Diario de Lucía, 5 de marzo
Hoy he llegado a casa mucho antes de lo habitual tras mi turno de noche en el hospital. El servicio había sido agotador y no me apetecía parar en el supermercado, así que subí directamente a casa con la esperanza de refugiarme por fin en mi hogar. Al abrir la puerta del piso en la Calle Mayor, enseguida sentí que algo no iba bien. Un silencio tenso llenaba el ambiente, pesado y demasiado denso, casi expectante.
Al dejar mi bolso en el recibidor, vi, junto a los zapatos de Daniel, unos tacones de mujer que no reconocí. Encima del perchero, colgaba delicadamente un abrigo claro, verdaderamente elegante, pero desde luego no era mío.
Del dormitorio llegaban unos susurros ahogados y risas contenidas, junto con ese crujido irritante del somier que conocía demasiado bien. Además, el ambiente flotaba invadido por una fragancia dulce y atrevida, absolutamente desconocida para mí.
Permanecí un instante ante la puerta entreabierta. Unos rasgos de luz se filtraban hacia la alfombra, y junto a ellos se colaba una respiración ajena.
Abrí la puerta con lentitud y me quedé helada.
Allí, sobre nuestro lecho, estaban Daniel y una desconocida. Ambos a medio vestir y enredados entre las sábanas, demasiado cerca como para dejar lugar a dudas. Al cuello de la otra mujer brillaba un colgante dorado. Daniel se quedó pálido al verme. La desconocida intentó cubrirse torpemente con la sábana, roja de vergüenza.
Yo la observaba en silencio, sin lágrimas, gritos, ni asomo de rabia. Me sentía tan vacía como calma.
Estaré en la cocina dije con voz firme. Vestiros y venid. Necesitamos hablar.
Encendí la luz de la cocina y saqué pan de pueblo, huevos y un cuchillo bien afilado. Me entretuve picando pimientos verdes y tomates maduros de la huerta de mi tía Carmen, el filo chocando rítmico y casi relajante contra la tabla de cortar.
Ninguno de los dos sabía que ese desayuno se les grabaría en la memoria para siempre.
Se sentaron callados, rígidos como estatuas, sin comprender el motivo de aquel insólito convite. Coloqué con parsimonia sendos platos humeantes frente a ellos y me acomodé al otro lado de la mesa.
Vamos a desayunar antes de nada les dije serenamente. Después ya hablaremos de todo esto. Muero de hambre tras mi turno y necesito fuerzas.
Poco a poco, empezaron a aflojarse. Daniel esbozó una sonrisa tensa, como si quisiera convencerse de que esto era solo una escena absurda, y enseguida se lanzó a comer, devorando con ansia.
Siempre has cocinado de maravilla comentó entre bocado y bocado.
Sí respondí yo con una media sonrisa. Pero tengo una mala noticia. Este será vuestro desayuno de despedida.
Daniel alzó la vista, sorprendido.
¿Quieres decir que nos vamos a divorciar?
No sólo eso respondí, y dejé que una expresión extraña tensara mis labios.
Daniel llevó otra cucharada a la boca, pero de pronto se atragantó y perdió el color. Tosía, mientras me miraba con los ojos abiertos de par en par.
¿Qué has puesto aquí? balbuceó, llevándose la mano a la garganta.
Nada peligroso contesté con calma. Pero bien sabes lo nervioso que te pones…
Su respiración se aceleró. La amante, sentada a su lado, saltó de la silla.
¡Tienes alergia! susurró alarmada. ¿Estás bien?
Daniel luchaba por respirar, aterrorizado, sin saber si era real la reacción o puro pánico nacido de la traición.
Me levanté y me acerqué a la puerta.
Por cierto, he guardado los antihistamínicos dije con indiferencia. Tranquilos, no es veneno.
Les miré una última vez.
Toda tu vida recordarás este desayuno y el miedo que sentiste. Y yo no olvidaré cómo me traicionaste.
Salí del piso y di un portazo. La otra mujer logró llamar a emergencias a tiempo, y Daniel acabó en el hospital por una reacción al pimiento, ese que curiosamente nunca toleró. Y ahora, al escribir esto, siento una extraña paz al saber que el sabor amargo de la traición no lo olvidaré jamás.






