Mi marido decidió darme una lección y se fue a casa de su madre. Cuando volvió, no podía creer lo que veía…

¡Me voy para que aprendas lo que tienes que perder! ¡Vas a ver lo que es pasar una semana sola, aullando a la luna, sin un hombre en casa! ¡A ver si así aprendes a valorar lo que tienes! soltó Rubén, mientras metía un manojo de calcetines en una bolsa de deporte tan rápido que casi tira mi jarrón favorito de la estantería.

Yo le miraba en silencio, apoyada en la puerta, debatiéndome entre la rabia y las ganas de soltar una carcajada. Mi marido, un treintañero que aún creía que el mundo giraba a su alrededor, plantado en medio de MI pisoque, para colmo, compré yo sola antes de casarnos, amenazaba dejarme para que así valorara su insustituible presencia. Como si creyera de verdad que, en cuanto cruzara la puerta, las paredes iban a derrumbarse y yo me iba a marchitar como un geranio olvidado.

Y todo, por no variar, empezaba tras la visita dominguera a Asunción, su madre. Una mujer de esas que te sueltan piropos que suenan a insulto y que da consejos con un tono de sargento de la Guardia Civil. Rubén regresó del barrio de Chamberí cargado de las energías de mamá: labios apretados, mirada inquisitiva y olfateando rincones buscando polvo.

Carmen, otra vez las toallas descolocadas en el baño, ¿eh? Mi madre dice que eso genera mal rollo en casa, que hay que coordinar colores para la armonía.

Tan profundo suspiro pegué que se me movieron hasta las cortinas.

Rubén, tu madre solo ha visto la armonía en el Sálvame de los noventa, y las toallas están para secarse las manos, no para un catálogo de decoración le respondí sin perder la calma, removiendo el pisto en la sartén.

Él, aun más ceñudo, entró en la cocina y abrió la olla:

¿Otra vez las verduras a trozos? Mi madre dice que una auténtica esposa lo licúa todo, se digiere mucho mejor, solo es que tú eres una vaga.

Rubén, tu madre no tiene dientes porque prefirió comprarse un tercer juego de loza en el Corte Inglés en vez de pagar el dentista. Tú sí los tienes. Mastica.

Rubén se puso rojo como un tomate, infló el pecho y quiso soltarme otra perla de sabiduría materna, pero se quedó a medio gas.

¡Eres una desagradecida! soltó por fin . Mi madre es técnico superior en cuestiones domésticas, ¡eh!

Mi amor, si tu madre fue portera toda su vida y solo dice que es técnico porque le hace ilusión cómo suena. le solté con una sonrisa congelada.

Rubén se quedó con la boca abierta, buscaba argumentos y solo le salían grillos del cerebro. Finalmente, dando un portazo mental, me miró como si yo fuera la causa de todos sus males.

Así, ni corto ni perezoso, decidió darme una lección:

¡Basta de tu chulería! proclamó ajustándose la bandolera . Me voy a casa de mi madre. Una semana. Quédate sola, reflexiona. Cuando vuelva, quiero la casa impecable y una disculpa. Por escrito.

Cerró de un portazo. Y yo, en vez de sentir vacío, noté una extraña paz, un alivio inesperado envuelto en el cabreo. ¿Castigarme, dejándome mi propia casa y silencio? Qué jugada de genio, madre mía.

Pero al día siguiente me esperaba una sorpresa de las buenas.

Llega mi jefe:

Carmen, tenemos un marrón en la delegación de A Coruña, hay que ir ya, mínimo tres meses. Dietas dobles y un bonus que te da para coche nuevo, ¿te animas?

Sentí como si me salieran alas. ¡Tres meses sin Rubén, sin las llamadas de su santa madre, a la orilla del Atlántico y cobrando una pasta!

Encantada, jefe, cuenta conmigo.

En la salida del curro, caí en la cuenta de la casa vacía tres meses. Con lo cara que está la luz y el agua Y justo me llama mi amiga Lidia.

Carmencita, ayúdame. Mi hermana, su marido y sus tres críos han venido de Granada porque tienen la casa en obras, están sin sitio, el hotel es carísimo son escandalosos pero pagan en mano y por adelantado.

Ahí vi la luz. Se me iluminó la cara.

Diles que vengan ya mismo. Las llaves las dejo en portería. Solo te pido una cosa: si aparece un tío exigiendo algo, ni caso. A la calle.

Esa noche guardé mis cosas de valor en una maleta, la llevé a casa de mi madre, y preparé el piso. Rubén ni respondía a las llamadas, seguía en modo maestro zen ausente. Me reía sola.

El lunes bien temprano me fui rumbo a Galicia y ese mismo día los Fernández invadieron mi piso: Manuel, Lucía, tres niños como tres terremotos y una perra mastina gigante y afable llamada Sultana.

Una semana después, lo que sé es que Rubén aguantó como un campeón siete días con su madre. Resulta que Asunción es genial de lejos. En persona, su amor es como una boa constrictora.

Rubencito, no chupetées el café, hombre.
Rubén, el agua del váter se tira solo una vez, que el contador sube.
Rubén, siéntate recto, que te vas a quedar como el tío Agustín, jorobado.

A la semana, nuestro héroe no podía más. Pensó que ya habría aprendido la lección, que estaría hecha polvo sin él. Decidido, compró un par de claveles de esos tristes del kiosco (gesto magistral), y para casa.

Pero al meter la llave, ¡zás, que no gira! Ni abre, ni nada. Llama al timbre, impaciente.

De dentro se oyen pasos que parecen una manifestación, y luego unos ladridos que tembló toda la escalera.

¿Quién es? pregunta una voz masculina rotunda.

Rubén se acobardó.

Soy Rubén. El marido. Ábrame, por favor.

La puerta se abrió de golpe. Manuel ocupaba todo el hueco, camiseta de tirantes en mano de una brocheta (estaban asando carne en la plancha). A su lado, Sultana, más amable que tranquila.

¿Qué marido ni qué historia? se extrañó Manuel . Carmen ya no está, se ha ido. Nosotros hemos alquilado, tenemos contrato, pagado todo. ¿Tú quién eres?

¡Soy el dueño! chilló Rubén colorado perdido ¡Esta es mi casa! Bueno, de mi esposa

Mira, amigo le dio un par de palmadas con la brocheta, dejando un lamparón de grasa en la camisa : Carmen dijo que el marido vive con la madre, que aquí solo hay inquilinos de pago. ¿No ves que estamos ocupados? Anda, vete con tu madre. Lucía, saca el alioli.

Y le cerraron la puerta en las narices.

El teléfono empezó a vibrar como loco. Yo, en ese momento, estaba cenando pulpo a la gallega con una copa de Albariño frente a la Ría, feliz de la vida.

¿Sí? contesté sin prisa.

¡¿Pero tú qué has hecho?! ¿Quiénes son esos en nuestra casa? ¿Por qué no me dejan entrar? ¡Me he quedado en la calle, Carmen!

Rubén, por favor, no grites. Te fuiste de tu propio pie a enseñarme una lección: pues yo aprendí. Vivir sola es caro y aburrido, así que alquilé la casa. Contrato por tres meses.

¿¡Tres meses!? ¿Y yo dónde vivo?

Hombre, con tu madre no se estaba tan bien, con el puré y las toallas de colorines. Disfruta. Yo vuelvo en otoño, que sigo en Galicia.

¡Te demando! ¡Llamo a la policía! berreaba.

Llama, si quieres. El piso está a mi nombre, tengo todo en regla, pago impuestos y tú ni estás empadronado. Eres un invitado ex-pesado, Rubén.

Colgué.

No habían pasado ni diez minutos cuando me llama Asunción, lista para el drama.

¡Carmen! ¿Pero tú qué te has creído? ¡Has dejado a mi hijo en la calle! Eso no se hace, una esposa tiene que cuidar de su marido según el artículo diecisiete del Código de Familia: ¡cama y cena caliente!

Asunción, le interrumpí , según el artículo 32, marido y mujer iguales en la casa. Y según la escritura, el piso es mío. Su hijo quiso hacer el papel de profesor. Lección aprendida: la alumna supera ya la clase.

¡Eres una materialista desagradecida! chilló ¡Estás destruyendo la familia, voy a ir al sindicato a denunciarte!

Pues mira, señora, vaya a la Lotería Nacional si quiere, pero a su hijo ya puede enfriarle la comida y recordarle la hora de irse a la cama. No se olvide de prepararle el puré, que a masticar ya ha desaprendido.

Se atragantó entre insultos y colgó, de fondo parecía una fax nueva tragando papel.

Los tres meses volaron. Volví con otro aire, el pelo corto y pelirrojo, dinero en la cuenta y las ideas clarísimas: mi vida antigua no volvía.

La casa estaba como los chorros del oroManuel y Lucía, buena gente, dejaron todo reluciente, arreglaron el grifo que Rubén nunca tocó y hasta dejaron una nota de agradecimiento.

Rubén tardó dos horas exactas en aparecer desde que vio la luz en casa. Venía demacrado, la camisa hecha un higo, ojeroso y con menos carnes que un bocata de calamares en la verbena. Tres meses con su madre lo dejaron para el arrastre.

Carmen, empezó sin mirarme ya, está bien, lo he pensado mucho. Mi madre también, se ha pasado tres pueblos ¿nos podemos dar otra oportunidad?

Dio un paso tímido, pero le paré en seco con la maleta.

Rubén, no hay nada que retomar. Me enseñaste a valorar a un hombre en casa: Manuel arregló el grifo en media hora; tú, en un año, ni te levantaste del sofá.

¡Pero si soy tu marido! exclamó ya casi suplicando, con esa cara de niño al que le quitan el balón.

Fuiste mi marido, ahora eres solo un peso. Tus cosas están en portería. Las llaves, por favor.

Intentó ponerse digno, pero le salió la pataleta de siempre:

¡No te atreverás! ¡Me llevo la mitad del mueble del salón!

El mueble lo montó mi padre y tengo hasta las facturas, tú solo pusiste quejas. Se acabó, Rubén. El espectáculo terminó y el público ya se ha ido.

Se quedó helado, sin entender en qué momento su gran plan se volvió en su contra.

Cerré la puerta. Ese clic fue el pistoletazo de salida de mi nueva vida.

Dicen que Rubén sigue con su madre, que ahora le mide hasta las llamadas que hace. Él, encogido, sin levantar la voz, siempre mirando al suelo, no vaya a pisar alguna bomba del humor de Asunción.

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Mi marido decidió darme una lección y se fue a casa de su madre. Cuando volvió, no podía creer lo que veía…
«¿Acaso esta mujer cruel, semejante a una bestia acorralada, es su madre?». Sus palabras: «Eres el error de mi juventud» resonaban sin cesar en sus oídos.