Escombros de una amistad

Restos de una Amistad

Recuerdo cómo fue aquel invierno, hace ya tantos años, cuando todo cambió. Clara regresó a casa tras una jornada especialmente pesada. Entró en el piso, cerró la puerta con un gesto cansado y, sin apenas pensar, se quitó los botines. Sus movimientos mostraban una fatiga profunda, mucho más del alma que del cuerpo. El vestíbulo respiraba una calma extraña; solo un murmullo apagado del televisor llegaba de la cocina. Clara se detuvo, como si necesitara reunir fuerzas antes de dar ese primer paso hacia su refugio. Acostumbraba a tomarse un momento para dejar atrás el ruido del mundo y recibir la calidez del hogar, pero ese día le costaba horrores.

Por fin avanzó hacia la cocina. Allí estaba sentado Jaime, su marido. Delante tenía un plato de sopa y comía despacio, distraído, mirando a ratos la pantalla. Cuando Clara entró, Jaime se dio cuenta enseguida y alzó la vista.

Hoy llegas temprano ¿Todo bien? preguntó, notándose su preocupación real.

Clara cayó sobre la silla frente a su marido. Se abrazó a sí misma como si intentase protegerse o guarecerse del frío invisible. Jaime notó enseguida, por su aire y su mirada, que algo serio había sucedido.

No, no lo está respondió Clara bajito, clavando los ojos en una esquina. Acabo de salir de casa de Teresa. Creo creo que ya no somos amigas.

Jaime dejó la cuchara en el plato, olvidó la sopa. Su rostro se volvió atento, serio, dispuesto a escuchar sin forzar explicaciones. Él estaba allí, disponible.

¿Qué ha pasado? preguntó, el tono marcando su inquietud.

Clara suspiró hondo, buscando valentía para decirlo todo tal cual lo sentía.

Todo por culpa de su marido, imagínate. Álvaro le fue infiel. Y ella, en vez de enfrentarse a él, se lanzó contra la chica, diciéndole de todo. Que sabía que estaba casado y aun así se metió. A Clara le tembló la voz, pero siguió. Intenté calmarla, explicarle que la culpa era de Álvaro, que lo primero era hablar con él Pero ni me escuchó. Gritaba que no la apoyaba, que estaba del lado de esa traidora.

Jaime jugueteaba con la cuchara, ya desganado. Tuvo que preguntar para comprenderlo todo.

¿Esa chica sabía de verdad que él estaba casado?

Clara se encogió de hombros, casi ofendida por la duda.

¡Claro que no! exclamó, con la voz encendida. Álvaro le dijo que estaba divorciado; ni siquiera enseñó el DNI. Intenté hacerle ver a Teresa que la culpa no era de la chica, sino de Álvaro. No puede uno culpar a alguien de la mentira de otro la voz de Clara tembló otra vez. Pero ella ella se volvió contra mí. Me gritó que defendía a ese tipo de mujeres porque yo tampoco soy una santa.

Jaime frunció el ceño, incómodo con el modo en que la amiga de su esposa manipulaba la situación y lanzaba insinuaciones tan feas.

Vaya tela murmuró. ¿Y después qué pasó?

A Clara se le escapó una mueca amarga, una carcajada helada.

Peor, aún peor. Teresa empezó a contar a todas nuestras amigas que yo defendía demasiado a esa chica. Por algo será, dice, quizá Clara tiene cosas que esconder. Imagínate miró a Jaime, desorientada. Yo pensaba que una amiga estaba para apoyarte en los malos momentos, no para darte la espalda. Y ella no para de hacer insinuaciones ofensivas

El silencio se apoderó de la cocina. El televisor seguía en marcha, pero ninguno de los dos le prestaba atención. Clara jugueteaba con el borde del mantel, buscando comodidad en ese simple gesto. Dolía darse cuenta de que quien creías cercano podía apartarte tan fácilmente.

Lo que más me fastidia es que solo quería ayudarla musitó Clara, sin apartar la mirada del frío patio tras la ventana. Solo intenté decirle que la rabia debía ir hacia quien de verdad tenía la culpa. Pero lo dio todo la vuelta. Ahora medio mundo la cree y me miran mal, cuchichean su tono era más agrio de desconcierto que de rabia, ¿de verdad es tan fácil creerse una mentira tan absurda?

Jaime se levantó, se acercó y le rodeó los hombros con un gesto cálido, sólido, como diciéndole que pase lo que pase, él creía en ella.

Sabes que tienes la razón afirmó, convencido.

Lo sé asintió Clara, por fin apartando la vista del ventanal, pero eso no consuela. Tantos años de amistad y que todo acabe así, por mentiras, por lo absurdo suspiró, pasándose la mano por la cara, como quien trata de quitarse el cansancio, la decepción. Qué rabia

********

Durante los días siguientes, Clara evitó salir. Solo pensar en cruzarse a conocidos en la panadería o en el portal le daba ansiedad. No soportaba sentir las miradas de reojo de los vecinos, escuchar los cuchicheos cortados en seco a su paso. A veces notaba cómo la gente se callaba o cambiaba de conversación solo al verla, y aquello la hería más de lo que quería confesar.

En casa se obligaba a estar ocupada: organizar libros, limpiar a fondo, cocinar recetas laboriosas. Pero por mucho que lo intentara, le era imposible dejar de darle vueltas a lo rápido e irreversible que había cambiado su mundo. A menudo pensaba en marcharse, al menos temporalmente, a cualquier sitio lejano, donde nadie conociera ni a ella ni a Teresa ni nada de todo aquello. La ilusión de un lugar tranquilo, espacio para respirar; la idea de poder olvidarse del pasado se convertía en fantasía recurrente.

A veces se imaginaba subiendo a un tren o a un avión, viendo cómo la ciudad se alejaba, dejando tras de sí solo calma. Pero por ahora, solo eran sueños. Debía enfrentarse al presente, donde ese recuerdo del derrumbe de su amistad era una herida aún demasiado abierta.

Una tarde, Clara y Jaime estaban sentados en la cocina, compartiendo una infusión y el resguardo suave de una lamparita. Ya caía la noche, y los copos de nieve giraban en la luz de la farola, imprimiendo una atmósfera de recogimiento. Jaime rompió el silencio.

He estado pensando sugirió, midiendo las palabras. ¿No crees que podríamos mudarnos? No irnos de Madrid, pero quizá solo a otro barrio. Cambiar de aires.

Clara alzó la mirada, sorprendida y escéptica. No era una propuesta que esperara; el corazón le latía rápido ante esa posibilidad.

¿Tú crees que serviría?

Estoy seguro afirmó Jaime, sin imponerse. Necesitas tiempo. Aquí todo te lo recuerda; demasiadas caras creyendo habladurías Si nos vamos, podrás reponerte, empezar de nuevo, ver cómo quieres seguir.

Clara bajó la vista al fondo de su taza. Mudarse le resultaba tan vertiginoso como tentador. Se trataba de dejar atrás la casa a la que tanto cariño tenían, a los pocos amigos que habían permaneciendo a su lado. Imaginaba la explicación a sus compañeros de trabajo, la búsqueda de un piso nuevo, la adaptación. Daba vértigo.

Pero pensó también en la oportunidad de empezar de cero: un sitio sencillo, mañanas sin angustias, gente nueva, una vida sin que el pasado se pegase como una telaraña. Sopesó pros y contras, trayendo mentalmente imágenes de ambas alternativas, con miedo a lo desconocido pero ganas de romper el círculo.

Vale dijo al fin, con una determinación, aunque tímida. Vamos a intentarlo.

Jaime sonrió, tranquilo pero aliviado. Sabía bien cuánto le costaba dar ese paso, y admiraba su valor.

Perfecto le apretó la mano. Buscaremos un sitio con calma. A ver si encontramos algo cerca de un parque, para pasear, para respirar.

Clara asintió y sintió, al hacerlo, un tímido rescoldo de esperanza. No se trataba de huir, sino de darse un respiro, poder recomponerse y volver a la vida con nuevas fuerzas.

Buscaron piso en otros distritos. No fue fácil: cada día veían anuncios, llamaban agentes, recorrían barrios. A veces el piso prometía en las fotos y decepcionaba en persona; otras veces el problema era el entorno, escaso de verde, demasiado tráfico, malas conexiones.

El proceso fue lento y de mucho comparar. Jaime asumió la parte más burocrática, y Clara escogía con paciencia, tratando de imaginar si de verdad podría hacer suyo ese rincón.

Entre visitas y llamadas, Clara recordaba a Teresa. La pena no desaparecía, pero ya no era tan punzante; se sumaba ahora la amarga constatación de que la amistad no era tan sólida como pensó. Repasaba mentalmente los buenos momentos, los sinceros, los planes y sueños compartidos. Mirando atrás, buscaba el punto exacto en que todo se quebró.

Un día, para distraerse, Clara decidió poner orden a sus viejas fotos. Pasaba las imágenes de un álbum a otro, evocando risas, confidencias, aquel viaje juntas a la playa. En una foto reían con el mar de fondo y el viento jugando en su pelo; eran felices, hablando del futuro, soñando sin recelo. Aquello parecía ahora tan lejano, casi irreal. Clara se quedó absorta ante la imagen; le dolió lo remoto que se sentía todo aquel cariño.

¿Y si lo intentaba una vez más? se preguntó. Se imaginó llamando a Teresa, proponiendo un café, intentando aclarar las cosas. Pero en su cabeza resonaban los gritos recientes, los reproches sin base, la dureza de Teresa No, cualquier intento sería en vano. Guardó la foto. Hay caminos que, por mucho que duelan, solo llevan a un callejón sin salida.

Pasado un mes, encontraron al fin un piso pequeño pero luminoso, con ventanales que inundaban el salón de sol. El barrio era calmado y verde, con parques y plazas acogedoras. El arrendador, cordial, valoraba la tranquilidad y el buen trato; justo lo que buscaban.

La mudanza fue dosificada, caja a caja, días tras día. Jaime bromeaba con que ya jamás volverían a perder nada, y Clara reía: de todas formas, así no tendrían que rebuscar nunca. Cuando todo estuvo colocado, Clara paseó despacio por las habitaciones. Se detuvo ante la ventana; contempló los arbolitos, un parque infantil, algunos paseantes relajados. Sintió una ligereza real, nueva, como si al fin pudiera soltar el peso de rencores y recuerdos. Por fin, un lugar para rehacerse, donde no existían miradas de sospecha ni cuchicheos.

Clara respiró profundo y sintió aflojarse los nudos interiores. No era huir. Era darse la oportunidad de volver a sí misma, aunque fuera a pequeños pasos.

*********************

Antes de mudarse por completo, Clara tomó una decisión que luego meditaría largo tiempo. No supo jamás si fue por justicia, por cerrar heridas o por poner fin al embrollo. Convocó a Álvaro, el marido de Teresa, a un café alejado por si los veían conocidos.

Llegó antes, pidió un té, y se entretenía mirando la puerta. Cuando Álvaro entró, notó cómo jugueteaba nervioso con el cuello de la camisa, pasaba la mano por la nuca.

Hola saludó incómodo. Sorprende que quisieras verme.

Clara ensayó sus palabras mentalmente, aunque al ver su cara dudó si hacía lo correcto. Ya no había marcha atrás.

Te vas a divorciar, lo sé empezó, segura. Teresa prepara pruebas para culparte de todo, presentándose como víctima. Pero también tiene lo suyo como ese viaje a Barcelona, ¿recuerdas?

Álvaro se quedó helado, apretando la taza.

¿Insinúas?

Solo quiero que tengas las mismas armas interrumpió Clara. Que el juez vea todo. Teresa habla de tu traición, pero ella tampoco está limpia. Si se llega a juicio, hay que contar toda la verdad.

Puso un sobre sobre la mesa. Dentro, algunas fotos e impresiones: nada grave, pero suficiente para desdibujar la imagen impoluta que Teresa planeaba mostrar.

Álvaro lo tomó, lo hojeó rápido. No mostró nada, pero a Clara no se le escapó su inquietud.

Gracias susurró él al final. No esperaba que hicieras esto.

Ni yo respondió ella seca. Solo estoy harta de las mentiras. Esto te ayudará a sacar la verdad, al menos te orientará.

Guardó el sobre. El silencio pesó. Clara sentía una extraña mezcla de alivio y pesar: por fin decía lo que tenía que decir, aun sabiendo que con esto, el pasado con Teresa se rompía del todo.

No sé si lo usaré dijo él, bajito. Pero gracias por darme elección.

Clara solo asintió. Nada más había que añadir. Acabó su té y salió del local, despidiéndose con un sencillo adiós.

En la calle soplaba aire frío. No lo notaba; caminaba sumida en sus pensamientos, preguntándose si había hecho lo correcto. En el fondo, sabía que sí: no lo hacía por Teresa ni por Álvaro, sino por ella misma. Por dejar atrás el mundo donde la mentira se hacía verdad y la amistad, traición.

********************

Tras ese encuentro, Clara tomó una decisión simple: cerrar esa etapa de una vez. Borró el número de Teresa del móvil, sin vacilación pero sí un vuelo triste en el pecho. Después se dio de baja en sus redes sociales. Sólo tardó unos minutos, pero el gesto fue definitivo: como quien guarda un libro viejo y dañado en lo más alto de la estantería y cierra el armario.

Poco a poco, la nueva casa empezó a ser hogar. El espacio inicialmente vacío se llenó de capas de calidez y comodidad. Clara y Jaime colocaban cosas poco a poco, buscaban cortinas, colgaban fotos (no las antiguas, sino las nuevas, ya de su nueva vida).

Pronto encontró teletrabajo, y sus competencias le permitieron adaptar horarios y manejar su tiempo a placer. Jaime también se integró bien en otra oficina, algo más lejos, pero el ambiente era bueno.

Ambos exploraban el barrio, descubrían cafeterías acogedoras, charlaban con los vecinos. Al principio costaba, pero pronto las pequeñas conversaciones se tornaron agradables. Nadie allí la miraba raro, nadie cuchicheaba o preguntaba de más. Descubrió una tranquilidad nueva: poder ser ella misma, sin necesidad de justificarse ni temer juicios.

Una tarde, el sol ponía el cielo naranja y ella se acomodó en el balcón con una taza de té. El aire fresco traía risas lejanas y el ulular de algún perro. Jaime se unió después, ambos en silencio, disfrutando del momento.

¿Sabes? dijo Clara, tranquila. Creo que lo único correcto fue no solo mudarnos, sino aclarar lo de Álvaro.

Lo dijo serenamente, sin excusas, como quien cierra un balance.

Jaime la rodeó con un brazo.

Actuaste fiel a ti misma afirmó con seguridad. Eso es lo que importa.

Ella sonrió, mirando la puesta de sol. Las nubes se tornaban rosas y naranjas sobre el horizonte y las sombras largas se desdibujaban. Allí quedaba todo lo pasado, pero aquí, en esta casa nueva, empezaba otra vida. Sin mentiras, sin culpas ajenas ni la necesidad constante de justificarte ante quien no quiere escuchar.

**************************

Pasados seis meses, Clara veía el amanecer desde su ventana, las primeras luces dorando los tejados. Sostenía su té con bergamota, su favorito. De fondo, el murmullo difuso de Jaime que aún dormía.

La tranquilidad se había asentado. El teletrabajo la liberó de desplazamientos y le permitió organizar su día con libertad. Por fin pudo apuntarse a clases de acuarela, algo que siempre había querido probar. Iba dos veces por semana, probando técnicas nuevas. No importaba si le salía perfecto: le hacía bien, le ayudaba a sacar lo que llevaba dentro.

Una tarde se sentó en el sillón, el cacao caliente entre las manos, navegando distraída por el móvil. Entonces, entró un mensaje de una antigua compañera, Lucía. Apenas hablaban desde hacía meses.

Clara, ¡hola! ¿Has sabido cómo acabó lo de Teresa? Me he cruzado con una vecina suya y me ha contado

Clara notó un escalofrío. No había querido saber nada desde la mudanza, pero la curiosidad pesó más y leyó el mensaje.

La historia acabó torcida: Teresa contrató a un abogado carísimo y trató de hacerlo todo de víctima, con pruebas falsas y mucha pose. Pero Álvaro contraatacó y sacó a relucir mensajes comprometedores suyos con un compañero de Barcelona. Al final el juez le quitó casi todo; la empresa y el piso quedaron para Álvaro. Solo le quedó el coche.

Clara apartó el móvil. El té se enfriaba y ella ni lo notó. Sintió una extraña mezcla de alivio y pena: no porque Teresa perdiera, sino porque la verdad, al final, se hizo ver.

¿En qué piensas? Jaime apareció, abrazándola por los hombros, cálido como siempre.

Ella se giró levemente, se sonrió.

Me he enterado de cómo acabó la historia de Teresa.

¿Y?

Quiso quedarse con todo y al final se quedó con casi nada. El juez vio que la historia no era como contaba.

Jaime asintió, sin más. Comprendía que para Clara no era venganza, sino justicia. Él sabía cuánto le costó perder a su amiga, saber que alguien tan cercano podía dar crédito a las mentiras y dejarla de lado.

Clara se aferró a él, dejando que sus preocupaciones se disiparan lentamente. Afuera llovía, y el aroma de pan recién hecho llenaba la casa. Él puso dos cruasanes sobre la mesa.

¿Nos tomamos un desayuno especial? propuso, risueño. Mañana podríamos ir al parque nuevo, dicen que es precioso.

Clara asintió, volviendo a sentirse ligera. El capítulo con Teresa quedaba al fin atrás: ahora podía dedicarse simplemente a vivir y construir el futuro a su manera.

Aquella tarde salió a caminar, sola y sin prisa. En el aire flotaba el frescor de otoño y cada respiración renovaba su ánimo. Por el barrio reconoció los setos bien podados, las ventanas iluminadas, algún gato perezoso al calor de una rejilla. Pensó en lo mucho que había cambiado todo: ya no había rumores a sus espaldas, podía hablar sin temor a malentendidos, sin necesidad de justificarse. La serenidad era casi extraña tras todo el tiempo vivido en guardia.

En el parque se sentó en un banco. A su alrededor, la vida fluía tranquila: niños correteaban, alguien tarareaba una sevillana. Las luces lejanas de los bloques prometían nuevas historias a gente recién llegada. Era solo una tarde ordinaria, y justo en esa normalidad estaba el regalo: no temer, no esperar el golpe, simplemente estar, mirar y sentir cómo iba llenándose de una suave y segura paz.

Ya no soy la misma Clara de antes, la que temía el juicio ajeno pensó, viendo a los padres recoger a los críos. Ahora defiendo mis propios límites. Creo que eso es lo más importante.

Esa reflexión era honesta y sencilla: no se trataba de presumir, solo de saber que había superado la prueba; no se doblegó, no se amargó, simplemente fue más fuerte.

Al día siguiente, Clara llamó a Lucía. Contestó enseguida.

Gracias por contarme le dijo Clara con gratitud, mirando las hojas caer tras el cristal. No esperaba noticias, pero ya puedo cerrar este capítulo.

Te entiendo dijo Lucía, solo solidaridad en su voz. Mucha gente no creyó en ti. Pero ahora que se sabe todo, empiezan a cambiar de opinión.

Que así sea sonrió Clara, sin rencor. Ya no me importa. Ahora, solo me interesa vivir como quiero.

Colgó y sintió de nuevo esa paz, como si por fin el pasado la soltase.

Por la tarde, cuando Jaime volvió, ella le esperaba con una sonrisa. No le habló enseguida de la llamada; lo abrazó, se perdió en ese olor familiar y dejó ir el cansancio del día.

¿Sabes? Por fin siento que todo está en su sitio le murmuró, aún sin soltar su mano.

Me alegro contestó Jaime, besándole la frente, transmitiéndole esa calidez suya. Te mereces esa tranquilidad.

Cenaron comentando planes: quizá una escapada, o una tarde de cine en casa. La nieve caía suave, tapando la ciudad y borrando el rastro del pasado.

Clara miraba el fuego artificial del brasero eléctrico. Ese resplandor cálido lo llenaba todo de sentido. Volver atrás, no; atrás quedaban el dolor y las palabras no dichas. Ahora tenía calma, honestidad y la libertad de ser ella misma.

Y eso, entendió, era lo verdaderamente valioso.

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Escombros de una amistad
La novia ajena. Valentín era la estrella del momento. Jamás había puesto un anuncio en prensa ni televisión, pero su nombre y su número de teléfono corrían de boca en boca, como buen chismorreo español. ¿Presentar un concierto? ¡Faltaría más! ¿Animar un cumpleaños o una boda? ¡De maravilla! Incluso, una vez, dirigió la fiesta de fin de curso en un colegio infantil y conquistó no solo a los niños, ¡sino también a sus madres! Sus inicios fueron sencillos. Uno de sus mejores amigos se casaba, pero el maestro de ceremonias contratado se borró a última hora, tras una juerga monumental. No había tiempo de buscar a nadie más, así que Valentín cogió el micrófono y tiró de tablas. En el colegio había participado en teatro, era fijo de la compañía “Logos”, y en la universidad no se perdía ninguna edición de la “Primavera Universitaria” o el Club de la Comedia. Su actuación improvisada fue un éxito, y, esa misma noche, dos invitados le pidieron que presentara sus respectivos eventos. Tras la universidad, Valentín se colocó en uno de los tantos centros de investigación madrileños, mal pagado y poco valorado. Pero los primeros ingresos presentando eventos le motivaron: no solo ganaba mucho más, además se sentía realizado. Pronto, su caché superó casi por diez la nómina de becario científico. Al cabo de un año, tomó una decisión: dejó el laboratorio y, con lo ahorrado, se compró buen equipo, abrió su propio negocio y se puso oficialmente al frente del entretenimiento de Madrid. A la vez, comenzó clases de canto; voz y oído no le faltaban. Muy pronto ya era presentador-cantante y, tres días por semana, animador musical en un restaurante del centro. A sus treinta, Valentín era atractivo, solvente y reconocido como cantante decente, DJ y maestro de ceremonias capaz de animar hasta la reunión más fría. No estaba casado, para qué; le llovían las chicas, todas dispuestas a lo que fuera. Pero sus amigos iban sentando cabeza, nacían hijos, y Valentín empezó a pensar en una vida familiar. Eso sí, no con una cualquiera: quería algo para siempre. — Hay que conocer a una chiquilla, educarla a medida y, en cuanto cumpla los dieciocho, casarse. ¡La esposa perfecta! —bromeaba con los amigos. Incluso aceptó presentar fiestas de fin de curso en institutos con el objetivo, medio en broma medio en serio, de encontrar a su media naranja. Pero las adolescentes de hoy no eran lo que él imaginaba. Sin rendirse, seguía atento, como “cazador tras pieza rara”, decía. Ahí fue cuando el destino, en versión ibérica, decidió reírse de mi primo. Todo se torció el día en que le llamó una mujer. — Necesitamos presentador para una boda. ¿Tiene usted el 17 de junio libre? ¡Estupendo! ¿Cuándo podemos vernos? Se citaron. Según Valentín, fue la primera vez que sintió lo de “la tierra se abre bajo los pies”. La mujer, que se presentó como Xenia, era deslumbrante: el tipo de mujer que uno solo ve en películas de Pedro Almodóvar. Hablaba claro y directo, enumerando requisitos: esto, lo otro, lo de más allá. Él no podía dejar de mirarla; qué fortuna para su futuro esposo. No solo era bella: se adivinaba inteligente —cosa rara. Al principio, le echó unos 25 años, pero, en la charla, Xenia soltó que fue “joven de la UGT”, por lo que debía de tener más de 40. Acordaron todo y firmaron contrato, aunque ella se resistía: — Qué necesidad, confío en ti, tienes unas referencias excelentes. Valentín era escrupuloso: siempre actuaba con contrato, tanto por disciplina como por profesionalidad ante Hacienda. — Hay que cumplir con la Agencia Tributaria —decía—, no quiero líos. ¡Pero en realidad necesitaba pruebas de que no soñaba, que Xenia era real! En ese instante, a Xenia le sonó el móvil. — Ah, ya está aquí mi novio. ¿Quiere que le acerquemos a algún sitio? Valentín declinó, pero acompañó a Xenia —siempre hacía de testigo para observar el trato entre los novios. Esta vez no era por curiosidad, sino por pura envidia. El novio en cuestión le sorprendió: se esperaba a un cuarentón juvenil a la altura de Xenia, pero salió del coche un chico más joven que él. — ¿Todo bien, Xenia? Ella sonrió, como si todo fuera perfecto, subió al coche, y el joven, al cerrar la puerta, se volvió hacia Valentín. — ¿Usted será el presentador de nuestra boda? Encantado, me habló de usted mi amigo Nacho, dice que es el mejor —extendió la mano—. Perdón, ni me he presentado; Xenia luego me riñe. Soy Roberto, el novio. A Valentín le dieron ganas de saltar a por Roberto y borrarle la sonrisa de un puñetazo, pero solo le estrechó la mano. — Valentín. Encantado. Desde ese día, Valentín perdió el sueño. Buscaba cualquier excusa para llamarla, escuchar su voz, verla. La fecha se acercaba y él sentía que perdía la cabeza. Solo se lo confesó a un amigo, quien, con malicia, le preguntó: — ¿Y las adolescentes? ¿No ibas a criar una novia desde cero? — ¡Qué adolescentes ni qué ocho cuartos! Xenia es la mujer ideal y no quiero a nadie más. — Pues díselo —aconsejaba el amigo, a lo que Valentín respondía cortante: — ¿Estás loco? Se casa, está enamorada. ¿Para qué iba a quererme a mí? A veces Roberto pasaba sonriendo, con mensajes de Xenia: — Xenia me dijo que le trajera esto… Valentín lo detestaba en esos momentos, pero se aguantaba. Incluso pensó en dejar la boda plantada, arruinando su reputación, pero así no volvería a ver a Xenia jamás. Y recular, qué remedio. Dos días antes de la boda, Xenia volvió para “rematar el guion”, ya que el local estaba de obras y se reunieron en casa de él. Hablaron mucho de todo, rieron, ambos chispeantes. Al fin, detallaron todo, y Valentín propuso un brindis con champán. — Por un día perfecto en la boda. Xenia aceptó, alegre: — ¡Encantada! Ella reía, deslumbrante, el champán afloró el valor y Valentín la besó. Y Xenia, para su asombro, le correspondió. Y el mundo giró. Valentín despertó sobresaltado. ¿Había soñado la mejor noche de su vida? Pero al oler la almohada, supo que no. Dudoso, la llamó. — Hola… — ¡Buenos días! Perdona por irme sin avisar, pero ya sabes, mil cosas que hacer, ¡mañana es la boda! — ¿Entonces… habrá boda? —preguntó apagado. — Por supuesto, ¿por qué se iba a cancelar? ¡Todo va fenomenal! ¿Todas las mujeres son tan cínicas?, pensaba. ¿Habrá boda, y ella tan tranquila delante de su novio? Tentado estuvo de sabotear el enlace, pero… ¿para qué quería una mujer así? Siendo honesto: para lo que fuera, la quería. Al día siguiente, llegó temprano al restaurante. Las decoradoras terminaban y le miraban de reojo. De repente… No podía creérselo: Xenia se le acercó. — Hola. Me he escapado tras el registro civil solo para verte —le sonrió—. ¿Qué te pasa, Valen? — No entiendo nada —musitó—, ¿entonces ya os habéis casado? ¿Y has venido aquí? — Claro, menudo plan irme de juerga con esos chavales. Prefiero estar contigo. ¿No te parece bien? — Pero, ¿no eres tú la novia? Xenia le miró asombrada un instante, y luego lanzó una carcajada sincera —ese humor tan castizo— y Valentín, contagiado, sonrió también. — ¡Por supuesto que no! Es mi hija, Ksyusha. Está estudiando en Salamanca, acaba de llegar ayer para la boda —cambió de tono—. ¿De verdad pensabas que yo era la novia? ¿Y que a dos días de la boda me iba a ir a la cama con otro? ¡Menuda opinión tienes de mí! Por fin a Valentín le cayó la ficha: nunca le había oído decir “yo”, siempre “la novia y el novio”; Roberto jamás la llamó Ksyusha, sólo Xenia y de usted. ¡Qué tonto! Entonces hizo la pregunta clave: — ¿Y tú? ¿Estás libre? Al ver su gesto afirmativo, soltó: — ¡Cásate conmigo, por favor! La boda fue un espectáculo, el presentador superó todas las expectativas, los invitados salieron encantados. Los recién casados se acercaron a agradecerle: — ¡Gracias, ha sido una noche increíble! — Ya me encargo yo de agradecerle —añadió Xenia, guiñando un ojo—. Id al coche, que yo me quedo supervisando. La noticia de que Valentín se casaba con una mujer nueve años mayor corrió entre los familiares. Al principio hubo reservas, pero al conocer a la novia todos estuvieron de acuerdo: — ¿Cómo no iba a enamorarse uno de una así? Xenia y Ksyusha dieron a luz con dos semanas de diferencia.