Carmen, ¿y dónde está Peluso? pregunté en cuanto crucé el umbral de casa, con ese vacío en el estómago que presagia desgracias. Pequeño dato: mi gato pelirrojo es el alma de la casa, siempre es el primero en recibirte con un maullido exigente y un ruidoso recordatorio de que su cuenco está más seco que la Mancha en agosto. Sin embargo, esa tarde lo único que me dio la bienvenida fue un silencio sospechoso.
Álvaro, mi marido, estaba en la cocina, mirando un azulejo como si esperara que le saliera conversación. Su madre, Doña Angustias, que llevaba de invitada en nuestro hogar más tiempo del que jamás había soñado mi paciencia, sorbía su té con cara de monja en retiro, como si aquí no hubiera pasado nada digno de mención.
¿Dónde está el gato? insistí, notando cómo el presentimiento me subía por los dedos.
Ay, hija, deja de dramatizar zanjó mi suegra con un desdén que cortaba. Ya no tienes gato. Se fue.
¿Que se fue? ¡Pero si ese animal no sale ni al descansillo! ¿Quién abrió la puerta?
Fui yo me soltó con una placidez que ya era provocación. Lo llevé en el coche, al campo, cerca de la sierra. Ahí tiene libertad, campo abierto, ratones de verdad. Que aquí lo único que hay es pelos por todas partes y ese olor a arenero… Nosotros, con el tema de los nietos, no queremos niños criándose en medio de porquería.
Me quedé petrificada. ¿Al campo? ¿En enero? ¿Un gato casero que le tiene miedo a su propia sombra?
¿Tú lo sabías? le pregunté a mi marido.
Carmen, que dice mi madre que es alérgica… murmuró él mirando el microondas, como si esperara ver el milagro de Fátima en su reflejo.
¡Alérgica es al sentido común! le espeté. ¿Dónde exactamente lo dejasteis?
Pues yo qué sé bufó Doña Angustias . Por donde la carretera se bifurca hacia San Lorenzo. Unos veinte kilómetros. Ni lo busques. Y no empieces con el drama, que encima te hago un favor.
Cogí las llaves del coche en silencio.
Si no lo encuentro… mascullé entre los dientes id preparando el rosario.
Tres días me pasé buscando a Peluso. Entre jaras, encinas y barro hasta los tobillos. Grité su nombre, pegué cartelitos en cada farola de pueblo, dormí poco y mal. A la oficina no fui ni por correo, comer apenas.
Fue en el tercer día, cuando el sol ya dejaba de calentar nada, cuando sonó el móvil.
Hola, ¿eres la que busca un gato naranja? Está en la gasolinera vieja, lleva horas aquí maullando como si le hubiesen contado la peor noticia.
Volé por aquellas curvas y ni sentí los baches. Allí estaba: más delgado, sucio, tiritando, con una oreja helada y el corazón aún más asustado. En cuanto me vio, corrió hacia mí y se me pegó al pecho, ronroneando con el poco aliento que le quedaba.
Lo llevé a la clínica veterinaria. Suero, pinchazos, observación. Los médicos dijeron que era un superviviente nato.
Cuando volví a casa, exhausta y con la rabia apilada encima, era casi de día.
Doña Angustias ocupaba mi sofá con el desparpajo de quien lo considera ya cama propia. En una esquina, su maleta: su tren salía dentro de dos días si era por su agenda.
Sin decir palabra monté su maleta, su abrigo, sus botines y su bufanda en el maletero del coche.
Luego desperté a Álvaro.
Anda, levántate. Que nos vamos.
¿Dónde? balbuceó él con voz de siesta larga.
A llevar a tu madre a la estación.
Despertamos a Doña Angustias.
Señora Angustias, recoja sus cosas, que nos vamos ya. Al tren.
¿Pero cómo, si mi billete es para pasado mañana? protestó ella.
Han cambiado los planes.
Conduje en silencio. Álvaro intentó decir algo, pero con una mirada le bastó para comerse las palabras.
Salí de Madrid y, tras la salida a la estación, seguí directo.
Carmen, la estación está por ahí saltó Doña Angustias, empezando a agarrar el bolso como salvavidas.
Ya lo sé.
Me detuve en la misma gasolinera donde recuperé a Peluso. Veinte kilómetros fuera de la ciudad, rodeados de campo, viento y la luz mortecina de enero.
Bajé, abrí el maletero y posé su maleta al borde de la carretera.
Bajad, señora Angustias.
¿Para qué? Puso los ojos como platos.
¿Cómo que para qué? Aquí hay naturaleza, aire puro. Le vendrá bien probar la libertad.
¡Pero si aquí me congelo viva! chistó. ¡Estás loca!
Peluso también tenía frío. Y usted llamó a eso hacerle un bien.
Álvaro, hijo, di algo.
Álvaro miró la cuneta, el cielo, el bosque.
Mamá… llama a un taxi susurró. Carmen tiene razón.
Me puse al volante.
Lleva el móvil. El taxi tardará unos cuarenta minutos. Peluso no tuvo ese lujo.
Arranqué. En el retrovisor la vi pataleando junto a su equipaje, gesticulando como si llamara a un helicóptero.
Claro, no se congeló. El taxi vino y la devolvió a la civilización. Pero a mi casa no volvió más. Y Álvaro… bueno, pidió perdón muchas veces. Le dije sólo esto: si vuelve a fallarle a quien depende de nosotros, la próxima maleta tiene su nombre rumbo a la sierra.
¿Venganza cruel o justicia poética? ¿Se puede realmente perdonar la crueldad contra los que solo pueden confiar en nosotros?






