No sabes lo que me pasó anoche… Te cuento, porque sólo a ti puedo decirlo todo tal y como lo siento.
Mira, estaba Alba apoyada en la ventana de su piso viejo de Madrid, sin moverse, el móvil en la mano y de fondo sonando Joaquín Sabina bajito. Fuera, caían copos de nieve tan despacio que ni parecía la ciudad la misma de siempre. Pero te digo la verdad: ella ni los veía. Tenía la mirada a mil kilómetros, pensando en lo suyo, en cómo hace nada creía que las cosas le iban de maravilla y ahora sólo podía preguntarse en qué momento todo le dio la vuelta.
Y de pronto, suena el móvil, encima de fuerte, y ella da un respingo de susto. Mira y… ¿quién es? Pues su madre. Alba duda, ¿contesto? Al final lo hace, y en cuanto oye la voz de su madre, tan inquieta y suplicante, ya se arrepiente.
No, mamá, no voy a ir le dice, con voz firme pero le tiembla. Escuchar ese tono de su madre siempre le revuelve las tripas. Y ya sabes por qué.
Ay, cielo, hija, siempre igual… salta su madre, hablando rapidísimo, por si Alba cuelga. ¡Si hoy es Nochevieja! Está todo preparado, la mesa puesta, el árbol al lado del sofá, el roscón de Reyes listo, el que tanto te gusta…
Alba aprieta los labios. Ese todo el mundo le suena a puñalada. Se sienta en el sofá, abrazando las rodillas como si así fuera a protegerse del mundo.
Todo el mundo, ¿eh? dice intentando sonar calmada. ¿Mi hermana y mi ex marido entran en ese todo el mundo? ¿Ahora son ellos la familia?
Silencio. ¡Ay, ahí Alba ya sabe lo que viene! Que si fue un error, que si nadie lo planeó, que si la vida da vueltas… Pero no. Eso fue una traición con todas las letras. No fue un accidente. Fue como si te arrancaran el suelo de debajo de los pies y todo porque las dos personas más cercanas a ella cruzaron una línea que no se debía cruzar jamás.
Alba, cariño… su madre ahora susurra. Han pasado seis meses ya. No puedes quedarte estancada…
Yo no guardo rencor la corta Alba, aunque le tiembla la voz. Pero no pienso sentarme con quienes me lo hicieron pasar tan mal, ni fingir delante de ellos que aquí no pasa nada y que podemos brindar todos juntos por el año nuevo. No quiero. Y tú lo sabes.
Es tu hermana, Alba… La persona que compartió la vida contigo desde pequeña. Y Diego… también es humano. Se equivocó, hija, a todos nos puede pasar.
No, mamá. No fue un desliz. Sabía perfectamente lo que hacía. Y mi hermana… le duele hasta decirlo, traga saliva,. Mi hermana quería lo que era mío, no sólo a él… sino mi vida, mi casa, todo. Y tú añade, un poco más tranquila, tú siempre le has dado más cancha que a mí, incluso de pequeñas cuando cogía mis cosas y me decías que “bueno, no pasa nada”.
Se quieren, hija. Tal vez es el destino…
Alba cierra los ojos. Destino. Como si el dolor tuviese excusa en el amor, ¿no? Como si cualquier cosa estuviera permitida si hay sentimientos.
Para mí eso no es amor contesta, mucho más serena pero con el alma dolorida. Eso es egoísmo. Es traición.
Se queda sentada en el sofá, apretando el móvil, y lo que más le duele es eso: no que Diego la dejara, ni que Marta, su hermana, se enganchase a Él como si fuera un flechazo. Lo que de verdad no puede asimilar es que nadie a su alrededor su madre sobre todo vea ahí nada grave. Como si esas historias se resolviesen siempre con un perdón y vamos a disfrutar, que es fiesta. Pero qué va. Alba es la única que no duerme noches enteras, la única que no encuentra consuelo detrás de las falsas sonrisas ni en los brindis.
No, mamá. No puedo. Perdóname dice tan bajito que parece que sólo se está hablando a sí misma.
Y cuelga. No por enfado, ni para hacer daño, sino porque simplemente no le quedan fuerzas. Ni para discutir, ni para explicar lo que se cae de cajón: que esas cosas, esas heridas, no se curan con un abrazo.
Deja el móvil en el sofá, como si le pesara quinientos kilos. Y de pronto, el silencio le pesa todavía más. Sin música, sin risas, sólo el tic-tac del reloj. Madrid preparándose para la fiesta: la gente comprando cava, enfundada en sus abrigos, listas para los doce segundos más tensos del año. Y Alba, pensando que hace mucho que ya no cree en milagros de Nochevieja. Lo suyo era tener una familia, y ni eso le queda.
Mira por el cristal y la ciudad está preciosa: colgantes de luces por todos lados, balcones con guirnaldas, las farolas iluminando la nieve. Pero por dentro, ella está vacía. La taza de té fría, la mesa medio recogida, y cero ganas de esperar nada.
De repente, vuelve a sonar el móvil. Ahora es Marta. Alba mira el nombre, medio sonríe de rabia y apaga el sonido. Que llame, que escriba lo que quiera. Ahora mismo no puede oír ni una excusa más.
Abre la galería de fotos y empieza a ver imágenes: excursiones, playas, fiestas con colegas. Y ahí encuentra una, la típica de vacaciones, ella y Diego en la Costa Brava. El sol a todo trapo, el mar, abrazados, el pelo al viento y una sonrisa que no parecía que se iba a borrar nunca. Y al lado, otra foto: el cumpleaños de su madre, están todos, Marta sentada a la izquiera de Diego… Y ahí lo ve, Marta lo mira con esos ojos que sólo miran así a alguien que quieres de verdad. Y Diego la mira también. Tan claro. ¿Cómo no lo vio antes?
Deja el móvil y vuelve a la ventana. Afuera el mundo se llena de nieve y dentro sólo hay silencio y soledad. Aunque, al menos, piensa ella, esa soledad no miente. Es auténtica. No te sonríe por delante para apuñalar por detrás como hicieron los suyos.
Entonces llaman a la puerta. Por un momento casi le asusta, lo rompe todo, el ritmo, los pensamientos… Alba duda, no espera a nadie, ni amigos ni conocidos. Nadie debería venir, ¡se supone que está sola porque así lo quiere!
Va despacio, y por la mirilla ve a Rubén, el vecino del piso de arriba. Siempre con cara de despistado, hoy lleva una sudadera roja y un tupper bien envuelto en un paño. Se ha quedado ahí, esperando, dudando hasta de llamar. Ella se arma de valor y abre.
Hola dice él, con esa sonrisa tímida y amable que tiene. Sé que esto es raro, pero… Te he traído ensaladilla rusa.
Alba parpadea. ¿Una ensaladilla?
¿Perdón?
Que la he preparado, como la hacía mi abuela: con patatas, zanahoria, guisantes, pollo… Y luego pensé, “igual Alba ni cenará esta noche, que está sola”. Y es que, la verdad, se te notaba en la cara, ayer al cruzarnos en el portal. Así que… eso, no podía dejarte sola esta noche. Aunque digas que quieres.
Ella no sabe cómo reaccionar. Está acostumbrada a que la gente mire hacia otro lado, pero este vecino, por lo visto, tiene otro modo de ver el mundo.
No quiero molestarte remata él. Es solo dejarte la ensaladilla. Si te apetece, la comes, si no la tiras. Pero que sepas, aunque sea sólo hoy, que no estás sola. Vamos, físicamente, en el edificio… Yo ando por aquí.
Sonríe y se da la vuelta para irse hasta que Alba, casi sin darse cuenta, le dice:
Espera… ¿te apetece entrar? Sólo tengo té frío, ni cava ni dulces. Pero si quieres…
Rubén se queda pillado, pero se le ilumina la cara.
Tengo ensaladilla, y eso combina con lo que sea. Yo encantado.
Alba se hace a un lado para dejarle pasar. El salón no tiene árbol ni las luces encendidas, pero de repente se siente ahí menos frío.
Rubén saca, además, una botella de cava marca random envuelta todavía en la bolsa del súper y se ríen. Sirven el cava en vasos de toda la vida y brindan:
Por las sorpresas dice él. Por atreverse a llamar a la puerta.
Por primera vez en medio año, Alba bebe porque de verdad le apetece. Rubén empieza a contarle anécdotas de su trabajo en la tienda reparando móviles: que si confundió azúcar con sal cocinando, que si la vecina se quejó por tocar la guitarra, que si un día envió memes al jefe en vez de un informe…
Y Alba ríe, te lo juro, se ríe tanto que hasta le duele la tripa, porque ya ni recordaba cuándo fue la última vez que lo hizo.
Luego se cuentan el uno al otro a qué se dedican. Ella le cuenta que es diseñadora en una agencia de publicidad, él que arregla aparatos y le explica a la gente por qué su móvil no funciona, que en el fondo la mayoría de problemas se resuelven reiniciando.
Se dan cuenta de que no tienen casi nada en común, pero a la vez justo eso les hace gracia: él, de números y orden; ella, de colores, impulsos y creatividad. Beben, charlan, se cuentan tonterías.
Y en eso, desde el piso vecino, suenan las campanadas. Afuera empiezan los fuegos artificiales, reflejándose en la nieve, y ellos simplemente miran las luces, callados.
Feliz año nuevo dice él, suave.
Feliz año responde ella, y por primera vez siente que lo dice de verdad.
Y te juro que en ese instante Alba pensó que, a lo mejor, este año sí podía ser distinto. No porque todo fuese de repente perfecto, no. Sino porque al menos había alguien ahí, por casualidad, por generosidad, porque sí. Y eso era suficiente para empezar a creer que estaba bien no estar sola.
***
El día siguiente, Madrid bajo la nieve, todo en calma. Alba está tumbada en el sofá, libro en mano, pero leyendo poco. Suena el móvil: es su madre.
Tendría ganas de cortar, pero recuerda la noche anterior, del té con ensaladilla y el cava, y siente que algo se ha movido por dentro. Dolor, sí, pero menos punzante. Algo más ligero.
Contesta.
Alba, hija, ¿cómo estás? su madre suena preocupada, esperando lo de siempre.
Bien, mamá. De verdad. Hasta diría que bastante bien.
Pausa. Su madre no sabe qué decir. Seguramente esperaba enfado, tristeza, lo de siempre.
¿Sabes…? dice su madre al rato. Si te animas, ven en Reyes. Nos haría ilusión. Tu hermana también quiere hablar contigo. Ya sabes, somos familia…
No sé, mamá. No puedo prometer nada… Lo pensaré.
Suspira su madre, y por primera vez no es de decepción, sino de alivio.
Sólo que no te cierres, hija. Estamos aquí si nos necesitas.
Te quiero, mamá. Dame un poco de tiempo. Tengo que saber quién soy ahora.
Y aquí estaré, cuando decidas le dice su madre con ese cariño tan de madre.
Se despiden. Alba se asoma otra vez a la ventana. Sigue nevando, todo cubierto de blanco, sin marcas, como si cada rincón pudiese recomenzar.
Entonces vuelve a sonar el móvil. Esta vez es un mensaje mucho más simpático. Rubén.
Sonríe sin querer. Contesta. Él le propone un café y tortitas, dicen que curan cualquier tristeza. Ella acepta. Se siente bien, tranquila.
***
Pasaron dos semanas. Alba estaba en la cocina, con café en mano, consultando el móvil sólo porque sí. De repente, mensaje de Marta.
Alba, necesito verte. ¿Vienes al Moratín el sábado a las 12? Es importante.
Alba se queda helada. El ritmo del corazón. Respira hondo. Pero, sinceramente, ahora es más cansancio por el conflicto que ira.
Vale. El sábado a las 12.
El sábado, se arregla sin prisas, ropa cómoda, pelo recogido, y llega pronto al café. El local, lleno de luz, huele a roscón y café. Pide un té con limón y espera mirando la calle, recordando tiempos más fáciles.
Llega Marta puntual, insegura, con ojeras. Se sientan.
Hola murmura ella.
Hola responde Alba, neutra pero tranquila.
Estás guapa intenta Marta.
Gracias. Tú también.
Toman aire las dos.
He sido muy injusta empieza Marta. Pensé sólo en mí, en Diego… en mi felicidad. Ni siquiera me paré a pensar lo que te hacía a ti. Ahora… me doy cuenta de lo egoísta que fue todo.
Alba escucha, en silencio.
Perdí a mi hermana por no tener valor continúa Marta, con lágrimas sinceras. No de teatro, de verdad. Lo hice fatal. Y aunque te quiera mucho, sé que no tengo derecho a pedirte nada.
Alba respira.
Lo peor no es que él se fuera contesta. Fue que tú me lo ocultaras. Tú lo sabías y nunca dijiste nada. Seguiste a mi lado, y callaste.
Porque tenía miedo, porque fui cobarde… No supe afrontarlo. Lo siento.
No sé si podré confiar otra vez, no puedo prometerte nada. Pero ya no quiero quedarme con ese odio, me pesa mucho concluye Alba, aún dolida pero sincera.
Marta le toma la mano, despacio.
¿Me dejas intentar recuperar algo? Sin prisas. Solo estar cerca…
Alba no la retira. Siente la mano de su hermana, con la misma marca de nacimiento que la suya.
Vamos a intentarlo. Poco a poco.
***
Después de esa charla, las cosas cambiaron despacio entre Alba y Marta. Al principio sólo mensajes cortos, luego alguna quedada sin hablar del pasado, sólo para verse, pasear o tomar café. Marta nunca sacaba el tema de Diego, sólo estaba ahí, como hermana.
En febrero, un día de esos fríos y desapacibles de Madrid, Alba cruzaba el Retiro cuando vio a lo lejos a Diego y Marta. Hablaban, reían tranquilos. Alba dudó si acercarse, decir algo… pero simplemente los observó desde lejos, ya no con rabia, sino casi con compasión.
Se dio cuenta: estaban bien juntos, se notaba que había cariño. Ese amor que, aunque a ella le hiciera daño, era sincero.
Giró sobre sus pasos, ya sin resentimiento. El dolor estaba ahí, como una cicatriz, pero ya no pesaba igual.
Esa noche, escribió a Marta:
He pasado por el parque y os he visto. Sólo quiero que sepas que ya no estoy enfadada.
Marta contestó: Eso significa mucho para mí. Gracias.
Una semana después, Alba fue a casa de su madre a cenar. Nadie la forzó. Olía a tarta de manzana, igual que de pequeña. Marta estaba ayudando a poner la mesa. Hablaron de todo, menos de Diego. Se sintió en paz, en familia, distinta pero en paz.
Al salir, el móvil vibró. Rubén: ¿Cine mañana? Dicen que estrenan una muy buena. Alba respondió enseguida: Sí, a las siete, ¿vale?
Se encogió en la bufanda. Quedaba noche, frío y un día más por estrenar. Y esta vez, tenía la sensación de que todo iba a ir bien.







