastel. Bizcocho de cereza. Se puso un trozo. Se sirvió un té. Ahora estaba recién hecho, caliente.

Se sentó.

Detrás la rama del plátano se movía al viento de mayo. Las hojas tiernas, verdes, nuevas. Carmen miraba la rama y comía carne. Sabía bien. Porque cocinaba bien, era verdad, tía Charo nunca mintió ahí.

Probó el pastel.

El bizcocho ligero, la cereza algo ácida, la crema suave. Comía despacio. Sin prisa. Nadie para pedir Carmen, trae, nadie que la ignorase. Sólo ella y el pastel hecho para sí.

Por primera vez en años.

No lloró. Pensó que lloraría, porque en las películas siempre es así, pero no. Era otra cosa. Algo firme, tranquilo, como el suelo bajo los pies. Como estar en algo verdadero y no en una superficie que se hunde con el primer peso.

No miró el móvil en dos horas. Al final lo cogió.

Un montón de mensajes. Lucía, tres veces: mamá llámame, mamá no entiendo nada, estás bien al menos. Joaquín, uno: no ha estado bonito. Tía Charo, ninguno, para sorpresa suya. Algunos números desconocidos, invitados con su contacto. Pilar, la vecina: ¿Carmen, cuándo traes las sillas?.

Sólo respondió a Pilar: Mañana te las bajo, perdona la molestia.

A Lucía: Estoy bien. Mañana lo hablamos.

A Joaquín, nada.

Luego recogió la mesa. Sin enfado, sin prisa. Guardó la comida en tuppers, metió en remojo los platos. Tiró la basura. Dobló el mantel. Devolvió las sillas a Pilar, que abrió la puerta en bata y no preguntó nada. Sabia mujer.

De vuelta, se dio un baño largo, con espuma y agua bien caliente. Miraba el techo: allí, la mancha de una vieja gotera que con Joaquín llevaban tres años pensando pintar y nunca hacían. Y pensó: pasar tres años sin pintar el techo y tres años aplazando tu propia vida es, a fin de cuentas, lo mismo.

Joaquín llegó a las diez. Carmen lo oyó abrir, descalzarse. Pasó al dormitorio. Ella leía en la cama.

¿Sabes el lío que has montado? preguntó.

Sí respondió.

¿Y?

Y nada. Lo sé.

Tía Charo… Luis… será un escándalo, ¿lo has pensado?

Sí Carmen contestó. Joaquín, estoy muy cansada. Mañana, mejor, ¿vale?

Él calló, fue al salón y se tumbó en el sofá, como hacía cuando discutían. Ella lo oyó. No fue a buscarle.

Apagó la luz y durmió diez horas. Por fin.

La mañana del seis de mayo era corriente: sol entre las cortinas, gorriones, olor a café programado. Se levantó, bebió café y desayunó. Joaquín seguía durmiendo en el salón.

Abrió el portátil.

Sólo iba a mirar el tiempo de la semana, pero en el navegador quedó abierta una pestaña de una agencia de viajes. Rutas por Castilla. Recordó que la miró hacía un mes, por curiosidad, la cerró deprisa. Ahora pinchó.

Segovia, Ávila, Salamanca, León. Ocho días, grupo reducido, viaje en bus. Miraba las fotos: catedrales junto al río, calles de piedra, murallas en la luz de mayo. Nunca había estado. Siempre quiso. Pero Joaquín huía de esos viajes: Para eso, mejor Benidorm o el pueblo. Veinte veranos seguidos en el pueblo. Huerto, tomates, siesta y terraza.

Llamó a la agencia justo a las nueve.

Buenos días, ¿es para la ruta de Castilla, ocho días? preguntó una voz agradable.

Sí respondió Carmen. ¿Queda una plaza para la próxima salida?

Sí, el catorce de mayo. Sólo una.

Una me viene perfecto.

Pagó la reserva con su tarjeta por teléfono. Colgó y miró por la ventana. Se sentía tranquila, no alegre ni nerviosa. Tranquila como quien toma una buena decisión y lo sabe en la piel.

Llamó Lucía. Voz prudente, con miedo al hielo fino.

¿Mamá, cómo vas?

Bien dijo Carmen.

Mamá, tenemos que hablar. Tía Charo está muy dolida. Luis disgustado. Esto… ha sido un shock.

Lo sé.

¿Puedes llamar a tía Charo y disculparte? Así se calmaría y todo volvería a…

No, Lucía Carmen la interrumpió.

Silencio.

¿No?

No voy a disculparme por pedir que se fueran de mi casa el día de mi cumpleaños.

Pero mamá…

Espera, Luce. Te pido que me escuches. No como hija preocupada por Luis y tía Charo, sino solo escúchame a mí.

Lucía calló.

Ayer cumplí cincuenta. Pasé el día como sirvienta de una fiesta ajena. Quedé tan agotada que me temblaban las manos, pasé en ayunas, me interrumpieron y olvidaron felicitarme. Me pidieron pasa la mahonesa sin gracias ni por favor, sin mirarme como persona. ¿Sabes qué es lo que más me impactó? Que fui yo quien lo permitió. Fui yo quien les puso mesa y asiento. Que he vivido veinte años donde nadie preguntaba cómo estaba, porque yo insistía en que no importaba.

Paró. Atravesó por la ventana un bus amarillo. Un palomo se posó, miró y voló.

Mamá… dijo Lucía, con una voz diferente. Supongo que tienes razón. Pero me sorprende mucho…

A mí también. Es la primera vez.

¿Y ahora, vas a hacerlo siempre?

Carmen sonrió.

No lo sé. Lo que sí sé es que he comprado un viaje.

¿Qué viaje?

Ocho días por Castilla. Salgo el catorce.

Pausa larga.

¿Sola?

Sola.

Mamá… musitó Lucía.

Lucía, es el primer viaje de mi vida que planeo solo para mí. A los cincuenta años, ya toca empezar.

Su hija no respondió. Al final: Vale. Llámame. Y colgó.

Joaquín supo del viaje al mediodía. Llegó a la cocina, Carmen cocinaba sopa. Se lo contó con calma y claridad: he comprado un viaje, salgo el catorce, ocho días, Castilla.

Él la miraba. Largo rato. Dijo:

Ni lo consultaste.

No.

¿Y eso?

Lo que veas, Joaquín.

¿Todo bien? ¿No deberías ir al médico?

Ella probó la sopa y añadió sal.

Todo bien. Sopa en veinte minutos.

Él salió. Anduvo por la casa. Encendió la tele. La vida seguía.

Los días siguientes fueron tensos. Joaquín, a ratos callaba o se enfadaba. Decía que se había ido la cabeza, que ya no eres la de antes, que la gente normal no hace eso. Ella escuchaba, no discutía, no se justificaba. Ya no.

Lucía llamó tres días después. Contó que tía Charo había prometido no volver más a esa casa. Carmen dijo: Vale. Lucía esperaba otra reacción y dudó.

Mamá, ¿no te da pena?

No.

Pero es familia…

No, Lucía, tía Charo es familia política. La familia eres tú. Y Joaquín. Pienso en cómo los tres podemos vivir de otra manera, no en tía Charo.

Lucía murmuró vale y luego preguntó más del viaje, el circuito, el hotel. Era poco, pero era un paso. Carmen lo notó y respondió.

El trece de mayo, la víspera del viaje, hacía la maleta. Pequeña, ligera, fácil de llevar sola. Solo sus cosas, por primera vez en años. El vestido azul también. Claro que sí.

Joaquín entró, vio la maleta. Se sentó en la cama.

¿Te vas de verdad?

De verdad.

¿Ocho días?

Ocho días.

Se frotó la frente. Suspiró.

¿Has dejado algo preparado para comer? Porque…

Joaquín le dijo suave. Eres adulto. Hay comida para tres días lista en la nevera. Luego o cocinas tú, o pides algo. Sabrás apañarte.

La miró. Quiso decir algo airado o sentido, pero algo lo frenó. Quizás era la expresión de ella: probablemente algo había cambiado. Ni ella lo sabía. Pero él lo notó.

Valedijo. Vete.

Solo vete. Sin pásalo bien, ni cuídate, pero tampoco estás loca. Ya era algo.

Cerró la maleta.

Por la tarde, llamó su amiga Sole, de toda la vida. Vivía lejos, pero cuando pasaba algo, siempre llamaba.

Me ha contado Pilardijo Sole. Que echaste a todos el día de tu cumple.

Les pedí que se fuerancorrigió Carmen.

Carmen. Ole tú.

Pausa.

¿En serio?

Te conozco desde hace treinta años. Siempre has tirado de todo sin chistar. Me alegro de que por fin…

Sole, no te pongas intensaCarmen rió.

Vale. ¿A dónde vas?

Castilla. Sola.

¿Sola! Siempre soñé con ese viaje.

Pues hazlo.

El mío no me deja.

Solele dijo Carmen, no me dejan es cosa de niñas. A los cincuenta, no te dejas tú si no quieres.

Sole rió. Luego en serio:

Has cambiado, Carmen.

Puede. No sé. Solo estoy cansada de ser cómoda.

Todos. Pero sólo tú has hecho algo.

Quizá. Es que de esto casi nadie habla. Da vergüenza.

¿Y a ti te da?

Carmen miró por la ventana. Ya había oscurecido, ventanas encendidas, en una una mujer fregando, en otra un televisor, en otra una sombra paseando.

No respondió. No me da vergüenza.

El catorce de mayo Carmen se levantó poco antes de las seis. Joaquín dormía. Preparó café, un bocadillo, revisó los papeles. Se puso el vestido azul sin pensar, porque ¿por qué no? A los cincuenta, uno puede ir elegante a las seis de la mañana si le da la gana.

Se quedó en el recibidor mirando su piso. Tres habitaciones, noveno, vistas a los plátanos. La mancha del techo que pintar. La toalla con gallos desteñidos. Todo tan suyo, tan conocido. Pero salía por la puerta algo más distinta de cómo entró. Esa era la verdad.

Sonó la puerta de la cocina. Joaquín salió, en camiseta y pantalones viejos, despeinado.

¿Ya te vas? dijo.

Sí, el taxi espera.

Asintió. Dio un par de vueltas y soltó:

Feliz cumpleaños, Carmen. No lo dije aquel día.

Le miró. Cincuenta y cuatro años, una cara cansada, pelo entrecano, el hombre con el que compartió veintisiete años. No sabía qué pasaría después. Si cambiaría algo al volver, si serían capaces de crear otra relación más adelante. La vida no es una serie donde en ocho días se resuelve todo.

Gracias, Joaquín dijo.

Abrió la puerta y salió.

El taxi ya la esperaba. Cargó la maleta, se acomodó en el asiento trasero. El conductor, un chico joven, preguntó: ¿A la estación?. Dijo: A la estación.

Madrid despertaba. Las calles, todavía tranquilas, con poco tráfico. El aire fresco y la luz brillante de mayo. Los árboles con hojas recientes, casi demasiado verdes, que Carmen miraba y pensaba que hacía años no se fijaba en nada tan tonto. Hojas, cielo azul, el primer sol sobre los tejados.

En la estación, bullicio: olor a bollos de la cafetería, megafonía, gente arrastrando maletas, el murmullo habitual. Buscó su andén.

El tren llegó puntual.

Encontró su compartimento, su asiento junto a la ventana. Los compañeros de viaje, mayores, amables, se saludaron. La señora de enfrente sacó un termo y ofreció té. Carmen sonrió: Más tarde, gracias.

El tren partió.

Madrid se fue quedando atrás: bloques, árboles, garajes, de nuevo edificios. Abriéndose después: campos, bosques, el cielo, enorme. Miró por la ventana sin pensar en nada, solo mirando. Por una vez, no organizando menús, ni presupuestos, ni pendientes de nadie.

El móvil en el bolso, en silencio. O no, pero no importaba.

Pensaba que nunca había estado en Segovia, ni en la muralla de Ávila, ni visto la catedral de León, y de Salamanca sólo conocía una postal que guardaba desde niña.

Treinta años soñándolo. Ahora iba.

La señora de enfrente preguntó:

¿Hasta dónde va?

Carmen sonrió.

Ruta por Castilla.

Buen viaje aprobó la mujer. ¿Sola?

Sola.

Con valordijo la vecina, admirándola.

No creo contestó Carmen. Era hora.

El tren aceleraba. Afuera se alternaban llanura y bosques, un cielo limpio. Carmen se recostó y cerró los ojos un instante. Sin dormir, solo estando.

El móvil vibró. Mensaje de Lucía: ¿Ya estás en el tren? ¿Estás bien?. Respondió: Sí, estoy bien. No te preocupes.

Otro mensaje de un número nuevo: Buenos días, soy Catalina, la guía del grupo. Os espero en Segovia con un cartel. ¡Buen viaje!.

Respondió: Gracias. Ya voy.

Guardó el móvil. Miró de nuevo por la ventana.

El tren seguía. Atrás quedaba Madrid, el piso del noveno, la toalla con gallos, la mancha del techo, la mesa y el mantel planchado antes de la fiesta. Por delante, Segovia, murallas, calles empedradas, gente desconocida, ocho días solo suyos.

No sabía qué pasaría después. Si hablaría o no con Joaquín, si se entendería con Lucía. Si tía Charo volvería o sería para siempre. No sabía nada, y esa inseguridad, por primera vez, no le daba miedo. Antes, cualquier novedad era motivo de tensión, algo que arreglar antes de que estallase.

Ahora era solo la vida.

Que seguía. Desconocida y propia.

El tren seguía. Por la ventanilla se desplegaba Castilla: vasta, verde, con manchas de chopos en los lindes. Carmen Gómez miraba y pensaba que, la próxima vez que alguien le pida, en ese tono, pásame la mahonesa, probablemente sonreirá. Y dirá que no.

Esa palabra pequeña.

Tres letras.

Por primera vez la dijo ayer, de verdad.

Nunca es tarde para empezar a aprender.

Nunca.

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