¡Me voy para que aprendas lo que has perdido! ¡Vive una semana sola, aúlla a la luna sin un hombre en casa, tal vez así aprendas a valorar el cariño! gritó patéticamente Víctor mientras metía un paquete de calcetines en su vieja bolsa de deporte, a punto estuvo de tirar mi jarrón favorito del estante.
Recuerdo que observé la escena apoyada en el marco de la puerta, sintiendo por dentro una mezcla entre agravio y ganas de reírme a carcajadas. Mi marido, aquel hombre ya entrado en la treintena, montando un drama en medio de MI propio piso ese piso de un solo dormitorio que compré yo misma antes de casarnos y amenazándome con el vacío de su ausencia. De verdad se creía que, sin su presencia imprescindible, se vendrían abajo las paredes y quedaría yo mustia como un geranio olvidado.
Y pensar que todo empezó, como tantas veces, después de la habitual visita dominical a doña Encarnación, mi suegra. Una señora singular donde las haya: solo ella podía hacerte un cumplido con tal acidez que daban ganas de meterse debajo de la cama, y dar consejos con la severidad de un general de brigada pasando revista.
Esa tarde, Víctor volvió de casa de su madre cargado de energías. Enseguida lo supe: labios apretados, mirada escrutadora, narices olfateando minucias de polvo.
Clara, ¿por qué otra vez no están los toallas del baño colocados por colores? fue lo primero que dijo sin ni siquiera quitarse los zapatos. Mi madre dice que eso crea desarmonía visual y que destroza el flujo de energía en casa.
Respiré hondo mientras removía el pisto en la sartén.
Víctor, tu madre solo ha visto el chi en la televisión de los noventa. Las toallas están como es más práctico para secarse las manos contesté, procurando no perder la paciencia.
Él frunció el ceño, entró en la cocina y señaló la tapa de la cacerola.
¿Otra vez las verduras enteras? ¡Mi madre dice que una buena esposa pasa todo por el pasapurés, que así el marido lo digiere mejor! Solo es que tú eres una floja.
Víctor, cariño dejé la cuchara sobre la encimera, tu madre no tiene dientes porque prefirió comprarse el tercer juego de loza antes que ir al dentista. Y tú dientes tienes de sobra, así que mastica.
Se le puso la cara roja, infló el pecho, dispuesto a darme una lección más de sabiduría materna, pero no encontró las palabras.
¡Eres una desagradecida! acertó a soltar al fin. Mi madre es experta en economía doméstica, ¿sabes?
Víctor, tu madre ha sido portera de residencia toda su vida. Y eso de experta se lo inventó porque le suena bien le respondí con una sonrisa gélida.
El hombre se quedó con la boca abierta un buen rato, dándole vueltas a alguna respuesta, pero solo le salió mascullar y agitar la mano como quien espanta una mosca.
Larga y ridícula, así fue la escena: como un pingüino perdido, se envaró. Y fue entonces cuando me anunció su decisión de darme una lección.
¡Basta! ¡No aguanto más tus aires de chabacana! proclamó cerrando la bolsa. Me voy a casa de mi madre. Una semana. Piensa, reflexiona sobre tu actitud. Cuando vuelva, quiero la casa perfecta y una disculpa. Por escrito.
Se oyó la puerta de entrada. Silencio.
Lo que sentí entonces fue insólita mezcla de vacío y alivio. Aunque, sí, una buena quemazón de rabia. ¿Quería castigarme, marchándose de MI casa, para dejarme en paz y silencio? Estratega de genio.
Pero el destino es caprichoso y tenía guardado para mí algo mejor que todas las rabietas de Víctor.
El lunes mi jefe me llama a su despacho.
Clara Martínez, está en juego el proyecto de la filial. Coruña. Hay que volar mañana. Plazo: tres meses. Gastos pagados, doble remuneración, además de una prima con la que te compras coche nuevo. Eres la única que puede hacerlo.
Sentí como si me brotaran alas. ¡Tres meses! Sin Víctor, sin llamadas inquisitivas de doña Encarnación, frente al Atlántico, con buen salario.
Acepto le respondí sin vacilar.
Al salir del trabajo caí en la cuenta: el piso quedaría desocupado tres meses y la factura de la luz cuesta un dineral. En ese instante, me llama mi amiga Lidia.
¡Clara, un drama! Mi hermana, su marido y los niños están en Madrid. Tienen la casa en obras, no pueden pagarse ni pensión. Son ruidosos, sí, pero pagarán lo que pidas, todo adelantado.
El plan se me tejió en la mente. Todo encajó.
Lidia, que se vengan mañana. Les dejo las llaves a la portera. Pero si aparece por allí mi marido a montarla, que lo echen sin contemplaciones.
Aquella noche recogí mis cosas, guardé todo lo valioso en una caja y lo llevé a casa de mi madre; preparé el piso con esmero, y ni intenté llamar a Víctor, que seguía en su papel de educador implacable.
El martes yo volaba a Galicia y en mi piso se instalaba la familia Gómez: Antonio (el padre), Manuela (la madre), los tres chavales seguidos uno tras otro y su enorme, bonachón y ruidoso mastín Lupo.
Pasó la semana.
Me contaron luego que Víctor aguantó siete días de felicidad con mamá. Qué gran mentira esa de que las madres solo agobian cuando las tienes lejos. Consejos por aquí, regaños por allá.
No sorbas, Víctor, hijo le corregía durante el desayuno.
¿Por qué tiras dos veces de la cadena? ¡Que el contador sube!
No te sientes así, que vas a acabar como el tío Eladio: encorvado.
Al final de la semana, como alma en pena, decidió regresar triunfante, regalito incluido: tres claveles mustios.
Al llegar a casa, imaginando mi terror y lágrimas, metió la llave pero la cerradura no giró. Frunció el ceño, empujó la puerta. Cerrada. Tocó el timbre.
Dentro, tras un estruendo que parecía manada de toros, se oyó el ladrido de Lupo que casi hizo temblar la puerta.
¿Quién es? tronó la voz de Antonio, enérgica, con acento.
Eh soy Víctor, el marido. Abridme, por favor.
La puerta se abrió. Antonio, que ocupaba todo el marco, en camiseta, con tenedor en mano (acababan de preparar carne en el grill). Junto a él, Lupo, enorme y jadeando.
¿Qué marido ni qué niño muerto? dijo Antonio. Aquí Clara no está. Se ha marchado. Nosotros vivimos aquí, somos inquilinos, hay contrato y todo pagado. ¿Y tú quién eres?
¡Soy soy el dueño! gimió Víctor, ya fuera de sí. ¡Esta es mi casa, bueno, de mi mujer! Aquí vivimos los dos.
Mira, majo Antonio le dio un amistoso golpe con el tenedor, dejando una mancha de grasa en la camisa. Clara se fue, dijo que su marido vive con la madre. Piso libre, lo alquilamos. Mejor vuelve con la mami, ¿vale? ¡Manuela, pásame la salsa!
Pam, cerrón de puerta en sus narices.
Mi móvil no dejó de sonar hasta hacer temblar la mesa. Yo en una terraza de A Coruña, vista al puerto, probando vieiras y vino blanco.
¿Sí? contesté con desgana.
¡¿Pero qué has hecho?! gritaba Víctor tan alto que tuve que alejar el auricular. ¿Estos quién son? ¿Por qué no me dejan entrar? ¡He vuelto y aquello parece un circo!
No chilles, Víctor le corté seria. Recuerda lo que dijiste. Que te ibas, una semana o para siempre. Me quedó claro. Vivir sola cuesta y aburre, así que alquilé el piso. Contrato de tres meses.
¿Tres meses? chilló perdiendo dignidad. ¿Y yo dónde vivo?
En casa de tu madre, que tanto la disfrutas: comida molida, toallas soñadas Yo de momento estoy muy lejos.
¡Te pienso denunciar! ¡Voy a llamar a la Guardia Civil!
Haz lo que quieras. El piso está a mi nombre, el alquiler se declara, impuestos pagados. ¿Tienes tú derecho a nada? Ni empadronado estás. No eres más que un huésped pasado de fecha.
Colgué.
Diez minutos después, apareció doña Encarnación. Respondí solo por el espectáculo.
¡Clara! su voz aguda taladraba el oído. ¡Has echado a mi hijo a la calle! ¡Eso es inhumano! El Código de Familia dice que la esposa debe ofrecer hogar y sopa al marido.
Doña Encarnación le contesté saboreando el triunfo, el artículo 31 del Código dice que marido y mujer son iguales. Y en la escritura solo pone mi nombre. Su hijo quiso educarme marchándose. Le resultó estupendo su método: la alumna superó al maestro.
¡Serás interesada y maleducada! exhaló casi sin aire. ¡Un hombre necesita su espacio! Estás destrozando la familia. ¡Iré al sindicato!
Reclame usted al Cupón, si quiere me reí. Por cierto, como siempre dijo que Víctor era oro puro, quédese con su lingote. Solo no olvide pasarle todo por la batidora, que ya ni masticar sabe.
No tuvo aire ni para insultar. El sonido de la llamada cortada sonó como un fax viejo tragando papel mojado.
Los tres meses volaron. Volví renovada, corté el pelo, con dinero y la certeza de que ya no quería mi antigua vida.
Me recibió un piso impoluto: Antonio y Manuela lo habían limpiado a fondo y, detalle maravilloso, hasta arreglaron el grifo que había estado goteando más de un año, y al que Víctor nunca le metió mano.
Víctor apareció dos horas después de mi llegada. Tenía el aspecto acabado: delgado, la cara avejentada, la camisa arrugada. Tres meses con mami lo habían convertido en viejo.
Clara empezó mirando al suelo. Venga, ya basta. He recapacitado. Mi madre bueno, también se pasa. ¿Volvemos a empezar? He traído mis cosas.
Intentó pasar.
Le bloqueé el paso con la maleta.
No hay nada que empezar, Víctor. Quisiste que apreciara tener un hombre en casa. Aprendí: Antonio arregló el grifo en media hora. Tú llevabas un año quejándote.
Pero ¡si soy tu marido! la voz temblaba, como un niño expulsado de la peonza.
Fuiste marido, ahora eres una carga le respondí. Tus cosas te esperan con la portera. Devuelve la llave.
¡No te atreverás! intentó asomar la soberbia. ¡Me corresponde la mitad de la reforma!
La reforma la hizo mi padre y tengo las facturas. Tú solo pegaste quejas, no azulejos le sonreí. Fin del circo. Que cada uno siga su función.
Se quedó allí, parpadeando, sin comprender cuándo su gran lección se volvió su mayor derrota.
Cerré la puerta de un portazo. El clic de la cerradura sonó a pistoletazo de salida de mi nueva vida.
Cuentan por el barrio que Víctor sigue aún en casa de mamá. Y que doña Encarnación ya no sólo le controla la comida, sino también la hora de acostarse y con quién habla por teléfono. Él va cabizbajo, callado, cuidando de no pisar minas invisibles en los ánimos de su madre.






