Nada se puede cambiar ya
Javier estaba de pie junto a la ventana de su piso, mirando las luces apagadas de Madrid con esa mezcla de melancolía y resignación que se respira cuando la noche avanza demasiado deprisa. Alejado del bullicio típico de la ciudad, la calle se presentaba casi vacía, apenas interrumpida por algún transeúnte despistado y los faros de coches que dejaban su estela de luz. El reloj de la pared marcaba las doce y media, y esa cifra en el silencio de la casa no hacía más que aumentar su inquietud: Marina todavía no había vuelto.
Se pasó una mano por el pelo, como si con ese sencillo gesto fuese a poner orden en el caos de sus pensamientos. Pero en la cabeza solo giraba en bucle el día, y sobre todo aquella conversación en la que claramente empezó todo
Tres horas antes.
En el salón resonaban risas apagadas y las charlas propias de un grupo de amigos que no necesita demasiada excusa para decir que sí a una reunión improvisada. Javier miró por encima del hombro y vio a su gente de toda la vida, los de siempre desde el instituto. José Manuel, que siempre tenía cara de estar tramando algo, estaba medio tumbado en el sillón, cerveza en mano, mirando a Javier con esa sonrisita tan suya.
Y tu musa, ¿dónde se ha metido? preguntó con ironía, alzando las cejas. Llevamos aquí media hora y ni asoma la nariz.
Javier se acercó, intentando dibujar una sonrisa que no salía natural. Cuatro amigos repartidos entre el sofá y un par de sillones. En la mesa baja, latas de Mahou, una fuente con aceitunas, patatas fritas y, por supuesto, un plato de chorizo picante porque aquí el picoteo es sagrado. Estaba todo listo para pasar una noche desenfadada, de esas que se recuerdan sin saber muy bien por qué Si es que llegaba a pasar algo.
Se ha quedado fundida, tío balbuceó Javier, manteniendo la compostura, pero con el enfado cociendo por dentro. Marina salió tarde del trabajo y ha dicho que necesitaba desconectar, que no le queda energía para socializar.
Álvaro, siempre el más mordaz del grupo, se resguardó en el respaldo, soltando una risa entre dientes.
¿Desconectar? Eso me suena. A lo mejor has sido tú el que la has malacostumbrado. Tío, que una chica hay que saber llevarla comentó con ese tonillo de tertulia de barra de bar.
Javier apretó los dientes. No soportaba los comentarios sobre Marina, no con ese tono, no así. Pero tampoco podía negar que aquello le ponía de los nervios: ¿cuántas veces le había propuesto que se uniese cuando venían los amigos? Siempre había alguna excusa, siempre era “no es el momento”, “estoy cansada” o “bastante tengo con los del trabajo”. Y hoy, que se había molestado en organizar todo, se encontraba otra vez con la puerta cerrada.
Inspiró hondo, intentando que no se le notase lo tenso que estaba. Le giraba una y otra vez el mismo pensamiento: ¿qué estaba haciendo mal? ¿Sería culpa suya? ¿O solo era un mal día más? Miró a sus amigos, felices en su propio mundo, y se sintió de improviso outsider, lejos de aquello.
Ahora lo arreglo dijo alzando la cabeza, siendo más el Javier seguro de otras veces que el de esa noche. Caminó hacia el dormitorio, con esa mezcla de rabia y decepción que da a veces el orgullo. Le molestaban las sonrisitas y las miraditas de complicidad de sus colegas, como si tratar de entender a su pareja fuese cosa de “pagafantas”. Ya arreglaría él las cosas. Por lo civil o por lo criminal.
La puerta de la habitación estaba cerrada con llave. Dio un par de golpecitos secos y apremiantes. Hombre, esto ya era el colmo, que en su propia casa se le escondieran
Marina, sal. Los chicos te esperan dijo, controlando el temple. Ya vale de hacerte la niña.
Se hizo el silencio. Al poco, oyó la voz amortiguada, derrotada:
Javi, estoy reventada de verdad. Otro día, por favor.
Tragó saliva y, aunque intentó sonar calmado, las palabras se le escaparon más secas de lo que hubiese querido:
¿Otro día? ¡No! Venga, abre de una vez.
Por un segundo, pensó en buscar la llave de repuesto, pero entonces oyó el sonido del pestillo. La puerta se abrió solo un poco. Marina estaba pálida, con ojeras, el pelo en modo “acabo de salir de la siesta”. Un poema de mujer agotada.
No puedo. De verdad, Javi. Ha sido un día horrible. Tres marrones urgentes en la oficina, mi jefe histérico, la gente sin idea Solo quiero cenar algo y morirme en la cama. No puedo hacer de relaciones públicas otra vez. ¡No hoy!
Javier apretó los labios, compadeciéndola por un instante pero solo de pasada. El orgullo herido pesaba más que la empatía. No quería que sus colegas pensaran que era un blando al que una chica le llevaba al huerto.
¿Y yo qué hago? ¿Doy excusas por ti? Se cachondean de que si me tienes bailando la jota. Qué menos que salgas un rato, saludas y luego a sobar. Media hora, Marina.
Perdona que te diga respondió ella, intentando mantener la calma pero no soy la enfermera de tus complejos. Si los traes un sábado cualquiera, no hay problema. O si al menos avisas Pero llego a casa y me encuentro una peña montada y ni tiempo para respirar.
Javier dio un paso adelante, perdiendo ya los papeles. La agarró del brazo y tiró de ella.
¡Suéltame! gritó Marina, tan seria que casi daba miedo.
Él se paralizó solo un instante, pero luego la rodeó por la cintura y, en uno de esos arranques absurdos, la levantó del suelo.
¡Te he dicho que salgas! ¡Aquí mando yo! . Hizo lo posible por no hacerle daño, pero lo tenía claro: pasaría sí o sí por el salón.
Ella forcejeó, intentando zafarse, pero Javier, a pesar de todo, avanzó decidido hacia donde se oían las voces y el tintinear de botellas.
¡Déjame, por favor! ¿Pero eres tonto o qué? Marina no se cortaba un pelo y, con un codazo a traición, logró soltarse.
Él perdió un segundo el equilibrio, lo justo para dejarla escapar. Marina corrió hacia el dormitorio, intentando echar el cierre antes de que la alcanzara. Pero solo consiguió dar dos pasos.
Javier, más rápido, la sujetó otra vez, esta vez de la espalda, dispuesto a acabar la discusión.
¡Ya está bien, hombre! dijo entre dientes, a medio camino entre el enfado y la exasperación. Eres peor que mi sobrino en una rabieta.
¡No vuelvas a tocarme! le brillaban las lágrimas, la rabia temblándole en la voz.
Y ahí, entre torpeza y nervios, Javier le soltó una bofetada suave, más por inercia que con mala fe, pero Marina se quedó helada, sin reacción. Bastó ese instante.
Sin decir una palabra, ella agarró la chaqueta, abrió la puerta de un tirón y salió de casa a toda velocidad. Un portazo seco y el silencio más rotundo cayó sobre la escena.
Los amigos, que habían estado fisgando de reojo desde el salón, se quedaron petrificados. José Manuel carraspeó, incómodo:
Joder, Javi, te has lucido. ¿Vas a ir tras ella?
Javier se quedó de pie en el recibidor, apretando y aflojando los puños, sin saber ni qué decir. Solo murmuró algo ininteligible:
Ya volverá. Cuando se le pase, regresa.
Pero Marina no volvió.
Pasada una hora, el runrún de la preocupación empezó a pesar más que el orgullo. Javier sacó el móvil, marcó su número una, dos, cinco veces. Tonos y más tonos, pero sin respuesta. Luego mensajes de Whatsapp, secos, parcos: “¿Dónde estás?”, “Dímelo, hablamos”, “Me preocupo”. Nada. Y, al rato, notificación de “bloqueado”. Fin de fiesta.
Probó a llamar a sus amigas, una tras otra. “No, Javier, no la he visto”, “No sé nada”. Solo Clara, la compañera de carrera que siempre fue voz de la razón, contestó tras mucho silencio:
Conozco a Marina mejor que tú. Si se ha ido, tendría un motivo serio. Hazte un favor y no te montes la víctima, que nos conocemos.
Clara colgó antes de que él pudiese replicar. Javier se quedó paralizado con el móvil en la mano, como si eso fuese a darle alguna respuesta.
A las once y media, cansado de mirar al techo, salió a la calle. El viento madrileño de noviembre le azotó la cara y le hizo acurrucarse en el abrigo. Paseó sin rumbo, por calles mojadas y alumbradas a trozos, mientras recordaba lo que había sido todo hacía poco más de un año.
Se conocieron en una cafetería cerca de la Gran Vía. Él entró, escapando del frío, y allí estaba ella, sumergida en un libro. Cuando sonrió, casi para sí misma, a Javier le dio por preguntar qué leía. Resultó ser una novela negra, la misma que a él le gustaba. En un abrir y cerrar de ojos, estaban discutiendo sobre el final del libro, riéndose a carcajadas. Quedaron para un café, y al mes, Marina se instaló en su casa.
Aquellos meses fueron casi de anuncio de tarta. Marina era divertida, aguda, cocinaba de maravilla. Se reían, hacían planes sencillos. Pero, poco a poco, se fueron notando las diferencias: él quería vida social, ver amigos, ruido en casa. Ella pedía tranquilidad, sofá y mantita, tardes de película o cerveza en pareja. A él le parecía lógico que, si estaban juntos, lo hiciesen todo juntos. Ella, en cambio, defendía su derecho a elegir y a no ser parte de ningún decorado.
¿Quizá la presioné demasiado?, pensó cuando, de pie bajo la luz amarilla de una farola, vio su propio reflejo cansado. Llevaba tiempo ordenando la casa, sí a su modo, con demasiados deberías y pocos ¿te parece bien?.
****************
Al día siguiente, el móvil seguía mudo. Probó a llamar una vez más, nada. Así que cogió las llaves y se plantó en la casa de los padres de Marina, en Chamberí, mismamente. Lo recibió Alicia, la madre, desbordando esa cordialidad madrileña que solo saca el lado borde si la ocasión lo merece.
¿Javier? ¿Se puede saber qué haces aquí?
Hola, Alicia. ¿Está Marina? No sé nada desde ayer y
No está. Y aunque estuviera, no te la iba a pasar.
Intentó armarse de paciencia:
¿Pero qué he hecho tan mal? Solo quiero que me lo expliquen, es todo.
Alicia dudó, suspiró sonoramente y, al final, decidió dejarle pasar al pasillo.
Entraron en la cocina, donde el olor a bizcocho llenaba el ambiente. Hasta ese aroma casero se le antojaba a nostalgia.
Mira, Javier empezó Alicia, sentándose y ofreciéndole un café con esa firmeza de madre que ha visto de todo. Sé que eres buena persona, pero estás confundido. Marina no es de tu propiedad. Tu pareja no es una extensión de tu ego. Es una persona, tiene derecho a estar cansada, a tener sus días.
Javier se puso rojo. Le picaba contestar, dar su versión de los hechos. Pero se lo comió.
Ella se fue sin avisar. Podría habérmelo contado, al menos.
¿Y le diste ocasión? preguntó Alicia con una calma demoledora. ¿O simplemente te molestó que no cumpliera tus expectativas?
Se hizo el silencio. Javier bajó la cabeza, y la imagen de la noche anterior le vino de golpe: la había arrastrado por el pasillo, enfadado, sin escucharla. Incluso la bofetada, aunque suave, ni olvido ni perdón.
Ayer me llamó llorando añadió Alicia. Me lo contó todo. Que la cogiste por la fuerza, que la empujaste, que la abofeteaste. Por muy leve que fuera, Javier, eso no se olvida y no se resume en un “fue sin querer”.
Javier sintió que se le caía el mundo encima. Las palabras se le atragantaron.
No lo pensé murmuró. No lo vi venir.
Eso no lo arreglas con un lo siento, hijo. La rabia es humana, pero tienes que aprender a frenarla antes de que lo rompa todo. Marina siempre ha hablado bien de ti, pero lo que vio ayer la ha dejado aterrada. Quizá deberías pensar en ti y, sobre todo, en ella.
Se levantó con el impulso que solo da la culpa:
Tengo que hablar con Marina, pedirle perdón, decirle algo.
Alicia asintió con un leve resquicio de ternura, pero sin regalártela del todo.
Hazlo, pero habla claro. Y escucha. Sobre todo, escucha.
***
Por la noche, Javier se sentó en un banco del parque de El Retiro, donde tantas veces habían paseado. Allí, con el frío y la humedad apretando, esperó a que el tiempo hiciera su trabajo, a que las piernas, el corazón o el destino hicieran aparecer a Marina.
Y de pronto, entre las sombras, la vio. Ella caminaba encogida en su abrigo, con el pelo a lo loco y esa mirada de “me importa todo un pimiento”, que solo tienes cuando te han hecho daño de verdad.
Marina empezó, pero la voz se le quebró.
Ella se detuvo, sin fuerzas para enfadarse más. Era como si no le quedaran ganas de luchar siquiera.
¿Qué quieres, Javier? No tengo nada que decir.
Él se acercó, reuniendo el valor para pedir perdón, para explicarse. Todo eso de lo siento mucho, he sido un imbécil, no lo volveré a hacer. Pero en la garganta se le cruzó la rabia, el miedo a “qué dirán”. Aquella vocecita de sus amigos, con sus bromas tontas: Te tiene domado, colega.
¿Y tú? replicó casi gruñendo, con ese rencor soso de quien cree que aún puede ganar algo. Muy valiente irte sin decirme nada, dejándome a los pies de los caballos delante de los colegas.
Marina se mantuvo firme, aunque hasta respirar parecía un esfuerzo.
No pretendía humillarte. Solo quería paz. Eso es todo.
¿Paz? Lo único que querías era llevar la voz cantante. Ahora mis amigos tienen para reírse tres meses a mi costa. Gracias, ¿eh?
Ella, cada vez más seca:
Y yo, ¿acaso tengo obligación de aguantar el numerito? Ni preguntaste por qué no quería salir. Solo pensabas en tu orgullo.
¡Claro que pienso en mí! ¿Alguien lo hace si no? Yo también esperaba pasar una noche decente, reunirnos todos.
Y yo, Javier y aquí ya no pudo evitar que la voz se le quebrara, me tiré todo el día arreglando los desastres de los demás en la oficina. Solo quería volver, cenar en paz, cinco minutos de silencio, pero no. ¡Había que animar la juerga como si fuera una geisha, claro! Y encima, me arrastras, me gritas, me das un sopapo. Ya no puedo más.
El silencio llenó el parque. Javier repitió sus frases de niño pequeño, intentó encontrar una excusa digna, pero no la encontró.
¿Y ahora qué? preguntó ella, sin apenas mirarle. ¿Otra vez esperando que te dé la razón? ¿O ya toca la bronca final?
Él guardó silencio. Todas las excusas del mundo parecían eso: excusas. Y sabía que si las pronunciaba, se acabaría todo de verdad.
Yo pensaba que me entenderías. Que verías que necesitaba un abrazo, no una bronca. Un poco de calor. Pero, otra vez, solo piensas en quedar bien delante de tus amigos añadió Marina.
Cuando él intentó recomponer una frase que sirviera de algo, ella ya se había dado la vuelta.
No, Javi. Ya es suficiente. Estoy cansada.
Marina se marchó, paso lento y decidido, perdiéndose entre las luces del parque, mientras los faroles dibujaban sombras y ella desaparecía de su vida, para siempre, o al menos así lo intuía Javier en ese instante.
El chico se quedó de pie, con el vacío doliendo en el pecho. El mundo seguía su curso, los coches pasaban, los niños reían a lo lejos, pero todo daba igual. Solo oía el eco de su propio error, la cuenta atrás de todo aquello que, por orgullo, ya no podría cambiar.
Y de pronto se enfrentó a la realidad: no había perdido solo a una novia. Había perdido a la única persona capaz de creer y apostar genuinamente por él, alguien que daba sentido a su vida. Todo, por no saber escuchar cuando hacía más falta. Todo, por no pedir perdón a tiempo.
Y esta vez, sí, ya no había vuelta atrás.







