Elegí a una “chica sencilla” para fastidiar a mis padres adinerados, pero ella guardaba un “secreto” tan grande que me dejó completamente descolocado…

Diario de Alejandro Gómez, Madrid

Nunca pensé que escribiría esto, pero los últimos meses han dado un vuelco a mi vida de una forma tan inesperada que necesito ordenar mis pensamientos. Mis padres, de esos que consideran que el apellido Gómez debe ir acompañado de una esposa a la altura, insistieron en que sentase la cabeza si quería heredar la dirección del bufete familiar en la Gran Vía. Recuerdo perfectamente aquella conversación formal en el salón antiguo de casa:

Mira, Alejandro dijo mi padre, con esa seriedad suya de hombre de negocios madrileño. Tu madre y yo creemos que ha llegado el momento de madurar.

No pude evitar soltar una carcajada.

¿Manejar mejor los vinos? ¿Ponerte el corbatín en las bodas? ¿O es cuestión de boda, precisamente?

Exactamente asintió, mirándome con fijeza. Casi tienes treinta, hijo. El despacho necesita a alguien responsable. Una esposa, una casa. No puedes seguir como hasta ahora con esa vida de chico de Salamanca.

Mi madre intervino, con ese aire de severidad fatigada:

Tu padre levantó esto desde nada, Alejandro. No podemos confiar en el futuro de la familia a alguien que cree que la vida es puro cachondeo.

Sentí rabia. ¿Querían esposa? Pues la tendrían. Una parte de mí quería demostrarles lo absurdo de sus normas con alguien que, por su naturalidad, pusiera en evidencia sus prejuicios. Así fue como apareció Elvira.

Nada que ver con las chicas del círculo de mi familia: puro Chanel, fiestas en la Costa del Sol, cenas en el Ritz. A Elvira la vi por primera vez repartiendo bocadillos entre indigentes en el Retiro, vestida con un vaquero sencillo y un jersey sin logotipo alguno. Pelo recogido en una coleta, mirada directa e inexpresiva. Y, ante todo, una serenidad desarmante.

Me acerqué con mi típica sonrisa conquistadora.

Hola, me llamo Alejandro.

Encantada respondió ella, sin apenas inmutarse.

¿De dónde eres, Elvira? pregunté, intentando encontrar alguna referencia.

De un pueblito de Castilla. Nada remarcable contestó, y vi en sus ojos esa desconfianza que sólo tienen los que no esperan nada de nadie.

Genial, pensé.

¿Y… qué opinas del matrimonio? disparé sin rodeos.

Levantó una ceja, incrédula.

¿Perdona?

Sé que suena raro, pero busco a alguien para casarme. Cosas mías, tampoco tienes que saber demasiado, pero habrá que pasar… unas pruebas.

Elvira soltó una carcajada inesperada, con un brillo extraño en la mirada.

Curioso, justo estaba pensando que igual debería probar lo del matrimonio.

¿En serio? Entonces, ¿trato hecho?

Me miró de arriba abajo y encogió los hombros.

Bien, Alejandro. Pero prométeme algo.

Lo que quieras.

Nada de preguntas sobre mi pasado. Simple. Sólo una chica de pueblo, y punto. ¿Vale?

Asentí, divertido.

La llevé a una comida con mis padres y supe que había dado en el clavo. Mi madre abrió tanto los ojos al ver el vestido sencillo y la actitud contenida de Elvira que temí que algo se le fuese a atragantar. Mi padre, con el entrecejo fruncido:

Alejandro, esto no era lo que esperábamos.

Pero es lo que necesitábais respondí. Elvira es honesta, tranquila y no le interesan los lujos.

Elvira supo manejar la situación con una cortesía digna de una reina disfrazada de aldeana. Cada respuesta suya medía al milímetro el desconcierto de mis progenitores. Sentí que el plan era perfecto… salvo por algo en su sonrisa, una cierta satisfacción oculta.

Una tarde, tras otra cena con mis padres, me preguntó:

¿Seguro que quieres esto, Alejandro?

Más que nunca. Están al límite. Todo funciona respondí, casi orgulloso.

Me alegra ayudar dijo ella bajito, con un tono suave.

Estaba tan centrado en el efecto sobre mi familia que ignoré cómo afectaba todo esto a Elvira. Hasta el gran evento: la gala solidaria anual del Casino de Madrid.

Entramos juntos; su aspecto austero desentonaba entre joyas y trajes de gala, como yo quería. Me acerqué a su oído y le susurré:

Hoy es la prueba definitiva.

Elvira apenas asintió.

Mientras repartía sonrisas y silencios delicados, noté a mis padres lanzándole miradas de incredulidad, pero mantuvieron el tipo. De repente, el alcalde de Madrid se acercó, sonriente.

¡Elvira! ¡Qué agradable sorpresa! le estrechó la mano tan cálidamente que perdí el aliento.

Mis padres se quedaron petrificados. ¿El alcalde la conocía?

Elvira sonrió con elegancia, aunque algo tensa.

Igualmente, don Jaime.

La ciudad aún recuerda el comedor social que tu familia donó en Vallecas comentó el alcalde. Dejó huella.

Ella asintió, impasible.

El alcalde se marchó y mi madre preguntó, temblándole la voz:

Alejandro ¿Nos explicas esto?

Antes de contestar, se nos acercó un conocido de la familia, Rodrigo, boquiabierto.

¡Elvira! No sabía que habías vuelto a Madrid.

Ella rió brevemente.

No se lo he contado a muchos. Vengo por mi boda respondió.

Rodrigo me miró divertido.

¿Vas a casarte con Elvira, la Dama de la Caridad? Su familia es de las grandes patronas de Castilla y toda España.

Sentí el estómago encogerse. Ese nombre lo conocía todo el mundo, incluido yo, pero nunca había relacionado a Elvira con esa leyenda discreta de la filantropía.

Esa noche, la aparté a un rincón.

¿Así que eres la famosa Dama de la Caridad?

Suspiró, resignada.

Mi familia fundó varias ONG y lidera la mayor fundación de ayuda social de toda Castilla. Pero intenté desvincularme de eso.

¿Por qué no lo dijiste desde el principio?

Por la misma razón que tú me ocultaste tu plan. Todos tenemos nuestros motivos.

¿Sabías que todo esto era una pantomima mía?

Asintió, cansada.

Mi familia lleva años presionándome para que me case bien, por nombre y dinero. Quería poder decidir. Al conocerte, vi que podríamos ayudarnos los dos.

Vi entonces que Elvira no era ningún accesorio humilde, sino una persona lista, valiente y tremendamente independiente, que había renunciado a su apellido y a una vida de privilegio para ser por fin libre. Nuestra farsa era, en realidad, su modo de escapar de una jaula, igual que lo era para mí.

Una noche, mientras preparábamos otro evento benéfico, no pude evitar mirarla largo rato.

¿Qué? preguntó risueña.

No me imaginaba que pudieras ser tan fuerte admití. Lo estás llevando mejor que yo.

Sonrió con ternura.

Esto ya no lo hago por ellos. Lo hago por mí.

En ese instante supe que todo había cambiado. Lo que empezó como una broma o venganza se estaba volviendo real. Sentí respeto y, sí, algo más profundo.

Elvira, quizá es momento de contárselo todo le sugerí.

Ella asintió, tranquila. Ya no había más disfraces entre nosotros.

Así que, ayer, reunimos a nuestros padres en casa. Mientras nos preparábamos para hablarles con honestidad, sentí una calma extraña, completamente nueva. Por primera vez no tenía miedo: estaba listo para ser sincero y avanzar pero esta vez, de la mano de Elvira.

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Elegí a una “chica sencilla” para fastidiar a mis padres adinerados, pero ella guardaba un “secreto” tan grande que me dejó completamente descolocado…
Varya llegó media hora antes y oyó palabras de su esposo que le transformaron la vida.