Trigo sarraceno en lugar de trufas

Arroz en vez de trufa

Estaba delante de la vitrocerámica mirando cómo en la sartén se deshacía lentamente aquello en lo que llevaba enfrascado dos horas. Una salsa de nata y trufa negra para un risotto con boletus que debía ser sedosa, homogénea, casi viva. Pero se había cortado. La mantequilla flotaba encima en charcos, la base espesa se pegaba en grumos al fondo.

Bajé el fuego y empecé otra vez el ritual: ir añadiendo mantequilla fría en cubitos pequeños, girando despacio, en círculos. Las manos sabían solas lo que debían hacer. Fuera anochecía y los faroles de la calle Preciados se habían encendido, los coches hormigueaban bajo mi ventana, típico atardecer de Madrid en octubre.

Lucía, ¿te queda mucho? Llevo muerto de hambre desde las dos.

Javier estaba apoyado en el quicio. Siempre se quedaba ahí, sin pasar, como si la cocina fuera territorio ajeno, las manos metidas en los bolsillos, esa expresión suya que nunca, en veintitrés años, supe cómo llamar exactamente. No era impaciencia. Algo distinto.

Unos veinte minutos aún respondí, sin girarme. La salsa se resiste un poco.

Veinte minutos. Entendido.

Se fue. Escuché cómo se hundía en el sofá del salón, encendía la tele, enseguida demasiado alta, y luego bajaba el volumen casi al mínimo. Aquello también era una señal. Todas las conocía.

Al final la salsa resultó decente. No perfecta, pero cercana. El risotto salió en su punto, con esa melosidad difícil de atrapar. Coloqué el arroz en los platos, decoré con virutas de trufa negra comprada hacía tres días en el mercado de Chamartín a un conocido, gastando en ese minúsculo trozo lo que antes compartía con una amiga en cualquier restaurante decente del centro.

Puse la mesa. Encendí un par de velas. No por romanticismo, sino porque la comida y yo misma lucimos mejor así: menos se notan las ojeras y los surcos de cansancio.

Javier se sentó, cogió el tenedor, miró largo rato el plato.

Otra vez risotto murmuró al fin.

Pediste algo con setas.

Pedí setas, sí. Pero no hacía falta hacer risotto. La semana pasada cené risotto en casa de Álvaro, el chef era profesional, ¿sabes? Difícil competir.

Me senté enfrente, cogí mi tenedor.

Pruébalo antes.

Él probó. Masticó lento, como si hiciera un peritaje.

El arroz, un pelín pasado.

Está exactamente al dente, como debe estar.

Seguramente, según tú. Vale.

Comimos en silencio. Yo miraba las velas, él el plato, con ese gesto tan suyo. Afuera, Madrid corría, bullía, sin saber nada de risottos ni salsas.

La salsa tiene demasiado cuerpo añadió, ya casi vacío el plato.

No contesté.

¿Por qué lo digo? Por sinceridad. Tú quieres crecer como cocinera, ¿o prefieres que sólo te aplauda?

No he preguntado respondí.

Pues deberías.

Luego fue a ver el fútbol y yo me quedé fregando los platos, rascando el fondo de la sartén, donde se pegó la salsa de trufa por la que pagué como por un perfume de lujo, que rehice tres veces hasta dar con la textura, siguiendo instrucciones de un libro francés que me costó sesenta euros en el curso de cocina, que llevé por media ciudad en un táper especial para que no se cortara en el trayecto.

Demasiado cuerpo.

Apoyé las manos en la encimera mirando cómo el agua se iba por el desagüe. Me sequé, apagué la luz y fui al dormitorio.

Una tarde cualquiera.

***

Esperanza llegó aquel sábado a las tres. Siempre llamaba con cuarenta minutos de anticipación, justo para que yo tuviera tiempo de arreglar el salón y hornear algo para tomar con el café. Era de esas suegras que, si había polvo en la repisa, lo advertía con la mirada y jamás con la palabra.

Setenta y ocho años. Menuda, seca, con la espalda recta que ni una mujer treinta años menor soñaría tener. Perdió a su marido seis años antes y desde entonces vivía sola en su piso de Chamberí, negándose a mudarse pese a que Javier le insistía. Yo nunca le supliqué. Ambas lo sabíamos y no lo decíamos en voz alta.

Ese sábado entró algo más pálida de lo habitual. Lo noté al abrirle.

Pase, Esperanza. He hecho tarta de nuez.

Gracias, Lucía. ¿Está Javier?

Ha salido a ver al Álvaro. Dijo que volvería para cenar.

Asintió y fue directa a la cocina. Extraño, pues prefería el salón, la butaca junto al balcón, perfecta para sus costumbres.

Serví el café, corté la tarta. Nos sentamos una frente a la otra.

¿Cómo se encuentra? pregunté.

Bien. Un poco la tensión, pero nada grave.

Tomó un trocito de tarta, lo mordió despacio.

Está muy rica dijo. Sonó tan sencillo y cálido que sentí el nudo en la garganta.

Guardamos silencio. Esperanza tomaba el café a sorbitos cortos, mirando la calle donde los árboles apenas conservaban unas pocas hojas.

Lucía, tengo que preguntarte algo dijo al fin. ¿No te enfadarás?

Haré lo posible.

Me miró. Largamente.

¿Recuerdas que eras diseñadora?

No me lo esperaba.

Por supuesto.

¿Buena diseñadora?

Eso decían.

Yo lo sé. Vi tus proyectos. Aquella reforma en Ópera, para la familia de médicos Estuve de visita y era precioso. Pensé: esta mujer sabe ver el espacio.

La miré.

¿Por qué me lo dice, Esperanza?

Dejó la taza. Muy despacio. Como sólo lo hacen quienes han aprendido a no hacer ruido, ni siquiera con los gestos.

Porque me da vergüenza dijo en voz baja.

No supe qué contestar. Esperanza nunca hablaba así. Era de la generación que calla lo clave.

Debí decírtelo antes. Cuando dejaste el trabajo, hace diez años quizá. Pero no era asunto mío, creía. O tal vez sí querías dejarlo, pensé. Que era lo correcto.

Miró sus manos sobre la mesa. Fina, dedos largos, uñas limpias, manos hermosas para la edad.

A Javier no le gusta la comida complicada.

Pensé que no había oído bien.

¿Cómo dice?

No le gusta. Nunca le gustó. Desde joven tiene problemas de estómago, Lucía. El gastroenterólogo ya hace treinta años le insistió en lo sencillo: purés, caldos, carne cocida. Arroz blanco con filete, ese es su plato favorito desde niño. Plato llano y arroz simple con mantequilla. Podría comerlo a diario.

La cocina enmudeció por completo. Sólo el zumbido del frigorífico, lejano.

Entonces, ¿para qué? empecé, con voz que sonó a otra.

¿Para qué pedía foie y trufas, para qué el ritual y la crítica a los platos?… Sí.

Esperanza me miró con algo en los ojos que me heló. No rabia. Tampoco pena. Algo más ancestral y más pesado.

Porque le gustaba el proceso. Le gustaba verte esforzarte, buscar ingredientes, gastarte el sueldo, dedicar horas y esperarlo ansiosa a él. Le gustaba decir que nunca era suficiente. Eso le daba poder.

Dejé la taza muy despacio.

¿Se da cuenta de lo que dice?

Lo sé. Lo he pensado mucho antes de decírtelo. Lo sé.

Y lo calló diez años.

Cuarenta, Lucía. Desde que Manuel empezó a hacerme lo mismo.

Manuel. Don Manuel, su marido, padre de Javier. Apenas lo conocí: murió al año de casarnos. Recuerdo su presencia enorme, ese hablar educado ante otros.

Era gourmet dijo ella, y la palabra sonó amarga, contenida en su calma. Yo también cocinaba. También buscaba recetas. También escuchaba que la salsa o la carne debían ser mejores. Hasta que un día le vi en la aldea, con su madre, comiendo arroz blanco como un niño feliz: tres platos, pan, mantequilla. Silencio y sonrisa. Nunca criticaba nada en casa de su madre.

Escuchaba. Afuera empezó a chispear.

Lo entendí entonces. Pero no me fui. Eran otros tiempos. Javier lo vio. Vio cómo funcionaba. Vio que así se podía tener a alguien pendiente de uno. Y lo adoptó.

¿A propósito? dije. Ya ni pregunta.

No creo que se sentara pensando en humillar a su mujer. Los humanos repetimos lo aprendido. Crecen sintiéndose importantes a costa de otro.

Me incorporé. No porque quisiera irme. No podía seguir sentada. Fui a la ventana, miré la Gran Vía mojada, la acera llena de paraguas.

Diez años.

Diez años yendo a cursos de cocina: básica, avanzada, francesa, italiana. Leyendo libros, viendo vídeos, hablando con chefs en foros. Recorría Madrid para comprar los ingredientes perfectos a los mismos tenderos. Buscando maridajes de vino. Despertando por la noche pensando “por fin sé arreglar esa salsa”.

Creía que era mi nueva vocación. Que si el diseño quedó atrás, otra pasión me esperaba, igual de profunda.

Y él sólo quería arroz blanco. Por dentro.

¿Por qué me lo cuenta ahora? pregunté sin girarme.

Porque soy mayor dijo, sencillo. Y tú, todavía joven. Cincuenta y dos no es vejez. De verdad, Lucía, para ti es casi un comienzo.

Me di la vuelta. Me sostenía la mirada, sin compasión. Eso era lo importante.

Y también añadió, más bajo porque es culpa mía. No por maldad. Pero yo eduqué así a Javier. No le enseñé otra forma. Repetí el patrón. Eso es mi responsabilidad. Lo único que puedo hacer bien es decirte la verdad.

Regresé a la mesa. Tomé mi café frío.

Él no va a cambiar aseguró. No te digo lo que tienes que hacer. Pero debes saberlo.

Terminamos el café casi en silencio. Luego se puso el abrigo. Le ayudé con los botones, sus dedos ya empezaban a fallar.

La tarta, de verdad, deliciosa dijo antes de salir.

Gracias.

Sencilla. Casera. El mejor postre que me has hecho nunca.

Se fue. Cerré la puerta, me quedé largo rato parada en el recibidor, mirando los abrigos de Javier.

***

Las dos semanas siguientes cociné lo mismo de siempre. Por inercia, como un autómata. Hice terrina de pato. Bisqué de bogavante, fui a buscarlo expresamente. Un postre japonés aprendido ese año.

Javier comía. Comentaba. Yo escuchaba y callaba.

Pero algo se desprendió dentro de mí. Como si un cristal se hubiera instalado entre lo real y yo. Me veía desde fuera: ahí cocinando, rallando limón, añadiendo azafrán, llevando platos y esperando y esperando mientras él aún decide qué va a decir, antes de soltar cualquier palabra.

Y por primera vez veía lo que nunca vi.

Placer.

No placer por la comida. Placer de la espera, el poder de saber que una palabra suya decidiría mi ánimo. Esa expresión fugaz, infantil incluso, ante el instante de tirar del hilo.

Recordé mis proyectos de diseño. Cuando entraba en una vivienda y al instante veía el potencial, la distribución adecuada, el alma del espacio. Hablaba con los clientes, escuchaba lo que no se verbalizaba. Disfrutaba esos segundos en los que, al final, paraban en la puerta y miraban satisfechos.

Tuve mi propio estudio, un despacho pequeño en la calle Arenal, compartido con dos compañeras. Café malísimo, debates hasta la noche sobre tonos y materiales.

Javier opinó que no era serio. Que eligiera: familia o obras. Que él ganaba lo suficiente, debía quedarme en casa, lidiar con clientes era sufrimiento inútil. Que también el hogar requería a alguien que estuviera.

Elegí la familia. Tenía cuarenta y dos años. Creía que después habría tiempo para volver.

Pasaron diez.

Le escribí a Carmen Valdés, excompañera que seguía en el diseño, con su propio pequeño estudio. A veces le felicitaba las fiestas y poco más.

Carmen, ¿te apetece quedar un día? Hace siglos que quiero verte.

Me respondió en media hora:

¡Lucía! Me encantaría. ¿Puedes mañana?

***

Tardamos menos de dos minutos en reconocernos en ese café de la Plaza de Santa Ana. Carmen tenía el pelo más corto, canas que no teñía, le sentaban bien.

Estás estupenda dijo.

Eres mala mintiendo le respondí.

Se rió.

Vale. Estás cansada, pero bien.

Pedimos café. No sabía cómo empezar. Miraba la calle.

¿Tienes trabajo para mí? Quiero decir, de diseño.

Me miró fijamente.

¿Hablas en serio?

Sí.

Has estado diez años sin trabajar.

No he olvidado. Lo juro. Ojalá no lo haya hecho.

Calló. Dio vueltas al café.

Tengo tres proyectos en marcha. Una casa grande fuera, me vendrían bien otras manos y cabeza. Pero te advierto, al inicio serías como becaria, Lucía. No por menos, sino porque todo ha cambiado programas, clientes, demandas, herramientas. ¿Te atreves?

Estoy preparada.

¿Salario?

El que consideres justo de momento.

Me escudriñó de arriba abajo. Decidió.

Ven el lunes. Lo vemos.

Ese lunes regresé. Tres semanas seguidas, de nueve a siete. Reaprendí programas. Cometí errores tontos y me frustré. Pero algo resurgía, como quien vuelve a montar en bici tras años.

En casa, aquella noche, cociné arroz blanco.

La primera vez fue sin buscarlo. Llegué cansado, solo quería cenar y dormir. Abrí la nevera, los ingredientes semiolvidados de recetas complejas ahí, quietos. Cerré. Abrí la despensa: arroz. Lata de atún. Un poco de mantequilla.

Cocí el arroz, mezclé el atún, una pizca de mantequilla. Serví. Llamé a Javier.

Miró el plato como si le hubieran puesto un jeroglífico.

¿Esto qué es?

Arroz con atún.

Ya veo. ¿Estás bien?

Cansado. Mañana haré otra cosa.

Se sentó. Cogió la cuchara. Esperé.

Comió en silencio. Ni un comentario. Hasta el final.

Y eso también fue una respuesta.

***

La conversación llegó dos semanas más tarde. Volvía a casa pensando en las gamas de color para el proyecto nuevo en Boadilla. Abrí la puerta, me quité los zapatos. Javier veía la tele en el salón.

¿Dónde te metes? preguntó sin mirarme. Son las ocho.

Trabajando.

Otra vez con Carmen.

Es mi trabajo, Javier.

Apagó la tele, se giró.

Lucía, no era el trato.

¿A qué trato te refieres?

A que pasarías el día fuera. Tenemos una familia, una casa. ¿Qué comemos? La nevera está vacía.

Hay huevos, patatas, chorizo. Puedes freírte algo.

Me miró desconcertado, como si hablara en chino.

¿Vas en serio?

Comparto información. Eso hay.

¿Y las trufas? ¿Y tus salsas? ¿No recuerdas que sabías cocinar bien?

Dejé la bolsa en la silla, colgué el abrigo con calma.

Javier, quiero hablar, tranquilos. ¿Puedes?

¿De qué?

De nosotros. De estos años. De lo que ocurre en este piso.

Vi la postura: hombros echados adelante, ojos algo entornados.

¿Qué ocurre? Yo trabajo, tú en casa.

Ya no, ni pienso. Tengo trabajo también.

¿Entonces esto se acaba? ¿Sin hablar?

Estoy intentando hablarlo exactamente ahora.

Se levantó, fue a la ventana, volvió.

Lucía, no te reconozco. Antes todo era normal. Familia. Tú cocinabas, yo opinaba. Era nuestro mundo, ¿no lo ves?

El tuyo. No el mío.

Ya estamos Hablaste con mi madre, ¿verdad? Lo sabía. Vino a llenarte la cabeza.

Le observé: veintitrés años de vida juntos en este piso, legado de su familia donde nunca sentí la casa mía. Todo era suyo: techos altos, muebles antiguos, elegidos antes de conocernos. Yo nunca redecoré, aunque sabía cómo mejorar cada espacio. Fui diseñadora.

Tu madre me dijo la verdad dije. Tan sólo la verdad.

¿La verdad, Lucía? ¿De qué habla? ¿De que le gusta crear dramas?

De que prefieres comida sencilla. Que el estómago frágil. Que desde niño te pirra el arroz blanco con filete.

Un silencio. Corto, pero ahí estuvo.

Eso es una tontería exclamó.

Te lo comiste sin chistar hace dos semanas.

¡Porque tenía hambre!

Javier, para. Por favor.

Se detuvo. Me miró.

No estoy buscando guerra dije. Busco hablar claro. Preguntar: ¿quieres vivir de otra manera conmigo? ¿Diferente a estos diez años?

Algo brilló, fugaz, en sus ojos.

¿Diferente cómo?

Con igualdad. Ambos trabajamos. Comemos sencillo y complejo, pero no hay humillación. Decimos lo que pensamos. Sin juegos.

Largo silencio.

Nunca te humillé murmuró al fin. Bajo. Simplemente era sincero. Yo soy así.

Javier.

¿Sí?

Eres sincero, pero fingías no querer arroz mientras yo malgastaba tiempo y dinero en trufas.

Silencio.

Eso no fue justo dije. No con rabia, sólo constatando.

No contestó. Marchó al dormitorio, puerta cerrada sin portazo, sólo con ese aire de no querer drama.

Fui a la cocina. Freí patatas. Cené solo en la mesa. Luego me quedé sentado con el té, escuchando el deambular de Javier en el cuarto.

***

Los meses siguientes fueron como el deshielo lento. Nada dramático. Poco a poco, las costumbres cayeron una tras otra.

Javier experimentó.

Primero, la ofensa callada: iba por casa como si le hubiera traicionado mortalmente, esperando que yo lo calmase. No lo hice. Cocinaba básico: sopa, tortillitas, patatas. Limpiaba, salía a trabajar, volvía.

Después, ternura: un día apareció con flores, tulipanes de kiosco, y sugirió salir juntos. Cena en restaurante, conversación amable, preguntas por mi trabajo. Creí que algo sí cambiaría.

Siguiente etapa: la crítica habitual. Al día siguiente, preguntó qué receta especial haría para el fin de semana con sus amigos. Dije que pasta y ensalada.

¿Pasta?

Sí. Pasta.

¿En serio?

Totalmente.

Vi su cara, ese gesto. No se había dado cuenta de que ahora sí lo veía.

A continuación, vinieron peleas, verdaderas: tono alto, marcha nerviosa y repaso de todos sus méritos: la casa, el dinero, la libertad de dedicarme a mi afición, todo como si fueran inversiones que ahora no le rindo.

No soy una inversión, Javier le aclaré una vez. Soy una persona. La inversión en personas funciona diferente.

No lo entendía o no quiso entenderlo.

Esperanza me llamaba cada semana, siempre de manera directa, breve, sólo para preguntar cómo estaba. A veces decía algo sencillo como: sigue adelante o lo estás haciendo bien. Una vez me dijo:

¿Está enfadado conmigo, verdad?

Un poco contesté.

Tiene derecho. Pero que no se te olvide que estoy de tu parte. La primera vez en mi vida que estoy del lado de alguien. Nunca lo fui, ¿lo entiendes?

Lo entendía.

En diciembre, Carmen confió en mí el primer proyecto propio. Un piso pequeño en el barrio de Salamanca para una pareja joven. Me tocaba la propuesta y la ejecución completa. Dormí mal varios días, no por ignorancia, sino por miedo de haber perdido el pulso.

Lo comprobé: no lo había perdido.

La clienta, una chica treintañera, entró en el piso reformado y tardó treinta segundo en decirme:

Eres maga.

Eso era. Así se llamaba.

***

Febrero me trajo la certeza de que Javier y yo no saldríamos ya del bucle. No por falta de ganas; le di la ocasión, dialogué, no busqué abogados ni forzaba la ruptura. Leía sobre relaciones tóxicas y cada vez me reconocía. Me quedé, intenté reconstruir algo nuevo sobre lo viejo.

Pero no quería lo nuevo.

Quería que volviera la Lucía de antes, la que esperaba la frase, la que cocinaba pendiente de la calificación. No buscaba a una esposa, sino un espejo que le devolviera importancia.

¿Cómo reconocer a un manipulador? Quizá justo así: notar que le interesa más verte esperar su opinión que tu felicidad o éxito. Cuando sin ese juego no sabe quién es.

Javier no era mala persona. No bebía. No pegaba. Daba dinero. A su manera amaba, o algo parecido.

Pero vivir juntos era volverse pequeño, invisible. Ir olvidando quién eres.

En marzo pedí el divorcio.

Al principio no lo creyó. Después insistió, después se enfadó, luego otra vez insistió. Esperanza vino a hablarle; lo que le diría, nunca supe, pero desde ese día quedó más frío, ausente.

El piso, de él. Siempre lo fue. Me fui con mi amiga Natalia, que tenía una habitación libre. Allí pasé tres meses mientras buscaba algo propio. En junio alquilé un piso pequeño en Lavapiés, dos habitaciones, ventana a una calle antigua, auténtica.

Yo misma hice la reforma. Sencilla, pero cada detalle elegido con un placer a veces infantil. Resulta que sí sabía lo que quería. Sólo que nunca me lo pregunté.

***

Pasó un año.

Ahora es abril. Tengo cincuenta y tres. Desde la ventana de mi cocina veo florecer esos arbolitos blancos de la calle, no sé su nombre, pero cada mañana les echo un vistazo mientras el café brota en la italiana.

Café sencillo, sin rituales, pero eligiendo buen grano.

Carmen me dio plaza de socia en enero. Ahora tengo mis propios proyectos. Duermo bien. A veces me despierto pensando en espacios, luz, soluciones. Son buenos despertares: trabaja la cabeza, ya no la ansiedad.

Esperanza sigue llamando cada semana. Hace poco fui a verla a Chamberí, le llevé una tarta. Hablamos largo, de todo y de nada. Me contó su vida, esos años de silencio. Yo pensaba en cómo una vida triste enseña a otra la misma tristeza, hasta que alguien dice: basta.

Ella no pudo parar la rueda, pero me ayudó a hacerlo. Eso cuenta.

Javier vive aún en nuestro piso. A veces cruzamos mensajes. Y supe por gente que va a talleres de cocina. Quizá sí. La gente cambia cuando ya no puede controlar a nadie.

No pienso mucho en él. Alguna vez, claro. En el supermercado, de pronto, veo trufa negra en un frasquito y me quedo mirándolo, siento algo entre risa y nostalgia. Diez años no desaparecen en un instante.

Pero intento no quedarme ahí.

Conocí a Antonio en septiembre. Vino como cliente, su mujer murió dos años antes, quería renovar el piso sin quitar sus fotos. Solo quería más luz, más aire.

Lo entendí.

Tiene cincuenta y cuatro, ingeniero, hace puentes. Vi la ironía: él puentes, yo espacios.

Es una persona tranquila. No simulada, sino genuina. Mira a los ojos, ríe si algo hace gracia, nunca compite.

En la segunda visita me propuso tomar un café. Después, otro. Luego nos invitó al cine. Una película francesa, se rió bajo, y sentí el olvidado placer de alguien simplemente presente.

Nos vemos con calma. Ambos sabemos que no hay prisa.

Viene los viernes.

***

Hoy es viernes.

Llegué a casa sobre las seis, deshice la compra. Muslos de pollo, patatas, cebolla, zanahoria, eneldo, nata.

Un buen pastel de pollo y verduras. No es pastel al uso, mejor decir gratinado. Patata en capas, pollo, verdura, nata encima, al horno una hora. Un toque de eneldo.

Cocino esto cuando quiero algo casero. Sin pretensiones. De siempre.

Mientras se horneaba, me cambié de ropa y el aroma llenó la casa. Cebolla dorada, pollo, un toque de ajo, mi infancia en Ciudad Real recordada de golpe. Hacía veinte años que no lo pensaba.

A las siete sonó el portero.

Abrí. Antonio dejó la bolsa en la entrada, sobresalía una botella de vino.

Hola dijo.

Hola. ¿A qué huele?

Olió el aire.

Huele bien. ¿Patatas?

Gratinado. Falta media hora.

Estupendo sonrió, colgó su abrigo. Traje vino. Y también rebuscó… esto.

Sacó una cajita de bombones con avellanas, en papel sencillo. Chocolate con frutos secos, del supermercado.

Son tus favoritos aseguró.

Cogí la caja.

¿Cómo lo sabes?

Lo dijiste una vez, en septiembre, al pasar por la pastelería.

Me quedé quieto. Era excesivo para verbalizarse.

Eres de los que recuerda dije.

Procuro respondió, normal, sin drama.

Fuimos a la cocina. Revisé el horno. Antonio abrió el vino y sirvió. Se sentó frente a mí.

¿Qué tal en el proyecto de Gran Vía?

Cliente complicado confesé. Lo quiere todo y barato.

Pasa.

Sí, pero saldrá bueno. Techos de cinco metros, es imperdonable no aprovecharlo.

Asintió. Observó cómo removía en la sartén.

Lucía me llamó.

¿Sí?

¿Eres feliz? Ahora. No en general, sino ahora mismo.

Le miré. Hablaba en serio.

Ahora mismo sí. Sí.

Me alegro sonrió, sin más.

El gratinado estuvo listo. Lo saqué, reposó cinco minutos, espolvoreé eneldo, lo puse a la mesa. Sin velas, sólo la luz del flexo.

Antonio miró el plato.

Precioso dijo.

Es un simple gratinado.

Huele a hogar. Además se ve delicioso. ¿Seguro que no sabes hacer nada feo?

Me reí.

Nunca probé.

Comimos. Repitió contento, con un gesto sencillo, sin palabras. Hablamos de todo: su trabajo, su hija en Barcelona, mis ganas de ver mar este verano, él mencionó Finlandia como destino tranquilo.

Tomamos té y bombones de la caja sencilla.

Madrid afuera, viva, abril húmedo y olor a árboles. Los árboles blancos ondeaban en el viento.

Pensaba: esto es. No un gran evento. No una fiesta. Un viernes, un hombre bueno y la comida que huele a infancia, sin tener que esperar la aprobación de nadie.

Recuerdo años de trufas y bisqué de bogavante. De sartenes con salsas cortadas. Cuánta energía invertí en oír: demasiado graso. A veces me da pena. De mí misma, de ese tiempo perdido. Pero lamentar demasiado es un lujo que ya no me doy.

La autoestima, leí una vez. Como si fuera cosa dada e invariable, como la talla o el color de ojos. No: se construye, a veces se derrumba, a veces empieza a crecer a los cincuenta y dos en otra cocina, aprendiendo de nuevo y aguantando errores pero quedándose.

Los límites personales, palabra demasiado de moda. Pero ahora entiendo lo que significa: saber dónde acabo yo y empieza el otro. No es muro, es mapa: aquí estoy yo. Esto es mío.

La receta de la felicidad será igual de simple: hacer lo que sabes, estar con quien te ve, cocinar lo que te apetece. No esperar la palabra.

¿En qué piensas? preguntó Antonio.

Le miré. Tranquilo, té en la mano.

En el gratinado le contesté.

Rió.

Buen tema de reflexión.

El mejor dije. ¿Te sirvo más té?

Sí, porfa.

Me levanté, puse más agua, serví a los dos. Miré por la ventana los árboles en flor.

Antonio.

¿Sí?

Tú nunca me dirás que me ha salido salado, ¿a que no?

Alzó la ceja.

No estaba salado. Estaba bien.

¿Y si un día me paso con la sal?

Pensó.

Diría: la próxima vez menos sal y me lo comería igual.

Asentí.

Buena respuesta.

Lo intento dijo, cogiendo el último bombón. Es el último, ¿puedo?

Es tuyo dije.

Afuera, las ramas blancas danzando, y Madrid zumbando como una gran máquina viva, que ignora platos, salsas, trufas o arroz blanco, años vividos y por vivir. La ciudad sigue. Yo sigo. El té humea, el plato huele a hogar y en el alféizar tengo la maceta que compré la semana pasada solo porque me gustó el color de las hojas.

Sólo por el color.

Y así es como vivo ahora.

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