14 de marzo
Querido diario,
Hoy por fin me decido a poner por escrito todo esto porque el torbellino de los últimos meses me ha dejado sin palabras. Si lo cuento aquí, quizás logre entender cómo una decisión tan infantiluna broma contra mis padresacabó desmontando mi mundo.
Desde pequeño he disfrutado de todos los privilegios que da una familia acomodada de Madrid. Coches rápidos, fiestas en Castellana, veranos en Jávea y alguna que otra escapada a París… Lo daba todo por hecho porque sabía que, algún día, heredaría la empresa familiar. Pero hace un tiempo, mis padres me citaron para una charla que terminó por cambiarlo todo.
Mira, Rodrigo dijo mi padre, con esa seriedad de hombre de negocios que adornaba hasta la mesa del desayuno. Tu madre y yo creemos que ha llegado el momento de que madures.
¿Madurar? respondí con una risa distraída, echándome hacia atrás en la silla. ¿Quieres decir casarme?
Exactamente, hijo. Si de verdad quieres heredar la empresa, tienes que darnos una muestra de tu madurez. Una esposa, un hogar. No podemos confiártelo todo si sigues viviendo como si esto fuera una película sin fin sentenció él.
Mi madre, infinitamente elegante y exigente, asentía en silencio, sin apartar la vista de mí.
Me sentí apaleado. ¿Así que querían ver cómo formaba una familia antes de soltarme las riendas? Pues bien, no sólo les daría una esposa Les presentaría la chica más normal que encontrara, alguien tan alejado de su círculo de amigas del Club de Golf como fuera posible. Haría que se arrepintieran de su absurda condición.
Entonces apareció Lucía.
Recuerdo que la vi por primera vez colaborando en una colecta solidaria de Cáritas en Lavapiés. Vestía sencillo, una falda azul marino y el pelo recogido en una trenza. Nada de bolsos de Loewe ni tacones de infarto, sólo serenidad y una honestidad casi desconcertante.
El saludo fue casi inexpresivo:
Encantada, Rodrigo dijo, devolviéndome la mirada durante apenas un segundo antes de sonreír amablemente.
¿De dónde eres, Lucía? Me lancé, todavía calibrando su acento.
De un pueblecito de Segovia. Nada importante respondió. Voz dulce, mirada reservada. Perfecto.
No tardé en proponerle lo nuestro, sin rodeos:
Esto sonará loco, pero… ¿qué te parece casarte conmigo? Tengo mis motivos, pero antes, tendrás que pasar unas pruebas solté con una sonrisa desafiante.
Ella soltó una carcajada inesperada, casi musical.
Curioso Últimamente he pensado que tampoco me importaría probar lo del matrimonio, aunque fuera peculiar.
¿Un trato, entonces?
De acuerdo, Rodrigo. Pero prométeme una cosa: nada de preguntas sobre mi pasado. Que baste con que soy una joven de pueblo. ¿Hecho?
Trato hecho respondí, convencido de que todo iba viento en popa.
La llevé a casa para presentarla a mis padres. Mi madre se quedó pasmada al verla cruzar el salón con aquel vestido sencillo. Mi padre frunció el ceño; sabía que aquello era justo lo contrario a lo que esperaban.
Ah ¿Lucía, verdad? sonrió mi madre, fingiendo simpatía.
Esto no es lo que imaginábamos, Rodrigo farfulló mi padre, cruzando los brazos.
¿No decíais que queríais que me asentara? Lucía es perfecta para mí. Sencilla, honesta, y nada interesada en todo este circo expliqué, deleitándome con cada gesto horrorizado.
Lucía interpretó el papel a la perfección: respuestas educadas pero distantes en las comidas eternas, miradas de escepticismo ante los cotilleos de la sobremesa, postura contenida en las galas No se enteraban de su juego y eso me encantaba.
Sin embargo, a veces la pillaba con una sonrisa extraña, como satisfecha, y me preguntaba si no me estaría perdiendo algo.
¿Estás segura de querer seguir con esto, Lucía? le pregunté tras una de esas cenas tensas.
Más que nunca respondí. Les estás sacando de quicio, va según lo previsto.
Pues me alegra ayudarte
Confieso que estaba tan absorto en mi propia venganza que ni pensaba en lo que ella sentía. Todo era nuestro teatro, y yo el director.
Entonces llegó el Gran Baile Benéfico de la Fundación familiar: mesas con manteles blancos, cava catalán, la élite de la ciudad y hasta la Concejala de Cultura. Lucía apareció a mi lado, su falda resaltando entre el lujo de los vestidos largos.
Recuerda, esta noche es la prueba final le susurré.
Ella asintió, serena como siempre. No se apartó de mi lado mientras saludábamos y sonreíamos de compromiso.
De repente, se nos acercó el alcalde, que parecía conocerla de toda la vida:
¡Lucía! Qué alegría verte por aquí dijo, besándole ambas mejillas. Aún recordamos el impulso que tu familia dio al hospital infantil de Segovia…
Ahí sí. Mis padres casi se atragantan. ¿Cómo que el alcalde conocía a Lucía?
Ella, imperturbable:
Gracias, don Antonio. Simplemente quisimos echar una mano.
Él la abrazó y se fue. Mi madre apenas podía balbucear:
¿Rodrigo qué ha sido eso?
Antes de que respondiera, nuestro viejo amigo del colegio, Pablo, se acercó corriendo:
¿Lucía, has vuelto a Madrid? rió, mirándome después con media sonrisa Rodrigo, ¿tienes idea de con quién te casas? Lucía la Joya de Segoviala familia que más ha donado en Castilla en los últimos años.
Empecé a comprender. Ese nombre, esa familia todos en nuestro círculo lo conocían. Menos yo, claro.
Esa noche, la llevé aparte:
¿Así que Joya de Segovia?
Suspiró.
Sí. De mi familia son la Fundación Álvarez, lo del hospital Pero nunca me sentí parte. Quería mi propio camino.
¿Por qué no me lo dijiste?
Por la misma razón por la que tú nunca admitiste que todo esto es una broma para tus padres dijo, mirándome fijamente. Nadie elige por mí; ni mis padres, ni los tuyos.
¿Lo sabías todo?
Lo supuse enseguida. Mis padres también quieren que me case por interés. Pensé que podía servirnos a ambos huir de nuestras jaulas.
Nunca fue la chica sencilla que creí. Era fuerte, lista, con principios propios. Mientras yo jugaba a rebelarme, ella renunciaba a su apellido buscando su libertad.
Meses después, mientras organizábamos otro evento benéfico juntos, no pude evitar quedarme mirándola.
¿Qué pasa? sonrió.
No imaginaba que fueras tan valiente le dije. Lo llevas mucho mejor que yo.
Ya no lo hago por nadie más, Rodrigo. Ahora lo hago por mí.
En ese momento lo supe: ya no era una farsa. Empecé a admirarla, a querer ser digno de estar a su lado. Querer hacer las cosas bien.
Lucía le dije, ¿y si les contamos la verdad?
Asintió. Ya no teníamos nada que ocultar.
Al día siguiente, citamos a mis padres. Mientras esperábamos a empezar, nunca me sentí tan en paz. Ya no era miedo, era otra cosa: estaba listo para ser honesto, para vivir mi propia historiacon Lucía, siempre.






